La Sociedad; La sociedad dividida en clases es un absurdo
- EMEDELACU

- 10 jul 2025
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“Dios mío. Creador universal, no tiene principio; es eterno; los hombres son sus hijos y él su herencia”.
Esta cláusula, primera del testamento de Abraham, es bastante, sin más filosofías, para anular todas las clases que se han hecho en la tierra por los supremáticos, que están representados en otra cláusula del mismo documento, que dice: “Y como dan placer a la carne, los toman los hombres que son de carne y no ven a Adán, que parece Ángel”. Y en otro lugar del mismo testamento, dice Hellí a Abraham: “Y mis hijos, negros de hollín, que demonios llamáis, enseñan a los hombres de la carne, (que son mis hijos) los deleites y los placeres y los males de matar y creen, porque no ven la luz de Hellí, que son dioses; y la lucha es y el mal es y los sufrimientos es lo que les pagan”.
Ya lo veis: todos sin excepción somos hijos del Creador, Padre Universal, y Él es la herencia de todos; no hay singularidad para nadie, y ni para mí, que como Juez de su causa me envió a dar la máxima ley, como no la hubo para la aparición en la tierra en las mágicas bolsitas y como no hay singularidad en el nacimiento del monarca, como en otro cualquiera individuo, aunque sea el pordiosero; como no hay diferencia en la muerte de nadie, porque la ley es una, inmutable e inflexible.
Pero… “Y como dan placer a la carne, los toman los hombres que son de carne y no ven a Adán, que parece ángel”; así es que, los que dan placer, los encastillados de la sociedad, son los supremáticos de las religiones, porque ya hemos probado que sólo viven de y para la materia, que es la carne, y los que les siguen y los que por ellos son investidos, son como ellos, hijos y esclavos de la carne y son los únicos “demonios” que ha habido y no de los infiernos que no existen, sino en la tierra, como lo afirma el mismo Hellí por el espíritu que habló a Abraham, cuando dice: “Y mis hijos, negros de hollín, que demonios llamáis, enseñan a los hombres de la carne, que son mis hijos, los deleites y los placeres y los males de matar y creen que son Dioses, porque no ven la luz de Hellí; y la lucha es y el mal es y los sufrimientos es lo que les pagan”.
¿Cómo se conocen las palabras del Padre, que a pesar de haberlo suplantado con toda la malicia para ser Dios ellos, haciendo Dioses mitos, aún los llama hijos y no hace excepción de nadie? Sólo puede ser así el Dios de Amor que os da el Juez en este Código y el Padre, quiere ya ser conocido, porque se ha cumplido su promesa que está en el mismo testamento de Abraham cuando dice: “Y los siglos serán treinta y seis, desde que escribiré mi ley hasta que la tierra la sabrá”. “Y de este siglo mis hijos serán de luz, porque verán la luz de su Padre que les darán mis espíritus”.
Contad desde que Moisés recibió la ley del Sinaí y el tiempo se ha cumplido; vino el Espíritu de Verdad y con él, el juez de vivos y muertos y todos los espíritus del Padre, y, por lo tanto, dieron la luz de la verdad y ya en la tierra no tiene cabida la tiniebla, que es el hollín del alma de que habla el Padre; esto justifica el juicio final celebrado y la expulsión de la tierra de los malos trabajadores; y ya que sabéis que estáis sentenciados y que con el paso de tres generaciones el amor será la ley en la tierra y por él la felicidad de la humanidad, porque todos se reconocerán con el título único y verdadero que existe: “hermano; pero esto no podría ser sin la Comuna, en la que todos son iguales en derechos y obligaciones, en trabajo y usufructo. Voy, por esto, a estudiar un momento sobre la actual sociedad, a fin de que podáis ganaros continuar en la tierra cultivando las flores y sazonando los frutos como expertos jardineros; de lo contrario, iréis al bosque, que es tierra más dura, donde los sufrimientos os enseñarán a cultivar flores que, al fin, den fruto sazonado.
Por de pronto, saber que la sociedad, tal cual está constituida, es contraria a la voluntad del Creador, porque es opuesta a sus divinas e inmutables leyes; y que, por la maldad de los hombres, la ley de igualdad ha sido desconocida, ultrajada y hasta borrada de las conciencias; y como el Padre no se deja burlar y sus hijos han de cumplir su voluntad, se ha dejado sentir con todo su peso en la ley de justicia, haciendo que cuantas veces delinquen vuelvan a la tierra y sufran las consecuencias de sus faltas anteriores, haciéndoles ver antes en el espacio sus faltas y el medio de corregirlas.
El espíritu ve claro en su archivo (si está en la luz) y no ve claro (si su orgullo le ciega). En el primer caso, viene decidido a la lucha en el trabajo; en el segundo, viene ciego y más se cegará en cuanto se encierre en la materia; pero a estos últimos, generalmente, les es impuesta la reencarnación, para que el ejemplo de los luchadores, de los trabajadores, los despierte.
Los primeros son sabios y trabajadores de voluntad y militaron (según su propósito) en las hoy llamadas clases obreras que comprenden desde el labriego hasta el hombre de ciencia con todas las artes, las industrias y el comercio; los segundos vienen en odio y despecho y componen siempre las clases parásitas y quieren vivir la vida de la materia, vida animal, vida de predominio; son los que ponen el desconcierto, por la religión, las leyes opresoras, el fanatismo de religión y de la patria y son, en fin, los acaparadores de todo lo material y jamás se satisfacen, porque la concupiscencia se les despierta cada vez más, en castigo a su destemplanza y desmedida.
Estos son sabios en el vicio, la maldad, y son los que han hecho las clases y las razas; pero son absolutamente ignorantes en las leyes divinas y naturales y hasta en las mismas de la materia, aunque es su único Dios; pero como tienen el odio al progreso y acapararon por la fuerza desde el principio de las religiones, los productos de los trabajadores, sólo estudian por la ciencia de otros, pero de atrás, y se oponen al progreso que cada nueva generación trae, y en otra existencia aceptarán lo que en la presente rechazaron, y así son la rémora siempre del progreso de los trabajadores, no sabiendo más que lo que otros han estudiado; y esto, desfigurado, mistificado a su conveniencia; pero aún contra su voluntad, se tienen que ilustrar; pero en esto se debe ver la fuerza del progreso, que al fin, nadie, ni por voluntad de ser siempre ignorante, puede serlo; sino que es empujado por la inexorable ley de justicia, que al fin triunfa y será sabio.
Pero han causado gravísimos prejuicios a sus semejantes, a los trabajadores de voluntad; y cuando al fin éstos son mayoría, se impone la Ley de Amor, que es la de los trabajadores y llega la liquidación de cuentas y cada uno debe saldar las suyas y acatar la voluntad de la mayoría, sin coartar en lo más mínimo la libertad de acción ni su voluntad; y este momento llegó y la liquidación fue en el juicio final, contenido en el testamento de Abraham y anunciado por Jesús, con el advenimiento del Espíritu de Verdad.
Aquí, los supremáticos y esas mal llamadas clases privilegiadas, altas o aristocráticas, que, al fin, con honrosas excepciones son autócratas y desnaturalizados, a las que Juan llamó y llama “raza de víboras”; dirán que hay imposición y, por tanto, se coarta el libre albedrío.
Esto mismo alegaron los espíritus “negros de hollín” ante mí, el día del juicio, y por cierto que estaban bien representados y por todos hablaba el déspota espíritu del que fue el papa Inocencio III, que más soez no puede haber y que sólo el poder que el Padre dio al tribunal pudo librarlo de sus iras[1] (1); pero, como dije a aquel energúmeno, os digo: “Que todos tenemos el libre albedrío, pero somos responsables de nuestros actos, y del daño causado a otros”; por lo que el libre albedrío es para el bien y no para el mal. No podemos causar daño a otro; pero si el libre albedrío podéis ejercerlo en el mal sin causar daño ni escándalo material y moral a nadie, sólo seréis responsables por vuestro retraso; pero sabed que eso es más difícil que hacer pasar un camello por el ojo de una aguja de bordar en seda (hablando materialmente), pues no habéis de interpretar esto como lo habéis interpretado en el dicho de Jesús, y si esto es tan difícil que llega a lo imposible, así es el libre albedrío en el mal sin ocasionar daño moral o material a sus semejantes.
Cómo se ha llegado a dividir la humanidad en clases, lo hemos estudiado en su causa, que no es más que la religión, de la cual los poderes públicos civiles son feudos consciente o inconscientemente; probé que no existe familia en amor, y de ésta afirmación resulta la nueva afirmación de que no existe sociedad, porque no puede existir formada por elementos heterogéneos y que están en pugna unos individuos con los otros, porque no hay igualdad; y porque no hay igualdad, no puede haber unidad; no habiendo unidad, no puede haber justicia, y no habiendo justicia, no puede haber amor.
Solo en la unidad de pensamiento, de miras, de justicia y de obras puede existir sociedad; y como no existe ninguna de estas cualidades indispensables para que haya sociedad constituida, la sociedad no existe; sólo existe la supremacía, la fuerza bruta, la falsedad, el engaño y la injusticia, y por esto es nuestro mundo una jaula de fieras donde se destrozan las unas a las otras y donde se devora al que quiere domesticarlas, como pasó a Juan y Jesús y muchos otro antes y después de ellos.
La sociedad de hoy es menos fiera que antes, porque los domadores son muchos más, pues son todos los que protestan del atropello; pero las fieras son más indomables, por traidoras; se encastillan y a mansalva dan el zarpazo siempre que tienen ocasión amparados en falsas leyes amasadas con la sangre de los corderos sacrificados; pero los pastores del rebaño descarriado por esos lobos eclesiásticos y civiles, y, mejor dicho, eclesiásticos sólo; porque casi todos los civiles, desde el juez hasta el jefe de estado y el monarca, son feudos del poder eclesiástico, o como se dice, jesuitas de levita. Afortunadamente, como éstos sufren de cuando en cuando un arañazo de la fiera iglesia y algún palo o pedrada del pastor o pastores que vienen a recoger el rebaño descarriado, que son los obreros; éstos están ya sin saber con quién quedarse, porque los supremáticos les humillan y les cobran, pero temen llegar al obrero, porque saben que lo han ofendido demasiado, aunque van admitiendo en las leyes alguno que otro artículo ante la imposición de la unidad del obrero y éste se acalla un momento, cuyo momento es aprovechado por el lobo y comete un atropello de injusticia y se queda con toda la ley para él.
El obrero protesta, se levanta en huelga; pero se le engaña con falsas promesas y se le pone en pugna con el patrón a quien se le elevaron los derechos de producción y no puede satisfacer la justa petición del trabajador; y si consiguió un pequeño aumento, se le eleva el alquiler de la habitación, el precio del pan, la carne y todos los artículos de primera necesidad, hasta hacer imposible la vida y quitarle los céntimos que consiguió en su protesta.
De todo esto se refrotan criminalmente las manos de satisfacción, primero, la Iglesia que no perdona la renta que le exige el estado, por haberlo hecho estado y corromperlo y subyugarlo; segundo, el estado con todos los corifeos y pensionados; y tercero, la plutocracia o clases elevadas; tres clases absolutamente parásitas y derrochadoras del trabajo del obrero, que se nutren de sangre, porque sangre es el sudor del trabajador, y lo miran con desprecio sin darle entrada en los conciliábulos, que no otra cosa pueden llamarse los palacios de las leyes, y menos aún donde se amasan estas leyes con la sombra y beneplácito del poder eclesiástico, que le paga con una bendición los millones que cobra y aún les otorga una indulgencia plenaria cuando barrió a la muchedumbre con una lluvia de plomo, porque pedía pan.
Pero aún hay más; la plutocracia y los supremáticos se apoderan en la clase trabajadora de los hombres de las ciencias por una migaja, a costa de toda su ciencia, aprovechando sus conocimientos y prejuiciándolos para que huyan del obrero, con el que deberían vivir y ser sus maestros con los que serían en verdad grandes por su ciencia y pasan por pigmeos ante los supremáticos y plutócratas, con lo que logran hacerse odiosos del trabajador a cuya clase pertenece y donde conquistaría, seguramente, el título honorífico de maestro, teniendo en su mano en todo momento la fuerza del obrero, que es inexpugnable con una dirección lógica, y el hombre de ciencia sería lógico fuera del prejuicio y la imposición de la plutocracia; con cuyo yugo no sale el hombre de ciencia de un hombre mediocre y siempre discutido con sus mismos fundamentos, y el obrero lo mira displicente y lo cuenta entre sus enemigos, siendo así que debería ser su maestro y juntos triunfarían del despotismo que subyuga a todos y en vez de pedir un artículo en la ley que a regañadientes se les concede, para al momento crear otro que anula en su eficacia al concedido; cuando unidos el trabajo y la ciencia, sería la ciencia y el obrero el que impusiera leyes acertadas y sin odio, porque la ciencia no odia; porque el obrero es noble y no odia, y el concierto, daría por resultado el bienestar de todos. Claro está que esto nos lleva a anular las clases y matar las supremacías; y es por esto que los estados llamados gobiernos, a costa de sangre, pero no suya, cohíben la acción del obrero y maniatan al hombre de ciencia que vive muriendo, porque está prejuiciado con su clase media, que no le permite rebajarse a la sencillez del obrero ni puede subir al rango de la plutocracia; y eso es estar aislado y el aislamiento, es vivir muriendo.
Los gobiernos y la plutocracia no pueden pasar sin la cooperación de esa clase media que llaman, en la que están todas las ciencias de progreso; y los ganan con una migaja de su banquete, con un empleo, tal vez a uno entre cien mil, y se aprovecha su ciencia para anularlo a él mismo, puesto que se anula y se fraguan leyes contra la clase a que pertenece; y si éste se mostrase invulnerable, la intriga caerá sobre él y se le envuelve en un proceso, de cuyo delito fue máquina inconsciente y ya es inhabilitado el hombre con su misma ciencia. De esto tenemos muchos ejemplos y es bien merecido, porque la ciencia, bien cultivada, engendra virtud, y la ciencia y la virtud, ejercida en la mayoría que es el obrero, es la fuerza moral y material, y el hombre de ciencia sería virtuoso y fuerte, el que hoy no es ni lo uno ni lo otro por su culpa; porque se dejó prejuiciar por la religión y la plutocracia, y si consigue evadir su influjo, se encastilla en su orgullo mal entendido y se aleja del obrero, porque se cree clase superior y no es tal, sino igual, desde que tiene que manejar útiles y herramientas y esto es ser obrero y, por lo tanto, es de su clase; pero se condenan al no ser, porque viven en el aislamiento y la vida consiste en la unidad de las fuerzas.
Ahora bien; tenemos esbozadas las clases; vemos siempre, en fin, que el factor único es la supremacía; y que ésta sólo reside en las religiones, la que para su vida necesita de la desunión de la sociedad; es innegable que los poderes todos son feudos de todas las religiones, cualquiera que sea la del estado; forzoso es confesar que, aún dentro de esas mismas clases, hay miles de clases, tanto en la religión como el estado y la plutocracia y que dentro de esas mismas clases de clases reina un odio a muerte, una envidia implacable, que se zahieren y se aniquilan, teniendo por norma la hipocresía más cobarde e infame, pues sólo están unidos en un solo hecho; el del dominio de la clase inferior en fortuna, no en títulos, por lo que resulta que la riqueza, o la apariencia de riqueza por el despilfarro, es el respetado entre esas clases, no importando que sea adquirida esa riqueza, aunque sea del comercio de carne humana en los prostíbulos, como se podrían citar algunos casos; muchos, de secuestros y no pocos por el robo.
A toda esta…clase, se le llama altas clases, y ellas son las que dominan por culpa de la que llaman clase media, que ya he dicho que la componen los hombres de ciencia, de cuyas clases altas son ellos mismos víctimas, porque, prejuiciados, se odian y se vituperan entre ellos mismos y condenan a las ciencias a un fin, para el que no las han traído los espíritus de Luz.
Hay otro modo de triunfar la supremacía, y es la división de los partidos que bajo un ideal se forman; si es de ideas antirreligiosas, como de necesidad es que sean las ideas de progreso, lo primero es excomulgado por las religiones, aunque todos ellos sean religiosos; luego, los poderes feudos de la religión, los reprimen y procuran ganar a los más moderados y ya tiene aquel partido dos partidos; derecha e izquierda; y rara vez están conformes con un mismo acuerdo, y en esas dos divisiones habrá pronto tantas como prohombres y se esteriliza la acción del principio. En esta política de división tiene su arma la supremacía y la plutocracia para su triunfo, porque, de niños, prejuició la conciencia con el error y el odio y gravita sobre los hombres como pesada losa que sólo un sacudimiento brusco y de esfuerzo supremo podrá derribar y descargar a la conciencia para ver su error.
De aquí que la sociedad, como hoy está constituida, no es sociedad; y origina, necesariamente, todos los males que atrás quedan enumerados y de que sólo es causante la religión, que en realidad de verdad es el sólo estado que existe y divorciado de toda la humanidad consciente, porque en su principio, en su medio y en su fin, es irracional, inmoral y criminal, porque no tiene por Dios al Dios de Amor.
Por tanto, no existe sociedad y hay que hacerla; para ello, doy la Ley de Amor con el régimen santo de la Comuna, donde no hay grandes ni pequeños, ricos ni pobres, y en la que la ley la da en plebiscito para todos sin excepción y la vida es en unidad y amor, y se habrán acabado las miserias y los delitos.
Termino este párrafo diciendo: que no ha existido ni existe sociedad y que no podrá nunca existir con la supremacía religiosa ni con la plutocracia en los gobiernos; y que, siendo éste el pecado original del mal de los hombres, queda decretado en los Consejos del Padre la eliminación de las clases con sus causas originarias, y, por lo tanto, la sociedad perniciosa; debiendo, la humanidad, acatar este Código del Padre, que estará en la plenitud de su imperio, con el paso de tres generaciones que quedan sentenciadas en justicia de amor.
1) Léase 24 de marzo de 1912 en la “Filosofía Universal”.
[1] Léase 24 de marzo de 1912 en la “Filosofía Universal”.
Libro: Código de Amor Universal
Autor: Joaquín Trincado
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