top of page
Joaquín Trincado

Las armadas y la paz armada

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 10 jul 2025
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 18 jul 2025

ree

Las armadas y la paz armada


Lamentable es que toda la juventud de la tierra esté de uno a tres años hoy (antes hasta 8) con un instrumento criminal entre sus manos, en cambio de la esteva del arado de la azada o de la herramienta de un oficio cualquiera; pero es más lamentable que sobre la inmoralidad que crean por su desocupación, se les enseña el exterminio de sus semejantes, ensañándolos por el prejuicio de patria en la que se le fanatiza, en vez de enseñarle que la patria de todo hombre es el mundo todo y que en ninguna parte es extranjero.

 

De esa idea de patria nace el odio al del otro lado de la frontera y así sucesivamente les sucede a todos en todas las naciones, dificultando el trato; y gracias a que la idea de defensa del ahogado obrero tiende a solidarizarse en todo el mundo, lo que hará apoyándose en este Código de Amor, la patria universal; los hombres sistemáticos y supremáticos no quieren ver en esto la gran obra de los espíritus; pero mayor será el desengaño que sufrirán, pues el primer movimiento universal será negarse en todos los pueblos a empuñar los hombres las armas para batirse con el de otra nacionalidad, porque ya, en su espíritu, ha entrañado la idea verdadera de fraternidad, porque el Padre ha previsto de antemano y ha hecho sentir la necesidad imperiosa de las emigraciones y así se han hermanado, al propio tiempo que en todas partes surgía la idea de la mutua ayuda, para alcanzar un algo mejor pasar; y aunque son perseguidas por los gobiernos las sociedades de resistencia, no consiguen más que una cosa prevista por los espíritus del Padre y es el justificado antimilitarismo, porque en toda emergencia se echa mano de los ejércitos para castigar a los que trabajan para mantener a esos militares, y ellos, trabajando, no pueden comer, porque todo lo necesita el gobierno para pagar a los asesinos del pueblo y a la religión, madre e inductora e impositora de los ejércitos, de las guerras y de la represión siempre criminal de los hijos del trabajo que piden pan, que piden libertad de pensamiento para progresar, para ser sabios, porque ha llegado el obrero a avergonzarse de ser ignorante; la religión sabe que de la instrucción del obrero, depende la desaparición de la patraña Iglesia y de aquí la imposición, bajo el nombre de un Dios falso en que se apoya la ignorancia, para que los gobiernos sus feudos, repriman a sangre y fuego al que pida pan, al que pida libertades, y, en fin, al que se queje. Hay que mantener al pueblo en la ignorancia; basta enseñarle los absurdos de la religión y la mentida patria; hay que sitiarlo por hambre, para que no tenga respiro; para que el hambre le obligue a rendirse y hasta hoy ha sido así; ha tenido el obrero que rendirse al hambre de sus hijos y al temor de quedar tendido en la calle de un balazo como otros compañeros; y vuelve al trabajo vencido por los parásitos y sin conseguir su justo pedido, pero con un depósito mayor de odio contra su forzado explotador; contra los hombres del gobierno; contra el militarismo; contra todo parásito y contra toda la sociedad, cómplice con los causantes de su degradación por la fuerza bruta, que aprovecha todas las energías, todos los esfuerzos de todo el país y todo el producto de toda la industria, del comercio, las artes y la agricultura, para mantener la supremacía.

 

Por las continuadas guerras promovidas siempre por las religiones, nació necesariamente la nacionalidad y de ésta el fanatismo de patria, no mejor que el fanatismo religioso; y dos ejércitos luchan encarnizados al grito de patria y ambos invocan al mismo Dios y uno llevará la victoria y la religión entonará cantos a ese Dios antropófago. Y los otros que invocaban al mismo Dios, ¿qué harán? Crecerá su odio a sus vencedores y al Dios que invocaban y no perderán ocasión propicia para vengarse, y políticamente tienen razón, desde que tan falta de razón es su derrota como el triunfo de su enemigo, porque invocaban los mismos derechos de Dios y de patria; y ese Dios que hunde a unos y eleva a los otros, es un Dios parcial y no puede ser más que un Dios monstruo; ese no puede ser el Dios de Amor universal, Padre común; ese es el Dios de las religiones y de los supremáticos.  Pero ya ha perdido la fuerza, que era la ignorancia del hombre del pueblo, porque el hombre, que servía de instrumento inconsciente en esas luchas, se hace consciente, se hace sabio y ya rechaza el militarismo y lucha decidido contra la religión y el Dios criminal de las religiones, y su triunfo está en la unidad. El Juicio de Mayoría ha venido a confirmar esta unidad que ya se vislumbra en la solidaridad por el trabajo constante del espíritu; y el día de la batalla está tan cerca, que el rumor ya se oye como rumor de imponente e irresistible tempestad.

   

Cundía el malestar por todo el mundo y sobre todo en Europa, viéndose inminente la gran catástrofe europea, cuando surgió al trono de Inglaterra Eduardo VII, que la contuvo con la paz armada y las alianzas de las potencias; ésta era una misión que le encomendara el Consejo Superior y se instituyó el Tribunal de la Paz, todo obra de los espíritus de Hellí, y se han evitado millones de vidas y ríos de sangre, a costa, es cierto, de muchos millones de pesos, que se consumen en barcos y armamentos y que constituye la ruina económica de todas las naciones; pero bendita sea aquella obra, que, si ocasiona la miseria de los pueblos, ha dado margen a las inmigraciones y éstas a la corriente de solidaridad entre los oprimidos y al conocimiento de unos y otros hombres de todas las naciones, que juntos trabajan, cambian impresiones, conocen todos los sufrimientos, los defectos y las causas de los males de todas partes y todos saben que el mal está, primero en las religiones y las supremacías y luego en el militarismo; y contra todo esto protesta el obrero, el industrial, el comerciante, el agricultor, el hombre de la ciencia y todo el trabajador.

   

Del mantenimiento de la religión, que, en todas partes, el presupuesto no es menor que la lista civil y del militarismo, que es un presupuesto espantoso, nace la miseria de todas las naciones. Porque además de que su lujuria, su orgullo les lleva, al despilfarro gastando una sola familia más que diez de obreros y viene la carestía de los víveres; pues como está llegando el momento de que todos quieren comer del presupuesto, y por los padrinazgos se crean empleos a miles, innecesarios, resulta que la agricultura, primera base de toda riqueza, se queda sin brazos y no se fomenta la explotación de la tierra y aun desanima y hasta se ven obligados los agricultores a abandonar las tierras de cultivo, porque se les grava hasta ni poder satisfacer contribuciones en impuestos onerosos, porque la supremacía infiltrada en las cabezas vacías sin sentido común de los gobernantes, siervos de los pontífices y pastores de las religiones, no ven más derecho que el de su panza y sus vicios y no les importa que el productor se muera de necesidad; y si protesta, ya tiene armas para reprimirlos, y estas armas han sido obligados a pagarlas los mismos a quienes con ellas se asesina, y aún lo más grave es, que los hombres que manejan esas armas son los hijos del pueblo, los hijos de los productores robados del hogar en lo mejor de la edad, para enseñarlos a ser criminales y verdugos de sus padres y sus hermanos, con otra mentira no menos censurable que la religión: la patria, vaca lechera de todos los parásitos y retrógrados.

   

Pero vino un azote mayor que a todos los pueblos con la paz armada; y es que la ambición de los déspotas; de los que no saben lo duro del trabajo; los patrioteros sin conciencia, viven con recelo del vecino, que lo mismo que ellos viven a costa del productor y con la misma canción de patria; todos piensan que, en cualquier momento, su vecino se le vendrá encima porque le hizo una jugada política rastrera o por otras causas inconfesables, y se preparan, hacen esos monstruosos barcos, con descomunales cañones, que cada disparo cuesta la manutención de una familia trabajadora de todo un año. ¿Y todo para qué? Para la destrucción de la humanidad; para todo lo contrario a la Ley de Amor del Padre.

   

Todos los gobiernos saben que será su ruina; pero ven que la otra nación hace, pues los otros hacen. ¿Que se hunde la nación? ¿Qué importa? Es necesario mucho para que, a ellos, a los causantes, les llegue el hambre y la miseria; pero sabed que ha habido reyes que han muerto a manos de los hombres oprimidos; y que, si al pueblo no se le aconsejara calma, resignación, amor, ya habría estallado el infinito depósito de ira y desprecio que abriga en sus pechos; pero le decimos, en sus espíritus; no son los primeros culpables los poderes; hay una causa primera; esa debes derribar antes; y luego, si no eres atendido, toma tú el poder.

   

Esto espera el pueblo y no en una nación sino en todo el mundo y ya el día llega, porque ya estamos en la alborada de la nueva era, en la que las religiones han de rendir cuentas estrechas y desaparecerán, porque así está decretado en los consejos del Padre; y ¡hay el que quiera resistir el empuje de esa corriente tremenda! Se suicida él mismo, porque las fuerzas vienen de donde no llegan los cañones, ni las bombas de los aeroplanos. ¡Iglesias, poderes!... No tratéis de resistir, vuestro esfuerzo será nulo y os acusaréis de incorregibles y más dura os parecerá la acción de la suprema justicia; quedáis avisados.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
bottom of page