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Joaquín Trincado

Los conventos de monjas son prostíbulos

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 30 jun 2025
  • 11 Min. de lectura
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“No hay quinto malo” (diría un aficionado a los toros), pues aquí se trata de vacas y es un quinto de quinta esencia en la prostitución y el crimen.

 

Es verdad que, en la opinión pública, hablar de conventos ya es hablar de prostíbulos; lo que no sabe la opinión pública es casi nada de lo que allí pasa, porque, cuando se descubre algún hecho, son los plañidores de la ley los que lo encubren y hasta pondrán penas al gacetillero o al periódico que lo publique. ¡No faltaba más! Dejar publicar los secretos vergonzosos del claustro, donde ni el Juez puede entrar; allí solo puede entrar el sultán amo de aquel serrallo, y éste es “un ministro de Dios...” que tiene en su mano las llaves del cielo y del infierno; aquéllas “esposas de cristo” son insensibles a las pasiones, y el dicho de ese sultán será válido ante el Juez y ante todos los poderes, aunque ese sultán no diga nunca una palabra de verdad, porque representa la mentira y el error. Él es el que inspira la ley de los estados; y los jueces y los poderes inclinan la cabeza para recibir su bendición. ¡Ignorantes, cobardes, parias! ¿No sabéis que cuando se anuncia un lobo; es por lo menos perro o zorro? ¿No veis que la opinión pública rechaza en su conciencia esos prostíbulos? Dejad legislar a la mujer educada y veréis que pronto tapia a piedra y lodo las puertas y ventanas de esos prostíbulos y lo hará en justicia; porque la mujer sabe lo que son las mujeres y los hombres vestidos de mujer.

  

¿Qué mujeres se encierran en esos antros? ¿Quién las encierra? ¿Qué se les exige al encerrarse?

  

En general, las mujeres que se encierran en el convento son las contrariadas en un amor; las que tuvieron un tropiezo; las perseguidas del cura y del fraile por su belleza o por sus riquezas, porque los sultanes de todo necesitan.

   

Los que las encierran son padres y madres desentrañados; ignorantes de todo lo que es ciencia y amor y, en general, autómatas anestesiados del confesor de la mamá, la que no sabe más que errores y la que no tiene más conciencia que la de aquel hombre de conciencia vil, que persigue ser dueño de la joven y del patrimonio y, el padre, es el juguete de aquel padre sin hijos (aunque haya engendrado muchos), el que sabe hasta los pensamientos suyos, porque la esposa le ha dicho hasta de lado que duerme. (Léase el “Buscando a Dios”).

   

Lo que se les exige al encerrarlas, es nada menos que renunciar a los padres, hermanos, amigos, su libertad, voluntad y conciencia. ¿Qué se persigue con todo esto?

   

¡Oh, Dios de Amor! Cada vez te veo más grande en tu misericordia; de no ser así, de ser tú el Dios que cantan esos degenerados, los habrías reducido a la nada para que no quedara memoria ni vestigio de su corrupción; porque te habrías cansado, aun siendo paria de ellos. El Dios que cantan los cristianos por su Iglesia y el que representan las religiones todas, no puede existir, y solo el Dios de Amor puede esperar, como tú has esperado, hasta el día señalado hace tantos siglos.

   

De nada se asustó el Juez, ni aún el cataclismo que se avecina le asusta; y eso que han de desaparecer grandes continentes y la tierra ha de hacerse pedazos volando uno de ellos al punto donde la ley le ordena para servirle de segunda luna a las humanidades de luz, que ya llegan. Y, sin embargo, se asusta, aunque no se arredra, en entrar en esos cementerios donde se entierran seres vivos y el crimen queda impune.

  

¡No temáis, pobres mujeres! No, no temáis que el Juez del Dios de Amor os condene ni que revele la desgracia ni el crimen individual; dirá los horrores que se cometen y acabará con abriros las puertas de vuestras prisiones y saldréis al mundo, donde cumpliréis el precepto de ser madres amorosas, ya que, encerradas, sois madres criminales, porque sois obligadas.

   

Yo vengo a descubrir errores y no a acusar delincuentes individualmente, y por eso condeno las causas del mal y no condeno a los individuos, efecto de la causa; a éstos les doy el ancla de salvación que el Espíritu de Verdad tremola, a quien represento; yo os quito un cristo mito y os doy un Jesús real y ya sin padecimientos, a quien no podéis honrar siendo cautivas; yo os quito una virgen que no existió como tal la creéis y os doy a María la gran Madre; fecunda Madre, que no es reina de los cielos ni madre de Dios, ni esposa del espíritu santo, pero es la reina del Amor, la madre de Jesús y de seis hijos más y la esposa de José, varón fuerte y padre de doce hijos; elegir entre una mujer fuera de la ley y una madre en toda la ley.

   

¡Pobres mujeres! Yo sé todas vuestras cuitas; yo sé todos vuestros sufrimientos; yo sé vuestros deseos y hasta vuestros pensamientos; yo juzgué a todos los millones de vuestras compañeras de esclavitud y en su justificación entrasteis las hasta hoy esclavas y también quedasteis juzgadas. Todas aquellas, que componen millones, acataron la Ley del Padre y acusaron despiadadamente a vuestros opresores; por ellas tengo confirmado lo que yo ya sabía, porque sin que os deis cuenta estoy viendo, en espíritu, pero con conciencia, todo lo que hacéis; mejor dicho, todo lo que os hacen hacer.

   

Mas yo sé que, aunque os pregunte, todo lo habéis de negar; pero no lo podréis negar ante el osario del convento donde encontraré enorme número de esqueletos de tiernos infantes y esos no entraron de monjas ¿De dónde proceden? ¿No es esto verdad?

   

Yo sé que me negaréis los amores con los célibes; pero los acusaréis tan pronto como yo os revele que ese… padre… tiene otra hija tan querida o más que tú y que la conocerás por la antipatía que os tenéis las dos, porque lo que no pueda mi palabra, lo pueden los celos que no sabéis reprimir. ¿No es cierto que sí? ¿Qué me importa?... Al Juez le importa eso y a vosotras más. Esas vidas cortadas las debéis y las tendréis que dar.

  

También negaréis, por aleccionadas, las bacanales que se forman; y cómo la deformidad de vuestro cuerpo por el embarazo es expuesta algunas veces en las bacanales, para farsa y sainete; pero si en una de esas veces el Juez hiciera presencia visible (porque invisible está), ¿qué haríais? Pediríais a la tierra que os tragase. ¿Por qué no pedís que os trague a la vista y contacto de los libertinos que están con vosotras, con el corazón y el espíritu más negro que sus sotanas? Pues sabed que este juicio es vuestro salvador, y al Juez lo podéis ver muchas de vosotras que tenéis esa facultad, porque su espíritu es luz de la luz del Padre; su vista que os dé valor; y con las escobas barrer para afuera la inmundicia de vuestros verdugos y secuestradores, que se apropiaron de vuestra flor, de vuestra dignidad de mujeres, del sentimiento de hijas, de las ternuras de madre, de vuestras dotes, y aún tenéis que trabajar para ellos; barridos que los hayáis, salir a la calle y el pueblo os aplaudirá y os auxiliará; no le temáis al pueblo; éste os denigra hoy porque sois hipócritas por imposición; ¿No es así?

   

Yo sé los relatos que os dan, cómo se os hace abortar queráis o no; y si llegáis al alumbramiento, sé cómo se os arranca el infante sin consentiros darle un beso, y sé que muchas veces a vuestra vista, se sacrifica aquel ser.

   

Yo sé los vicios que alimentáis entre vosotras y las bajezas a que es sometida la desgraciada que no es hermosa; las torturas porque pasáis por la desobediencia y cómo se elimina a la que estorba; y, en fin, sé todo lo que se encierra en esas casas, que no se pueden purificar sino por el fuego que el Padre mandará.

   

Habéis sido anestesiadas, ¡pobres esclavas!, por unos votos que son la negación de las leyes de la naturaleza y os habéis salido de la Ley humana; pero como la carne pide lo que es suyo, lo que le pertenece, faltáis a vuestros votos y no conseguís revalidaros en la ley del Padre; abandonar ese inmundo prostíbulo, porque, en comparación, el prostíbulo público es casa de perfección. Hago punto aparte, para agregaros a vosotras una culpa que es muy grave, aunque procede de la misma causa y los mismos responsables.

   

Los colegios de educación de señoritas.

  

Es el mismo artículo y del mismo género, y no lo señalo con un punto especial, pero lo separo de los conventos, por justicia, porque no todas las educandas se anestesian ni se conquistas, aunque todas, sin ninguna excepción, son envenenadas de corrupción y todas sacan una educación errónea, un prejuicio pernicioso y el provecho de su educación es nulo para la sociedad; pero, en cambio, en aquella tierra virgen se ha plantado el germen de la denigrante ignorancia de la verdad, y es muy raro encontrar una dama de sentimientos nobles que haya sido educada entre monjas; todas, con pocas excepciones, serán malas esposas y peores madres; y gracias que, al rozarse luego con la sociedad (aunque corrompida), dejará ciertos hábitos con los que sería imposible transigir, y esto que su educación ha costado lo que constituiría una fortuna para una familia.

   

Desde el momento que pisa los umbrales del colegio la niña, es examinada en todos los secretos de la casa de sus padres; sabe la monja, madre sin hijos y desnaturalizada, los defectos del padre y hasta los vicios de la madre y empiezan a zaherir los sentimientos de la niña y de la madre; a ésta se le harán observaciones, se le indicará que la caridad todo lo perdona y sacarán astilla, a cuenta de rosarios y escapularios y oraciones, e irán preparando a la niña para enjaularla en el convento; si la madre es virtuosa (de lo que llaman virtud, que yo llamo hipocresía e ignorancia), ésta será explotada con el nombre siempre de “caridad” y se conseguirá una buena suma para la obra; suma que luego hay que economizar en el salario de los sirvientes y hasta en la comida, o subiendo los alquileres y aminorando el jornal a los obreros que trabajan el campo; esto no importa: Dios es antes que todo y éste es un comilón y todo lo consume; y sus ministros y los esclavos de los ministros son el gancho de ese Dios glotón de la religión, que nunca se harta; los que trabajan, que ayunen, para que maten las pasiones; ellos y ellas comerán por aquellos y así podrán los “grandes educadores” engordar y reavivar las pasiones y disfrutar en nombre de su Dios. Pero ya se os acaba el trigo, porque sólo quedan unas cuantas espigas que estaban verdes el día de la siega, y ellas (creo que la mayoría) se convertirán en tizón por vuestro contacto y seréis juntos arrojados al horno del mundo primitivo. 

   

En suma; los colegios de religiosas, son las agencias de los conventos, primero; y después los envenenadores de las conciencias de las niñas. No quiero hablar de los colegios de religiosos, porque por fuerza tendría que hacer la historia del vicio de las cinco ciudades del Mar Muerto, ejercido por robustos y mofletudos frailones, en tiernos e imberbes niños; pero la historia judicial tiene millones de datos, y algunos hemos trasladado al libro “Buscando a Dios”.

  

¡Han visto que quinto! Pero yo he faltado, porque el quinto es no matar, y yo he muerto muchos sapos y culebras y hasta escorpiones, y en mi justicia reclamo para mí el castigo de mi Dios de Amor, que me mandó con el cargo de Juez y Censor.

   

Ahora bien; ante tanta vergüenza y corrupción, ¿cómo será posible regenerarse la humanidad? En vano se intentaría esperar la evolución de las leyes sociales, de las costumbres sociales, sin quitar la causa; pasaría como en un pajar, que se quitan las telas de araña y no se matan las arañas; a los ocho días están otras vez las telas y mejor hechas aún, porque se les ayudó a las arañas barriendo el polvo de los techos que les ensuciaba su trabajo; “matar las causas y quitaréis los efectos, nos dice la ley”. Pero los hombres que trazan la ley son precisamente efecto de la causa que hay que matar y, así, obran como la causa misma; pedir a los hombres que escriben ley una ley moral, es lo mismo que pedir peras al olmo; ellos no saben más que moral de opresión, moral que llena el morral del parásito con el que comulga; pero ya, sus yerros, van llenando también el morral de la indignación popular; y si esta no fuese contenida por hilos invisibles para los ciegos de la conciencia, pero que los ve el Juez y los suyos, ya habría estallado el trabajador hace mucho tiempo y el mundo todo se hubiera convertido en un charco de sangre, si no contuviéramos al ofendido Juan Pueblo, al que le enseñamos amor.

   

Mas esto no hubiera cambiado tampoco las cosas; y el Padre, que todo lo ve y sabe hacer las cosas en justicia y amor, señaló la hora del juicio final, y se llamó y se dio la Ley de Amor por arma, anunciando la Comuna en toda su grandeza, pasadas tres generaciones que obcecadas viven en la tierra y quedan sentenciadas. 

   

Esto sucedía en los momentos en que en toda la tierra el grito de rebelión y protesta se levantaba; pero fueron iluminados en el amor los millones de espíritus que agitaban, por afinidad, a las masas, porque ellos habían padecido lo que padecen sus hermanos de la tierra, porque preveían que tendrían que pasar lo mismo nuevamente, pues tenían que volver a tomar cuerpo en la tierra y querían encontrar el camino menos áspero que en sus luchas anteriores.

   

Estos espíritus, que no odiaban, por cierto, pero que pedían y querían hacer justicia con las mismas armas con que se les había sacrificado, ante la luz que reciben, se llenan de amor a sus verdugos y cesan en la instigación de sus hermanos trabajadores, para la venganza; pero les inspiran la reunión, los principios de fraternidad y todos ven un oriente en sus almas, que les da esperanza segura, y esperan y se confortan y luchan con principios donde no hay vencidos.

   

Más la supremacía promete y no cumple; eleva los impuestos, grava la vida y aminora los salarios, porque creyó que el pueblo es impotente. ¡Insensatos!... No. No es impotente el pueblo; es civilización verdadera lo que tiene el pueblo; civilización que no tenéis vosotros supremáticos; civilización que no podéis tener porque sois parias de los destructores de la humanidad, de los negadores del Dios de Amor, a quienes les dais los millones que robáis al sudor del productor, a cambio de que os corrompan la hija y os deshonren a vosotros mismos.

   

La imposición de la religión os hace autómatas, inclinando la cerviz ante los ministros de un Dios de vergüenza y baldón, que cada palabra que sale de su boca es un espumarajo venenoso que infecciona el ambiente, hasta hacerlo irrespirable.

   

Sabe el Padre de Amor que esos detractores, por la presente existencia, no han de enmendarse, y empezó por separarlos del espacio y ya están en el mundo primitivo, donde irán en breve todos los que ahora en la tierra adoran a la bestia y el Dragón y con ellos la grey que les sigue, dándoles tiempo de encontrar la luz con este Código, para lo que vino el Espíritu de Verdad en autos de Juez.

   

Mas éste sabe lo que el Padre en su justicia tiene decretado; porque vino con el anunciado con órdenes de los Consejos de Sion y en amor llama a los obcecados a la luz de la verdad y os dice que la tierra cambiará su faz, porque está en la ley; que estáis sentenciados inapelablemente y no podéis acogeros a la Ley de Amor, contenida en la sabiduría del verdadero Espiritismo que es el axioma eterno, porque el espíritu es hijo consubstancial del Creador su padre. Y no hay réprobos; pero sí hay corrigendos.

   

No sois vosotros, los que habéis de destruir la causa, gobiernos; es el Juez que a eso vino; pero os señala vuestro error para que no paguéis a quien os desdora y pierde.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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