Juan de Ávila
- EMEDELACU

- 17 abr
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JUAN DE ÁVILA[1], el humilde sacerdote, cuya nobleza y abnegación le valieron el hermoso apodo de Apóstol de la Andalucía, nació en Almodóvar del Campo, provincia de Ciudad Real, el día 6 de enero del año 1500, fecha que nos ha legado el dominico Luis Sarria (fray Luis de Granada), pues anteriores a 1574 no hay existencia de libros parroquiales en ese pueblo. A esta circunstancias se debe que algunos biografistas, deseosos de hallar un indicio con el qué poder desmentir la afirmación de Sarria, han procurado recopilar datos de fuentes arbitrarias que no tuvieron más resultados que echar sobre la fecha de nacimiento de Juan de Ávila un velo de confusión.
Hijo de Alonso de Ávila y Catalina Xixón, crecía dentro de un ambiente desahogado, debido a que sus padres pertenecían a la clase acomodada. Sin embargo, desde su más tierna infancia comenzó a demostrar una sincera conmiseración para con los pobres y los infelices que hallara en su camino, aunque no tan extremado como algunos se esfuerzan en pintarlo, porque el hombre realmente de acción, jamás cae en los extremos que sólo emplean los que por no saber guardar un camino medio, caen en los tentáculos que conducen al fanatismo, y Juan de Ávila no era un fanático, sino un sabio, que tomando en vista la época en que vivió, luchó como así lo han hecho multitud de hombres abnegados, en todos los órdenes de la vida, para llevar por el camino recto la misión que por motivo del ambiente hubo de ser confiada por tiempo señalado a la Iglesia Católica. Los conceptos extremos que reinaban por ese entonces no eran tan postizos como llegaron a ser en épocas posteriores, sino que realmente constituían una necesidad en el ambiente desde que de otra manera no era posible poner un freno a las pasiones populares desatadas y por ello las oraciones y ayunos así como también otras reglas que como ejemplo conservaba estrictamente el sincero Juan de Ávila desde su tierna juventud, no hacían más que honrarle ante sí mismo y dándole una ascendencia sobre sus contemporáneos, cuyos vicios eclipsaban a menudo las buenas intenciones, haciendo esa confusión mutua por la que tantos seres han sido arrastrados hacia la perdición, ya sea por el abuso de leyes, ya por otros desvaríos.
Fuera de esa bondad innata y constancia en las prácticas de austeridad no se diferenciaba nuestro joven de las demás gentes de su época. Como todos los niños de su condición, cuidó su progenitor que aprendiera letras y a pesar de que la opinión pública de Almodóvar del Campo – que alrededor de cuatro siglos antes había sido cristianizado (1133) cuando el rey Alfonso VII de Castilla y León lo arrancó del dominio de los musulmanes entonces establecidos en Andalucía – se jactaba de ser cuna de numerosos y preclaros prelados, dispuso Alonso de Ávila que su hijo marchara en 1514, cuando contaba sólo 14 años de edad, a Salamanca, a fin de que en esa Universidad de fama mundial, siguiera la carrera de jurisprudencia. Durante cuatro años concurrió a ese centro de estudios, llamando la atención al volver a su hogar durante las vacaciones, que muy al contrario de los demás estudiantes, no se adipaban en él los vicios y el desfogue de las pasiones. Sus estudios en cambio le daban más seriedad, incitándole tanto más a la meditación sobre los males que afligen a la humanidad y los métodos puestos en práctica para combatirlos. Una humilde desaprobación por las “negras leyes”, daba a entender que jamás pensaría ocupar un cargo dentro del campo de la jurisprudencia.
Su estadía en esa Universidad le fué sin embargo, sumamente provechosa, pues el contacto con elementos heterogéneos, había de darle pie para sacar muchas consecuencias; allí llegó a informarse sobre la existencia de la Hermandad de la Caridad del Campo del Rey, benemérita institución que funcionaba en Madrid y que había sido fundada en 1421 durante el reinado de Juan II de Castilla. El severísimo reglamento de esta Hermandad, no admitía entre sus filas a miembros activos que no tuviesen una reputación sin mancha o fuesen incapaces de sostener la más edificante abnegación de hecho y de palabra. Estos hermanos asistían a los que por delitos cometidos eran condenados a la última pena.
Cuando eran puestos en capilla, les daban valor y resignación, como recordándoles que nadie podía ser desheredado. El día anterior a la ejecución recorrían las calles pidiendo una limosna y un pensamiento “para hacer bien por el pobre que ha de ser ajusticiado”; con el dinero así recolectado pagaban misas durante la mañana de la ejecución y si habían conseguido que el condenado desahogara sus penas y aflicciones las remediaban en lo posible, por ejemplo, si le acongojaba tener una deuda, procuraban pagarla, si lloraba por dejar hijos u otros seres queridos en la indigencia, miraban por ellos, etc. Después del ajusticiamiento reclamaban el cuerpo al que luego de vestirlo con el hábito de San Francisco lo llevaban en procesión para darle digna sepultura. También aconsejaban y trataban de rehabilitar a hombres y mujeres envilecidos que hallaran a su paso, como así además recorrían los campos y caminos para traer los despojos de cuantos encontraran sucumbidos en el desamparo. Tenían por gran honra cuando un condenado a morir se arrepentía y admitía ser inscripto como miembro de la Hermandad.
El inmenso valor que la obra de esta institución representaba era además de enseñar a respetar las leyes judiciales en vigor, hacía comprender que los sentimientos son de cada hombre, que el más depravado no es merecedor que después de ajusticiado sufra su espíritu la ofuscación del odio del que se cree víctima cuando expira por la violencia o cuando gime bajo el rigor que imponen las reprensiones de los delitos. Para quien delinquía era un bálsamo y para el honrado al imponerse de estas prácticas, un hermoso ejemplo. Así lo entendió Juan de Ávila.
En 1518 abandonó definitivamente la Universidad de Salamanca preparándose ya más decididamente a ceder a un impulso que bullía dentro de su pecho. Pero ese impulso no era una vehemencia fruto de un fanatismo de la soberbia; era algo que hasta hoy día pocos saben comprender y aún menos practicar; el respeto a la ley divina.
Juan de Ávila volvió a su hogar, no movido por un desdén hacia las “leyes negras”, como solía llamarlas, sino el reconfortado propósito de la imagen de la Hermandad, predicar la existencia de la virtud, cuyo triunfo en el corazón de los hombres desplazaría el emocionante rigor de leyes represivas como las inquisitoriales, de la Santa Hermandad, etc. “Tenía una celda muy pequeña y muy pobre – dice Fray Luis de León – donde comenzó a hacer penitencia y una vida muy áspera. Y su cama era sobre unos sarmientos, y la comida era de mucha penitencia, añadiendo a este cilicio y disciplina, los padres sentían esto tiernamente, más no lo contradecían”.
¿Qué dirán de este hombre tantos pseudo librepensadores? ¿No es una locura mortificar el cuerpo y un atentado contra la vida? Lo es; pero practicado en una época en que sinceramente se deseaba dominar los instintos que se imponían sin control, habían de dar en muchos el fin que Ávila se proponía, aunque hasta hoy no ha podido ser desmentido que desde la hora en que como fruto de tanto sacrificio llegaron a tomar incremento los albores de libertad y emancipación, creció desdichadamente también el desdén y el orgullo. Metafóricamente se ha sentado que las religiones son las causas del mal mundial, pero mirándolo bajo otro punto de vista, aún más real por ser mejor comprendido, hallamos que los hombres mismos son los portadores de su propio mal. Dentro de las esferas religiosas descubrimos a seres dignos de las mayores alabanzas que con las prácticas y los dogmas sembraron verdaderas proezas con las que desmentían a otro hombres, consumados monstruos, que a la sombra de esas mismas religiones hicieron crispar los puños y maldecir su memoria.
Por las palabras del célebre dominico podemos colegir que Juan de Ávila se preparaba para una dura prueba como lo es la austeridad de costumbres y si hubiera sido una mística explosión del fanatismo jamás hubiera podido cosechar otros laureles ni ganarse otro aprecio del que emana de cuantos huyen de la razón y de los verdaderos principios sublimes. Sus padres, no pusiéronle obstáculo alguno, sólo cuando a principios del año 1520 comenzó a correr de boca en boca que en el Colegio de San Ildefonso de Alcalá explicaba filosofía el famosísimo teólogo Franciso Soto (quien posteriormente cambió de nombre de pila llamándose en lo sucesivo Fray Domingo Soto) – que asombraba al mundo por la energía con que combatía el nominalismo para defender en su lugar los idealismos razonados recopilados por Aristóteles – aconsejaron a su hijo que llegara hasta dicho colegio para no perder tales enseñanzas, a lo que el joven accedió, pasando en ese instituto cinco años. Bien pronto llamaron a Francisco Soto la atención de las grandes cualidades que adornaban al joven Ávila y le tomó como ejemplo para sus condiscípulos, muchos de los cuales se convirtieron en sus mejores amigos. Y cuando en 1525 se ordenó sacerdote, volvió a su pueblo natal, como dice Luis de Granada “para honrar a los huesos de sus ya fallecidos padres a los que dedicó la primera función religiosa que oficiara y en lugar de los banquetes y fiestas que en estos casos se suelen hacer, como persona que tenía ya más altos pensamientos, dió de comer a los pobres y les sirvió la mesa, vistió e hizo con ellos obras de piedad”.
Las obras de piedad consistían en dar el buen ejemplo de hecho y de palabra; distribuir entre los menesterosos los bienes que le dejaron sus padres y predicar la necesidad de la virtud de acuerdo a la comprensión de su época. Tanta sencillez y profundidad encerraba esta actitud, que mereció de un magistrado español este elogio: “No le llenaron los ojos las rentas eclesiásticas al que dejó con brevedad los propios, ni conseguir dignidades teniéndose por cómodamente honrado con la sublime de consagrarse al bien, no la estimación de los hombres, más ser familiar a Dios, que los que entran en la Iglesia por aumentos y conveniencias temporales, raras veces son buenos eclesiásticos, ni el principio torcido se endereza, de aquí la ruina de innumerables sacerdotes”.
Por cierto que el juicio mencionado no estaba equivocado en lo concerniente al pensamiento de Juan de Ávila, pues henos aquí algunos fragmentos de una carta que envió a una persona de su conocimiento que deseaba alcanzar la tonsura: “En otros tiempos, cuando se estimaba el sacerdocio con la sinceridad de cumplir las prédicas de Jesús, no lo recibió nadie sino para ser obispo, o tener cura de ánimas, o alguna persona eminente en la predicación de la palabra de Dios, y los demás que eran eclesiásticos quedábanse en ser diáconos o de los otros grados más bajos, y entonces serían grados bajos y vida altísima, todo lo cual está ahora al revés… ¡O, si supieras, hermano que tal había de ser un sacerdote en la tierra y que cuenta le ha de pedir cuando salga de aquí! No se puede explicar con palabras la santidad que se requiere para ejercitar el oficio de abrir y cerrar el cielo con la lengua y al llamado de ella venir el Hacedor de todas las cosas y ser el hombre hecho abogado por todo el mundo universo a semejanza de nuestro Maestro Jesus. Hermano, ¿para qué os queréis meter en tan hondo piélago y obligaros a cuanta estrecha para el día postrero? ¡Pues por bajo estado que tengáis, aún os parecerá aquel día gran carga, cuanto más si os cargáis de carga que los hombros de los ángeles temblarían de ella!”
Los variados éxitos de la expedición española que encabezaba Hernán Cortéz, quien paseaba el pendón de Castilla por México; los azares sufridos durante la “noche triste”, el salvajismo en que según se decía vivían los indios, los sacrificios humanos con que ofrendaban los sacerdotes aborígenes a sus dioses, todos estos y otros comentarios corrían de boca en boca, Juan de Ávila, anheloso de ser útil a esas tribus que habitaban el Nuevo Mundo, hizo sus preparativos para marchar a esas tierras y se dirigió a Sevilla (1527) donde esperaba hallar una oportunidad para poder embarcarse. Esta oportunidad se le brindó pues, trabó relaciones con el prelado Julián Garges, que había obtenido el nombramiento de obispo de Tlaxcala, primer eclesiástico de tal categoría que marcharía a este punto de México.
A esta altura parece se han perdido algunos datos fehacientes sobre las andanzas de Juan de Ávila, tal vez no han sido escritas nunca, cosa que hemos de considerar también un tanto inverosímil pues no habrá faltado algún juicio imparcial sentado en aquel entonces y que enterrado en alguna biblioteca o escritorio privado haya quedado sustraído a la confusión.
Sea como sea, parece que durante su estada en Sevilla a la espera de la fecha de embarcarse en compañía del ya mencionado obispo de Tlaxcala, trabó relaciones con un teólogo quien a su vez puso sobre aviso al cardenal y arzobispo de Sevilla Alfonso Manrique de Lara, conde de Paredes e inquisidor general de España. Cuéntase que el inquisidor llamó a su presencia a Juan de Ávila para rogarle que no se ausentara a América y que cuando éste le comunicó su voluntad inquebrantable de partir, le ordenó Manrique, invocando su superioridad jerárquica, se quedara en España para continuar allí predicando. Esto sería una prueba contundente de la gran prudencia y sabiduría de Juan de Ávila, porque es sabido que hasta los mayores déspotas han titubeado en atacar a los hombres de virtud intachable siempre que ellos no cometieran la imprudencia de sentar un principio que acometiendo la evolución fuera una amenaza directa para el ambiente imperante.
Lo cierto, parece que obligado a desistir de su humilde propósito y que recibió orden de iniciar un ciclo de prédicas por el arzobispado de Sevilla que abarca los obispados de Badajoz, Cádiz, Canarias, Córdova y Tenerife y cuyo territorio lo forman las provincias de Sevilla, Cádiz, Córdoba, Huelva y Málaga. Comenzó por esas tierras a ejercer su oficio apostólico, el que llevaba a cabo con tanta abnegación y sincero sentimiento que dejó absorto, confundido y avergonzado a multitud de sacerdotes, mientras que el pueblo que comenzó a tomarle cariño se aglomeraba en toda partes donde se presentara. Todos aquellos que se sentían oprimidos o acongojados por algún remordimiento corrían a él en procura de un consejo. Y lo que más le honraba era el no hacer diferencias para con nadie; a cualquier condición o etnicismo a que pertenecieran las gentes para con todos mostraba la misma bondad fraternal a pesar del intenso peligro que ésto constituía en aquel terrible siglo.
Hallándose en Écija, fue presentado a los señores del Guadalquivir, Luis Fernández de Córdova y Luisa Aguilar. Una hija de éstos, Sancha Carrillo, que siendo dama de doña Isabel de Portugal, esposa del emperador Carlos V de Alemania y España, Sancha, que según se asegura era una mujer de rara hermosura, quiso dar un ejemplo de abnegación a las mujeres, cosa que había de tomar en cuenta por ser de alta cuna. Comunicó al apóstol su resolución de renunciar al tren de vida pomposa que llevaba para reducirse a la más severa sobriedad. Este paso emocionó tanto a Juan de Ávila que se vió movido a escribir su más famosa obra: ¡Audi, Filia, et Vide!, libro que consta de 113 capítulos. En uno de los párrafos dice: Mirad allí con atención en qué paran la carne y su gloria, y veréis cuán necios son aquellos que habiendo de salir tan pobres de este mundo, andan ansiosos ahora por ser muy ricos; y habiendo de ser tan prestos hallados y olvidados, tienen gran sed de ponerse en más altos lugares que los otros. Y ¡cuán engañados viven los que regalan su cuerpo y se van detrás de sus deseos, porque otra cosa no hicieron sino ser cocineros de gusanos, guisándoles bien el manjar que han de comer y ganaron con sus torpes deleites tormentos que nunca se acaban! Mortificad los deseos de la carne cada vez que os vinieren a la memoria y mortificad los deseos de agradar y desagradar al mundo y de tener en algo cuanto en él florece, pues que tan presto y con tanto abatimiento le habéis de dejar y él a vos.
Dícese que a su vuelta a Sevilla, fué denunciado al Tribunal de la Inquisición como partidario del luteranismo y del iluminismo, y que de inmediato fue ordenada su detención. No es posible saber quienes fueron sus acusadores, pero se cree habrán sido algunos frailes envidiosos o tal vez unos celosos esbirros inquisitoriales quienes alarmados por el hecho de que Juan, jamás en sus sermones maldecía ninguna de las sectas que se tildaban de heréticas, consideraron en consecuencia de absoluta necesidad, denunciar a un hombre tan peligroso. Unos afirman que su detención tuvo lugar el año 1532, otros en 1534 y no falta tampoco quien sostenga que fuera en 1528. Toda esa intensa confusión sobre su detención como sobre los motivos de ella, se debe indudablemente a la poca simpatía que contaba dicho Tribunal entre el pueblo y gran parte del clero, y como una medida probable contra el temor de provocar una sublevación civil y eclesiástica que podría pedir la revocación de la autorización que le dió vida. De gran interés histórico son las palabras de la bondadosa reina Isabel I de Castilla, la que a pesar del fervor con que practicaba los preceptos de la religión católica, se opuso a la implantación de la Inquisición, aún cuando finalmente hubo de ceder debido a que su esposo el rey Fernando V de Aragón había caído en las redes tendidas por el astuto fray Tomás de Torquemada, y poner ella misma su firma en el documento que autorizara su constitución en España. Sin embargo cuando Torquemada, ansioso de rigores más rudos quiso obligar a la soberana para que no obstaculizara ninguno de sus planes, ésta le respondió esta significativa frase: “Padre, no os olvidéis que una orden real ha establecido lo inquisición, y que una orden puede destruirla”.
Muchos preclaros sacerdotes hicieron oír su protesta en todas las esferas contra el establecimiento del santo oficio, algunos de ellos en el campo de la violencia. Entre éstos últimos se cita a Antonio Osorio de Acuña, obispo de Zamora, quien aprovechando la sublevación de los comuneros de Castilla predicó por su parte entre el clero, una cruzada contra el inhumano Auto de Fe. Su iniciativa halló un eco intenso, pues centenares de sacerdotes acudieron a su voz anhelosos de participar en la acción, y antes de la fatal acción de Villalar (24 de abril de 1521) fué apoyado por el mayor entusiasmo popular. Una vez vencido, y a pesar de que el papa León X había aconsejado respetar su vida, no pudo escapar a la venganza del terrible cardenal Adriano de Utrecht, a la sazón inquisidor general desde la muerte de Francisco Jiménes de Cisneros, quien ordenó su ajusticiamiento y el de los sacerdotes que le acompañaron en esa acción.
Nos encontramos con que Juan de Ávila fue recluido en los calabozos del Santo Oficio, afirmando algunos que contaba con la protección del inquisidor Manrique, pero lo más verosímil, es que debió su libertad a un defecto de fórmula en su proceso, desde que el inquisidor de Sevilla que había de entender de su causa, omitió dar parte, como era de rigor, al Consejo Supremo de Justicia.
Una vez en libertad, hecho que ocasionó intenso júbilo en el pueblo, continuó su obra apostólica, siendo varios obispos los que se sintieron honrados al poder recibir un consejo del humilde predicador, entre estos mencionaremos a Gaspar de Ávalos, Juan de Toledo y Pedro Guerrero. Sus frases jamás eran mero palabrerío, siempre encerraban esa elevación de espíritu que tiende a descubrir las verdaderas causas de las desavenencias humanas, y si algo había de encubrir para no caer en las redes de las terribles persecuciones de su siglo, mostraba ser un consumado maestro en el arte de saber sacar bien del mal.
Reproduciremos fragmentos de una extensa carta contestando a la de otro sacerdote que le solicitaba preceptos para con su ministerio: En pecado Adán y Eva, luego se escondieron y temieron la voz de Dios; y en pecado un hombre, luego viene el temor, que quiera o no. Y si alguna vez quiere la bondad de Dios quitar este temor y con secretas inspiraciones y con caricias alegrar al hombre, dándole a entender por algunas señales que está perdonado, diciéndole “tus pecados te son perdonados, vete en paz” que es lo que más deseaba, diciendo “a mi oído darás gozo y alegría y gozarse han, los huesos humillados”, quitarse ha entonces el temor, más no el dolor; y no solo no se quita, más acrecienta; porque, viene la bondad del señor, que con él usa en perdonarle, mereciendo castigo eterno, enciéndeme todo en amor el que tanto conoce deber. Y de este mayor amor nace mayor dolor, porque así como la sombra sigue al cuerpo, así el dolor de la ofensa viene del amor del ofendido, y crece con él y decrece con él; porque viéndose uno más amado, más ama y mientras más ama más le desplace haber ofendido a quien ama. De ahí es que aunque sepamos ser perdonados no debemos dejar de tener dolor, si del todo no queremos ser tan muertos al amor que Dios nos tiene, que con ninguna cosa le respondamos… Dígame señor ¿quién empobreció a Jesús, quién lo cansó, quién lo deshonró, quién lo azotó, quién lo corrió y crucificó? ¿Por ventura hízolo otro por nuestro pecado? Yo lo afligí y entristecí con mis malos placeres, yo le deshonré por ensalzarme malamente… ¿Cómo podemos mirar al Padre que nosotros pusimos por nuestras locuras en tan grande trabajo? ¿Y cómo este Padre nos quiere mirar y no nos aborrece, deshonrados de Él y verdaderos parricidas, y, que merecen no cualquier tormento, más muy crueles? ¡Oh divina bondad, hasta dónde llegas! Espantámonos que estando en la cruz rogaste por quien en ella te puso, y deseaste el bien de quien tantos males te hacía. Yo digo que no sólo con aquellos te mostraste benigno, más con todos los del mundo hiciste lo que con aquellos; porque si por los que te crucificaron rogaste, todos te crucificamos; y aquellos pocos y todos te debemos aquella oración; y quizá algunos más que los ignorantes sayones presentes, allí estaban crucificándote. Todos, Señor, conspiramos en tu muerte y a todos conviene lo que dices “que no saben lo que hacen”.
Hallándose en Granada y con motivo de la celebración del día de Sebastián Mártir, pronunció uno de sus acostumbrados sermones. El profundo significado de sus palabras caía muy hondo en la conciencia de la inmensa multitud que se apiñaba dentro de la iglesia. Entre ésta se hallaba Juan de Dios, un hombre de muy buenas intenciones pero a quien las circunstancias había arrojado en tren de aventuras, a las que se entregó de lleno después que un sacerdote que le confesó en Ceuta, sostuvo que sus intenciones de tomar mejor senda y borrar el mal hecho practicando el bien, no eran para él más que ilusiones vanas. Desilusionado por esas recomendaciones, corrió de aventura en aventura, para llegar a dedicarse finalmente al comercio de libros, ocupación que por aquellos tiempos en que los métodos de impresión eran sumamente costosos, daba pingües ganancias.
Pero al escuchar la voz del apóstol, sosteniendo con elocuencia que para todos los hombres está abierto el camino del bien, que los hombres mismos hacen traición a una voz que habla dentro de nuestra conciencia, que los mesías y mártires pasaron por la tierra para que cada ser recogiera su ejemplo, pasó un amargo pensamiento por la mente de Juan de Dios, un recuerdo de aquel mal sacerdote al cual tuvo la desdicha de prestar oído, pero las frases de orador que retumbaban dentro del templo, indicaban claramente que cada ser es responsable de sus males. No pudiendo ahogar el dolor que surgió dentro de su pecho, prorrumpió en sollozos y gritos destemplados, y terminado el sermón corrió a la plaza donde una multitud de curiosos miraban con sonriente desdén a ese “loco” que golpeándose el pecho y arrancándose el cabello y la barba exclamaba dolorido “¡Padre, he pecado contra el cielo y contra Tí!” Pero Juan de Ávila no dejó a ese desesperado librado a su propia suerte. Le habló de los medios de practicar el bien, se informó de sus medios y aptitudes aconsejándole en consecuencia se dedicara a ofrecer abrigo a los desamparados que hallara en su camino. Juan de Dios recogió el consejo del apóstol y con abnegado sacrificio y memorable constancia llegó a fundar la Orden de los Hermanos Hospitalarios.
De la mayor importancia, sin duda, han sido sus conversaciones con Francisco Borja, duque cuarto de Gandia. Fué en Granada, a mediados del año 1539, en circunstancias que Borja acompañaba el cuerpo de la difunta reina Isabel de Portugal desde Toledo a Granada. Llegando a esta ciudad, un sitio que la tradición asigna con el nombre de La Cruz Blanca, se procedió a la ceremonia de la entrega del cadáver, y como entonces se descubriera la caja de plomo que contenía el cuerpo, apareció tan horriblemente descompuesto y desfigurado aquel rostro que Francisco había visto aún recientemente en todo su resplandor de majestad y belleza, que causó la más honda impresión en todos cuantos lo vieran y el duque a la vista de ello juró que si no fuera que vino custodiando él mismo el ataúd desde Toledo, donde ocurrió el fallecimiento, dudaría que se tratara del cuerpo de la reina. Juan de Ávila que se hallaba en la ciudad y fué testigo de esta escena, encontró tema en ella para recordar que sólo las virtudes son imperecederas. Y tan hondo eco halló esto en la conciencia del duque de Gandia, que hizo su propósito de dedicarse a una causa más útil. Al principio halló serios obstáculos pues Carlos V viendo en él un hábil gobernante se negó a acceder a ello, declarando que necesitaba encomendarle el virreinato y capitanía general de Cataluña. Hubo de acceder. Finalmente cuando falleció su esposa y se emanciparon sus cinco hijos, pudo renunciar a sus títulos en favor de su hijo primogénito e ingresar en la Compañía de Jesús, que acababa de fundarse.
Aparte de sus prédicas fundó y organizó Juan de Ávila varios institutos de enseñanza como ser el Colegio de Artes y Teología en Córdoba (1545); diez años más tarde prestó su valioso concurso para la fundación en esta misma ciudad de un colegio de la Compañía de Jesús y en 1558 otro colegio de esta Compañía en Montilla; también fué llamado a Baeza para reorganizar la Universidad que había sido fundada en 1538.
Las excesivas fatigas de este hombre abnegado minaron pronto su cuerpo, comenzando ya en 1551 a sufrir de achaques y dolencias. Los condes de Feria Pedro Fernández de Córdoba y Figueroa y su esposa Ana Ponce de León que le habían tomado un cariño entrañable y que él a su vez consideraba sus hijos espirituales, hicieron por él cuanto estuvo a su alcance en las horas que forzosamente había que dedicar al reposo.
Finalmente hubo de volver definitivamente a Montilla en cuyas inmediaciones se hallaba la villa de Priego, propiedad de los mencionados condes, y fué aquí donde casi al final de su vida, (1568) Teresa Sánchez Cepeda Dávila y Ahumada (Teresa de Jesús) le enviara una de sus obras, las que se según se dice, escribió por segunda vez a instancias de su confesor. Había caído en manos de Teresa un ejemplar del Audi, Filia, et Vide y su profundidad le inspiró a consultar la opinión del apóstol sobre esta segunda hechura. El apóstol, a pesar de hallarse casi ciego, devolvió los originales después de haberlos leído, acompañando su opinión en una carta de la que dicen algunos párrafos: La doctrina de la oración está buena por la mayor parte, y bien puede vuestra merced fiarse de ella y seguirla y en los raptos hallo las señas que tienen los que son verdaderos.
Las hablas interiores y exteriores han engañado a muchos en nuestros tiempos, y las exteriores son las menos seguras. El ver que no son de espíritu propio es cosa fácil, el discernir si son de espíritu bueno o malo es más dificultoso.
Vuestra merced siga su camino, más siempre con recelo de los ladrones y preguntando por el camino derecho, y dé gracias a Nuestro Señor.
El respeto que los fundadores de la Compañía de Jesús guardaban por Juan de Ávila, a quien debían tantos consejos, lo pusieron de manifiesto cuando expiró el 10 de mayo de 1569, recogiendo sus restos a los que dieron solemne sepultura en el Colegio de la Compañía de Montilla, grabándose en la loza que cubre su ataúd este epitafio:
Ávila fué mi nombre, mi camino,
La tierra en que pisaba peregrino
El cielo era mi patria verdadera;
¿Qué oficio ejercité? Segador era:
De la incansable mano.
Nunca dejé la hoz por muy anciano
Antes a Jesús dí, siempre constante
Cosecha de sus meses, abundante.
Más abajo se lee:
Magistro Joanni Avilae
Patri optimo, Viro integerrimo
Deique amantissimo
Filii ejus in Jesu Pos.
1° y 15 de Agosto de 1940.
LA BALANZA NÚMS. 182 Y 183.
[1] Téngase en cuenta que en las biografías no hacemos excepciones, nos concretamos a relatar los hechos salientes de la vida de las personas.
Hay que recordar cuantas veces para cumplir en misión se hace necesario que el individuo actúe en cada existencia de distinta forma y en los ambientes más variados, desde los más altos sitiales hasta los oficios y las posiciones más humildes; las situaciones más variadas y las ideas más encontradas debe vivirlas en la materia el espíritu por causas miles de progreso y de conveniencia para poder actuar; tal tenemos el caso del Espíritu de Verdad en Francisco Xavier; Joaquín el abuelo en Ildefonso y miles de otros ejemplos, si así no hubiera sido habrían tenido que cometerse u oponerse al sacrificio cruento sin provecho de ninguna clase.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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