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Joaquín Trincado

Ley de Afinidad

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 29 may 2025
  • 7 Min. de lectura


"Siempre que se reúnen las causas, que originan los efectos, se producen los mismos efectos". Este principio de ley no pudo nacer en la tierra, sino por el amor de nuestros hermanos mayores de otros mundos de perfección, pero aún perfectibles, hasta el infinito. Pero, ¿por qué la ciencia adelanta tan paulatinamente?  Y ¿por qué, en los últimos 50 años, ha descubierto la ciencia más secretos que en todos los siglos anteriores? Voy a contestar estas preguntas de gran interés, para “deshacer entuertos". Sí, tuya es la palabra, misionero Cervantes.

   

Hasta hace cincuenta años, el predominio mundial fue de las religiones. ¿Quién me dirá que no? Y estas, que su sello es el estancamiento por todos los medios de las corrientes del progreso, habían hecho un dique con los cuerpos y sangre de los progresistas; por esta causa, los hombres de progreso que se querían librar de la opresión tenían que militar en esas filas y, como a hurtadillas, lanzaban un nuevo principio que pronto caiga en la censura de la iglesia; y si tal era la fuerza del principio, se aprobaba con muchas enmiendas, que lo desfiguraban. Pero entre que se discutía y se le disfrazaba, ya trascendía a unos y a otros; y aunque se amordazase, algo quedaba y entraba luego en las universidades, en los laboratorios y, poco a poco, llegaba su fuerza a hacerse ley, por necesidad. Ya tenéis descubierta la causa de que la ciencia suele tardar mucho en descubrir secretos y principios elementales.

   

Pero el espíritu no muere y es constante cuando entró en el progreso. La ley de los afines, brazo ejecutor de la Ley de Amor, se veía siempre coartada por la maldad, error y predominio de los supremáticos, pero ella preparaba las cosas en sus puestos, reuniendo los efectos de las causas que se oponían al progreso y convierte esos efectos en causa, en virtud de la justicia y la igualdad, por el amor común.

   

Al efecto; reunidos los oprimidos, los fracasados, los sacrificados por la opresión sistemática, preparados los elementos necesarios en la tierra, descienden, desde los descubridores de América hasta Napoleón, guerreros y rebeldes, hombres de ciencia y obreros. España, prepara un nuevo mundo donde tendrían acogida todos los que necesariamente deberían dejar su terruño, después de librada la batalla que venían a librar y allí dejar preparado el campo de las ideas y, con su expatriación, traer al nuevo continente las mismas ideas, preparado así la unidad y poniendo el sello de que el hombre no es extranjero en ninguna parte. 

   

Mientras, los aventureros (según mezquinos historiadores), hombres de misión, según el Juez que sabe a qué obedecen estos efectos, porque sabe la causa que los origina: mientras estos hombres de gran misión, unos vestidos como frailes, otros como guerreros, otros como labradores y aunque fueran como cazadores y hasta como bandoleros, preparaban un continente, una nueva morada dentro de la morada misma de la tierra, que antes no fue, porque así convenía a la inexorable ley de afinidad, que tiene por base la justicia, la igualdad y la compensación, se desataron las furias del Dios de los supremáticos, allá en el viejo continente, y pusieron en juego las hogueras, las mazmorras, las ruedas, los garfios, los potros, los venenos, la soga y el puñal, en venganza de los atrevidos que habían prestado auxilio y oídos a los aventureros que desmintieron que el universo fuese aquellos pedazos de tierra, con lo cual, los principios hubieron de cambiar y las ideas avanzar. Y ya empezó el primer clamor de los de abajo; los del medio, se unieron a ellos porque llevaban la fuerza, y llegó el capitán, en los comienzos del siglo de las luces, y Napoleón quiere unificar la tierra. La espada era aún necesaria; aunque Napoleón antes fue uno de los discípulos amantes de Jesús, venía con la espada porque la ley de afinidad le enseñaba y le imponía traerla, para iniciar la unidad, bajo un solo credo, el Amor; del que aún no se podía hablar y darlo como ley suprema. Napoleón, por la gran presión religiosa, pasó de la raya que se le había marcado; no porque él lo quisiera sino porque lo vendieron sus mismos capitanes. Él, en España, no iba más que a despojar a un babieca que tenía la corona impuesta por Roma y era un obstáculo para su alta idea, de hacer el imperio universal. La ambición el algún capitán suyo, hijo de los errores y prejuicios de religión y supremacía, no cumplió las órdenes de Napoleón y lo hicieron fracasar en el establecimiento del imperio único; pero dejó bases puestas, y arriba, en los Consejos del Padre, se tomó buena nota de ser la hora de preparar la descensión del Juez para derribar el apócrifo Cristo (por lo que sería llamado el Anticristo), arma de la causa de tantos y tan tristes efectos. ¿Sabían estos puntos los historiadores? Se les dijo; pero el prejuicio les hizo ser cobardes y faltar a la verdad de la historia. Se les dijo, he dicho; sí, señores historiadores, se les dijo. Quién desconoce al "Nariz de Porretín” que os han dicho que hablaba e informaba, y aun mandaba digo yo, ¿a Napoleón? Pues yo conozco aquel enano con nariz de Porretín y vestido de rojo, que le ordenaba a Napoleón, como hubiera podido presentársele de Juana de Arco. ¿Puede alguno dudar que el Apóstol de España, Santiago, haya sido visto a caballo y dirigiendo una batalla de un puñado de hombres contra grandes legiones de moros? Si hay quien lo dude, que vaya a África; y después de muchos siglos, hay quienes preguntan, "“ai aún vive el del caballo blanco"” donde después de muchos siglos, hay quienes preguntan "si aún vive el del caballo blanco" pero sobre todo os lo dice el Juez que fue un apóstol de Jesús, para sustituirlo como jefe del apostolado. Todos los hechos de la tierra se producen por la influencia y con participación de los espíritus; y no por capricho y gusto, sino obedeciendo a ley de afinidad, que prepara con la más estricta justicia todos los hechos; desde la constitución de una hormiguita hasta las hecatombes de Mesina, Santiago, California, y, si está en la justicia, rompe un mundo en pedazos, para unirlos y dejar uno fuera y sostenido por la misma ley, sirviéndole de luna, que le da luz por reflexión, de noche; esta es la ley de afinidad, en la cual, la humanidad que ya empieza a llegar, se baña en Amor y Justicia.

   

Pero en todas las cosas que pertenecen a hechos históricos, la ley de los afines tiene poco que cuidarse (diríamos en nuestro modo de expresarnos en la tierra), porque cada cosa (de tierra arriba) al milímetro y al segundo de nuestras medidas, cumplen su deber, porque todas las cosas y los seres se bañan en el amor. Pero en los mundos de expiación, prueba y primitivos, donde no reina más que la malicia y la carne, ¡oh! ¡Qué trabajo ímprobo para organizar un hecho! ¡Qué de siglos son necesarios para reunir los afines en el punto de justicia! ¡Sólo el poder del Dios Amor puede hacerlo! Porque no vayan mis hermanos a creer que basta querer la justicia; porqué esa en su mano estaría siempre. Es necesario que ésta esté en armonía con todas las otras leyes, y consiste, la gran parte, en el hombre, que tiene libre albedrío y no se lo coarta el Padre. Pero como la ley de los afines, muchos siglos, decenas de siglos antes de un hecho ya lo señala en armonía con la ley suprema, triunfa siempre y a su hora, por la justicia.

  

Lo tenéis demostrado en el testamento de Abraham, insertado en el capítulo primero. Siglos antes anunció la ley, escrita después del cautiverio de Israel; y anuncia la luz de sus hijos 36 siglos antes y manda, entre ese tiempo, profetas, misioneros y Mesías y, la víspera del acontecimiento mayor, cincuenta años antes, vienen los "ángeles y lenguas de fuego" a preparar el camino al Espíritu de Verdad y al hijo del hombre, que “vendría a juzgar a los vivos y a los muertos”.

  

Pero la materialidad de los hombres y la malicia (de los demonios que llama Abraham, que trabajan en contra de los ángeles, que son los espíritus de luz, que unos y otros fueron hombres y lo vuelven a ser), la materialidad, repito, entiende que los ángeles son, los que la ignorancia le ha pintado y las lenguas de fuego, material; y ha sido necesario, para que el hombre no alegue ignorancia, que estos vinieran como lo conocían; llegaron espíritus tomaron la forma con que la fantasía humana los pintara y ocurrieron las hecatombes de Mesina, la Martinica, California y que los volcanes, o Vesubios, sacaran su lengua y escupieran lava; pero aun así, los sistemáticos, los malvados, los opositores a la justicia verdadera, lo achacaron a castigo de lo libres, de los que amamos en el progreso al verdadero y único Dios, en amor y verdad... ¡ Insensatos!...

   

Pero la ley es previsora, como inexorable; y antes, los que habían de hablar, mandaron al mundo a otros afines que tomaron cuerpo con aptitudes y facultades, por los que ellos hablarían y, uno entre todos, que recogiera la filosofía y la diera impresa al mundo, mientras el Juez llegaba a su punto con todos los suyos para recibir al Espíritu de Verdad, recoger su palabra y juzgar a los vivos y a los muertos; y tanto vale negar, como nada; los hechos han sucedido, y el que no lo quiera creer y aprovechar (hablo a las tres generaciones) lo creerá con perjuicio suyo al desencarnar. Yo cumplo con mi deber, y he luchado 57 siglos para cumplir mi juramento al Padre y, unas veces encarnado y siempre como espíritu, estuve en la lucha y en ella continuo.

   

Pero la ley de afinidad, donde mayor es su trabajo, es en la unión de los seres, que se descarrían por el desconocimiento del amor puro y los obceca el amor propio y el amor carnal, no siendo éste el amor que debe unir a las familias; más también es lícito y necesario el amor carnal y está dentro de la ley y es él de necesidad, mientras no se tiene conciencia del amor puro, para la ley de procreación. Pero lo trataré, con la extensión debida, después de la ley de justicia.

   

Conclusión: La ley de afinidad es el ejecutor de la ley suprema de Amor; ésta es inflexible y matemática y alcanza a todos los hechos del universo, desde la unión de primer "electrón, la molécula y el átomo" hasta la completa terminación de un mundo y no acaba eternamente sus funciones de transformación, siempre progresiva, hasta el infinito; pero es como un ser sin entrañas ni sentimientos; no le ablandan las lágrimas ni suspiros, ni la ufanan las alabanzas; ella es la ley y nada más.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
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