Las leyes de analogía
- EMEDELACU

- 3 nov
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De las innumerables leyes del ternario o de la Naturaleza, se desprenden por justicia las leyes de la analogía: como de la carta orgánica o Constitución de una Nación de un estado Civil, se derivan las leyes parciales que organizan y reglamentan a cada individuo.
En los tres reinos de la Naturaleza, hay las mismas leyes y todos los seres las observan fatalmente: y aunque al parecer sean cosas diferentes por la disposición diferencial del ser que las cumple, en su principio y su fin, son las mismas.
Pero entre el hombre, el irracional y la planta, ha de verse la diferencia de perfección y constitución y componentes y el grado siempre diferente en cada cosa.
Las plantas, todas tienen la ley de preparar al hombre medios de vida: y no sólo al hombre, sino a todo ser animado, porque éstos, por su grado natural de vida, no pueden consumir las sustancias en estado de mineral, que es más grosero que la complexión del organismo animal.
Así, pues, las plantas toman las sales y esencias minerales en sus estados del 2° al 4° grados y se lo asimilan y lo purifican y lo dan al hombre y al animal, en frutos: y es porque el mecanismo de sus órganos está destinado a elevar esas substancias inferiores a un grado más puro, para que los consuman los organismos animales y animados.
En ese reino vegetal hay tantos grados también como especies; y unas plantas dan sólo productos para seres irracionales, en tanto que el hombre elige el fruto adecuado a su organismo más delicado que el del irracional, cuyo fruto, por lo tanto, será de plantas y seres más análogos y complementa su nutrición con los productos de los animados mansos; es decir, de los que ya no oponen resistencia a la inteligencia del hombre, y en todo se ve la ley de lo ternario, vencida y sometida al KETHER: a la suprema razón del equilibrio.
El hombre crece por su propio esfuerzo, que es la ley fatal para él más que para todos los seres; pero ese esfuerzo repetido, es para ceder a la Naturaleza nuevos poderes orgánicos, que darán incesantemente nuevas formas por mayor belleza; porque las formas, intrínsecamente, estarán sin variación, como la ley que las procreara la primera vez.
Esto que es en el hombre, es igual en los seres que le sirven, y al hombre lo sirve todo; pero todo tiene la misma ley de ascensión hasta llegar en pureza a poder transmitir su alma al alma humana.
Este es su punto culminante y de perfección en las cosas del hombre abajo. Pero seguirá ya cada cosa ascendiendo y sin traspasar los límites de su rol: porque el animal irracional, en sus formas y funciones, como el vegetal y el mineral, lo serán siempre; pero sus productos, su esencia de pureza, belleza y civilización de los tres reinos, los asume y se los asimila el Espíritu, agregándolos a su alma, por las funciones fisiológicas animales de sus cuerpos.
De esta forma y manera infalible, la materia de los tres reinos (que son los tres mundos de los Sepphirotas) se espiritualiza; y por el espíritu del hombre llega todo en esa forma y con el tiempo, a su procedencia única, y no a confundirse en ella, porque esto sería dejar de ser, sino a vivir libre en la unidad y siempre operando el movimiento del ternario, pero en el cuaternario, en el cubo, en la razón suprema de lo divino, para de ahí comprender entonces en su alta y vasta realidad del Quinario, que es el hombre dominando a la materia.
En ese estado, el hombre nos parece otro hombre que cuando jugaba con los números, sólo entendiéndolos en la materia. Pero observad por analogía sus obras y conocimientos y veréis la misma y única ley que el hombre obscuro o aberrado materialista, o fanático religioso, lo mismo también que en el animal irracional, en la planta y en el mineral.
Si la Cábala de los números entiende bien esto, todo lo puede resolver el Cabalista y se acabó el misterio de la Magia y el ocultismo para él y luego acabará para todos los hombres, porque la sabiduría es lo más contagioso que existe en la Creación: es más contagiosa la sabiduría que el amor carnal, al que nadie puede sustraerse ni resistirlo: y con esto digo todo lo que se puede decir de lo imponderable del contagio de la sabiduría.
De todo esto resulta que todo se funde, por unirse en la naturaleza y todo se lo apropia y asimila el hombre en su alma, para fundirse en ella todo su valor y potencia y así espiritualizarse.
Por esta espiritualización estad seguros en decir que las almas de los irracionales alumbran más que un sol; pero es porque, en el alma humana, forman el traje del espíritu: y como el espíritu es luz, todo lo que a él se adapte para su forma visible y tangible, siendo divino por naturaleza y procedencia, todo, repito, se ilumina a su contacto, cuando el hombre se ha convertido en triángulo humano, fiel reflejo del triángulo divino: y lo que antes era antagónico, ahora dejó de serlo, por el triunfo del Espíritu, cuya analogía es la razón Suprema.
Libro: Los cinco amores
Autor: Joaquín Trincado
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