La herencia fisiológica y biológica
- EMEDELACU

- 13 oct 2023
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Por lo que toca a lo metafísico y espiritual, hemos iniciado lo bastante en el párrafo anterior; debiendo sentar aquí solamente como axioma que la verdadera herencia es del espíritu, es decir, que el espíritu hereda del espíritu. Verdad irrebatible ya sostenida por los verdaderos filósofos, profetas y misioneros desde Seth, que lo sentó como verdad suprema. Esta ha sido olvidada entre tanto párrafo filosófico y Teológico; pero ha llegado el momento de descubrirla de nuevo y para siempre, en su todo de esplendorosa luz, cuando el espíritu ha logrado romper su huevo.
Ribot se ha ocupado de la herencia y ha hecho algunas definiciones que vamos a repasar como estudio de conocimientos.
Al efecto dice: “La herencia es como la ley biológica en cuya virtud todos los seres vivos tienden a reproducirse en sus descendientes. Este factor principal es a la especie, lo que la identidad personal es al individuo”.
“Merced a la herencia, dice Ball, se reproduce incesantemente la naturaleza copiándose a sí misma; y sin herencia, quedarían entregados al acaso los tipos animales y permanecerían en el estado salvaje, las agrupaciones humanas”.
No sé si Ball se propuso matar de un solo golpe al monismo que cuatro falaces, falsos librepensadores, han querido sostener en la transformación hereditaria del hombre, del mono. Pero de todos modos no podría el hombre heredar la inteligencia, la estética y la belleza de quien no la tiene; del mono.
Ahora bien; es notorio el gran cuadro de las manifestaciones de la herencia en el mundo orgánico. Los mejores experimentos que corroboran esa ley de las evoluciones progresivas, son los que se llaman y constituyen la herencia artificial, de la que nos valemos para mejorar las especies vegetales y animales conocidas, por injerto y cruce.
De este punto capital hemos hecho una ley económica que forma capítulo en nuestro “Código de Amor”, porque se trata de llegar a la belleza y perfección ideal o máxima posible en la tierra, en el tipo humano; pero no prescindimos (porque no es posible prescindir) del espíritu, que es quien ha de presidir todas esas evoluciones y transformaciones; y esa no prescindencia, es justamente la fuerza y novedad de nuestras leyes, doctrinas y lecciones de filosofía, como lo estáis palpando. Y es que hacemos luz plena usando el polo positivo espíritu con el polo negativo cuerpo, regulado por el neutral alma; con lo que aprovechamos todas las fuerzas: la central, la centrípeta y la centrífuga.
Se trata, sí, de un gran ciclo epopéyico. La herencia imprime en cada nuevo organismo, sus caracteres sobresalientes, principalmente los debidos a las causas o influencias generales: había una incógnita, porque la habían envuelto y semianulado, la acción única del espíritu; y hoy se descubre y desaparece la incógnita, con la que han de saber ya todos que, en todas formas, las evoluciones sólo las hizo y las hará el espíritu, eternamente.
Es cierto que el hábito modifica o desarrolla las aptitudes innatas y pueden crecer otras nuevas por medio de la educación y entonces, el caudal Psico-físico, es aumentado o reformado, transmitiéndolo a los futuros organismos por medio de la generación forzosamente, como lo concebía Schopenhauer.
Entonces se confirma que la educación como efecto general de los hábitos, y la generación como vínculo general y único de la vida de la especie son los dos grandes factores de la herencia. Pero “nada puede operarse sin la acción del espíritu que obra quiera o no, la voluntad divina”, ha dicho Paracelso y nada hay más verdad.
Así la ley de la herencia se nos presenta como una ley biológica, es decir, inherente a todo lo que vive y sin más límites que los de la misma vida.
Entonces, esta misma ley rige a la misma vida bajo todas sus formas: vegetal, animal y humana; normal, mórbida y física; mental y metafísicamente.
Pero para ascender al conocimiento metafísico de la herencia (como en todos los casos de la vida y de las ciencias), se requiere el conocimiento exacto de la física, sin prejuicios de conveniencia, cualquiera que sea, religiosa o civil, porque eso es un tupidísimo velo, para lo cual, entre las diversas funciones cuyo conjunto constituye la vida palpable, hay dos capitales que son: la nutrición, que conserva al individuo, y la generación, que perpetúa la especie.
Y como es de esta, de donde la herencia deriva directamente visible y palpable, resulta pues, que la ley de la transmisión hereditaria, surge de las fuentes mismas de la vida. Y como sentó Shet y nadie lo desmintió y hoy afirma todo, que “En él estaba la vida y la vida es la luz de los hombres”, y lo dice por el espíritu, resulta infaliblemente que “esas leyes que surgen de las mismas fuentes de la vida”, surgen simplemente del Espíritu: Y así es, aun contra todas las ciencias y filosofías ultramaterialistas que quisieron prescindir del espíritu y no han podido, y contra todas las Teologías y gazmoñerías religiosas que reconocen el espíritu, pero que lo denigran haciéndolo lo que no es, solo criatura… y es sí hijo directo y consubstancial de su padre el Creador; pero por eso mismo es el Creador y demostrador de la vida en formas. Eso es el espíritu.
Atendiendo a lo que precede, parece que la ley de la herencia debería ser de una simplicidad ideal, produciendo el semejante al semejante, y repitiéndose el ascendiente en el descendiente. Los tipos primitivos, así, persistirían continuamente reproducidos y el mundo y la vida no sería más que un espectáculo de una perfecta monotonía regular. Mas fijamos la atención y vemos que existe todo eso menos la monotonía; que, al contrario, es todo accidentes que se suceden sin interrupción. ¿Cuál es la causa? En verdad es el movimiento eterno siempre ascendente y que no pasa una onda dos veces por el mismo sitio; ni cada capa etérea es igual a sus próximas vecinas. El espíritu a la vez tiene que obrar cosa diferente en cada prueba de la vida, encarnado. El antagonismo es perpetuo en los instintos en toda la naturaleza, no porque se traten de destruir uno a otro, sino porque unos son el flujo y otros el reflujo, lo que constituye eternamente el movimiento, en todas las direcciones, latitudes y altitudes; lo cual tiene por fuerza que romper en todo instante la monotonía que llamaremos vida de reposo, que no cabe; lo cual nos asegura una verdad indiscutible: que la muerte no existe.
Además, vemos que la ley única y suprema se fragmenta en tantos artículos como seres existen, porque cada uno es un grado diferente del progreso; y esto ha de romper también la monotonía aterradora que nos parecería muerte.
Ante tan infinitos grados de progreso, constituyendo cada ser una excepción (aparente), de la ley única, parece que desaparece la ley y nunca está más latente, viva y unificada que cuando vemos una excepción en cada ser; porque entonces podemos comprender la perfecta armonía, en tan infinita variedad y que cada cosa obra según su grado y todos juntos completan y complementan la ley.
¡Qué profundidades de sabiduría y grandeza se le presentan aquí al filósofo!... ¡Cómo desaparece así ante la razón, la falsedad de los filosofastros, materialistas y fanáticos religiosos!...
La lucha se presenta como agente necesario para la existencia de la vida y esa lucha rompe la monotonía.
Todo esto es una herencia que el espíritu transmite al espíritu, bajo la cual y sin temer a los sufrimientos, triunfa en todos los seres la idea de conservación de la especie, en cuyo acto se reúnen todas las leyes universales y máximas. Y sin hacer uso de las causas de los hábitos modificadores (según el ambiente), observamos que cuando es necesario el concurso de los individuos de distinto sexo, para engendrar un nuevo ser, ninguno de los dos mide ni tiene en cuenta los sacrificios ulteriores; sólo tienen en cuenta la consecuencia final: el producto de esa lucha debe resultarles el de la mayor identidad a sus progenitores, del hijo que los perpetuará.
Si no fuera por la imposición de la ley de perpetuidad de la especie, ¿cómo podríais pensar que una mujer se prestase al ruego del hombre, a que se sacrifique en su libertad, en su belleza y salud, envolviendo todavía su vida bajo una terrible incógnita, para dar la vida a otros seres? Aquí radica la ley de la herencia fisiológica y biológica. Su raíz es divina. ¿Cómo habrán pretendido explicarla por sólo la materia? Por esto están llenas de errores las ciencias y leyes fisiológicas, Biológicas y Psicológicas; errores que nuestra Escuela no puede admitir ni quiere tener.
Libro: Filosofía Austera Racional
Autor: Joaquín Trincado
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