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Joaquín Trincado

Johan Van Oldenbarnevelt

Foto del escritor: EMEDELACU
EMEDELACU
6 jul
25 min de lectura

JOHAN VAN OLDENBARNEVELT, uno de los más ilustres estadistas holandeses, mártir de sus ideales, nació en la ciudad de Amersfoort (provincia de Utrecht) el día 14 de septiembre de 1547.


Estudiaba abogacía y se distinguía por su clara percepción y noble entusiasmo. Pero vivía en una época aciaga, pues no sólo era el país víctima de los frecuentes atropellos de los señoríos y reinos inmediatos, sino que la tiranía y crueldad del culto oficial, hizo que surgieran diversas sectas de Reformados y Protestantes, con ideas nuevas pero no menos intolerables, y como aquella, al servicio del libertinaje de la politiquería.


Carlos V, que concedió casi demasiados privilegios a los holandeses, no pudo evitar que el Tribunal de la Inquisición enterrara vivos a 40, 000 holandeses acusados de herejía sin hablar de España, donde según los historiadores de la época, la innovación de ideas fué virtualmente ahogada en sangre, lo que movió al soberano español, de fausta memoria, a entregar el cetro a su hijo y retirarse al monasterio de Yuste.


Felipe II era ya de otra hechura. Si bien enérgico y prudente como su progenitor, actuaba como instrumento más dócil en manos del culto de Roma, y dando suelta a la indignación que le había causado el orgulloso proceder de algunos delegados de la nobleza holandesa que bajo el reino de su padre habían convivido en la corte de Madrid – y que aun en una oportunidad, bajo el mando accidental de Adriano de Utrecht (más tarde Adriano VI) impusieron exacciones que motivaron la tan célebre revolución de los Comuneros de Castilla – dispuso vengarse ahogando por la violencia el creciente descontento del pueblo holandés que el mismo rey había provocado dando amplios poderes al cardenal francés Granvelle, quien era de hecho gobernador de los Países Bajos y no Margarita de Parma, hermanastra de Felipe II.


Los excesivos decretos que imponía el Tribunal Inquisitorial motivó que en 1565 un numeroso grupo de nobles holandeses, tanto católicos como protestantes, firmaran un célebre pacto en el que solicitaban mayor tolerancia, y que los mismos, acompañados de sus respectivos cuerpos de guardia, presentaran a la gobernadora.


Ésta viendo aproximarse tanta gente armada recibió gran susto, pero uno de sus aduladores, el barón francés Berlaimont, la tranquilizó diciendo mientras señalaba despectivamente a la multitud: “No se alarme señora, no son más que mendigos”. Esta frase que no tardó en trascender al público, hizo que los disconformes aceptaran la humillante denominación de pordioseros como insignia, y a imitación de los mendigos de la época, colgaron del pecho un jarrito en miniatura, pero de oro.


Los exaltados calvinistas, que rencorosos se oponían a la intolerancia del culto oficial con otra intolerancia aún mayor, sembraron la última nota de discordia en el desdichado pueblo holandés donde ya nadie parecía entenderse. Y era en medio de este desfogue de pasiones cuando en agosto de 1567 circuló la alarmante noticia de que un interventor español, Don Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, había llegado a Bruselas al frente de una enorme fuerza armada.


El duque de Alba (Véase su biografía en LA BALANZA No. 71, pág., 31), traía órdenes terminantes de implantar sin restricciones un terrible tribunal, que se tituló Consejo de los disturbios, para conocer los delitos políticos, pero cuya severidad le valió pronto el nombre popular de Tribunal de la sangre, porque en él no se aplicaba otra cosas que la muerte.


Este proceder era de hecho una declaración de guerra al pueblo de los Países Bajos, y bajo esta denominación ha pasado a las páginas de la historia. Como a la condena de los presuntos culpables se unía la confiscación de bienes, cometieron a su sombra repudiables excesos que colmaron con el inicuo ajusticiamiento de los condes Lamoral de Egmond y Felipe de Hoorne (5 de junio de 1568), cuyo amor y lealtad a España les había hecho célebres.


En medio de esta confusión política y religiosa completaba sus estudios el joven Johan van Oldenbarnevelt, quien una vez recibido de abogado abrió bufete en la ciudad de La Haya, pero no permitiéndole su patriotismo mantenerse ajeno a la indignidad popular, se afilió a la insignia que enarbolaba el príncipe Guillermo el taciturno, como piedra fundamental de la independencia de los Países Bajos.


El renombrado escritor militar español, don Francisco Varado y Font, al tratar en su “Museo Militar” el estallido de una guerra, juzga el paso dado por Felipe II con estas palabras magistrales:


“Era aquella guerra, la eterna contienda entre el pasado y el porvenir, y el campeón del pasado fue España, a la que el rey prudente arruinó y empobreció en su loco empeño de convertirla en brazo armado de la Iglesia. Si se califica de período de pujanza aquel en que una nación se empobrece y se arruina, se desangra y se debilita a fuerza de victorias y de empresas ruidosas, época en que aún es temida por las fuerzas materiales de que dispone y por el respeto que aparentemente infunde la España de los últimos años del siglo XVI están en el apogeo de la grandeza, pero si damos a cada período su verdadero calificativo, echaremos de ver que en esta época se inició nuestra decadencia ya visible en el siguiente reinado, en que, existiendo la actual postración en el cuerpo nacional, se carecía de grandes diplomáticos y de grandes guerreros, continuando, en cambio, las ruinosas empresas y siendo víctimas de las desastrosas medidas económicas, de la venganza y de la despoblación. Y todas las causas que más contribuyeron a nuestra ruina, la guerra de los Países Bajos fué por desgracia la más poderosa”.


La acción armada de los neerlandeses no nació pues como un ansia general para librarse de la tutela española, sino una oposición desesperada a la acción punitiva dispuesta por Felipe II.


Miles de personas, reducidas a la mendicidad por la confiscación de sus bienes y perseguidas sin cuartel como herejes infames, hubieron de buscar su salvación en los bosques y despoblados unos, y en el mar otros, donde se confabulaban para la venganza. Los del mar, tripulando naves guerreras, hallaban un refugio en los puertos ingleses. En 1572, por influencia del duque de Alba, ese permiso les fué repentinamente negado, pero trajo por consecuencia que las naves así desamparadas conquistaran una base propia con la toma del puerto de Brielle (1° de abril de 1572). Los contratiempos que sufría Álvarez de Toledo frente a la oposición holandesa eran celebrados en Madrid por muchos cortesanos españoles que envidiaban la popularidad del duque y que ahora procuraban anularle. Ya en 1570 habían sugerido al rey para obligar a Alba a proclamar una amnistía general, que en un pueblo sublevado no podía ocasionar más que resultados contraproducentes. El duque aunque sabía muy bien de dónde soplaba el viento, hubo de obedecer, pero agregó a la misma tantas excepciones que el efecto de la amnistía quedaba sin efecto alguno. Al ver eso y sin tener presente que ya en 1569 el mismo Toledo había solicitado su relevo, movieron sus calumniadores a Felipe II para destituirlo y nombrar en su lugar al conde de Medinaceli como gobernador general. Este se embarcó con una fuerte escuadra, pero al llegar frente a la costa holandesa, fue derrotado por la flota de flamencos sublevados que lo obligaron a ponerse a la defensiva.


La toma de Brie Le, resultó funesta para el dominio español, pues una tras otra comenzaron numerosas ciudades a sublevarse, permutando la autoridad del interventor por la del príncipe de Orange. En vano encargó Álvarez de Toledo a su hijo Don Federico dominar la situación por las armas, pues si bien derrotaba a los insurrectos en diversas acciones, cometían sus tropas mercenarias tales excesos que virtualmente de todo el mundo civilizado se elevó un grito de horror; especialmente en la toma de las ciudades de Mechelen y Naarden no tuvieron calificativo esos atropellos.


Reconquistado Naarden, marchó Don Federico sobre Haarlem, en cuya ciudad se hallaba Oldenbarnevelt, quien participando de la opinión general condenaba los medios extremos que toleraba el duque de Alba. LLegado Don Federico ante las puertas de la ciudad prometió amnistía general si se rendían incondicionalmente, pero como ya en otras oportunidades no pudo dar cumplimiento a su palabra, nadie le quería dar crédito, disponiéndose a la defensa.


Al principio resultó la ciudad inexpugnable pues conseguía abastecerse por el mar de Haarlem donde los sublevados poseían una pequeña escuadra, pero una vez derrotada ésta invadió el hambre las filas de los defensores. Estos trataron de disimular su situación, contándose que el último pan que quedaba en la ciudad fué colocado conjuntamente con un pescado en una horquilla y elevada por encima de la muralla para que los españoles la vieran mientras que la multitud hambrienta cantaba a coro.


“Haarlem todavía no sufre escasez aún nos queda pan blanco y pez”.

Los días iban pasando sin que apareciera auxilio alguno y las calles se iban llenando de seres exhaustos, ya los soldados no tenían ánimo para repeler los continuos asaltos de los sitiadores, cuando una heroína, Kanau Simonsz Hasselaar ocupó con un grupo de mujeres el lugar dejado por los soldados, rechazando con singular audacia los ataques enemigos arrojándoles agua y aceite hirviendo. Finalmente el 13 de julio de 1573, luego de un sitio de siete meses, perdida toda esperanza a un posible socorro, hubieron de capitular. Oldenbarnevelt, intervino en el trato de rendición, obteniendo mediante un rescate de 240,000 florines que la ciudad se salvara de un saqueo, aunque no fue posible impedir que centenares de soldados y civiles recibieran ignominiosa muerte.


La situación de los patriotas se había tornado sumamente difícil, pues caída Haarlem no les quedaba fuera de Brie Le otra ciudad que Alkmaar, sobre la que marchaban los españoles con paso redoblado. El comandante de esta plaza, Jacobo Kabeljuw, infringió grandes bajas a los sitiadores y aún consiguió confundirles haciendo correr la voz que los diques serían abiertos; a este contratiempo se unió la derrota de la escuadra española en el Zuider Zee (Mar del Sur) y un amotinamiento general de las tropas de ocupación reclamando sus pagas. Todos estos acontecimientos y las calumnias que desde Madrid arrojaban sobre el nombre y la honra del interventor, provocaron que el duque de Alba, cumpliendo la orden de regresar a España, abandonara amargado, dentro del mayor silencio los Países Bajos en la noche del 5 de diciembre de 1573.


Apenas trascendió al pueblo la retirada de ese hombre, que fué interpretada como una huída, se registraron en todas las ciudades escenas de indescriptible entusiasmo; las calles se llenaban de multitudes que en cantos fervorosos daban suelto a rencores tanto tiempo ahogados. Uno de esos cantos, el más célebre, traducido libremente decía así:


Batid los tambores, de dire dom dana

Batid los tambores, de dire dom des

Batid los tambores, de dire dom dana

¡Vive les geus! El lema de ahora es[1].

La Inquisición española, por Dios maldita

La Inquisición española, sangre ponzoñosa de dragón

La Inquisición española, es punida

La Inquisición española, halló su perdición.

¡Vive les geus! hace vivir cuál cristianos

¡Vive les geus! mantiene ánimo y fervor

¡Vive les geus! Dios protege contra bellacos

¡Vive les geus! sangre noble y de valor.

La espada está desenvainada, la venganza divina se aproxima

La espada está desenvainada, que os describe el apóstol Juan

La espada está desenvainada, al Apocalipsis abre camino

La espada está desenvainada, vuestra caída está cumpliéndose.

 

La sangre inocente, que habéis vertido

La sangre inocente, contra tí clama acción

La sangre inocente, de la que no os habéis arrepentido

La sangre inocente, que bebisteis con el dragón.

 

Vuestro brazo potente, en que confiábais

Vuestro brazo potente, que ahora decaído está

Vuestro brazo potente, con que vuestro hogar edificais

Vuestro brazo potente, no os acompaña ya.


Si a su llegada el duque de Alba hubiera podido desplegar la tolerancia y sensatez de que ahora venía portador el nuevo gobernador general Don Luis de Requeséns, toda esta revolución se hubiera podido evitar, aun cuando los historiadores de todas las tendencias están acordes en que la causa primordial fué la imposición religiosa. Sobre este respecto dice Servaas de Bruin en su “Historisch en Geographisch Woordenboek” (Diccionario Histórico y Geográfico): “Entre los ministros de cualquier tendencia religiosa, colocados frente a personas de otra ideología, la tolerancia rara vez es otra cosa que una simple máscara; la intolerancia es siempre la inclinación de todas las agrupaciones dogmáticas que se sienten potentes o aspiran a serlo”.


Requeséns, cumpliendo las órdenes recibidas, hizo derribar la estatua que el duque de Alba se había levantado en Bruselas y anuló la mayoría de las disposiciones impuestas por su antecesor.


El pueblo ya no estaba dispuesto a la reconciliación, especialmente porque Felipe II seguía oponiéndose a la libertad de cultos, y sólo ofrecía a los reformados un plazo de seis meses para vender sus bienes y expatriarse.


Reanudada la guerra obtuvieron las armas españolas un gran triunfo de la batalla librada en los prados de la Mookerheide (1574), pero sin darles beneficio alguno, pues las tropas mercenarias faltas de pago durante tres años se amotinaron nuevamente. Otro ejército peninsular puso un memorable sitio a la ciudad de Leiden (noviembre 1573-octubre 1574). La población, mal provista de alimentos, sufrió los horrores del hambre, muriendo no menos de 6,000 personas de inanición. Finalmente lograron los holandeses liberarse mediante la rotura de los diques. Se cuenta que los españoles huyeron durante una noche de horrible tempestad sin que los sitiados se percataran de ello. En esto derribó un violento golpe de viento parte de la ya muy dañada muralla, poniendo en sobresalto a la exhausta guardia civil, pues fué atribuido a una acción de los sitiadores. Como ningún soldado quiso exponerse para investigar sobre los preparativos de los españoles, se ofreció para ello un huérfano que con el apunte del alba se aventuró fuera de la ciudad, hallando el campamento enemigo abandonado y en completo desorden. En una cocina de campaña encontró un guisado español hecho a base de patatas, cebolla, carne y zanahorias, que los holandeses en memoria de este acontecimiento, aceptaron como plato nacional.


La muerte de Requeséns tornó aún más precaria la situación de los españoles, lo que Felipe II trató de remediar enviando a su hermanastro Don Juan de Austria, quien a su vez halló una situación muy lejana de cómoda, pues la insubordinación de las tropas mercenarias españolas había llegado a su apogeo, pasando los desmanes a la historia con el nombre de la Furia Española. Ciudades enteras eran saqueadas motivando que muchas poblaciones que hasta entonces habían permanecido fieles a los gobernadores españoles pasaran horrorizadas a las filas de los patriotas; la populosa e industrial ciudad de Amberes, donde millares de vecinos fueron asesinados, sufrió tales mutilaciones durante estos saqueos, que nunca más ha podido restablecer su primitivo esplendor.


Sin embargo, aprovechando la Unión de Bruselas por la que católicos y protestantes flamencos se comprometían a obrar acordes, trató Juan de imponer su autoridad ratificando aquella en el llamado Edicto Eterno (febrero de 1577), en el que prometió retirar la mayor parte de las tropas de ocupación, cosa que así cumplió, pero era ya tarde, pues no sólo se negaba el príncipe Guillermo el taciturno a renunciar al movimiento que levantó con tantos sacrificios, sino que además el pueblo mismo había sufrido demasiado para reconciliarse con el dominio español. Además, siendo Guillermo del culto reformado, desconfiaba del rey católico, lo que se justificó con el atentado contra su vida por Juan Jauregui, dependiente de un comerciante español (marzo de 1582) y finalmente (10 de julio de 1584) su asesinato por Baltazar Gerard. El asesino fué ajusticiado por los patriotas holandeses, pero su familia cobró el premio para ello estipulado, consistente según decreto de Felipe II en un efectivo de 25,000 coronas de oro, además de un título de nobleza.


Ya en octubre de 1577 invitaron los Estados Generales al príncipe a Bruselas, donde se firmó una segunda Unión de Bruselas en la que se declaró depuesto el duque de Parma y nombrado en su lugar el duque Francisco de Anjou, hermano menor del rey Enrique III de Francia, con el título de Defensor de la independencia Neerlandesa. Este paso lo había tomado Guillermo para evitar que muchos nobles flamencos, envidiosos de su popularidad, se sublevaran si él mismo intentara tomar las riendas del poder.


Felipe II por su parte, facultó a su gobernador para proceder enérgicamente contra los firmantes de la nueva Unión de Bruselas, y cuando Don Juan de Austria falleció ( octubre de 1578), fué reemplazado por el bizarro Alejandro de Farnesio, duque de Parma.


La reina Isabel de Inglaterra, ansiosa de pescar en aguas turbias, invirtió crecidos fondos para que se organizara en Alemania un ejército mercenario puesto a las órdenes del ferviente calvinista Juan Casimir y que bajo el pretexto de apoyar a los patriotas holandeses, sólo contribuyó a aumentar la confusión general; pero de más tristes consecuencias fué la campaña del duque de Anjou, quien abusando de la confianza puesta en él, cometió excesos que pasaron a la historia como la furia francesa.


Mientras tanto llevó el duque de Parma sus armas victoriosas contra Maastricht (1579) y al año siguiente consiguió mediante soborno que Jorge de Lalaing, conde de Rennenberg, que era gobernador de las provincias de Frisia, Groninga y Drente, traicionara la causa de su pueblo y pasara a las filas españolas. Pero si con esto había logrado reconquistar gran parte del territorio holandés, provocó también que los estados Generales, o sea la Asamblea representativa de las provincias sublevadas contra el duque de Alba y sus sucesores, rompieran ahora también con el rey de España. Con toda solemnidad fué firmado un documento en que se justificaba el paso dado, diciendo que Felipe II había tratado a sus súbditos de Holanda como esclavos en vez de tratarlos con el amor y respeto que corresponde a un soberano. En su reemplazo se proclamó a Guillermo como jefe, aunque con poderes muy relativos ante el temor de sublevaciones intestinas.

 

Oldenbarnevelt, cuya influencia personal crecía de día en día por el acierto y la sinceridad con que llamaba a los holandeses a la unión, había tenido activa intervención, aunque indirecta, en el último paso dado por los Estados Generales.


Daba el gran ejemplo de colocarse por encima de todo anhelo mezquino y se esforzaba en que sus compatriotas olvidaran sus desavenencias políticas y las intransigencias sobre cultos.

El duque de Anjou al ver que los holandeses le hacían fracasar sus anhelos totalitarios, entró en relaciones con el duque de Parma, procurando hundir mediante la traición al pueblo que un día había cifrado en él sus esperanzas. Su fallecimiento impidió ejecutar su siniestro plan.


La muerte del duque francés libró de hecho a los Estados Generales del último estorbo a su actuación soberana. Pero como a las pocas semanas ocurrió también el asesinato de Guillermo el taciturno, comprendió Oldenbarnevelt la triste situación de su patria ahora amenazada por la rapacidad de encumbrados internos y externos con la consiguiente miseria y derramamiento de sangre. Por ello propuso y obtuvo que en la ciudad de Delft se reunieran los representantes de los Estados Generales con el fin de crear un Consejo de Estado bajo la dirección del joven Guillermo, quien a la vez elegido estatúder de Holanda y Zelanda, dió pronto muestras de un singular talento militar, pero también de ambiciones que le impulsarían a colocar sus aspiraciones personales por encima de sus deberes para con el Estado.


Las poderosas fuerzas de Alejandro Farnesio continuaban conquistando las provincias del Sud y cuando amenazaban a Amberes consideróse el extenuado país imposibilitado para continuar la resistencia sin ayuda externa. Los Estados Generales comisionaron por tanto a Oldenbarnevelt, a la sazón pensionado de Rotterdam, con la delicada misión de ofrecer el trono de Holanda a la reina Isabel de Inglaterra. La astuta soberana rechazó con múltiples expresiones de simpatía el ofrecimiento, pero se comprometió en cambio a enviar una expedición de socorro, siempre que Holanda le cediera como prenda los puertos de Brie Le y Flesinga y la fortaleza de Ramekins y que el jefe de esa expedición, lo mismo que otros dos representantes ingleses fuesen incorporados a los Estados Generales con derechos supremos. Oldenbarnevelt viendo estrelladas sus razones de profundo legislador frente a los fríos cálculos de la reina, y sin facultades para proceder, se limitó entonces a dar conocimiento a su gobierno de las exigencias requeridas, esperanzado en que éste las rechazara. Los Estados Generales, trastornados, resolvieron aceptar las condiciones requeridas y hacia el fin de 1585, desembarcó en Holanda lord Robert Dudley, conde de Leicester, al frente de 6,000 hombres armados. Sin embargo, lejos de cumplir con su misión, se limitó a fomentar la influencia inglesa. El hecho de que los calvinistas le proclamaron como su señor natural, empeoró aún más la situación. A costa de tan grandes sacrificios se veía el país ahora comprometido con un enemigo más.


El firme Oldenbarnevelt, que ya había previsto este acontecimiento, influyó cuanto pudo para que los Estados Generales reconocieran a Mauricio como gobernador general de las Provincias Unidas, con lo que coartó la actitud impositiva de lord Dudley. Éste, viéndose descubierto, tiró la máscara de protector y trató de imponerse a sangre y fuego; pero cuando al cabo de un año no vió otro resultado que su creciente impopularidad, abandonó su ejército y regresó a Inglaterra.


Johan van Oldenbarnevelt, era de hecho el alma de la independencia nacional. Su actuación limpia de toda parcialidad religiosa le había hecho elocuente y respetado en todos los sectores, por lo cual fué llamado para ocupar el cargo de Gran Pensionario de Estado (1586), que era después del estatuderato el cargo más importante.


Mientras, nuevas sublevaciones entre las tropas españolas impedían que el duque de Parma avanzara hacia el norte, vino un nuevo acontecimiento a cambiar el carácter de las cosas en favor de los holandeses.


Inglaterra, que desde la aventura de Juan “Sin Tierra” contra el papa Inocencio III, se había convertido en feudo del Vaticano, sacudió este yugo con la fundación de la Iglesia Anglicana. Pero cuando Isabel, la hija de Enrique VIII, que se hizo famosa por su odio a los católicos, se apoderó de la reina María Estuardo de Escocia, entró ésta desde su prisión en relaciones con el pontífice de Roma que procurando recobrar el feudo perdido, la reconoció como soberana legítima de Inglaterra. Isabel al saberlo, la mandó ajusticiar.


A la muerte de María Estuardo estalló el papa Sixto V en ira y proclamó a Felipe II de España como sucesor de aquella. Con consentimiento del Vaticano se activó la construcción de una escuadra española que por su inmenso poder fue bautizada con el sugestivo nombre de Invencible, destinada para reconquistar primero a Inglaterra y luego a los Países Bajos.


Para felicidad de estas dos naciones venía la flota comandada por un almirante inhábil, que luego de algunas escaramuzas sin importancia fué destrozada por un furioso temporal sobre las costas de Escocia e Irlanda. Esta escuadra de 130 naves conducía un ejército de desembarco de 30,000 hombres a los que debían haberse agregado los 43,000 soldados con que contaba el duque de Parma.


La partida de Leicester y la destrucción de la Armada Invencible marcan el surgimiento de la República de las Provincias Unidas de los Países Bajos, la que se vió además asegurada por la guerra que Inglaterra y Francia declararon contra España.


Johan van Oldenbarnevelt en su puesto de Gran Pensionario de Estado, tenía a su cargo el Ministerio de Relaciones Exteriores, el de asistir a todas las reuniones de los Estados Generales, mantener correspondencia con los representantes acreditados en el exterior y atender a los enviados extranjeros. Su prudencia y pericia dió también por fruto que algunas provincias que hasta entonces tenían un estatúder propio, se unieran reconociendo al príncipe Mauricio como mandatario primero.


La guerra con España continuaba declarada, y Felipe II en su terquedad por no reconocer la independencia de la República de los Países Bajos, casó a su hija Isabela con el duque Alberto de Austria, a los que otorgó autonomía completa sobre esos territorios. La autoridad del duque estaba de hecho reducida a Flandes (los Países Bajos españoles) pero abrigaba la esperanza de triunfar por la fuerza o el amaño.


Los holandeses por su parte, buscaron mercados en la Indias Orientales, descubiertas por España y Portugal, a fin de poder levantar sus exhaustas finanzas. Como las diversas instituciones que se fundaron para tal fin tenían poco éxito a causa de que las escuadras española y portuguesa defendían sus derechos adquiridos sobre esos puertos, aconsejó Oldenbarnevelt la fusión de todas esas empresas navieras en una sola bajo la denominación de Compañía de las Indias Orientales. Esta medida era sumamente necesaria para la independencia holandesa, pues no pudiendo evitar que Francia en 1598 e Inglaterra en 1604 firmaran una paz por separado con España, quedaron los Países Bajos una vez más librados a su propia suerte. España seguía exigiendo la rendición incondicional, Holanda negábase volver a la tutela española.


La pequeña república se defendía con heroísmo contra sus poderosos enemigos pues ni aun el célebre Ambrosio de Spinola lograba triunfos de gran importancia, excepto la toma de Ostende, (1604).


Oldenbarnevelt como estadista de conciencia, no procuraba el hundimiento de España, sino simplemente la emancipación de su patria, por ello, conforme descubrió que también España se comenzaba a extenuar tomó la iniciativa para solicitar una paz equitativa, invitando a Francia, Alemania e Inglaterra para actuar de intermediarios. En La Haya comenzaron las deliberaciones. Los delegados españoles declararon que estaban facultados para firmar la paz siempre que el gobierno holandés se hallara dispuesto a proclamar la libertad absoluta de conciencia y renunciar a su comercio iniciado con la Indias Orientales.


Si los antagonismos despertados entre los partidarios de los distintos cultos por el imprudente proceder de Felipe II hacían difícil dar cumplimiento a la primera condición, la segunda era completamente imposible por los intereses ya creados y cuyo abandono significaría una guerra civil y un inevitable desmembramiento, que tan vivamente deseaba, desde Bruselas, el duque Alberto de Austria.


El logro de la paz se veía en serio peligro de fracasar, pues el príncipe Mauricio que contaba con el apoyo del populacho y de los más exaltados calvinistas, dando ya muestras inequívocas de aspirar a un dominio absoluto a expensas de la democracia neerlandesa, proclamaba la continuación de la guerra a muerte contra España. Oldenbarnevelt que tenía a su lado los patricios, los grandes industriales y la sana opinión del país, encabezaba el partido de la paz. Los ánimos comenzaban a caldearse; los exaltados que ensalzaban a Mauricio se mostraban hostiles hacia el gran estadista; en varias ocasiones le injuriaron y aun se amotinaron ante su domicilio gritando: “¡Mueran España y los traidores a la Patria!!”


Oldenbarnevelt no perdió por ello su serenidad; estaba dispuesto a sacrificarlo todo en defensa de sus nobles proyectos, y tras inauditos esfuerzos logró que Mauricio abandonara su actitud intransigente y diera consentimiento para la obtención de una tregua de doce años. Esta regía solamente para los territorios de España, Flandes y Holanda, pues no habiendo acuerdo posible sobre la política a seguir en las Indias, continuaba allí la guerra declarada. La tregua se firmó el 9 de abril de 1609, y en sus cláusulas admitía España, aunque en forma velada, a la República de los Países Bajos como una potencia independiente y soberana.


Apenas cesó el estruendo de las armas, dedicóse Oldenbarnevelt de lleno para restablecer la nación de su agotamiento y orientarla por el rumbo equitativo; dispuso el arraigo de las finanzas, propuso una organización adecuada para la administración civil y una constitución básica para asegurar el entendimiento interprovincial.


Las medidas liberales no encuadraban dentro de las ideas que sustentaba el príncipe Mauricio, por lo cual comenzó a abrigar el secreto deseo de hallar un medio para eliminar al abnegado Oldenbarnevelt, y lo que es más lamentable, ese camino le sería abierto por un disputa religiosa.


Ya en 1603 habíase entablado la discusión entre dos doctores en teología. Uno de ellos, Jacobo Hermansz, más conocido como Arminio, sostenía la doctrina de Pelagio que niega la tesis sobre el “pecado original”; el otro, Francisco Gomara, un ardiente calvinista, declaraba que ya estaba predestinado por la voluntad divina cuales personas podrían o no gozar de la bienaventuranza.


Mientras duraba la guerra quedó la discusión reducida a las esferas teológicas, pero apenas firmado el armisticio, se extendió al campo de la política. Los gomaristas comenzaron públicamente a acusar a los arminianos de herejes, cuyo exceso pronto les valió la simpatía del populacho, Oldenbarnevelt, previendo que de no frenar a tiempo esta pasión dogmática podía aparejar las consecuencias más funestas, aconsejó a los arminianos que enviaran un documento (remonstrance) a los Estados Generales para demostrar que su tesis era simplemente una opinión teológica y completamente ajena a toda política. Por esta remonstrance recibieron el apodo de remonstrantes.


Los gomaristas, a cuyo frente se había colocado el príncipe Mauricio a pesar de no entender nada de la cuestión religiosa, presentaron una contra-demostración (contra-remonstrance) en la cual insistían en la peligrosidad de los arminianos y pedían autorización para la convocación de un sínodo. Oldenbarnevelt, agotando los medios de apaciguamiento, influyó entonces para que los Estados Generales publicaran un edicto en el cual se disponía que los predicantes de ambas tendencias cesaran en la exteriorización de sus conceptos y buscaran los medios para una reconciliación amistosa.


Los gomaristas, lejos de acatar dicha orden, se rebelaron y bajo el pretexto de que se atentaba contra la libertad religiosa, de lo que inculparon a los arminianos, hicieron víctima a éstos de toda clase de excesos, provocando una reacción en sus contrincantes. La gravedad de las circunstancias exigía la imposición del orden mediante medidas enérgicas, las que sólo podía tomar el estatúder en su cargo de comandante en jefe de las fuerzas armadas, pero como el príncipe Mauricio protegía a los más revoltosos, resolvió Oldenbarnevelt darle una saludable lección proponiendo la creación de cuerpos de guardias ciudadanas que los Estados Generales autorizaron por decreto el 4 de agosto de 1617 bajo el título de “Extrema resolución”.


A pesar del gran apasionamiento religioso que tan seriamente comprometía su seguridad personal, no redujo el Gran Pensionario a él toda su atención. Su pensamiento abarcaba amplios horizontes, y su ansia era por encima de todo encauzar el progreso y bienestar de su patria. Así, muerta Isabel de Inglaterra, puso en juego su diplomacia, logrando mediante el pago en efectivo de una tercera parte de la suma adeudada, la devolución de las ciudades prendadas cuando la expedición del duque de Leicester. Con esta medida prestó a su país otro servicio impagable, pero que sin embargo complicó su situación personal, pues el rey inglés Jacobo I, que sólo había accedido ante la necesidad de obtener dinero, se vengó luego ordenando a su representante en La Haya de apoyar públicamente la causa de los gomaristas.


Los enemigos de Oldenbarnevelt lo comenzaron a señalar falsamente como jefe y protector de los arminianos, sin tener en cuenta que sus relaciones con esta fracción eran circunstanciales, ya que sus verdaderos colaboradores lo constituían hombres colocados por encima de todo dogmatismo y al servicio exclusivo de la democracia.


Estaba a la vista que a la sombra de esta disputa sobre cultos, se movían los hilos que manejaba Mauricio. Éste, apoyándose en el populacho, maduró sus planes de anular al gran ciudadano. En primer lugar, simulando tratar la cuestión religiosa dentro de su propio ambiente, consiguió que los Estados Generales le autorizaran para convocar el sínodo solicitado por los gomaristas, e inmediatamente comenzó a hacer un viaje por las provincias en el que fué disolviendo por cuenta propia las guardias ciudadanas en todas las ciudades que iba visitando. El gobierno de Utrecht fué el único que se negó a dar cumplimiento a su orden alegando que siendo las guardias ciudadanas creación de los Estados Generales, tenía sólo ese cuerpo legislativo derecho para abolirlas. El estatúder que ya había olvidado todos sus deberes para con la constitución, la violó nuevamente derrocando al gobierno provincial para reemplazarlo con elementos de su predilección.


A pesar del éxito en sus siniestros planes, sabía Mauricio que el preclaro Gran Pensionario no tardaría en pedirle cuentas ante los representantes del país de sus malandanzas, por ello consideró imprescindible apoderarse de su persona antes que el alto cuerpo legislativo se reuniera.


Hallándose en La Haya para asistir a la reunión de los Estados Generales, recibió Oldenbarnevelt aviso de algunos íntimos amigos lo que se tramaba contra su libertad dentro del edificio legislativo. Rechazando la advertencia, sostuvo que era su deber asistir a la Asamblea y que por tanto no pensaba faltar. Aún en último momento, insistió otro amigo en el peligro a que se exponía, rogándole que apelara a la huída. “Sólo huyen los que delinquen”, fue la respuesta, y luego de agradecer las advertencias, se dirigió a la sede de gobierno. A su llegada se le notificó que el príncipe deseaba hablarle en su despacho, pero en vez de éste halló a un oficial de su guardia que le arrestó en nombre de los Estados Generales (29 de agosto de 1618). La orden era ilegal, pues sólo algunos de sus miembros sabían de esta confabulación. La reacción de los gobiernos provinciales podía poner en peligro la seguridad personal del príncipe, pues la indignación fue inmensa cuando circuló la noticia del arresto. Mauricio se propuso apurar la copa de sus injusticias y obrando con gran presteza, logró que los gomaristas se apoderasen de todos los gobiernos locales, de modo que los nuevos representantes ante los Estados Generales aprobaran su proceder.


Sin pensar en su desagradecimiento para con el hombre a quien debía toda su personalidad, prosiguió Mauricio las medidas para perderle.


El 12 de noviembre de 1618 se celebró en Dordrecht la primera reunión del sínodo general, integrado por 86 doctores en teología, (58 neerlandeses y 28 extranjeros) todos enemigos declarados de los arminianos. Estos, que según derecho debían estar representados por un número igual a sus opositores, sólo fueron admitidos quince en calidad de acusados. El desenfreno de los gomaristas no conocía límites, llegando algunos a sostener que el gobierno estaba en el deber de exterminar a los herejes.


Mientras el fanatismo se desahogaba, abrióse en La Haya el proceso contra Oldenbarnevelt y algunos de sus ilustres simpatizantes, entre los que se encontraba el célebre Hugo de Groot. Una comisión de 24 jueces, todos fervientes calvinistas, estaba encargada de establecer las culpabilidades de los presos; estaban acusados de perturbadores públicos, de fomentar la desunión en los gobiernos provinciales, de violar la ley civil y religiosa, de atentar contra la honra y el cargo del estatúder, etc., y como el proceso no era más que un simulacro, fué llevado de tal modo que los inculpados no tuvieron oportunidad para justificarse. Oldenbarnevelt fue condenado a morir decapitado y los restantes a prisión perpetua.


Un grupo de personajes influyentes se entrevistó con Mauricio para solicitarle clemencia para con el anciano legislador. Pero el gobernador se mantenía inconmovible: “La suerte de Oldenbarnevelt me conmueve – era su respuesta – siempre lo he amado e incitado para proceder de otro modo. Su comportamiento para conmigo lo perdono, pero que haya intentado implantar una legislación con que arrojaría a la Iglesia y al Estado en la perdición, me ha obligado a proceder contra él. En lo que respecta a sus hijos, seré clemente con ellos, siempre que se porten en forma debida”.


Con el fallo del tribunal había Mauricio completado su triunfo y hasta estaría dispuesto a anular el ajusticiamiento, siempre que el condenado o su familia se humillaran en solicitar perdón. En tal sentido movió a algunos de sus íntimos. Oldenbarnevelt rechazó toda insinuación en tal sentido, y su anciana esposa, la abnegada María van Utrecht dió por respuesta: “Si merece el ajusticiamiento, que sea cumplido”.


En la víspera de su muerte, escribió el gran jurista a su familia la siguiente carta:


“Mi muy amada esposa, hijos, cuñados y nietos; os saludo con todo mi cariño. En este momento recibo la desagradable y triste noticia, que yo, anciano, en pago a todos mis servicios prestados sinceramente y con fidelidad durante largos años a la patria, después de haber servido (hasta donde lo permitieron mis cargos, servicios en influencias) desinteresadamente y durante tanto tiempo como fiel servidor y sincero amigo de su excelencia el príncipe, de haber demostrado mi amistad a tantas personas y sin tener conciencia de haber cometido injusticia para con nadie, deba prepararme para recibir mañana la muerte. Mi consuelo se posa en el Creador de todo lo Grande, por ser Él un conocedor de todos los corazones y saber juzgar a los hombres. Yo os ruego a todos hacer esto mismo. Con humilde y fiel sinceridad he servido a los Estados de Holanda y Frisia Occidental, y las nobles ciudades de estas tierras, lo mismo a los Estados de Utrecht, como alto mandatario de mi patria, y a su ruego dándoles los consejos para librarse de levantamientos populares y derramamiento de sangre del que hace ya tanto tiempo están amenazados. Los mismos propósitos he tenido presente para con las ciudades de Holanda, a fin de que todos recibieran beneficios y nadie perjuicio. Vivid todos en paz. Rogad por mí para que el Dios de las inmensidades me reciba en su misericordia.

“Desde la celda de mi dolor, el 12 de mayo de 1619”.

“Vuestro amantísimo esposo, padre, suegro y abuelo”.

“Johan van Oldenbarnevelt”


A pesar de que su avanzada edad no le permitía caminar sin el apoyo del bastón, subió con firmeza las estradas del patíbulo: “Pueblo – dijo a la multitud – no creáis que soy un traidor, siempre he obrado como un sincero y humilde patriota, y como tal deseo morir”: Dirigiéndose al verdugo le expresó: “Sed breve”. Inmediatamente se arrodilló en el estrado y elevando sus brazos en alto como invocando la justicia del infinito, recibió el hachazo mortal.


Mauricio presenció la ejecución. Hubo por tanto de ver como una piadosa multitud posaba sus pañuelos en la arena ensangrentada, en procura de un sagrado recuerdo del mártir de la patria.


Los dos hijos de Oldenbarnevelt, Guillermo y Reinier, a pesar de la súplica paterna, no quisieron perdonar al asesino de su progenitor. En complicidad de algunos amigos complotaron contra la vida del estatúder. Delatados, sólo Guillermo logró salvarse por la fuga. Reinier cayó preso siendo sentenciado a muerte. Fue entonces que su madre, acompañada de su nuera y nieta, pidió una audiencia a Mauricio para solicitarle perdón.


El déspota palideció cuando se halló en presencia de la viuda de su víctima. Tratando de disimular su turbación dijo a ella con crudeza: “Más vale hubierais pedido perdón para tu esposo en vez de hacerlo para tu hijo”: “Perdón se pide para los malhechores – era la respuesta de la matrona – mi hijo ha delinquido”.


Esta contestación sincera trastornó aún más la conciencia de Mauricio. La madre fué desatendida y el hijo acabó sus días en manos del verdugo.


Con la muerte del gran legislador comenzó a declinar la gloria de Mauricio. La guerra que en 1621 reanudó contra España fué penosa y sin honra. Consumido por un hondo abatimiento, cayó enfermo durante el invierno de 1624 a 1625, viéndose obligado a ser relevado en el mando de los ejércitos. Elevadas fiebres le acometían en su lecho de muerte. “Quitad esa cabeza”, gritaba en sus delirios. Tal vez veía el rostro del sacrificado que, como Antulio, le decía: “Te perdono”.


N. de la R.-- Parecería que nos empeñáramos en describir un trozo de la historia de un país, pero la personalidad de Oldenbarnevelt está tan estrechamente ligada a una época que no se puede destacar su obra sino sobre el marco de las situaciones en las que tuvo que actuar.


1° y 15 de Julio de 1942.

BALANZA NÚMS. 228 Y 229


[1] Geus es degeneración de la palabra francesa gueux (mendigo) que como sobrenombre infamante fué dado por Berlaimont a los nobles holandeses cuando presentaron la petición de amparo contra los abusos del Tribunal de la Inquisición.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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