José Antonio Galán
- EMEDELACU

- 29 abr
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JOSÉ ANTONIO GALÁN que la historia del mundo ha reconocido con justo mérito como el alma de los comuneros de Nueva Granada, nació en el año 1749 en Charalá situada en la entonces provincia del Socorro; actualmente (desde 1886) es capital de la provincia de Charalá, una de las nueve en que se subdivide el departamento de Santander Sur (Bucaramanga, Charalá, Málaga, Piedecuesta, San Andrés, San Gil, Socorro, Vélez y Zapatoca) y situada a una 145 kilómetros del límite de los Estados Unidos de Venezuela que en aquel entonces constituía una Capitanía General.
Impresionan hondamente los acontecimientos sucedidos durante esa memorable acción en la qué grandes multitudes de hombres sin instrucción ni educación oficial supieron desahogar su justa indignación contra las exacciones y plena incultura de sus autoridades locales, sin caer en el pillaje ni la sed de sangre que ha arrojado manchas tan indelebles sobre muchas naciones de la arrogante Europa.
Los padres de Galán eran de origen español y aún cuando no poseían lo que se dice fortuna, vivían más en situación desahogada, fruto de sus trabajos de campo, siendo en todo el distrito considerados y respetados por su laboriosidad y honradez. Esta situación desahogada era desde luego muy relativa debido al desequilibrio reinante dentro de las leyes coloniales, por las exacciones tanto civiles como religiosas.
Las exacciones civiles abarcaban virtualmente todos los polos de la vida, así nos encontramos con que tenían los habitantes de esas regiones que pagar derechos de tránsito por caminos y el cruce de puentes, derecho de labrar la tierra, derecho de guías y tornaguías para el despacho de la adquisición de todo producto sujeto a transporte, el pago de la media anata, los derechos de alcabala o sea el tributo del tanto por ciento del precio que cobraba el fisco sobre las ventas y permutas, la obligación del uso del papel sellado en todos los trámites oficiales, el tributo de indios, etc., sin contar los monopolios sobre numerosos productos y la prohibición absoluta de cultivar o fabricar otros.
Las exacciones religiosas no eran menos agobiantes. En primer término nos encontramos con el derecho de primicias, el diezmo, los derechos curiales, el tributo individual, el derecho de estola, la obligación de contribuir con la limosna de la bula de la cruzada, el pago de los gastos de las fiestas religiosas, etc. Todos estos derechos y tributos a ambos poderes sumaban una enorme cantidad en relación a los frutos que con su trabajo pudieran obtener cada familia y nos da una idea clara y emocionante del estado de relajación en que a la sombra de las leyes civiles y religiosas cayeran sus respectivas autoridades locales. Por lo tanto, estaban a la orden del día escenas que atentaban contra la dignidad, la moral y las buenas costumbres.
Al estallar la guerra contra España y Gran Bretaña (1779) comenzaron los gobiernos coloniales de hispanoamérica a tomar medidas para neutralizar un posible ataque por parte de los ingleses, siendo la primera medida un reclutamiento de paisanos. Galán, a pesar de su estado de casado y ser padre de dos hijos pequeños de los cuales era virtualmente el único sostén, fué arrancado de su región y conducido a la ciudad de Cartagena, situada sobre el mar de Colón (o de las Antillas) y que en 1740 ya había sido objeto de un ataque armado por parte de los británicos, atraídos sin duda por la importancia de ese puerto. Tenía allí su asiento el Regimiento Fijo, integrado por hombres bizarros y al cual fué incorporado Galán.
Allí se familiariza con la vida militar, tanto en el manejo de las armas como así también con los conocimientos de disciplina y estrategia que suman toda la importancia de ese arte. Sin embargo, con cada mes, con cada semana, con cada día que iba pasando aumentaba su preocupación por sus vástagos sobre cuyas tiernas cabezas se cernía inevitablemente la más espantosa miseria ya que la madre no podría a pesar de ser activa, hacer frente a las inhumanas imposiciones del régimen colonial. Esta preocupación ahogaba cada día más su corazón noble y orgulloso de haber merecido siempre el calificativo de honrado. Esa siempre creciente angustia, hizo crisis cuando convulsionó a la población de la Nueva Granada la Instrucción General para el más exacto y arreglado manejo de las reales rentas de la alcabala y armada de Barlovento que con fecha 12 de octubre de 1780 decretara el nuevo Visitador Regente Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres y por el cual, so pretexto de impedir todo conato de contrabando y aumentar así el monto de los ingresos fiscales, imponía un cobro más riguroso de los impuestos, muchos de los cuales sufrían un sensible aumento. Esta nueva desgracia llevó a Galán a la decisión de reasumir sus deberes del hogar aunque para ello había de cometer el delito de desertar de las filas, resolución que puso en práctica después de un año de estada en aquel cuerpo militar.
El viaje de regreso en que hubo de recorrer más de seiscientos kilómetros, con todas las penalidades no sólo de cansancio, sino por los peligros a que se ve expuesto de continuo el desertor, obligándole a muchas privaciones y rodeos, lo llevó a cabo con resignación, llegando a principios de diciembre de 1780 de regreso a Charalá, donde halló a su familia en el estado que había previsto.
Al descontento reinante, había que unir la actitud de otro visitador, Moreno Escandón, que había exasperado a los indios que expulsaba de sus tierras obligándolos a integrar con otros, grandes poblaciones para enseñar un nuevo sistema de cultivos. Así no es raro que encontrara honda repercusión cuando cundió la noticia que un indio peruano, descendiente de los Incas, llamado José Gabriel Condorcanqui, pero que es generalmente conocido como Tupac-Amarú, bajo el nombre de José I hizo publicar un bando que decía así: “Don José I, por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santafé, Quito, Chile, Buenos Aires y Continente de los mares del Sur, Duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas, con dominio en el Gran Paititi, comisionado y distribuidor de la piedad divina, por el Erario sin par.
Por cuanto es acordado por mi Consejo, en junta prolija por repetidas ocasiones, ya secretas y ya públicas, que los reyes de Castilla han tenido usurpada la corona y los dominios de mis gentes cerca de tres siglos, pensiondándose los vasallos con insoportables gabelas y tributos, sisas y lanzas, aduanas, alcabalas, estancos, contratos, diezmos, quintos, virreyes, audiencias, corregidores y demás ministros, todos iguales en la tiranía, vendiendo la justicia en almoneda, con los Escribanos de esta fé, a quien más puja y a quien más da, entrando en esto los empleados eclesiásticos y seculares del Reino, quitando vidas a solo los que no pudieron o supieron robar, todo digno del más severo reparo.
Por tanto, y por los justos clamores, que con generalidad han llegado al Cielo en el nombre de Dios Todopoderoso, mando que ninguna de las pensiones se obedezca en cosa alguna ni a los ministros europeos intrusos, y sólo se deberá todo respecto al sacerdocio, pagándole el diezmo y la primicia inmediatamente, como se da a Dios, y el tributo y quinientos a su Rey y Señor natural, éste con la moderación debida, y para el más pronto remedio, y guarde de todo lo susodicho, mando se reitere y publique la jura hecha de mi real corona, en todas las ciudades, villas y lugares de mis dominios, dándonos parte con toda brevedad de los vasallos prontos y fieles, para el premio, e igual de lo que revelaran, para la pena que le competen remitiéndonos la jura hecha.
A la publicación de este documento siguieron medidas enérgicas como ser la abolición de los trabajos forzosos y las alcabalas. Este concepto de libertad que como una voz oculta tendía a surgir dentro de las multitudes oprimidas, parecía hacer olvidar a cada individuo el cúmulo de pasiones que se guardaban en cada pecho, pero que pronto trastocaría en odios, venganzas y sed de sangre para llegar al trágico fin que tuvo luego de singulares acontecimientos que más adelante historiaremos en breves palabras.
La voz levantada por Tupac-Amarú no solo convulsionó a los indios, sino también a los criollos y mestizos. Y en medio de este sordo descontento general llegó Galán de regreso a su hogar, iniciando de inmediato sus actividades en el cultivo de sus campos, no sin cautela, a fin de evitar ser denunciado como desertor.
Pocas semanas empero habían transcurrido desde su regreso, cuando un tal Pedro Nieto, criollo, vecino de Charalá, entusiasmado por algunos movimientos de protesta contra los nuevos impuestos, – que se habían llevado a cabo en los pueblos Barichara, Simacotas y Mogoles, todos de la entonces misma provincia del Socorro – vino a entrevistarse con él a fin de que participara en la organización de un acto de protesta en Charalá que se llevaría a cabo el día siguiente (17 de diciembre de 1780) que era domingo. Galán aceptó inmediatamente, presentándose resueltamente en la reunión pública, donde todo el pueblo oprimido en solemne plebiscito eligió como capitanes o delegados de su pueblo a Pedro Nieto, Ignacio Calvino y José Antonio Galán, los que firmaron un acta en la que juraban resistir las reformas abusivas que el Visitador Regente había introducido en el caudal de los impuestos y especialmente los concernientes al tabaco y aguardiente, cuyos precios aparentemente no habían sido alterados pero reducidos a la mitad del peso real de sus medidas. Abarcaban las disposiciones a tomarse por estos apoderados de la voluntad popular, el introducir reformas en la administración comunal mediante el nombramiento de nuevos empleados públicos y no permitir por más tiempo la venta del tabaco por cuenta del gobierno, sino por su propia cuenta y usar las ganancias para financiar los gastos del movimiento o la Empresa como llamaban los rebeldes a su movimiento de protesta.
Galán desde este momento dedicóse de lleno a los servicios que la causa de su pueblo exigía. Sin tener en cuenta los peligros a que se exponía, recorría con admirable abnegación uno por uno los pueblos de la industriosa provincia del Socorro, no solo alentando la opinión pública, sino organizando delegaciones locales mediante plebiscitos e introducir en estas comunidades populares la indispensable disciplina.
Como la acción de este movimiento no había traspasado los límites de la provincia del Socorro y por la corrección y discreción con que se tomaban todas las medidas, no atinaban las autoridades de la provincia a intervenir, esperanzados quizá en que el mismo tiempo se encargaría de entibiar los entusiasmos o que una acción de reprensión enérgica podría hacer temer consecuencias graves. Lo cierto es que el virrey de Nueva Granada, Manuel Antonio Flores, no tenía conocimiento de esta organización subversiva, que parecía no pasar de una simple y pacífica desobediencia civil, hasta que en el histórico viernes que correspondió al día 16 de marzo de 1781 en que en la ciudad del Socorro se había organizado una de las manifestaciones de protesta, adelantándose heroicamente una mujer, Manuela Beltrán, quien hizo añicos una tabla que contenía el edicto en que el Visitador Regente anunciaba la elevación de las contribuciones y que se hallaba fijada en la puerta de la casa del alcalde ordinario. – “¡Viva el rey y muera el mal gobierno!” exclamaba mientras arrojaba los pedazos al suelo. La decidida actitud de esta mujer ocasionó un revuelo inmenso y por todas partes se hacían planes de imitarla.
En la capital del virreinato, Santa Fé de Bogotá, por aquel entonces llamado comúnmente Santafé, nada se sabía oficialmente, solo habían llegado simples rumores. El popular escritor revolucionario Jorge Lozano que residía en esa ciudad, lleno de entusiasmo ante estos rumores compuso un verso que confió a su confidente fray Ciriaco Archile quien a su vez lo hizo conducir cautelosamente destinado al portero del Cabildo del Socorro, Juan Manuel José Ortíz.
El día 30 de marzo de 1781 llegó esa poesía a manos del portero Ortíz, y una vez informados los capitanes o comunes de la ciudad, convocó al pueblo al son del tambor y luego dieron lectura a la extensa composición que en algunas de sus estrofas decía así:
Viva el Socorro y viva el Reino entero
Si Socorro el Socorro le prestara,
Para dejar de ser ya prisionero
En la fatiga que cada cual se hallare,
Ninguno se recele ser primero
Supuesto vé que hay quien se declare
Y así corramos sin temer al morro
A dar socorro a quien nos da Socorro.
Por Dios, no dejes vuestra empresa
Ya que muestras el rostro destocado,
Pues a tu sombra irá nuestra cabeza,
Hasta el fin del intento principiado,
No temas de ninguno la pereza,
Pues todos aunque ahora de tapado
Estamos renegando de la carga
Que llevamos una cuesta tan amarga.
No temas aunque veas a los soldados
Con bayonetas, fusiles y morteros,
Que si son los de aquí, que hay arreglados
Esos son unos pobres borriqueros
Y si son de los nuestros no te apures
Que las balas irán hacia las nubes.
Si te resuelves por pura caridad
A usar de los consejos referidos,
Y marchas como digo a la ciudad
Yo te lo juro que nos verás unidos
Pues aunque por la fuerza de lealtad
A tu frente nos halles prevenidos
Las armas blancas en tí no cortarán
Y los cañones mojados estarán.
Finalmente, Socorro primoroso,
En cuyo esmero, valor y bizarría,
Que te aclame el invicto valeroso
Por esta acción de tal cortesanía
Fincamos la esperanza de un reposo
Que eternice tu fama y gallardía,
No cedas, por quien eres, de la empresa,
Pues que tienes quien guarde tu cabeza.
Por el Socorro nos viene la ventura
Y al Socorro tenemos que acogernos,
Que por fin el Socorro y su cordura
Solo camina al fin de socorrernos
Y pues esto ha de ser blasón eterno
¡Viva el Socorro y muera el mal gobierno!
El mensaje, como se ve, constituía un saludo y un estímulo a los sublevados contra las arbitrariedades de las autoridades europeas. El entusiasmo de la multitud creció hasta no conocer límites y bajo el grito de ¡Viva la libertad! corrían a los estancos del monopolio fiscal y después de arrancar y pisotear las Armas Reales, derribaron las puertas, derramando el aguardiente almacenado; en idéntica forma procedieron con los estancos de tabaco, cuyo producto quemaban en la vía pública. Lo extraordinario del caso era que a pesar de la gran vehemencia que se había apoderado de ese pobre pueblo oprimido, no se ejecutaba ninguna venganza personal, de modo que no era vertida una gota de sangre como así tampoco ocurrieron robos ni actos de pillaje.
La insurrección ganaba terreno diariamente hasta que finalmente el tercer lunes del mes de abril (día 16) se reunieron millares de moradores de los pueblos vecinos en unión con los del Socorro y en común proclamaron como capitanes generales a Juan Francisco Berbeo, José Antonio Estévez, Antonio José Monsalve y Salvador Plata. Estos individuos constituyeron el Supremo Consejo de Guerra de los sublevados, pero indudablemente más que convencidos cedieron los nombrados más que nada ante el empuje de las circunstancias si hemos de tener en cuenta que ante notario público declararon cuando hicieron levantar el acta por el que legalizaron su autoridad que sólo habían cedido ante la presión del vulgo y con el deseo de evitar con este hecho acontecimientos mayores.
Sólo Galán mostróse en todo momento sincero y convicto de que obraba en bien de su pueblo y lejos de invocar ningún pretexto ni buscar descargar parte de su responsabilidad sobre otros, sostenía de hecho y de palabra sus ideales y se puede decir con justicia que la asombrosa moral que demostró el pueblo levantado en armas era más que su propia moral, la del prócer, por lo cual hemos de reconocer en Galán una personalidad que lo pone en parangón con los más ilustres libertadores y dirigentes de masas con que ha contado el Nuevo Mundo.
La Audiencia de Sante Fé (Bogotá) al recibir informes sobre la extensión de un movimiento que parecía cimentarse sobre bases sólidas, resolvió tomar algunas medidas antes de que la insurrección tomase proporciones mayores, por lo cual despachó al oidor José de Osorio al frente de 30 guardias armados y 50 alabarderos, llevando además 100 fusiles y 20,000 tiros de fusil para armar más gente y 8,000 pesos para gastos de la expedición, teniendo órdenes terminantes de proceder con suma energía ante la menor oposición hasta restablecer la completa calma.
El mencionado oidor se puso en marcha y ocupó el pueblo de Puerto Real, en la provincia del Socorro, y por lo tanto en pleno territorio de los sublevados. El día 7 de mayo de 1781, mientras escuchaba misa, fue anunciada la presencia del enemigo. Osorio alarmado, sin esperar el fin del oficio religioso, abandonó precipitadamente el templo y pudo observar que hombres armados en número de unos cuatro mil, venían avanzando y acamparon cerca de la población. Entre esta gente se hallaba Galán capitaneando a los de Charalá.
Al día siguiente ocuparon los comuneros pacíficamente la población, habiendo de contemplar el oidor impotente cómo sus tropas hicieron causa común con el pueblo. El ayudante de Osorio, Francisco Ponce, aterrado ante el giro de las circunstancias, tal vez temiendo que los comuneros ejecutarían actos de venganza, logró huir disfrazado de fraile franciscano y llegar a Santa Fé donde contó relatos fantásticos y horripilantes así como también que los revolucionarios constituían un poderoso ejército que estaba en marcha sobre la capital del Virreinato.
La alarma que esta noticia ocasionó en las esferas del Gobierno fué enorme y como se carecía de fuerzas armadas para hacer frente a tan poderoso ejército imaginario, se nombró con todo primor una comisión parlamentaria unida de todas las facultades para obrar plenamente en nombre de la Real Audiencia y la Junta de Tribunales. Mientras el gobierno virreinal como así también la comisión parlamentaria integrada por el oidor Joaquín Vasco y Vayas y el alcalde Eustaquio Galaviz tomaban sus medidas presas de la mayor nerviosidad, conservaba el arzobispo de Santa Fé, Antonio Caballero y Góngora la mayor tranquilidad y presencia de ánimo. Era este prelado en efecto un famoso orador y por el desempeño de su ministerio se sentía seguro de obtener un triunfo diplomático completo sobre los comuneros que amenazaban los cimientos de las costumbres casi feudales del gobierno virreinal. Se ofreció por lo tanto el arzobispo para acompañar a los parlamentarios con los cuales marchó para Zipaquirá, desde donde fueron despachados avisos a los jefes rebeldes sobre el alcance de sus propósitos y facultades para negociar la paz.
Cuando se obtuvo el triunfo de Puerto Real, es cierto que Osorio, aún cuando tratado con toda cortesía, fué detenido, pero hay que hacer constar que ningún abuso se cometió a la sombra de esta victoria, pues hasta el dinero que se halló en las cajas del oidor fué puesto bajo custodia del propio Osorio, hecho que habla de la alta moral que había impreso en toda la gestación revolucionaria comunal, José Antonio Galán.
Al saber Berbeo que el Visitador Regente Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, se había fugado, encargó a Galán la delicada misión de vigilar de cerca, y procurar apoderarse de su persona. Acompañado sólo de 16 hombres entre los cuales se encontraban sus hermanos Juan Nepomuceno e Hilario, púsose Galán en marcha y a medida que avanzaba deteníase en cada pueblo que hallaba a su paso ganando a los moradores para su causa, después de lo cual procedía a deponer las autoridades reaccionarias para reemplazarlas por elemento nativo de tendencia liberal. Pasando por un sitio denominado Boca del Mont, a unos ocho kilómetros de Facatativá y cincuenta y cinco kilómetros de Santa Fé, se encontró con un cuerpo de 25 hombres de caballería que el Visitador Regente había apostado para cubrir su huída. A pesar de su inferioridad numérica atacó y derrotó al destacamento enemigo; prosiguiendo su marcha derrotó a otro destacamento de 25 arcabuceros encargados de proteger oportunamente un despacho de armas.
Saliendo de Villeta (30 de mayo de 1817) con dirección a Guadua (ciudad donde vió la luz la heroína Policarpa Salavarrieta, fusilada por orden del virrey Juan Samano el 14 de noviembre de 1817), se le agregaron numerosos voluntarios ansiosos de servir bajo sus órdenes. Al llegar a Guadua supo que Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres había huido a Honda, y que contaba con una defensa de 400 hombres y varias piezas de artillería. Galán se detuvo unos días en Guadua a fin de disciplinar en lo posible a los nuevos voluntarios, marchando entonces resueltamente en dirección a Honda. El Visitador Regente al saber que Galán insistía en su persecución, llegó a ser tal su terror, que a pesar de tener a su servicio un ejército muy superior en número como así también en armamento, hizo desarmar su tropa y huyó a Cartagena (11 de junio).
Galán estaba dispuesto a llevar a feliz término su campaña cuando Berbeo de acuerdo a una resolución tomada con la comisión parlamentaria, que según se decía, venía a hacer justicia y restablecer la paz, hubo de renunciar a toda acción armada.
La Junta de los Comuneros exigía a los parlamentarios la destitución del Visitador Regente Juan Francisco Gutiérrez Piñeres, la abolición de sus decretos, abolición de la costumbre de dar privilegio absoluto a los españoles para los puestos públicos, etc. Pero esas capitulaciones sufrieron muchos tejes y manejes gracias a la gran oratoria del arzobispo, cuya intención era ganar tiempo a fin de entibiar el entusiasmo de las multitudes ahora reducidas a la inacción, y al fin consiguió lo que se propuso: por la tardanza de llegar a un arreglo comenzaron a correr rumores que la Junta de los comuneros estaba haciendo traición, sin que por la imponente actitud del arzobispo hubiera peligro de un levantamiento popular ya que la religión tenía una ascendencia enorme en el pueblo fanatizado.
Cuando llegó el momento considerado oportuno para los parlamentarios del gobierno virreinal, presentaron éstos una tesis conciliadora expuesta en 36 artículos y que Berbeo y sus compañeros no tuvieron más remedio que firmar desde que toda prolongación del debate no hacía más que aumentar la creciente desconfianza de la sugestionada multitud contra sus jefes, comuneros.
Una de las cláusulas de estas capitulaciones, que se juraron sobre los Evangelios en una misa solemne en acción de gracias, disponía que antes de cumplirse las demás cláusulas, debían deponer las armas y regresar a sus hogares los veinte mil hombres que respaldaban a la Junta de los Comuneros.
El concepto profundo de Galán preveía una traición por parte de los parlamentarios del gobierno virreinal, por lo cual propuso oponerse rotundamente al cumplimiento de esta exigencia, hasta obtener previas garantías dignas para la causa que con tanto sacrificio había hecho prosperar. Fué en vano toda su energía, en vano su elocuente y convincente oratoria para llamar a sus compañeros a la realidad y la prudencia; el temor fanático pudo más que la razón de la austeridad y así, pese a las advertencias de Galán, fué decretado el desarme, produciendose entonces lo ya inevitable.
Reducidos por esta medida a la impotencia los comuneros, iniciaron los antes atemorizados parlamentarios la segunda parte del programa que sólo Antonio Caballero y Góngora pudo haber previsto con la ascendencia que le daba su ministerio. A espaldas de Berbeo y los suyos, redactaron y firmaron el oidor Joaquín Vasco y Vayas y el alcalde ordinario Eustaquio Galavis una protesta en la cual lamentaban el haber puesto su firma al pie de las capitulaciones y que rogaban al virrey no juzgarles por esa actitud, ya que sólo habían obrado amenazados por un numeroso ejército enemigo frente al cual afirmaban se hallaban indefensos por falta de apoyo militar.
Al mismo tiempo que esto sucedía, había el arzobispo escrito una enérgica pastoral dirigida a los pueblos del Norte, encargando su predicación a los frailes capuchinos Joaquín de Finestrat, Félix de Goyanes y Miguel de Villajoyosa. Los tres sacerdotes fieles a su encargo, iban de pueblo en pueblo predicando el delito que constituía toda actitud hostil en desobediencia al gobierno virreinal, pecado que se castigaría con penas eternas a cualquier reincidente.
Contribuía al éxito de la obra reaccionaria emprendida las tristes y desalentadoras noticias provenientes del Perú, que anunciaban la derrota de Tupac-Amarú y su horrendo suplicio. Como es sabido tuvo el valiente indio una aceptación enorme por parte de todos sus connacionales. Pero aquí surge una pregunta: ¿por qué cometieron los indios tantos actos de venganza siendo todos fervientemente religiosos y su rey adulado por los curas y llevado en marchas triunfales a las iglesias donde hasta le rociaban con agua bendita? Obedezca a lo que quiera su causa, es innegable que en estos contrastes singulares ha sido tejida la ruta que había de conducirle a la derrota. Impuesta esta, aproximóse el drama a su fin con vertiginosa velocidad. Conducido a Cuzco dióse luego de una histórica interrogación comienzo al inconcebible ajusticiamiento. Primero fueron ahorcados varios de sus compañeros de infortunio e inmediatamente fué Tupac-Amarú conducido al suplicio levantado en una gran tablada en el centro de la plaza de Cusco. Allí le pusieron en la cabeza una corona de hierro provista de once agudas puntas que penetraban por el hueso del cráneo en representación de los once dictados o títulos de que se nominó emperador, luego le colocaron un collar de hierro, con dos plantines muy pesados y rodeado de puntas muy agudas, como mofa a la orden del gran Paititi, de quien se tituló maestre. Después de cortarle la lengua fué obligado a presenciar el suplicio de su esposa. La valiente Micaela Bastidas, a pesar de hallarse atada de manos y pies, resistió la brutal acometida de los verdugos que pretendían arrancarle la lengua. Luego que el cuerpo de la mujer balanceábase en el aire, continuó la ceremonia con el emperador vencido, introduciéndole tres puntas de hierro candente por la cabeza, que atravesando el cerebro salieron por la boca en demostración de los tres bandos que mandó publicar. Después de ésto fue el cuerpo ya inerte colgado de la horca y finalmente se procedió al descuartizamiento con el empleo de cuatro potros, pero al no lograrlo luego de varias pruebas, cortósele la cabeza y su cuerpo en muchos trozos que fueron conducidos a los numerosos pueblos donde el Inca tuvo ascendiente. El suplicio fué presenciado por los dos pequeños hijos de Tupac-Amarú, Hipólito y Fernando, quienes luego de haber sido obligados a ser testigos del ensañamiento contra los seres por quienes latían sus corazones, hubieron de sufrir a su vez por ser descendientes del jefe indio la infamación y el destierro perpetuo al África, impuesta por los mismos que hasta hacía pocas semanas habían bendecido a sus padres.
Volvamos a Galán. Luego de la firma de las capitulaciones y el desarme de las multitudes, siguió un compás de espera hasta la ratificación de los puntos jurados y firmados con alta emoción. Pero en vez de esta ratificación apareció repentinamente el oidor Juan Pernet al frente de 500 soldados y si bien era portador de una orden de amnistía general para todos cuantos reducíanse a la obediencia, proclamó que las más enérgicas medidas serían tomadas contra quienes no acataron las disposiciones dictadas por el Visitador Regente Juan Francisco Gutierrez de Piñeres, cuyos decretos declaró irrevocables por el mismo motivo que los parlamentarios habían invocado antes en secreto.
¿Qué hicieron ante este giro imprevisto los jefes comuneros de las ya dispersadas y atemorizadas masas populares? Sólo Galán hizo oír su voz, pero en ningún pueblo encontró ya eco su prédica. El oidor le declaró al margen de la ley con orden de tomarlo donde fuera hallado. Delatada su presencia en Mogotes, encargóse a Salvador Plata, que fué uno de los jefes comuneros, a llevar a cabo su captura. Con esta localización fue fácil lograr su paradero aún cuando había abandonado con un puñado de hombres la ciudad, ya que Galán ignoraba este último acto de traición de su ex compañero.
La noche del 13 al 14 de octubre fué hallado en medio del bosque en un rancho abandonado situado en un sitio llamado “Chagua Neto”. La irrupción sorpresiva de los 35 hombres que capitaneaba Plata, hicieron ineficaz toda tentativa de resistencia, por lo cual hubo Galán que rendirse después de una breve lucha a brazo partido en que fué herido en un hombro.
Conducido a Santa Fé se le siguió un singular proceso donde el hombre que siempre dió ejemplo de la más alta moral, cultura y respeto por el verdadero concepto de la libertad y no libertinaje, se le acusó de los delitos de robo, pillaje y hasta de corrupción.
Condenado a muerte fué arrastrado al suplicio levantado en la plaza de San Francisco de la mencionada capital virreinal (1° de febrero de 1782). Luego de decapitado quemóse su cuerpo delante del suplicio, llevándose su cabeza para ser expuesta en la plaza de la ciudad de Guardias, su mano derecha en la del Socorro, su mano izquierda en la de San Gil, su pie izquierdo en la de Mogotes y su pie derecho en la de Charalá, donde vivían su atribulada esposa e hijos. Más no terminó con esta ejecución lo dispuesto en la sentencia, pues luego se procedió a la confiscación de sus bienes, arrasaron su casa, cuyos escombros fueron cubiertos con sal y finalmente declarada infame su descendencia.
Tres de los compañeros que le acompañaron en su última aventura, Isidoro Molina, Lorenzo Alcantuz y el ex portero del Cabildo del Socorro, Manuel Ortíz, fueron ahorcados y descuartizados y asimismo afectados sus bienes y descendencia. Otros menos complicados fueron enviados a los presidios de África y España, entre estos últimos figuraban el escritor Lozano y su confidente fray Ciriaco Achile.
De esta forma terminó la acción de los comuneros por cuyo bienestar luchó tan denodadamente José Antonio Galán, y cuyo movimiento pasó a la historia como la Insurrección del Comercio primero y como la Revolución de los comuneros después.
1° y 15 de Enero de 1941.
BALANZA NÚMS. 192 Y 193.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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