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Joaquín Trincado

Las religiones, causa del desconcierto

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 3 jul 2025
  • 6 Min. de lectura
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Cuando la raza adámica tomó posesión de la tierra, ésta, no sólo estaba enteramente poblada, sí que también dividida aún más que hoy y con tantas adoraciones como dioses y con tantos dioses como religiones; y eso que hemos visto que un estado o un reino lo componía una sola ciudad y aún una tribu.

   

De esto se originaba una continuada y encarnizada lucha y todos los dioses se mantenían de sangre de sus contrarios; por lo que, los antropófagos se encontraban en todas partes.

   

La religión fue la causa de este desconcierto, y cesó un tanto en la unión de las religiones de todo el oriente bajo el lema de un Dios único, que proclamó Adán y los suyos, por la ley de su hijo Shet en el gran Manú. 

   

En Egipto existía entonces y muchos siglos antes la religión fúlica o del fuego, que bajo diferentes nombres tenían casi todas las religiones de algún respeto.

   

Pero Adán entonó cantos más humanos, que se conservan más o menos inéditos en los Vedas, Arios y Brahmanes; el budismo hizo símbolos de la trinidad, no de Dios, sino del hombre, porque el hombre es trinidad en cuerpo, alma y espíritu, y Dios es uno y único, y Adán lo sabía cómo lo dice Abraham en su testamento y así lo proclamó y sentó Shet, hijo de Adán.

   

Al dar la ley escrita al pueblo que conservaba la creencia del Dios único, aunque desfigurada por el curso de la tradición y por el cautiverio que sufrió en Egipto, cumpliéndose la promesa de Hellí hecha a Abraham en su testamento y concierto, aquel pueblo, regido por sacerdotes, no les pareció muy halagüeña a éstos la ley que dio Moisés que sólo es de amor, e hicieron nuevas leyes y los sacerdotes siguieron la ley de ellos y no la de Moisés.

   

La ley que escribió Moisés, la vio escrita en dos grandes tablas o páginas que se habían formado en el espacio, escritas por los espíritus de Hellí sus consejeros. Moisés dio el escrito cual lo había visto, con una sola modificación que fue un agregado de dos mandamientos que tendían a reprimir el vicio y la posesión de bienes en particular, lo que equivalía matar la supremacía y establecer la Comuna, sin cuyos principios no se puede cumplir el sagrado mandamiento de “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”; por lo que, Moisés, al presentarle los reglamentos y ritos que escribieron los sacerdotes y ancianos que eran los jueces, no los quiso firmar ni los acompañó más; lo que significa declararlos prevaricadores.

   

Acababa de darse la Ley de Amor y los supremáticos se oponían a este amor, con el famoso criminal apotegma de “ojo por ojo, diente por diente” para todos los que no acataban su imposición; y como toda violencia exaspera, las contiendas no tuvieron fin durante el reinado déspota de los sacerdotes, en 17 siglos de la ley mosaica, ya mal llamada así.

   

Durante este tiempo vinieron grandes espíritus a vivir entre aquel pueblo con el nombre de profetas, y ninguno prevaleció a la intriga de los sacerdotes que se abrogaron hasta el derecho de ungir a los reyes y sólo ellos tenían derechos; todos los demás hombres, eran esclavos. Habían llegado las infamias y el despotismo de los sacerdotes al máximum y se decreta en Sion (mundo donde reside el Consejo del Padre) redimir a la humanidad por el amor y la justicia, predicho antes por los profetas y descienden a la tierra un gran número de misioneros; pero de ellos, tres, formando trinidad, que atrofiarían con su fortaleza, sabiduría y amor la batalla y derrumbarían aquella religión y sacerdotes prevaricadores.

   

Estos tres personajes son María, llena de amor; Jesús, lleno de amor y sabiduría, y Juan, lleno de celo y fortaleza, siendo Juan el de descubierta, que fue degollado por Herodes; Jesús crucificado por los sacerdotes; teniendo, por esto, que afrontar María las penas inenarrables por amor a la humanidad.

   

Hay dos personajes más que nombrar que entonces vivían y que Jesús, en su espíritu, sabía que estaban; pero que, por la ley de justicia del Padre, en su materia, no conocía quienes eran, porque era secreto del Consejo de Sion que sabía que serían testigos de los hechos para su justificación y dar testimonio en su día, que sería el de la justicia.

   

El primero de estos personajes era Pilatos, que antes fue Servio Tulio, que había descendido ahora para ser Juez en verdad, pues se preveían los hechos que ocurrirían y ocurrieron; por esto el gran empeño de Pilatos de salvar a Jesús, declarándole tres veces inocente y lo retiró a sus habitaciones, donde le dijo: “Jesús, si quieres salvarte, puedo levantar las armas y defenderte; sal por esta puerta y marcha a predicar fuera, si aún crees que puedes triunfar”. Jesús le contestó: “No veo ya necesidad de huir de la justicia de los hombres, y si yo me libertare te arrastrarían a ti; así es que cúmplase la ley”. ¿Sabéis quién fue Pilatos? Pues es el “Espíritu de Verdad” que el mismo Jesús había anunciado y que presenciaba los hechos, para justificar a Jesús y juzgar en justicia en el día de la verdad.

   

El otro personaje también era un testigo de vista de los hechos, pero más íntimo con Jesús; era su hermano carnal y como él, hijo de María y José; se llamó Jaime y siguió las predicaciones de Jesús, siendo más tarde el jefe del apostolado que pasó a España, sosteniendo pura la doctrina y recibiendo el último beso de amor al expirar aquella madre todo amor y ternura, y aquel beso lo trae hoy para dárselo a la humanidad. Jaime es el último de los 7 hijos de María habidos con José y el hermano de Jesús, su apóstol en España.

   

Hay otros personajes que fueron testigos de vista de los hechos y en compañía del Juez han venido y componen el tribunal, porque en la justicia del Padre así era de necesidad que fuese; porque el Juez es el que fuera Jacob, que pronunciara la palabra “Cristo”, que dice peligro, y que siendo un símbolo y un mito, en los consejos del Padre se sabía que, otros sacerdotes, al cristo lo harían Dios y con él se mofarían de Jesús en una religión, y en otra se lo agregarían apócrifamente, anteponiéndolo al Dios de Amor.

   

En efecto ha sucedido así; con la muerte de Jesús caía fulminada por la justicia del Padre la falsa ley de los sacerdotes de la religión mal llamada mosaica, porque Moisés no fundó religión y porque no observaron su ley, que era de amor, y Jesús cumplía el mandato de Moisés y con esto el principio de su obra; por él y sus apóstoles es predicada pura la doctrina que él les diera; pero pasados los dos primeros siglos y ya no existiendo los apóstoles ni los discípulos directos de los apóstoles, los sacerdotes, ahora ya cristianos, que habían empezado a darse títulos y honores que no se dieron los apóstoles, hicieron una alianza con las otras religiones que conocían las doctrinas de Jesús, que comprendían que eran más avanzadas y que encerraban la verdad porque se asentaban en las Doctrinas de Shet, sí un tanto veladas más al descubierto que las doctrinas que ellos tenían, y accedieron al pedido del pontífice de la nueva Iglesia, en el deseo de unificarse y recibir todas las palabras de Jesús, como era prometido por Manuel Primero. Pero éste tomó de todas lo esencial que tenían de supremacía y olvidó en todo la moral de Jesús; desfiguró las escrituras que los apóstoles de Jesús escribieron y agregó al nombre de Jesús el de Cristo, llamándolo Jesucristo; lo hacían nacer por obra extra del Espíritu Santo, sacando de la ley natural a Jesús, a María y a José, sus padres legítimos en la carne, e instituyó todos los sacramentos que bajo otras formas tenían las otras religiones, llegando hasta donde nunca se llegó en maldad; haciendo una trinidad irracional de Dios y estableciendo la adoración más infame a Jesús, que en todos los sentidos es absurda, porque se llega por ella al desconocimiento del Dios único y verdadero: El Creador, Padre y no Dios.

   

La historia de esta Iglesia Cristiana es la página más degradante que tiene la humanidad de la tierra, tras de la cual sólo podía venir el juicio final de la tierra; y vino y se declaró el Espíritu de Verdad a los hombres y el Anticristo, Autor de la palabra Cristo, porque la hicieron Dios, destruye el Cristo, salva a Jesús, rehabilita a María en la ley general de los seres y da sentencia a los espíritus y a los hombres, quedando hecha la justicia del Padre y cumplidas las profecías de todos los profetas misioneros y mesías hasta Juan y Jesús, cumpliéndose en todas sus partes el testamento de Abraham.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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