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Joaquín Trincado

Las casas de la maternidad deben ser casas comunales

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 30 jun 2025
  • 8 Min. de lectura
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La desaparición de la iglesia católica y por consiguiente del celibato, no pondría remedio al mal profundo que ha causado, al momento; y así, la Comuna debe tomar las medidas en amor, para ir regenerando a la humanidad dañada por la falsedad del dogma religioso y los prejuicios de sociedad que se derivan de las erradas leyes sociales supremáticas, porque todas fueron inspiradas en el mismo error.

  

Tal como hoy se encuentran esas casas, más bien son un baldón, porque son inspiradas en la caridad cristiana, que es una refinada y estudiada hipocresía, porque la iglesia la ha inventado para matar el amor, haciendo un arma indecorosa, digna de las mayores censuras.

   

Por la caridad, la iglesia cristiana entiende muchas cosas que denigran en todo su horror a la humanidad; llama caridad a la limosna que rebaja; pero que lo trataré donde le corresponde, porque aquí sólo quiero tratar de la caridad en general, para referirme a las casas de maternidad, que son la bandera de las vergüenzas públicas, la que no logra encubrir las vergüenzas porque sus pliegues son muy estrechos

   

Hay países donde el torno está abierto en la casa de maternidad y allí hay menos infanticidios; pero hay otros donde es necesario entregar los infantes en mano de una monja, que es madre desnaturalizada de la manera que hemos visto en el convento; pero no lo recibe sin saber quién es su madre, si es mujer de vida airada, si es soltera, casada y separada del marido, o viuda; si sabe quién es el padre, si es casado, viudo o soltero, y, al fin, se pide una recomendación de la dama tal, que es seguramente una esclava viciosa aristócrata, como ya estudié; o del cura de la parroquia, otro corruptor; o del señor tal, otro libertino; y en todas estas procesiones se reciben insultos y menosprecios y esto obliga a que la madre, que está llena de odio, porque el cura, su patrón, o el libertino la sedujo y la abandonó, abandone ella a su hijo en medio del arroyo, lo deje tras de una puerta y no pocas veces asesine al inocente infante; y luego se hará la crónica de una desalmada, con datos espeluznantes y se echa la policía a buscar a la autora del crimen que, si la encuentra, será publicado su retrato para su vergüenza.

   

Si ésta confesara ser aquél hijo del cura, de su patrón, que bien pudiera ser un encargado de funciones públicas o el mismo Juez... ¡Qué disparate! Al calabozo, incomunicada, y ya no sabréis más de aquella mujer. El causante de aquellas tragedias habrá visto por la prensa todas esas odiseas horribles; no se conmueve, porque está prejuiciado; porque pertenece a una familia honrada (¿) y lo ve todo impasible. ¡Infeliz; qué poco sabes de la justicia divina! ¿Aún tendrás coraje de decir: soy civilizado?

  

En este crimen, la madre es la menos responsable de todos y es la única castigada; aquí los mayores responsables son los que manejan las casas de vergüenza; porque si no hubieran exigido tantas historias para recibir el infante, no se ocasionaría ese ni muchos otros infanticidios.

  

¿Pero no sabéis la causa de tantas preguntas? Pues yo os la diré: se trata de saber si el padre de aquel infante tiene pesos; la monja lo participa a la dama presidenta, que está bien aleccionada por el canónigo, obispo o cardenal, y ya se arreglan para hacerle una observación que será una amenaza y pronto llueven pesos y todo está bien; puso una venda a la puñalada que dio y “Ego te absolvo”. ¿Quién os ha dicho, farsantes? Sólo la justicia divina, que está muy lejos de vosotros, lo absolverá, pagando en la moneda correspondiente.

   

Esta es la odisea que generalmente corre cada infante que es recibido en la casa de baldón, donde empieza otra odisea que, como ya dije, lo llevará a la cárcel y aún al patíbulo y quizás sentenciado por su propio padre.

   

No, gobiernos; esas casas tienen que ser comunales y allí no puede haber monjas ni frailes, ni curas; allí es donde debe haber hombres y las mujeres más probadas en virtudes de la ciudad; los maestros y maestras más sabios de vuestros estados y al cuidado de los municipios que les corresponde; pero es al gobierno exclusivamente que le compete su vigilancia y sostenimiento. Esa casa debe ser el palacio más suntuoso y la colonia más completa donde nada debe faltar, aún a costa de los más grandes sacrificios pecuniarios.

   

De allí deben salir los hombres de valía, porque, yo os lo digo, esos hijos de la libertad son todos espíritus intrépidos que obedecen a la ley de afinidad, y tenéis grandes ejemplos en todos los que han sido educados por particulares, en amor, y hasta hay algunos, a pesar de vuestra soberbia y orgullo, que han sido tales sus obras que no habéis podido menos de incluirlos en la historia y hasta tiene alguno de ellos estatuas en las plazas públicas.

   

¿Moisés no fue recogido en el río metido en una cesta? Es necesario, gobiernos, que os inspiréis en este Código de Amor en el que el Padre os da el máximum de su ley y para ello mandó al Juez que la mayoría reconoció, a preparar el camino a la generación que ya empieza a llegar y que trae el amor por ley y por régimen la Comuna; pero quiere el Padre que en este pequeño período de transición os acojáis a la ley que en su nombre proclamo y para eso se escribe este Código, porque las generaciones que ya llegan lo traen sabido y se os lo dice.

   

Pues bien; en todos los mundos, la Comuna  empezó por el reconocimiento de los hijos de la libertad; mas no creáis que se deben recoger cuando ya han nacido; el amor debe ir más allá, y en cuanto llegara la mujer que haya concebido, o en cuanto la verá el vecino, debe ser recogida ya y que nada le falte; mas sabed que la ley es el trabajo y allí también hay que trabajar, y el trabajo sobrará para todas; allí la madre criará con amor a su hijo y el hijo tomará la instrucción y se hará hombre en la agricultura y las artes o las ciencias y cualquiera de los ramos del progreso humano, porque nada debe faltar.

   

Allí se miran en amor los afines, formando familia ejemplar que será de provecho, y en ese estado la Comuna le dará a esa casa lo que le pertenece en justicia y equidad para su vida de trabajo y trabajará para la Comuna, porque esos ya saben que todos son sus hermanos.

   

Los salidos de allí y los nacidos en familia en nada desmerecen, porque sabrán que al igual han cumplido la ley del Padre y la propiedad les pesará, porque en igualdad encontrarán cuanto hoy sólo pueden encontrar unos pocos, a costa de todos.

   

¿Pensáis, gobiernos, que tenéis que imponeros sacrificios grandes? No tal; con menos de vuestro presupuesto actual llegáis y aún os sobra y, dentro de poco, si organizáis con sabiduría, el solo establecimiento aún os producirá intereses, si esto habría de ser necesario.

   

Los enormes presupuestos que tenéis para mantener a esa inmensa multitud de parásitos, los que sobre no producir más que crímenes y deshonras aún os obligan a inclinar la cabeza, cuya imposición denigra y hasta su aliento perjudica vuestra salud, porque yo sé los efectos del magnetismo animal. Esos muchos millones, digo, que invertís en ese culto infamante, grotesco, no los habéis de gastar ni con mucho en la instalación de las casas comunales.

   

Más si fuera necesaria, en nada con más justicia pondríais una contribución comunal, porque debe dotarse aquella casa de todo el progreso material en el confort, las ciencias, las artes, la agricultura y cuantos conocimientos industriales hay en nuestro progreso.

   

Os veis (en mil casos sobre divorcio) atados, sin saber ni poder resolver en justicia cuando hay hijos y condenáis generalmente a éstos a vivir con quien no quieren y los hacéis desgraciados; os repito que al espíritu no le atan las leyes humanas; se comete un atropello a las leyes humanas que no las sabéis porque no las habéis querido estudiar por el error de religión, o por un malentendido materialismo; este atropello encierra uno o más crímenes y el desconcierto en todos los individuos de la familia.

   

Esto, necesariamente aún sucederá durante estas tres generaciones que están sentenciadas en juicio inapelable, es porque están prejuiciadas por la religión y las leyes sociales, inspiradas en su error, lo resolveréis en justicia en cuanto tengáis la comuna de los niños, porque los hijos de los divorciados son también hijos comunales y en aquella casa tienen el calor del amor de los hermanos, y aún el padre o la madre que en voluntad quiera seguirlos, tendrá allí no sólo acogida, sino que tienen perfecto derecho de vivir en la Comuna, trabajando y disfrutando de los mismos bienes comunales. 

   

En estas casas no se debe dar otra enseñanza más que la verdad del espiritismo, a la que se unen todas las ciencias exactas y la astronomía, como todo lo que concierne a los oficios; pero no deben salir de allí sirvientes, porque esta clase desaparece de la humanidad; el servicio ha de ser mutuo entre vecinos que, cuando el amor reina, en ninguna parte es ajeno nadie, ni nadie deja de ser servido en la necesidad; pero la Comuna tendrá todo el servicio de todas  clases necesario a todas las necesidades.

   

Los oficios, allí, no pueden ser explotados por patrones, pues no hay más patrón que la Comuna y ésta ha de regular la producción de los enseres; pero la agricultura han de saberla todos los hijos de la tierra en la que deberán trabajar todos, para tener en su mano la generalidad de las vituallas, a excepción de los productos que deban producirse en la comunidad, como el pan azúcar, etc., etc.

   

En el tiempo de transición, que es el de las tres generaciones, la Comuna quedará en propiedad de todo lo existente en el mundo, debiendo empezar por los ferrocarriles y anexos, y no pueden ser arrendados cumplidos los compromisos de hoy, sin preocuparse de los territorios, que éstos, en ese tiempo, todos pertenecerán a la Comuna, por las disposiciones organizadas por la ley de los afines y porque la educación en el verdadero amor de los individuos nadie pretendería cargarse con la carga de la propiedad que no tiene razón de ser, por no caber, porque es ya muerta la supremacía y porque en la igualdad verán todos la armonía de que es capaz el ser humano. Ya entonces se habrán acabado las miserias de la vida y el mundo disfrutará de la belleza y de la paz, porque las guerras, sólo por la historia y para compadecer los tiempos pasados se conocerán. El hombre vivirá donde mejor le plazca, siendo hijo de la Comuna en todas partes, y la mujer será la reina del amor y no la esclava de las leyes de la maldad. 

   

La administración de la Comuna siempre caerá, por necesidad, en los hombres y las mujeres que al efecto elegirá el plebiscito sin trabas ni componendas políticas, y nunca será errada la elección, porque el Espíritu de Verdad no será ajeno a ninguno de los actos del mundo tierra, como no lo es en ninguno de los mundos de la cosmogonía a su cargo, que son un radio espantoso de 7 1/2 nebulosas con infinitas miríadas de mundos y humanidades en cuyos mundos, el jefe de la Comuna es llamado el Maestro, el que reúne todas las cualidades necesarias, conforme al amor y sabiduría del Padre.

  

He dado el conjunto de la Comuna, por el que se ve los beneficios que aún pueden disfrutar los hombres de las tres generaciones, empezando su establecimiento desde ahora y sería una prueba inequívoca de que acatan la ley y el Juez le dirá al Padre que en su misericordia y amor se extremó, para que mis hermanos oigan mis avisos y luego, dentro de poco, después de haber estado algún tiempo en la luz del Padre, vuelvan a la tierra, en cuerpo, a disfrutar de su trabajo y trabajar de nuevo para llegar al mayor grado de progreso y sabiduría. ¡Oh, feliz día; yo te veo!.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 

 
 
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