top of page
Joaquín Trincado

Ley de Justicia

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 29 may 2025
  • 6 Min. de lectura


El amor no puede ser sin justicia, ni ciego; como se ha cantado. Yo os digo: el amor, de hecho, es sabiduría; y, por lo tanto, de derecho, es justicia; y la justicia, aun la terrenal, tiene que ser toda ojos. La justicia recibe los hechos obrados por la ley de afinidad, y la justicia tiene que ponerlos, cada hecho en su sitio y preparar un sitio para cada hecho. Si la justicia obra a ciegas, no puede ser justa.

 

En los actos de la naturaleza, la justicia resplandece hasta en las cosas insignificantes (para nosotros los hombres de la tierra) y nada sucede sin que lleve el sello de la ley de afinidad, que es el ejecutor del amor del Padre. No existe la casualidad, en lo material ni en lo espiritual, sino que todo obedece a una causa primera; pero la ignorancia de los hombres háceles repetir muchas veces: ¡Casualidad! No, hermanos míos; no hay casualidad; lo que hay es ignorancia e imprevisión; y el sabio, el llamado sabio, el magistrado, el juez, la ley que pronuncie casualidad, declara su ignorancia de las causas que producen esos efectos que no comprenden y llaman casualidad. En cambio, son el cumplimiento fiel e irrevocable de la justicia de la ley suprema de amor. Fatalidad, sí puede admitirse, en el sentido de la acepción que la academia le designa; pero entonces es justicia de necesidad en vez de fatalidad.

   

La muerte repentina, el asesinato en general, el robo (mal llamado), la tristeza, la alegría, la paz y la guerra; la creación de un mundo, su transformación, la vida humana, la vida espiritual, la comunicación del espíritu obrando sobre la materia de un encarnado; la ignorancia aparente, la ciencia y sabiduría que llamáis infusa; la ciencia y sabiduría de los hombres; todo, todo obedece a la justicia de la ley; la desaparición de un continente, la destrucción de una ciudad, la derrota de un ejército, la sumersión de una escuadra, el hambre, la peste, la asolación de los campos, no es menos justo que el bienestar y la dicha.

   

Ya os lo ha dicho Jesús. "No cae la hoja del árbol sin la voluntad del Padre". "El que a hierro mata, a hierro muere". “Con la vara que midieres, serás medida". ¿Y qué caso ha hecho la humanidad de esto? Los hombres de la ley, por desidia, para envolver su ignorancia, han llamado "casualidad" a los hechos que son de justicia.

  

Pues bien, hombres; si no entendisteis el verdadero sentido de las palabras de Jesús, yo os las diré de modo que las entendáis: "Si odias, tendrás que amar''. "Si matas, con tus besos resucitarás al muerto”. Si te apropias de lo de tu hermano, serás despojado de lo que no has ganado". "Si cometieres escándalo, el escándalo será sobre ti, hasta que lo borres de tus escandalizados"...

   

Todos estos principios morales están escritos por el legislador Shet hace 57 siglos y repetidos millones de veces por millares de moralistas; las religiones, los han tenido todas; pero la supremacía en que se han encastillado; el no practicarlos ellas, que son las primeras que debían practicarlos, llevó al escándalo a los estados civiles; y estos, prejuiciados por el error y falsa interpretación teológica de las escrituras, hicieron los códigos, que son una completa equivocación; en el dicho de "el que ha hierro mata a hierro muere" han entendido la pena de muerte, que ha manchado todos los códigos y los sentimientos de todos los hombres. La ignorancia y la malicia solo pueden entenderlo como lo han entendido; pero no habéis querido entender “que ni la hoja del árbol cae sin la voluntad del Padre”; no habéis querido entender "no quiere mi Padre la muerte de sus hijos, sino que se convierta y viva"; sois hijos de la carne, y por eso oís nada más que los espíritus de la carne, como lo dijo Hellí a Abraham.

   

Más yo os pregunto: puesto que habéis tomado la palabra al pié de la letra, ¿por qué matáis de diferente modo del que uno mató a otro? ¿Cómo os arreglaríais para matar a una mujer que mata el feto dentro de sus entrañas? Si habíais de ser justos en la aplicación de la palabra, tendría que morir del mismo modo que mató. ¿Sois impotentes para ello? Pues no cometáis injusticia. Yo os lo digo; los delincuentes son enfermos del espíritu y hay que curarlos; con su destrucción, los enfermáis más; con su retiro de la sociedad no los curáis, porque les priváis de los medios de curación.

   

No sois justos, porque sois ignorantes; sois ignorantes, porque no sabéis amar; no sabéis amar, porque sois y vivís solo la vida de la carne.

   

Los delitos no los comete el cuerpo de un hombre; la ejecución del delito efecto del espíritu es y el espíritu es de Dios y solo Dios puede juzgarlo. 

 

El cuerpo es solo una máquina regida por un agente, movido por una fuerza indestructible, por un principio inteligente, al cual no puede la justicia de la tierra castigar, ni el Creador destruir, porque es parte de Él mismo y lo creó para ser eterno.

   

Ese espíritu equivocó el camino, por el ambiente; por el equívoco de las religiones, de los estados, de las leyes, de la parcialidad del juez, y es el juez, el estado y la religión el responsable y "pagarán hasta el último cornado”.

   

Pero el Creador tiene medios, en su ley inexorable, para atraer y en su inmenso amor, manda sus hijos de luz para que le lleven sus hermanos, “negros de hollín", una vez que se iluminen en su conciencia; no los elimina, cuando son tercos y obcecados; el Padre tiene moradas, hospitales donde curar a esos enfermos y allí son curados por los mismos que los enfermaron; por los injustos, por los que escandalizaron y no los abandonarán hasta que los hayan curado y redimido, para lo que tienen que hacerse sabios, sabiendo amar.

   

He ahí la verdadera justicia; esa no puede equivocarse; esa produce los efectos que son de justicia, porque son sostenidos por causas justas.

   

Sabedlo, pues; las vidas que habéis cortado por vuestras leyes, las tenéis que devolver; reanudarlas y ponerlas en camino para terminar su carrera y misión. De modo que, cuando sentenciáis a un hombre a la muerte, os sentenciáis vosotros también a dar vida material a aquel espíritu, y cuando sentenciáis la prisión de un hombre separándolo de la sociedad, vosotros mismos os sentenciáis a darle la libertad; de donde se desprende la reencarnación de los espíritus por necesidad y justicia, por la ley de igualdad y por la de compensación, sin cuyos artículos no podría existir la Ley de Amor.

   

Se dirá que el crimen hay que castigarlo; que la pena de muerte se impone por vindicta pública; que las cárceles son necesarias para separar de la sociedad a los perturbadores. ¿Dónde hay mayor error? ¿Por qué ha de hacerse partícipe a todo un pueblo de la venganza, ya que según decís, esto significa vindicta? El pueblo, en todo caso, debería castigar a los causantes del delito, que no son otros que los legisladores, los gobiernos, las religiones, que le han enseñado odio en vez de amor y lo mantienen ciego y fanático en los errores de religión y de patria y le enseñan supremacías que en la ley no existen, aunque existan superioridades de sabiduría y virtud; estas, que son las verdaderas superioridades, la ley suprema de Amor les da el título de Maestros; pero no los autoriza más que a enseñar el bien y nunca a castigar; porque en justicia, el castigo, está en la conciencia del delincuente cuando se le despierta; esa conciencia es juez más inexorable que la muerte material y el remordimiento le hará reconocer su equívoco y sabrá que tiene que remediar el mal; pero si en vez despertarle la conciencia, se le embota separándolo de la sociedad y sometiéndolo a penalidades que las bestias solo pueden soportarlas, el odio crece y su regeneración se retarda.

 

Afortunadamente, pasadas tres generaciones, pasará con ellas todo ese maremágnum de errores, porque los que van llegando a la tierra ya traen la sabiduría del amor bien aprendida y el ambiente será de amor, pero lo estudio; os lo digo porque los que hoy estáis en la tierra y ya sentenciados, aprovechéis y no aleguéis ignorancia y empecéis a deshacer vuestros equívocos, los que necesariamente os llevan al mundo adonde ya fueron muchos de vuestros colegas, para ser allí curados de la ignorancia de la verdad, ya que en la tierra fueron sabios del error, de la mentira, por la supremacía y el prejuicio. Vivir alertas y pedir al Padre luz y recibiréis luz sobre luz; pero pedirla en espíritu y verdad, limpiándoos antes del odio y del prejuicio, porque el Padre no oye más que a los humildes de corazón.

   

Conclusión: Nada sucede en la tierra y el universo sino dentro de la más estricta justicia; y el hombre no puede castigar al delincuente; pero tiene el ineludible deber de corregirlo y enseñarle amor; y todos los seres son responsables de su ignorancia y tienen el deber de ser sabios, estudiándose a sí mismos y consigo el universo; solo el Padre tiene el derecho de justicia, porque "Ni la hoja cae del árbol sin su voluntad". 


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 

 

 
 
bottom of page