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Joaquín Trincado

Las penas y los establecimientos penales

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 10 jul 2025
  • 10 Min. de lectura
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¿Hasta cuándo, hasta cuándo tendré que enumerar errores y miserias, Padre mío?

   

Dura es la tarea del legislador de Amor, al verse obligado, para la corrección de sus hermanos, a examinar todos sus vicios y errores en toda su desnudez, para que todos se den por aludidos y nadie pueda decir; “tío, yo no he sido”. Porque, en verdad, todos hemos sido y todos tenemos que corregirnos de algo; pero los poderes, los que dicen gobernar al mundo y no han hecho ni hacen más que desconcertarlo, éstos no se pueden corregir con modificaciones; es necesario anular las causas, porque no se puede edificar en firme sobre cimientos minados por las aguas de la concupiscencia.

   

La infiltración inmunda de las religiones en los tribunales hace imposible la reconstrucción, porque quedan, aunque sean muy profundas, las cuevas, llenas de miasmas y microbios destructores, y, por experto que sea el ingeniero, al edificar sobre esos terrenos, su obra se resentirá por asientos; se agrietaría y caería.

   

¿Queréis un ejemplo? Ahí tenéis la Francia, que pretende haber reedificado todo. ¿Puede hoy ser ejemplo de moralidad? No solo es un centro de corrupción depravada, sino que en este mismo momento que trazo estas consideraciones está la guillotina en acción donde un hombre dejar de ser, contra la voluntad del Padre. (En Saint Pol se está ejecutando a Duperrat). ¿Dónde está la obra reedificada, si en nada ha cambiado del antiguo edificio de destrucción? ¿Quién es un juez para disponer de la vida de un hombre, aunque tenga cometidos todos los crímenes imaginables? Para hacer justicia en esa forma (si eso entendéis por justicia) deberíais empezar por llevar a los mayores criminales; pontífices y súbditos de éstos, reyes y emperadores, generales y soldados y vosotros mismos, jueces, que perpetráis a sangre fría las ejecuciones de los reos por un delito, mientras dejáis impunes los crímenes de la autocracia y la plutocracia que originaron la exasperación de los hombres, por la opresión, al hambre y la ignorancia.

   

Ya os lo dije atrás; esa pena corresponde, por orden, desde el primer magistrado al último individuo de la religión y el estado que domina un pueblo, hasta llegar a vosotros, jueces de injusticia.

   

¿Quién de vosotros es tan puro que pueda acusar a su hermano? Y pues vosotros sois más delincuentes que un asesino y un ladrón vulgar, porque adelante vais con el ejemplo y la opresión, ¿por qué no os sentenciáis antes a vosotros y podréis invocar un principio de justicia humana?

   

Pero habéis hecho una ley de embudo y os asís a la parte ancha, dando al pueblo la parte estrecha; y ¡ay de vosotros aun en vuestras personas si no contuvieran los espíritus de amor la ira del pueblo, que ya no puede más! ¡Cómo seríais arrastrados y pisoteados como reptiles! Pero el Consejo de los espíritus de luz os libra de esas iras de que sois merecedores según vuestras leyes; pero porque las iras y la venganza no es de la ley del Padre, los contenemos; mas temblad, porque la justicia del Espiritismo es más tremenda que cortar la existencia a un hombre y a toda la humanidad y estáis en peligro de que os alcance ese rigor; pero aún se os avisa en el tiempo de transición. Abolir en absoluto la pena de muerte, y os sentenciáis a vosotros mismos, porque “Juicio será hecho sin misericordia a quien no hizo misericordia”, es la sentencia.

 

Los establecimientos penales son una degradación en vez de ser casas de rehabilitación; allí no se ve más que otra mayor injusticia. Hombres de armas a la puerta; hombres de armas en el interior y, por todo, el castigo, la mortificación, el desprecio y la muerte cerniéndose sobre todos los encarcelados.

  

Calabozos inmundos que ni son propios de fieras, sin luz, ni aire y hedor infeccioso, mina y mata la humanidad del preso y alimentos impropios de perros se les suministran.

   

Esto se ve; pero hay algo que no se ve, porque no lo pueden ver los ciegos de espíritu; el padecimiento moral del espíritu del preso, que puede ser de dos modos, de rebelión o de decaimiento; si es de rebelión, instiga a los espíritus de los otros presos, y cuando la materias duermen, tienen sus reuniones acompañados por otros espíritus que los confortan, pero que les ayudan a protestar; y si no son espíritus de amor, promueven disturbios que muchas veces son escenas de horror, o preparan la evasión dejando dormidos a los vigilantes, y la persecución les hará defenderse, prefiriendo morir en lucha antes de ser encerrados de nuevo; pero de todos modos, ninguno se ha corregido en el encierro y fue peor cuando salió que lo era cuando entró. 

  

Se hace responsable al cuerpo, y la materia en si no puede ser responsable, ni puede hacer el bien ni el mal sin el espíritu; por lo que es el mayor error castigar a la materia, como sería un error achacar al traje que vestimos la deformidad del cuerpo; si el cuerpo es normal, el traje no presenta deformidad; pero si el cuerpo es deforme, a pesar del traje se manifestará la deformidad.

  

Luego si el cuerpo no ejecuta más que lo que el espíritu quiere y éste querrá bueno o malo, según su progreso, obrará según la educación y el medio ambiente en que la sociedad le obliga a actuar. ¿Por qué castigar al cuerpo?

  

Con el castigo al cuerpo se exaspera el espíritu y no solo no se corrige, sino que solivianta a otros afines y vuestras injusticias en las penas las vengarán esos espíritus en vosotros mismos, haciéndoos pasar por los mismos tormentos y sufrimientos que a ellos les disteis; no será en esa existencia, o sí, pero será en la inmediata de seguro; y esto os explicaría mil hechos que no sabéis explicaros porque sois pretendidos sabios y la materia tiene leyes que aún no sabéis, a pesar de consistir vuestra pretendida sabiduría en lo material y tangible; pero la materia es forzosamente tributaria del espíritu y de éste no sabéis nada, y ahí vuestro error, vuestras injusticias, vuestros crímenes que próximamente sufriréis vosotros.

  

Lo primero que tiene que saber un juez es, la fisiología del espíritu, las leyes de justicia divina y que el hombre no puede llamarse tal si no está descubierta en él su trinidad de cuerpo, alma y espíritu. ¿Pero acaso esto lo han querido admitir los jueces? ¿Dónde estaría su poder bruto? ¿Cómo hubiera podido triunfar el hombre animal que sólo ha descubierto la dualidad de cuerpo y alma? Es ese el estado en que se encuentra la supremacía y la plutocracia, que es cuando se gusta del placer en la subyugación de los demás, porque impera el egoísmo, el amor propio malentendido y todas las concupiscencias de la materia.

  

Jamás un hombre completo que descubrió su trinidad estaría al frente de esas instituciones de crímenes, y sólo dos han tomados esos cargos, para cerciorarse y palpar las consecuencias, que les fueron tristes por cierto: Pilatos fue uno, en cumplimiento de su deber; Bismarck fue el otro, en cumplimiento de una misión que no  pudo cumplir por la imposición del pontífice cristiano, que, en odio a Francia, no dejó prevalecer la alta diplomacia que traía Bismarck de los Consejos Superiores, para evitar las jornadas de sangre del año 70 del siglo 19.

  

Pero no quedará el Padre burlado, ni el espíritu dominado por la materia; ha llegado el “Renováveis fatien terrae”, cuántos han luchado y cuántos han sido sacrificados se encuentran en la brecha; y unos encarnados y otros en espíritu, llevan la acción con todo el poder del Padre y nada ni nadie podrá estorbar la implantación de la nueva ley.

   

Pero entre tanto, con las bases de este Código, modificar las penas y las cárceles convertirlas en colegios de instrucción con el mayor grado de amor posible, porque el espíritu sólo por el amor se regenera y sólo por el trabajo progresamos.

   

No podéis cortar la acción del espíritu inutilizándole el cuerpo del que tiene que servirse para el trabajo de progreso; y sois responsables del estancamiento del espíritu al encerrarle su cuerpo en la cárcel, donde se exaspera, porque sabe que delinquió por la falta de educación, de lo que es culpable la organización social y el prejuicio religioso dominante de la sociedad autócrata.

    

Los jueces, más que ninguna otra persona, deben saber que en el hombre hay dos fuerzas; la centrípeta o psíquica y la centrífuga o física, y que no es hombre completo en tanto no han unido las dos fuerzas; y de su desunión es culpable el prejuicio de religión, de patria, de ciencia y de sociedad y esto origina los desequilibrios de las facultades del espíritu, que tiene que hacer esfuerzos titánicos para que por su fuerza, que es la central e inicial de las centrípeta y centrífuga, no se le escape en su rotación la fuerza centrífuga o física de la materia; pero como la falsa educación tiende a favorecer el extravío del físico que se cree primero, porque se le consagra toda la atención de la educación, por error, y la psiquis, que es el espíritu, no sólo no le presta atención sino que si llega a manifestarse, se le persigue científicamente, achacando locura, demencia, enajenación, neurosis y mil otras trapisondas hijas de un error materialista impositivo, por la supremacía y la plutocracia que siempre legisló para la materia; hasta que, por fin, el espíritu ha vencido en su tremenda lucha secular y se impone a la fuerza centrífuga y la sujeta al cumplimiento de su deber, y no por tiranía, sino en amor, porque no le coarta leyes que le pertenecen; antes la excita a su fiel cumplimiento de la ley divina. He ahí demostrado que el espíritu es amor; porque habiendo sido rendido muchas veces por la tiranía de la materia, no sólo no la castiga, sino que le da los medios para purificarse y la lleva de la mano, como el Padre al niño, para que no caiga en un lodazal, divinizando los actos que antes cometía con intención torcida por su error.

  

Mas al presente hay algo más tremendo que considerar y los jueces deben saberlo; la ciencia espiritista se les anuncia; pero el Código de Amor Universal trae descubierto el secreto y os lo dice para que no aleguéis ignorancia y podáis evitar gravísimos errores.

  

Nunca se encontró la sociedad tan desequilibrada como en estos momentos y se cometen toda clase de atropellos y delitos penables en la ley humana, pero que muchos y la generalidad son el cumplimiento de la justicia divina; porque como estaba decretado el día de la justicia y la sentencia final se dio, la tierra, para el nuevo régimen de la ley de Amor, les obligó a reencarnar a todos los espíritus que tenían cuentas pendientes entre sí, formando familias de lo más heterogéneo, para buscar la fórmula de dirimir sus odios; y tenéis la prueba en que, apenas hay una familia que entre sus individuos no haya alguno que en espíritu sea el enemigo más grande que han tenido.

   

Esto es la causa de que en los últimos tiempos haya aumentado el parricidio y el uxoricidio y por la falsa educación el infanticidio, que ha llegado a ser casi un delito insensible a sus actores. La culpa es de la ciencia, que no ha querido aceptar desde el principio de la filosofía espiritista traída por los mensajeros del Padre, para darles luz de la fase por la que había de pasar la humanidad, en la que los jueces se verían perplejos ante la clase de hechos que solo rara vez se cometían hace sesenta años y que han llegado ahora casi a ser vulgares, y eso que llega a conocimiento de los tribunales solo el 5% y quizás no tanto.

   

Hay un punto aún más interesante y que no es público, ni aun el uno por mil; es el comercio o conocimiento carnal de padres con hijas, de hijos con la madre y mucho más de hermanos con hermanas, dentro del mismo hogar; esto responde a que entre ellos había vidas que pagar que antes las habían cortado; y que, siendo el cumplimiento de la justicia divina, porque “si odias tendrás que amar” y “si matas, al muerto resucitarás con tus besos”. Si es conocido algún caso por la justicia de la tierra, ¿cómo se castiga? Sabed que el espíritu sólo se sujeta a la ley divina; y al quererlo sujetar a la ley humana ignorante de estos secretos, no porque sean tales porque se os han descubierto, sino porque en vuestra supremacía, en vuestro error y vuestra ignorancia de las cosas del espíritu, desequilibráis al espíritu y cargáis vosotros con la responsabilidad, que pagaréis.

  

Las penas corporales, no redimen al delincuente y menos la reclusión y aislamiento de la sociedad; es cierto que la pena de muerte se impone menos que antes; pero debió desaparecer hasta la historia de ella; es cierto también que el régimen carcelario se ha dulcificado mucho, pero debe desaparecer en absoluto.

   

Las cárceles, aunque no lo queráis confesar, no han tenido más fin que el librarse de la teocracia y la plutocracia de la persecución de sus mismas obras; porque si la organización social fuese moral, no habría crímenes que castigar; porque ¿cómo queréis que no os persigan, sí abrogándoos vosotros todos los derechos de toda la humanidad se la negáis a los hijos del trabajo, obligándolos a ser los burros de carga, llevando una vida miserable y de horror, no encontrando justicia a su pedido de pan produciéndolo él, teniendo que andar semidesnudo tejiendo las sedas que vosotros vestís; durmiendo en el suelo o sobre paja y poco menos que a la intemperie, en tanto que vosotros reposáis en muelles no estando cansados más que del vicio y la lujuria y os embalsamáis de esencias incitantes, mientras el trabajador respira una atmósfera pestilente y pútrida? ¿Es esto justicia? ¿Es esto equidad? ¿Es esto amor? ¡Y queréis que no os odie el trabajador provocándolo y persiguiéndolo en todo momento y no encontrando justicia ni aun en millones de casos de estupro y abandono en sus propias hijas!... Poned remedio pronto o temblad, porque en vuestra mano está evitar la tragedia; pero si la provocáis, seréis aplastados como lo que sois; víboras ponzoñosas que habéis envenenado la sangre del pueblo trabajador y productor.

   

No aleguéis que habéis heredado los bienes que poseéis, porque es otro absurdo, como lo probaré en otro capítulo en donde veréis que no hay familia más que en el espíritu.

    

Las cárceles no pueden existir desde hoy, porque tienen derecho a la libertad más que vosotros que los encerráis, los hombres que por vuestra culpa cometieron hechos que no habrían cometido si la moral os guiase y la ambición no os embotarse.

   

Y no creáis que digo que no se debe sujetar la maldad y el crimen. Yo vine para anular éstos, estableciendo el Amor y la Comuna y no hay nada más fácil que redimir al que cometió un hecho; pero no puede ser en el encierro, sino en la libertad y el amor.

   

Hacedle ver al que ha delinquido su equívoco y le veréis llorar y arrepentirse. Pero ¿cómo podréis vosotros ser eficaces, si el delincuente sabe que vosotros mismos le provocasteis con vuestros errores? Sólo podréis hacerlo acusándoos a vosotros mismos primero; “quitad de vuestro ojo la viga y luego podréis quitar la paja del de vuestro hermano”, como dijo Jesús, por sabia advertencia.

   

Estudiad antes las leyes divinas que los “códigos de fantasía” que os habéis fraguado en el sueño de vuestra conciencia y veréis que todas las cosas que pasan son el cumplimiento de la justicia del Padre, porque ni una sola hoja cae del árbol sin su voluntad.

   

El amor del Padre y el del Juez que mandó a imponer su Ley de Amor, os da claro y probado vuestro error en el libro “Buscando a Dios”, señalándoos la causa total de ese error y perversidades que este Código acusa y es el auto fiscal inapelable que había de producir la sentencia jurídico-humano-divina, inapelable también.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 

 
 
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