Johan de Witt


JOHAN DE WITT, uno de los más preclaros estadistas que honraron el suelo neerlandés, inició su abnegada como triste existencia en la ciudad holandesa de Dordrecht, el día 25 de septiembre del año 1625. Era el segundo hijo de Jacobo de Witt, antiguo burgomaestre de aquella población. Su hermano Cornelio a quien había de tocar destacada actuación en la huella abierta por Juan, le llevaba dos años.
No es posible hacer la biografía de una persona sacándole del ambiente en que actuara, porque haría inexplicables sus procedimientos, por ello nos vemos obligados a echar una mirada retrospectiva. Ya con anterioridad nos habíamos ocupado en las luchas ocurridas durante el dominio de la casa reinante española en los Países Bajos y sus consecuencias. (Véase Johan van Oldenbarnevelt en la Balanza No. 228) ocasionadas principalmente por el desenfreno del fanatismo.
La carencia de la cultura general de la época, los heterogéneos conceptos de las multitudes ansiosas de vengar siempre brutalmente cualquier ofensa real o supuesta, unida a la intransigencia de las diferentes creencias o dogmas, hacían en sus luchas y empeños traslucir su mezquina parcialidad y ansias de dominio y convertían a las multitudes en factores de sus respectivos intereses.
Oldenbarnevelt, el ilustre republicano, creador del supremo cuerpo legislativo llamado Los Estados Generales – compuesto de 50 miembros elegidos por las distintas provincias, cuya misión era ser árbitros en la paz y la guerra, ejercer la autoridad suprema sobre todos los colegios del almirantazgo, llevar un control sobre las entradas y salidas, y el único cuerpo autorizado para nombrar las principales autoridades militares y civiles – hubo de acudir a toda su potencia moral y abnegación espiritual para imponer tal principio de disciplina y por tal inclinar a las multitudes a sujetarse a una forma de proceder más limpia que la ciega obediencia. A pesar de ello, por ejemplo, no había logrado obtener que todas las provincias aunaran su sentir y aceptaran un Estatúder o Gobernador General común. Asimismo tuvo que acceder, a fin de evitar la desintegración, que muchos privilegiados infringieron los principios democráticos nombrando a su antojo los representantes de sus respectivos predios, y a pesar de ésto, cayó mártir de la inconstancia popular que prestando oídos a acusaciones fraguadas a la sombra de una singular disputa religiosa, permitiera que el hacha del verdugo segara una cabeza en la que reverberaban grandes ideales de reorganización y prosperidad, señales inequívocas de un intenso amor a su patria y a la humanidad.
El príncipe Mauricio, que locamente volvió a desencadenar la guerra contra España luego de la ejecución de Oldenbarnevelt, y que la condujo sin honra a pesar de que la guerra religiosa estallada en Alemania distrajo a las tropas españolas. El príncipe terminó cayendo bajo el peso abrumador de su conciencia (23 de abril de 1625). Como permaneció siempre soltero y por tanto solo fué padre de hijos naturales o “ilegítimos” como se les llamaba en aquellos tiempos, fué sucedido en sus cargos de Estatúder, capitán y almirante general por su hermano Federico Enrique. Este procedía de una manera más conciliadora aunque sumamente ambigua, pues su anhelo, como el de sus antecesores, era el de sentar derechos hereditarios para su linaje sobre un trono imperial. Llevado por esta ambición dió pasos que a la sana opinión no podrían pasar desapercibidos. Si bien no logró su propósito, obtuvo mezclándose en la enredada política de los cardenales Richelieu y Mazzarino que éstos le dieran el título de Alteza en lugar del de “Excelencia” y “Honorable” que había gozado hasta entonces. De más está decir qué consecuencias traería este triunfo de sus ambiciones personales para la naciente República de las Provincias Unidas de los Países Bajos, ya que los astutos ministros franceses no eran más que el brazo ejecutor de un cúmulo de artimañas.
El 14 de marzo de 1647 murió también Federico Enrique, dejando como sucesor a su hijo Guillermo II que a su vez reconocido por los Estados Generales, heredó los títulos y cargos de su padre. Apenas habían pasado diez meses impusieron los triunfos militares de Francia la famosa paz de Westfalia (30 de enero de 1648). Esta paz que trastornó la unidad alemana, lograda por las maquinaciones de Mazzarino, dió por resultado, entre otras cosas, que España reconociera a los Países Bajos abiertamente como potencia soberana, no encerraba otras miras que lograr la absorción de la pequeña nación holandesa y convertirla en un juguete de la tortuosa política francesa que con miradas nada tranquilizadoras atisbaba y confabulaba contra las bases en que se asentaba la fundación de la República de las Provincias neerlandesas, pues de triunfar, se convertiría en un obstáculo sumamente peligroso para toda política tendenciosa y de usurpación
Esto sólo ya bastaría para dar una idea sobre el cúmulo de intrigas a las que tendría que hacer frente Johan de Witt y condujeron al patíbulo al abnegado Johan van Oldenbarnevelt. Uno de los sanos colaboradores de este mártir era el burgomaestre de Dordrecht. Su prudencia y moral, como digno esposo y padre se había hecho extensivo a su hogar y en ella se nutrieron sus preclaros hijos Cornelio y Johan que tan grandes servicios prestarían a su patria, y cuyo amor y abnegación, pagado con la más cruel y desagradecida corona del martirio, ha hecho sus nombres inmortales, como la de tantos otros que trabajaron valientemente para cultivar la simiente de los grandes sembradores.
En la paz de Westfalia había España no sólo reconocido la independencia de los Países Bajos Unidos sino también las conquistas de éstas en los territorios de Brabante, Limburgo y Flandes y aún se comprometió a suspender la extensión de la colonización en provecho de la Compañía holandesa de las Indias Orientales, y que comenzaron a florecer bajo la férula de Federico Enrique en las tierras de la Oceanía. Pero la expulsión de los hombres más preclaros de los Estados Generales cuando el sacrificio de Oldenbarnevelt, no permitió a este alto cuerpo legislativo recoger frutos mejores del triunfo alcanzado. Orgullos personales y procedimientos caprichoso difundían los gérmenes del desorden y la desconfianza.
Guillermo II no se sentía feliz con la paz de Westfalia, pues en el fragor de las armas tenía calculado el logro de su auto consagración y la gran dificultad que ahora le preocupaba era que, si había logrado conquistarse los gobiernos de varias provincias y obtener así mayoría favorable en los Estados Generales, no sucedió lo mismo en el Estado de la provincia de Holanda. Y era justamente éste de dónde surgió un proyecto de reducir el ejército de tropas mercenarias, fuente principal en que se apoyaba el príncipe.
Propuso pues y obtuvo que los Estados Generales nombraran una comisión encargada de visitar uno por uno a todos los miembros del estado Provincial de Holanda y moverlos a dejar sin efecto su propuesta (5 de junio de 1650).
El primero que entrevistaron fué al burgomaestre de Dordrecht. El austero Jacobo de Witt les brindó un recibimiento nada afectuoso, pues su principio incontrovertible era que las leyes de la República habían sido creadas para servir y proteger al pueblo soberano y no en beneficio de nadie en particular. El ejemplo de, de Witt, fué imitado por casi todos los demás miembros, algunos de los cuales hasta se negaron a recibir a los comisionados. Contrariado por este proceder usó Guillermo II de su cargo de Estatúder para incitar a que en todas las iglesias de Holanda se atacara a los integrantes del Estado Provincial, tildandolos de “rebelados contra los Estados Generales y contra el príncipe cuya autoridad estaba apoyada por Dios mismo”. De esta forma logró provocar el desorden especialmente en el populacho que naturalmente se agrupaba al lado del príncipe. Imitando la política de Mauricio, invitó Guillermo II a los burgomaestres de todas las ciudades desafectas a una reunión especial para estudiar, según dijo, una forma de arreglo. No era más que una treta, pues al llegar a La Haya fueron todos arrestados y conducidos a la fortaleza de Loevestein. Sólo pudo escapar el burgomaestre de Amsterdam, que fué avisado a tiempo. Furioso el príncipe quiso rendir esa ciudad por la fuerza de las armas en un ataque sorpresivo. Pero resultó que el ejército se extravió en una noche oscura, pero fué visto por el adversario lo que dió tiempo a Amsterdam a ponerse en guardia. Cuando la tropa arribó finalmente halló las puertas cerradas y los ciudadanos sobre armas.
El Estatúder comprendió entonces que por el camino de la violencia no vencería a la provincia, echando pues mano a la hipocresía y moviendo a los Estados Generales para que retiraran el decreto sobre la no reducción del ejército, logró no sólo mejorar su situación sino aún que los restantes miembros del Estado de la provincia de Holanda destituyeran a los apresados en Loevestein. Una casi repentina muerte puso fin a las tortuosas andanzas de Guillermo II (6 de noviembre de 1650) en momentos en que había entablado correspondencia secreta con el rey Luis XIV de Francia sobre motivos desconocidos aun cuando algunos creen que pretendía repartir con ese país los llamados Países Bajos españoles, o tal vez buscar su elevación a la categoría de rey.
Para el joven Johan de Witt el arresto de su padre, al que amaba entrañablemente, fué un rudo golpe. Ver arrebatado de su lado de modo tan injusto a un ser querido, que en todos sus actos, palabras y consejos ponía de manifiesto un profundo concepto de moral que hacía resaltar con sus buenas costumbres y siendo ejemplo de rectitud. Pero a pesar de verse privado de un consejero insustituible, no le amedrentaban los manejos de Guillermo II.
Su preclara inteligencia parecía hacerle prever que estaba llamado para recoger y ampliar los principios sustentados por el sacrificado Oldenbarnevelt. En la universidad de Leiden habíase sobresalido, entre otras, en materia de jurisprudencia y matemáticas, ciencias en las que era un sabio. Pero la dote más hermosa era su austera serenidad. Ninguna amenaza, ni una sola palabra de vituperio salía de sus labios contra los que explotaban el fanatismo y la politiquería, su indignación se exteriorizaba siempre diciendo que era indispensable triunfar por el ejemplo.
Tan querido y respetado era por sus conciudadanos que al perder su padre sorpresivamente su libertad fué llamado a llenar su vacante de pensionario de su ciudad natal, cargo que mantuvo aún después de haber recuperado la libertad su progenitor a la muerte del príncipe, Jacobo, que pronto se vio restablecido en el cargo de burgomaestre de Dordrecht, quiso que sus hijos tuvieran bien presente la aventura que él acababa de vivir, y muchas veces cuando demostraron demasiada confianza en la dignidad de algunos hombres, les repetía: “Hijos míos, acordaos de Loevestein”.
Las dotes de estadista de Johan de Witt no tardaron en llamar la atención de todo el país; las personas con tendencias liberales le saludaban como un futuro prócer de la patria destrozada por la lucha intestina. Aún no había cumplido los 28 años cuando el Estado Provincial de Holanda le nombró Pensionario por cinco meses, y luego Gran Pensionario de la República. Profundo conocedor de los sistemas de gobiernos de la antigüedad había comprendido que la legislación romana no fué sólo un sistema impuesto como tantos otros, sino que había sido traído como brújula para orientar a los hombres en la legislación durante los siglos de apasionamientos e inconstancia. Por tanto, decía que debía ser tomado como ejemplo básico para construir sobre ella los muros de la república democrática en medio de la tempestad de egoísmos que tardaría aún varios siglos en cesar.
Sólo tenía 24 años el príncipe Guillermo II cuando encontró la muerte, no dejando más presunto heredero que una viuda embarazada. A los ocho días dio a luz un niño que recibió los nombres de Guillermo Enrique, pero que en la historia de su país figura como Guillermo III. Los realistas llevados a la desesperación por la muerte de su jefe saludaron con entusiasmo el arribo del tierno infante. La sana opinión del país, comprendía en cambio que sería más que un error – un absurdo – que los Estados Generales concedieran el título de Estatúder a un niño recién nacido, y por tanto sostenía la conveniencia que el cargo quedara abolido. La cuestión dió lugar a agrias controversias, pues los partidarios de Orange-Nassau temían un inminente derrumbe de sus ambiciones, y por tanto al pedir la provincia de Holanda la celebración de una Asamblea de los Estados Generales, lograron que dos provincias nombraran anticipadamente un Estatúder propio.
Reunida la Asamblea (18 de enero de 1651) bajo la dirección del pensionario Jacobo Cats, poeta y estadista de gran fama, prevaleció la voz de los liberales. Se dispuso además una investigación sobre las andanzas de Guillermo II que reveló un encadenamiento de turbios manejos tendientes todos a lograr su auto consagración. El sistema republicano había triunfado, aún cuando una circunstancia fortuita volvió a brindar nuevas armas a los reaccionarios.
Un fanático, Oliverio Cromwell, había a su vez implantado un sistema republicano en Inglaterra. Dotado de una gran energía que ante nada retrocede, pero carente de todo concepto de moral, había levantado su gobierno sobre exacciones y ríos de sangre. Siendo su única mira satisfacer una ambición desmedida soñaba con apoderarse del inmenso comercio transoceánico neerlandés. Acudió primero a la hipocresía enviando una embajada parlamentaria y cuando ésta no logró imponerse, apeló sin más miramientos a las armas.
La lucha así desencadenada se libraba en forma equilibrada, pero la familia real inglesa, deseosa de librarse de Cromwell, buscaba apoyo en los Orangistas con promesas que despertaron en éstos nuevos bríos; la estabilidad comenzó nuevamente a ser seriamente socavada. Bajo estas graves circunstancias asumió Johan de Witt sus funciones de Gran Pensionario. Un solo proceder podría salvar la república y era la firma de la paz con Inglaterra a cualquier sacrificio. Cromwell exigía la absorción de los Países Bajos, y sólo con enorme esfuerzo y despliegue de su elocuencia suma logró Johan finalmente convencer al “Protector” inglés de desistir de su plan, mediante la firma de un acuerdo que aunque bastante denigrante para Holanda, como era el pago de un millón de florines y arriar la bandera británica ante las naves de guerra inglesas.
Los Orangistas que de todo sacaban armas, acusaron por ello a de Witt de ser un traidor a la patria, traición que estaban dispuestos a vengar. El Gran Pensionario no se dejaba arredrar por estas amenazas, pues dispuso a llevar adelante sus ideas y comenzó apenas restablecida la paz, a sanear el estado financiero y con tanto acierto, que dentro de un año pudo pagar la indemnización a Inglaterra y aún dar al tesoro público buenas entradas; esto a pesar de las enormes sumas que se veía en la necesidad de invertir en la construcción de nuevas naves de guerra para defender su comercio marítimo, ya que verdaderas cohortes de piratas franceses, bajo la venia del cardenal Mazzarino, trataban de restar laureles a la política de de Witt. Este sin embargo dispuso que el célebre almirante Miguel Adriaanz de Ruyter persiguiera a estos piratas, cosa que en la corte francesa fue explicado como una violación de la paz y fue vengada con la confiscación de todos los bienes holandeses en Francia. De Witt ordenó entonces a su representante en París, Boreel, que protestara ante el rey Luis XIV.
Mazzarino, que estaba presente en esta entrevista trató de interrumpirle, pero el diplomático holandés llamó al cardenal secamente a la orden diciendo: “Tengo el honor de hablar con el rey”. El sacerdote no perdonaría jamás este atrevimiento. Sin embargo hubo de ceder, y de Witt fué bastante prudente para acceder a las demandas francesas cuando estas descendieron a su punto mínimo.
Por el año 1655 había estallado una guerra entre Suecia y Polonia. De Witt procuró quedar alejado de este conflicto, a pesar de ser Danzig el puerto principal de su comercio triguero. El rey sueco queriendo apoderarse de este comercio puso sitio a la ciudad. El Gran Pensionario envió entonces hacia el campo de la lucha al almirante Jacobo de Wassenaer, que procedió con tal energía que Suecia resolvió firmar la paz (25 de agosto de 1660). El rey Carlos Gustavo de Suecia no buscaba en realidad más que ganar tiempo y esperar un momento más oportuno, y así obligó a de Witt a emprender una vez más la guerra (1658-1660) en la que su escuadra conquistó nuevos laureles.
Mientras desempeñaba de Witt con medidas tan acertadas su política internacional, no era menos célebre su actuación interna. Ciertamente vigilaba el cumplimiento de las leyes de justicia y de orden social. Comprendía que si no cabía la autocracia, tampoco debía ser la dictadura proletaria, pues ésta, según lo atestiguan tantos ejemplos históricos, fue siempre el pedestal de nuevas autocracias. Cuidaba por tanto que los puestos de mayor responsabilidad estuvieran en manos de los hombres más preclaros, y como éstos en aquellos tiempos se encontraban casi exclusivamente entre la aristocracia, se surtía de ella.
Los Orangistas tomaron esto naturalmente para soliviantar al populacho con hacer creer que de Witt los menospreciaba de tal modo que gran parte de la población comenzó a murmurar contra su bienhechor. A esta dificultad se sumó un nuevo conflicto religioso. Tal como el entredicho entre remonstrantes y contrarremostrantes había dado ocasión a Mauricio para derribar a Oldenbarnevelt, así en 1658 estalló una nueva guerra de principios entre los teólogos Coccejus y Voetius, aquel profesor de la universidad de Leiden y de la de Utrecht este. El primero sostenía que la autoridad civil era superior a la religiosa, mientras que el otro predicaba lo contrario exigiendo además una rigurosa observación de los ritos dominicales. El conflicto no tardó en tomar un carácter político y apenas bastó la influencia del Gran Pensionario para acallar los sentimientos alborotados.
Luis XIV, como fiel discípulo de Mazzarino, no perdía oportunidad de avivar el fuego de la discordia donde veía oportunidad de hacerlo. Otro tanto hacía el rey Carlos II de Inglaterra quien con el indudable fin de fortalecer la situación de los realistas holandeses, tomó la iniciativa apoderándose de las posesiones holandesas de África y de América. El Gran Pensionario dispuso de inmediato que una poderosa escuadra bajo la dirección del valiente Wassenaer pusiera coto a tales injusticias, pero sea por una fatalidad del destino, sea que alguien cometió traición, la cuestión es que en fragor de la batalla librada en las inmediaciones del puerto inglés de Lowestoft, voló la nave almirante, y el segundo jefe, quien sabe por qué causa, sin dar órdenes de ninguna especie, inició con su nave la retirada. Las demás naves confundidas por esta inexplicable maniobra abandonaron a su vez la situación ventajosa que iban logrando sobre sus adversarios y la victoria que ya se vislumbraba se trocó en una terrible derrota.
Apenas llegó la noticia de este revés, se alborotó la opinión popular. Los dogmatistas aprovechando esta confusión proclamaban a todos los vientos que la derrota era un castigo merecido para los que se habían opuesto al designio de Dios de restablecer al príncipe en sus cargos y que reclamaban la inmediata reimplantación del estatuderato con todos sus atributos. De Witt trató de calmar el tumulto con ordenar un severo juicio para establecer las causas de la derrota a la vez que sólo en ocho semanas logró que la escuadra quedara restablecida en su anterior poderío. Pero halló entonces que la mayoría de los capitanes se negaban a volver a la mar si no podían enarbolar en tope el pendón de Orange-Nassau. A pesar de esta grave complicación, salvó de Witt la situación dando el mando de la escuadra al almirante de Ruyter, que ya en más de una oportunidad había dado muestras de ser un fiel servidor de la República. El gran marino impuso obediencia a sus subordinados y partió en busca del enemigo, que esta vez le eludía, a fin de provocar que los reaccionarios en Holanda mejoraran su situación a la sombra de la impaciencia popular.
A esta complicación se añadió otra, pues repentinamente se vió el país invadido desde Alemania por las tropas del obispo de Munster quien al parecer obraba en conveniencia con Luis XIV ya que éste se veía en ese momento impedido por cuestiones de política de hacerlo personalmente. El obispo en su invasión cuidaba de no ocupar los distritos donde dominaban los partidarios de Orange-Nassau. Allí estaba el abnegado Johan de Witt rodeado por enemigos exteriores e interiores y con un pueblo inconsciente y soliviantado.
Sus esfuerzos por disciplinar a sus conciudadanos y traerles el bienestar por la laboriosidad y el desarrollo de las industrias, o sus ansias de sentar una base para la cultura universal, sus ejemplos de sinceridad y los grandes aciertos en todos sus actos no servían para nada. El pueblo amenazaba vengarse de él por el solo hecho que otros así lo querían. Sin embargo estaba dispuesto a jugar el todo por el todo, y como no quedaba más remedio que ceder ante el clamor general, anunció que el príncipe Guillermo III, que ya cumplía 16 años, sería adoptado como hijo del Estado, costeándose su educación para así un día poder asumir su cargo de Estatúder. La satisfacción que ésto produjo entre los realistas pudo aprovecharlo para invocar ciertas cláusulas de alianzas defensivas, firmadas con algunos países vecinos con los que obligó al belicoso obispo a batirse en retirada y firmar la paz (18 de abril de 1666). El 11 de junio del mismo año logró el almirante Ruyter dar alcance cerca de Dover a la escuadra inglesa infligiendo una terrible derrota, pero el 5 de octubre se volvió la flota británica a presentar rehecha iniciándose la batalla. De Ruyter aceptó el reto pero resultó que su segundo jefe, que era un empedernido realista realizó una maniobra contraria a las órdenes recibidas obligando a Ruyter a emprender una desventajosa retirada. Varias naciones aprovecharon este revés para ofrecer su mediación para lograr una tregua, pero de Witt interpretándose en su verdadero significado las rechazó; y disponiendo con nuevas construcciones devolver a la escuadra su poderío, ordenó la partida de la célebre expedición a Chatham y que aún hoy recuerda un pueblito a orillas del río Thames, llamado Purfleet (Pobre Escuadra). Esta expedición de la que participó el hermano del Gran Pensionario, Cornelio de Witt en calidad de representante de los Estados Generales, obligó al orgulloso Carlos II de Inglaterra a moderar sus impulsos.
Este triunfo ganado sobre sus enemigos exteriores le devolvió también mayor autoridad en la situación interna de su país. Pese a que en las provincias, los partidarios de Orange-Nassau se habían asegurado en el poder logró que el estatuderato quedase abolido en la provincia de Holanda, mediante la firma de un tratado que él llamó El Edicto Perpetuo (6 de agosto de 1667) y en el cual había cláusulas tendientes a evitar que el príncipe pudiera asumir la jefatura de las fuerzas armadas ya que sólo con éstas podría cercenar los principios republicanos.
Mientras tanto había Luis XIV invadido los Países Bajos españoles, basándose en un vergonzoso “Derecho de Devolución”. Su mente trastornada, incapaz de observar en la grandiosidad del universo un gobierno supremo que todo lo ve y por sus incontrovertibles leyes obliga a los seres más obstinados a definirse, soñaba mediante al amaño y la fuerza bruta convertirse en un emperador absoluto de toda la Europa y aún del mundo entero. Esta fantástica ambición, cuyo origen lo revelan las significativas palabras de Jacobo Benigno Bossuet cuando en una ocasión dijo ensalzando a Luis XIV “¡Rey de los cielos, proteged al rey de la Tierra!, cayó como una mole aplastante en todos los ánimos. Parecía una amenaza monstruosa, como si un ser tétrico se irguiera y se burlara de los pensamientos democráticos amenazandolos con su exterminio.
¿Quién dió fuerzas a Johan de Witt para moderar este desenfreno? Indudablemente hablaba algo en su interior que le convencía de que las leyes de la vida no pueden ser vencidas. Con suma elocuencia logró firmar una triple alianza con Inglaterra y Suecia, amenazando con salir en defensa de España si Luis XIV no decidía frenar sus desmanes. No le quedaba pues al rey francés otro recurso que firmar la paz de Aquisgrán (2 de mayo de 1668).
Johan de Witt, al frente de su puñado de hombres preclaros, había neutralizado un zarpazo calculado de la autocracia, pero también firmó con ello su propia sentencia de muerte. Luis XIV había accedido a la paz para esperar una nueva ocasión. Esta no se presentaría ya, pero al menos se daría el gusto de derribar al causante material de su derrota. Por tanto, con el mayor sigilo, valiéndose de la venalidad y otras circunstancias con qué llevar a los hombres al cohecho, se dedicó a deshacer la triple alianza. El Gran Pensionario adivinó este proceder, y durante varios años dejó con su acertada política al rey francés y su cuadrilla en las angustias de la indecisión. Nunca tal vez hubiera podido satisfacer Luis XIV su venganza si Carlos II de Inglaterra no hubiera aceptado la vergonzosa propuesta de jugar un doble papel en el que mientras aseguraba amistad al prócer holandés firmaba con Luis XIV un pacto secreto por el cual ambos reinos declararían en forma imprevista la guerra a la pequeña República de los Países Bajos. Ni aún Cornelio, que representaba a su hermano ante el gobierno de Londres, nada supo de la trama.
El 6 de abril del año 1672 vióse el mundo conmovido por la noticia de que un gran ejército francés invadía el suelo de los Países Bajos, a la vez que la escuadra inglesa atacaba sorpresivamente a las naves mercantes y colonias holandesas.
Johan de Witt comprendió que estaba perdido. Sin embargo su decisión le dió nuevas armas pues unos errores cometidos por las armas francesas le dieron oportunidad a rechazar a éstas con sus débiles ejércitos a la vez que su escuadra, repuesta de la sorpresa conquistaba más de un laurel sobre los ingleses. Pero ahora levantaron la cabeza los orangistas, y aún cuando tampoco ellos eran capaces de triunfar en campo abierto, sabían que ésta era la oportunidad de obrar. El pueblo soliviantado olvidó cuando debía a Johan de Witt, y prestando oídos a sus calumniadores comenzaron las maledicencias a sindicarlo como el causante de todas las revueltas y de la sangre que se derramaba. Los pocos miembros de los Estados Generales que hasta ahora tuvieron valor para apoyar al mártir de sus ideales se vieron finalmente acobardados y cedieron ante la exigencia de devolver a Guillermo III todos los poderes que habían esgrimido Mauricio y Guillermo II.
Simultáneamente, en la noche del 21 de junio de 1672 en circunstancias que el Gran Pensionario abandonaba el palacio de Gobierno para dirigirse a su casa, en compañía de un sirviente que le alumbraba con una antorcha, fué asaltado por un grupo de exaltados que hiriéndole gravemente, le dejaron por muerto. Ayudado por un acompañante pudo llegar a su domicilio. Pidió la instauración de un proceso contra sus atacantes de los cuales sólo uno fué identificado.
Los realistas mientras tanto iban tomando todos los pasos para enseñorearse en el poder, por lo que Johan de Witt , no queriendo manchar su conducta, presentó y obtuvo su renuncia en todos los cargos públicos que desempeñaba. Pero los partidarios de Guillermo III no se sentían tranquilos mientras vivía el gran estadista. Sobornaron a un hombre sin honra, Guillermo Tichelaar, para que acusara a Cornelio – que había regresado gravemente enfermo – de haber intentado sobornar para atentar contra la vida del príncipe. Sin tomarse en cuenta los grandes servicios que Cornelio había prestado a su patria ni que su conducta fué siempre intachable, y que en cambio Tichelaar era un conocido malandrín que había sufrido varios procesos, fué el acusado arrestado y conducido a La Haya donde se le sometió a prolongadas torturas para obligarlo a confesar. Todo fué inútil, con admirable estoicismo sostenía Cornelio la falsedad de la acusación, y sintiéndose inspirado comenzó a recitar algunos de los hermosos versos de Horacio, con lo cual daba a entender que el hombre virtuoso y amante del bien por el bien mismo, triunfa siempre sobre la mezquindad.
Cuánta razón tenían Guillermo III y sus secuaces de temer la honradez de estos hombres. Los jueces se hallaban confusos, no era posible condenar legalmente a muerte a Cornelio como había sido ordenado. El Estado Provincial procuró contener a los intrigantes destituyéndolo de sus altos cargos y disponiendo su destierro.
Viéndose los realistas defraudados en sus esperanzas de una condena de muerte, apelaron a la única arma que les quedaba, las multitudes fanatizadas. Por el mismo Tichelaar hicieron circular el rumor de que los jueces habían sido sobornados y que Cornelio de Witt seguiría las huellas de su hermano Johan de no tomar una medida radical.
No vale la pena extenderse en relatar las maquinaciones puestas en juego para la comisión de un crimen vergonzoso. Digamos simplemente que el 20 de agosto de 1672 se presentó un carcelero de la prisión donde se hallaba Cornelio en el domicilio de Johan de Witt con un escrito firmado al parecer por su hermano que le pedía una entrevista. De inmediato se dirigió Johan hacia la penitenciaría donde halló a su hermano descoyuntado y semiinconsciente. Comprendió pues que el aviso había sido fraguado. Mientras tanto, a una indudable señal comenzó una inmensa y hostil multitud a rodear la prisión, sin poder sin embargo a entrar en ella, pues el conde de Tilly, al frente de tres cuerpos de caballería cubría celosamente las puertas de acceso. Ya parecía que el populacho se vería obligado a retirarse sin cumplir su crimen premeditado, cuando una confusa orden superior disponía el retiro de las tropas a otros puntos de la ciudad. El conde de Tilly comprendiendo el verdadero sentido de esta orden exclamó conmovido: “He de obedecer, pero el crimen contra los hermanos de Witt será un hecho”. Tenía razón: Apenas se retiraron los soldados, se precipitó la multitud aullando de una feroz alegría dentro de la prisión. Apoderándose de Johan y Cornelio los arrastraron hacia la vía pública donde les dieron horrorosa muerte. Ni aún cuando el último hálito de vida fugóse de aquellos nobles rostros vióse satisfecha la sed de sangre de las multitudes en las que se mezclaron todos los rangos sociales. Hasta muy entrada la noche rodaban los mutilados cuerpos por las calles siendo objeto de los ultrajes más incalificables. Toda la ciudad estaba de fiesta, y hasta en las iglesias echáronse las campanas al vuelo y se pronunciaron sermones en acción de gracias.
Guillermo III que naturalmente no se hallaba en la ciudad, al ser “informado” de lo acaecido, marchó apresuradamente hacia el lugar de la escena, expresando su repugnancia sobre lo ocurrido. Sin embargo, cuando el Estado Provincial de Holanda le sugirió estar dispuesto para iniciar un juicio y hallar y castigar a los culpables, se opuso el príncipe a ello y en cambio premió con una pensión anual a Tichelaar y otros malhechores complicados.
Habiendo la muerte sellado los labios de los hermanos de Witt y con la esperanza de justificar la situación del príncipe, ordenaron los Estados Generales una severa investigación en toda la actividad de Johan de Witt. Pero cuando la comisión de celosos comisarios procedió a su cometido, quedó de manifiesto el verdadero sentir del Gran Pensionario. Todas sus actuaciones llevaban el sello de la rectitud, en ellas se leía las ansias de sentar bases inconmovibles para edificar sobre ellas la moralidad social, de llevar el bienestar general por medio del trabajo, que sus relaciones con otros países no eran más que esfuerzos sinceros de arribar a una armonía universal, de fomentar sin intrigas ni subterfugios la mutua confianza entre los hombres, que las guerras en las que tuvo que intervenir no fueron nunca más que actos de legítima defensa y de amparar a su patria contra las acometidas de aventureros interesados. También se comprobó que no se había enriquecido con un solo centavo de los caudales puestos bajo su control, sin una tacha de venalidad y sólo sensible a todo cuanto era noble, justo y de provecho común.
Cuando algunos interesados en el crimen preguntaron ansiosamente a los comisarios qué es lo que hallaron sobre la actuación de Johan de Witt, respondieron éstos avergonzados: “¿Qué podríamos hallar, sino testimonios de honradez?”
Sólo entonces, cundió en el pueblo la conciencia del alcance de la monstruosidad de lo ya irremediable. Tichelaar, el principal instrumento, fué objeto de un desprecio general, hasta sus hijos huyeron de su persona y cambiaron de apellido a fin de librarse de la afrenta. En su lecho de muerte, confesó Tichelaar que el soborno acicateó su ambición para hacer la falsa acusación contra Cornelio de Witt.
1° y 15 de Septiembre de 1943.
BALANZA NÚMS. 256 Y 257.
Libro: Biografias de la balanza
Autor: Joaquín Trincado
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