top of page
Joaquín Trincado

La mujer es parte integrante de la humanidad y le corresponde, por su fisiología, legislar

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 30 jun 2025
  • 12 Min. de lectura
ree

“La mujer es un arcano impenetrable”, se dice por los sabios; yo os repito: la mujer es un libro abierto en el que todos podéis leer, pero no sabéis leer en ese libro porque no sois sabios; la mujer viene al mundo para amar; saber amar vosotros y leeréis en la mujer; pero el amor de la mujer se ve coartado por leyes absurdas y hace como las margaritas: cuando viene la noche envuelven su botón dorado, que lo mostraran a la mañana, cuando el sol la visita.

   

La mujer, en su juventud, lleva su botón dorado del amor expuesto a la vista, en el candor de sus ojos; observar que la joven, muchas veces, siente palpitar su corazón fuertemente, hasta el punto que un observador lo puede notar en la agitación de sus senos; si esta joven tuviera libertad, si tuviera la educación conveniente, la veríais estirarse para alcanzar más con la vista y aun dirigirse con paso firme a un punto, donde el latido, cada vez más fuerte la conduciría y pronto la veríais frente a otro ser, que también latiría su corazón; poner ahora vuestras manos en el corazón de los dos y los oiréis latir al unísono; si los separáis, separaréis los cuerpos; más los espíritus ya se encontraron y no los separaréis ya; pero con arreglo a las leyes de conveniencia, la joven no tiene libertad; el mancebo no puede llegar por la oposición de clases; para él, es una contradicción: para ella, es la muerte moral; se le dará otro hombre; pero ese es el hielo de la noche; la margarita envolverá su botón de oro y sólo lo abrirá ante el sol que la calienta en su amor; habéis cometido Dios sabe cuántos crímenes; esta mujer está muerta; se le une a un hombre que no es el que su alma sintió; no le llena la posición, ni los títulos, ni la arrogancia personal; todo esto es hielo. Le entregará el cuerpo, pero el botón de oro lo guarda para aquel que hace latir su corazón; y, en la primera ocasión, no mira la clase, ni las conveniencias y le entrega su cuerpo, ajado es verdad por el hielo, pero su botón de oro está vivo y allí late su corazón, y ya sabéis las consecuencias que señalé en su sitio: para la sociedad corrompida, hay una falta; para las leyes divinas, un cumplimiento: dejad libertad a esa mujer para amar y no hay escándalo.

 

¿Qué dicen los fisiólogos al estudiar esta mujer? Después de una sarta de disparates, no dirán nada, a no ser la canción de siempre: “la mujer es un arcano incomprensible”. El arcano es la ignorancia vuestra y las trabas de las conveniencias.

   

La fisiología de la mujer se cifra toda en la palabra amor; le gustan las flores, los pájaros y los niños, porque todo ello representa inocencia y amor. Le gusta la música y la alegría, porque es su ambiente y representa armonía; es reacia al mal, por percepción del bien que en su ser tiene; es amiga de la moda, porque es amante del progreso; y como no se le da la libertar para otra cosa, en ello trata de satisfacer una necesidad que siente, pero que no puede satisfacer. La moda parece que esté hecha en la justicia para castigo del hombre tirano y para defenderse la mujer de la amenaza constante que tiene en el libertinaje del hombre, de ser pospuesta por otra bella; pues cuando la mujer ha visto ya muertas sus esperanzas, la realización de sus sueños, se resigna, pero impone sus deseos, ya con esta moda, ya con aquel capricho, y el hombre también es esclavo de su mismo error y tiranía y aguanta aquellas impertinencias, aunque sea a regañadientes, porque le conviene tener aquella esclava un tanto satisfecha, para así él tener más libertad de entregarse a su libertinaje; de aquí los desequilibrios económicos, las trampas en la administración de sus propios intereses y el gravamen oneroso al productor, el rebajamiento de los salarios al trabajador, o un aumento insignificante contra la elevación mayor de alquileres y de los artículos de consumo, hasta hacer imposible la existencia, obligando a vivir al que trabaja en inmundo hacinamiento; de aquí las epidemias, las algaradas, el eterno malestar, el crimen y todas sus consecuencias que degradan a la humanidad. 

   

Si la mujer fuese educada en la más amplia libertad; si ésta tomase parte en la cosa pública, no tendría necesidad de la renovación de la moda cada tres meses, para buscar en ella la defensa a su rebajamiento por parte del libertinaje de los hombres; sabe la mujer que es más hermosa con sus encantos naturales que con los horrores de la moda; pero tiene que encastillarse en ella y hacer resaltar su busto con dos fines, los dos malos por cierto; pero ella no es culpable; la culpa es del libertinaje que desvía de su lado al que heló su botón de oro, y sobre todo es la ley que la esclaviza y le reconoce nada más que el derecho de ser madre y su ama dentro de casa; pero todo esto restringido, pues la caja estará en manos del libertino su esposo, que estará más de la media noche y noches enteras fuera del hogar. ¿En dónde? La esposa esclava lo sabe por presentimientos que no la engañan; sabe que está en los brazos de otra mujer y calla una y cien veces; pero ella es también de carne, y, después de ser esclava, ni siquiera es satisfecha en su ley; esta mujer, que ya no es la inocente doncella, que perdió sus ilusiones más hermosas, que fue anestesiada en sus sentimientos, medita su situación en las interminables horas que el esposo la abandona y acaba por no guardar más el respeto, que no merece el que le juró amor mintiendo, porque tampoco aquél sabía de amor de afines; la dama se entregará al hombre sea quien sea, y hace justicia, porque tiene la obligación de mantener la vida de su cuerpo y el uso de la ley de la carne es de necesidad a la vida, en su medida; no darle la satisfacción de esta imperiosa necesidad mata al cuerpo, como lo mata el exceso; pero esto es materia de un capítulo y lo haré por ser de mucho interés, y lo dicho aquí es sólo para sentar la igualdad de derechos de la mujer con el hombre, porque le rigen exactamente las mismas leyes.

   

Hechas estas consideraciones de juicio, la sentencia recae contra el hombre; la mujer es un ángel en la belleza material y en la espiritualidad: ha reunido la naturaleza, en la mujer, todos sus dones y gracias, como también toda su sabiduría y sus leyes, de lo que no es depositario el hombre. Eduquemos a la mujer en las mismas condiciones del hombre y la veremos resaltar sobre el hombre en iniciativas que no errará, porque posee una mayor percepción de la realidad de las cosas, con una mayor delicadeza y gusto, y sabe dar armonía a todos sus hechos.

   

Hay algunos contados casos de hombres dignos; de uniones de amor en verdad, donde el hombre entregó la administración de sus intereses a la esposa, en tanto que él realizaba las empresas o trabajos, que es lo que en verdad corresponde al hombre; si diera aquí cabida a sus informes; veríais cómo en aquella moralidad y armonía subió su riqueza, sin interrupción, moderada y con alta moral y todos sus empleados trabajadores no sufrieron calamidades; y aún los veréis a todos en días señalados, componiendo una sola alma en la alegría y bendiciendo a aquella buen ministro de hacienda que se cuida hasta de las necesidades y desgracias de sus subalternos, que no los tiene como tales, pues llega a considerarlos parte integrante de la casa y se suceden las generaciones de unos y otros y todos trabajan en su categoría y todos cubren igual sus necesidades. ¿Creéis que esos no son seres de alta misión moralizadora? Hablarle a aquel hombre de política, de componendas inmorales y él os contestará: yo no puedo meterme en eso; me llaman mis obligaciones que no debo desatender. Pero surge una necesidad en el pueblo y lo veréis ser el primero en acudir al remedio con su óbolo, no en forma de caridad, sino que manda a sus mismos dependientes, hasta para no recibir él las gracias, y dice que es un deber; hablarle de otra mujer que no sea la madre de sus hijos y lo oiréis; yo tengo la mía y me basta; pero, en cambio, que sepa el desvío de un amigo y lo veréis, sin mirar a la crítica, meterse a reconvenir y buscar el motivo y remediarlo; pero preguntarle qué dinero tiene y os dirá: no lo sé; eso es de mi mujer; ella es la administradora; yo no le digo más que: aquí tienes esto de la venta de tal cosa o fulano vendrá a cobrar por este servicio: pero veámoslo en una nueva obra o labor que haya que emprender; allí veréis el gobierno entero de una nación, con tal previsión, que no hay cuidado que yerren; el hombre da su plan, la mujer lo estudia, no para desecharlo, sino para medir los valores y se cuenta la caja, las probabilidades de la cosecha, el tiempo que tardará en producir aquella obra; y si la cajera encuentra peligro de déficit, ya hay consejo de familia y hasta de los trabajadores, porque éstos son considerados parte integrante y se soluciona; ya no haciendo toda la obra, ya realizándola bajo el consejo de todos, y en cualquier caso es la mujer la que mueve aquel mecanismo, que en su previsión vigila y oye a diario a su esposo, a sus hijos y aún con preferencia al peón o encargado de la dirección.

   

Preguntar a los trabajadores de aquella casa para quien trabajan; si envidian la suerte de sus amos; si harían algo en su favor, y oiréis que son como su padre; que trabajan con más amor que para ellos mismos; y, por fin, os dirán: Dios quiera que nunca necesiten de mí, pero si necesitaran, yo trabajaría para ellos. De su amo, hablan con la naturalidad de si fuese su compañero y con la confianza de su propio padre; pero de su ama, no os ocurra una broma siquiera; aquella mujer es para ellos como Dios; es la providencia; todo lo ve; sabe cuándo su pequeño necesita un pantalón o calzado; si tuvo un parto su mujer, fue ella la primera en acudir para que allí nada faltara; y en una enfermedad se ha pasado las noches enteras a la cabecera de la cama, para que los que han de trabajar descansen; y así, aquella mujer, a su sola palabra, rige todo el pueblo, como regiría toda una nación y el mundo todo.

   

No temáis que a esta mujer le llame la moda, por vanidad, ni que miradas aviesas la envenenen, ni tema ir sola por parte alguna; ella lleva en su rostro marcada la felicidad, está en su centro, va respirando y dando amor, y con su pureza, infunde respeto; habla con el hombre, conversa con la mujer y no hace ascos de alguna desgraciada ni huye de ella; al revés, la llama, la da consejos y acaba por regenerarla.

   

He ahí la mujer tipo; he ahí la familia patrón; he ahí el régimen de la Comuna; pero hay que buscarlo en la mujer libre y educada como el hombre y con el hombre sin distinción de clases; dejad a la mujer, cuando joven, correr a donde su corazón la lleva; no la prohibáis estar en la reunión del trabajador, como en la conferencia académica; en el concierto del salón como en la música de la plaza; que corra la ciudad y el campo; que se agite en el aire y el sol; no temáis que se pierda, porque ella tiene dignidad en la libertad y su percepción es clara del deber que tiene que cumplir; pero en cuanto le cortéis la libertad, le pasa como al ruiseñor que metéis en la jaula, que no le oiréis los trinos arrebatadores; tañidos de melancolía le oiréis, y, si no le dais suelta, morirá de tristeza.

   

Ya dije también que el Padre ordenó a los espíritus más experimentados, sabios y valerosos, tomar el sexo femenino cuando aparecimos en aquellas bolsitas, y, por lo tanto, es la mujer siempre más valerosa, sabia y perspicaz que el hombre; se humilla porque su mayor amor que el hombre no le permite amargar, por su parte, la existencia; como alternativamente es hombre, como el hombre es mujer en virtud de la ley de justicia e igualdad, tiene la fuerza suficiente para los trabajos físicos como el hombre, aunque su constitución es más delicada, porque es más perfecta materialmente y los cuidados maternales la eximen de los trabajos rudos destinados sólo al hombre en tiempos antes del progreso que hoy disfrutamos y que hoy los ejecuta el hombre, siendo no la máquina sino el directos de la máquina, porque ese es el progreso impuesto por ley a los seres, en el régimen de la Comuna de Amor y Ley.

  

Pero antes de ahora poco se le ha permitido a la mujer por un egoísmo mal entendido, apoyado por la idea religión, tomar parte en los actos públicos y administrativos, ni entrar en las universidades; más de lo poco que se le ha permitido, y esto bajo prejuicios y predominio de programas poco liberales, se han mostrado algunos ejemplares que compiten con los más preclaros hombres; lo que demuestra hasta la evidencia, que lo cantado por la ciencia materialista de que la mayor o menor inteligencia depende en general de la masa gris o encefálica, teoría que demuestra absoluta ignorancia de las leyes divinas, porque la inteligencia no radica en la materia; ésta está en el progreso del espíritu y, el espíritu no tiene sesos, ni sexo, aunque por la ley de progreso la materia del cuerpo es modelada por el espíritu ocupante y se la prepara a sus necesidades en cada existencia.

   

El espíritu que por la justicia de la ley debe tomar el sexo femenino, trae, sobre su sabiduría por la experiencia de anteriores encarnaciones la belleza, hermosura y atractivos de toda la naturaleza, en su estructura; y esto, agregado a la sabiduría que posee según su grado de progreso, le da la superioridad al hombre, en sentimientos y amor; y como esto es lo que constituye el progreso espiritual; y de los conocimientos científicos posee lo que el hombre, porque hombre ha sido, será siempre la mujer superior al hombre, y está demostrado en mil casos, aun en la falsa educación y aún nula educación de la mujer.

   

La mujer no solo viene a ser madre; viene a ser la armonía de la sociedad, y al prohibirle a la mujer tomar parte activa en lo que se refiere a armonizar a la humanidad, es hacer el desconcierto. Es lo mismo que querer interpretar una melodía sólo con los bajos y el bombo de una orquesta.

   

No, hermanos míos; la vida en el mundo es una armonía en la que toman parte todas las partes que lo componen y la mujer es parte integrante, principal y primera, porque es media humanidad en número y más de media en sentimientos generosos y entera cual el amor, porque de éste es la depositaria; y los hombres tienen amor porque lo reciben de la madre en el primer beso al nacer, en los arrullos de la infancia, en el néctar de sus pechos y en todos los momentos de la vida. 

   

¿Cómo, pues, hombre, relegas a este ser que es tu madre y lo esclavizas y lo condenas al no ser, porque no le permites hacer las leyes más primordiales que deben regir a la humanidad? No digas que la mujer es inconstante, libidinosa, distraída, ni ninguna majadería de las que acostumbras, porque te engañas; porque si así fuera no vivirías tú; ni digas que carece de talento, porque tendrás a la vista ejemplos de tu misma madre que te harán colorear tus mejillas, porque sufriste un desengaño por no seguir su consejo; di más bien que la participación de la mujer en todos los actos de la vida te prohíbe a ti ser libertino y te confesarás como eres.

   

En consecuencia, de todas las consideraciones anteriores, el hombre comete un acto criminal en monopolizar la legislación, abrogándose derechos de supremacía que ni la ley humana puede consentir ya.

   

Comete el hombre delito de lesa humanidad al prohibirle a la mujer la libertad más absoluta, porque resulta una premeditada esclavitud.

   

Comete el hombre un sinnúmero de crímenes al no dar a la mujer la libertad de buscar su afín para su unión y da motivo para que ella se entregue a otro, cuando por causa de la frialdad natural del hastío causado en la vida por una unión de conveniencia y el esposo pasa largas horas de la noche y aún todas las noches fuera del hogar.

   

Comete el hombre la más burda arbitrariedad al mantener en la ignorancia a la mujer, que a causa de que ella busca expansión a su inteligencia, sólo se le ofrece la religión, donde por todas las razones contenidas en este Código no debió jamás entrar; porque allí se le dio el veneno que le faltaba para anestesiarse, después de las imposiciones y yerros de las leyes civiles y sociales, resultando así la mujer esclava en su trinidad de cuerpo, alma y espíritu; de cuyos delitos acusó a cada hombre en particular, a la sociedad así llamada en general, a los gobiernos y sus leyes y legisladores, y, por todos, a las religiones todas, y, por todas, a la católica y cristiana.

   

Por tanto, declaro a la mujer parte integrante de la sociedad con todos los derechos de intervención en todos los actos públicos y comunales y apta para legislar y ocupar el gobierno de los pueblos y de la Comuna; e invito a la mujer a reclamar y tomar sus derechos, y declaramos nulas todas cuantas leyes tienen los pueblos en las que se le niegan los derechos que las leyes divinas le conceden, hasta llegar con fruición a la santa Comuna, fin de la felicidad de los mundos y sus humanidades.

  

Cierro este capítulo diciendo que, si el mundo pudiera ser incompleto, se podría suprimir el hombre, pero no la mujer. He ahí lo que por malicia esclavizáis. 


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
bottom of page