La emigración Adámica
- EMEDELACU

- 3 jul 2025
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Cuando los mundos llegan al juicio final que cada uno tiene que sufrir, que es cuando los espíritus de progreso y amor están en mayoría, son separados los recalcitrantes a un mundo primitivo, pero en estado de lucha entre espíritu y materia; estos mundos no son los enumerados con este nombre en el punto anterior, son mundos de expiación, pero en su principio de progreso; y éstos expulsados de otro mundo de expiación también, pero que entran por su progreso en el día de la luz, que es el que llamamos Séptimo día o del usufructo; que es, diríamos, el día de despedida amorosa del mundo que les dio a sus moradores la sabiduría, para poder ocupar otro mayor de conocimientos y dichas. A aquellos expulsados se les impone entonces, en justicia, llevar a aquel mundo al progreso material del mundo del que son expulsados y allí reconocerán el progreso espiritual que ahora no quisieron aceptar por ofuscación y concupiscencia de la materia; y allí tienen que ser misioneros redentores y mesías y llevarán a aquella humanidad al progreso del Sexto día y pedirán al Padre el juicio que antes no quisieron aceptar.
Hace 5,671 años ahora, se celebraba un juicio final en un mundo hoy de dicha y felicidad y fue de felicidad también para la tierra, porque los expulsados de allí fueron destinados a nuestro mundo, y aparece la raza adámica con progreso y sabiduría muy superior a la que la tierra poseía por sus primitivos moradores, pero que no llegaba a lo necesario para quedar en la luz de donde salían.
Fue la dicha para la tierra, pues aquella emigración, al verse entre la rudeza de los terrestres, entre la barbarie de sus costumbres, reminiscencias del mundo del que procedían, comprendieron su error y lo que habían perdido y se propusieron ganar pronto el camino que habían perdido, y aquellos desterrados son los hoy hijos felices de la tierra que habéis enseñado el progreso alcanzado del Padre la luz para el Séptimo día, que hoy ha empezado. ¡Bendito Adán y toda la emigración! ¡Hemos sufrido, pero hemos llegado a las puertas de la Verdad! ¡Hosanna, Padre mío! ¡Hosanna, Dios de Amor! Y que los expulsados de la tierra por el juicio que acabamos de celebrar lleguen en menos tiempo a la luz y los recibiremos de nuevo en nuestra familia de los mundos de luz, reconociéndote por el juez que ahora no quisieron reconocer.
¡Supremáticos!... Extender la vista atrás; llegad en vuestra consideración hasta la aparición de Adán como yo os lo he mostrado que es la verdad y ver las fatigas y descalabros que ha sufrido la humanidad de la tierra.
Vosotros estáis sentenciados a sufrir todos esos horrores si no acatáis las leyes de este Código de Amor; y se os avisa para que os curéis en salud, porque si no os curáis ahora, os curaréis en el mundo donde están ya muchos de los que habéis conocido que figuran en vuestra historia, que no es la historia de la verdad y más bien es un índice de crímenes e injusticias, por lo que, en ella, no figuran los que aman al verdadero, al único Dios de Amor; en aquel mundo yacen ya muchos millares de los que han ocupado palacios suntuosos en la tierra, abundando los pontífices y subalternos de las religiones y una gran parte de los que en los altares, la iglesia católica cristiana, les quema incienso; pero que, la ley divina, es inexorable. El Juez os lo dice en amor; si no le oís ahora como Juez del Padre más tarde lo pediréis, después de haber recorrido la peregrinación que la tierra ha corrido desde Adán. ¿Qué se os exige? Nada más que amor. ¿Qué se os prohíbe? Nada más que la supremacía; nada más, sino que deis a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. ¿No es esto justicia? ¡No es esto amor? ¿Qué excusa podéis tener para no aceptar? ¿Acaso al abatir vuestra supremacía se crea otra supremacía que os agobie? Sí, lo que se crea es la Comuna de Amor y Ley donde no hay primeros ni últimos y donde no hay señores y servidores; sólo hermanos habrá, porque hermanos somos en Eloí, nuestro único Padre. Más si en vosotros puede más el César, que es la carne, que Dios, que es nuestro espíritu, iréis, no os apuréis, a donde la carne reina y el espíritu es esclavo de la carne, pero el sufrimiento os curará esa locura, ese delirium tremens, y, al fin, le tendréis que dar a Dios lo suyo; es decir, a la ley, a la creación, porque el perdón no cabe en la justicia.
Libro: Código de Amor Universal
Autor: Joaquín Trincado
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