Filosofía Moderna; El Cartesianismo
- EMEDELACU

- 23 may 2023
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Actualizado: 4 oct 2023

En estos capítulos de esta primera parte, no vamos ya a hacer grandes discursos de principios, porque tampoco hemos de encontrarlos nuevos; sino ideas sugeridas por los anteriores expuestos, y ahora, los erróneos, van al fondo de pérdidas insaldables: y los del derecho común, se asientan en el haber, para disfrutarlos todos los hombres, ya que quedará reconocido el derecho igual de todos los hombres y hasta el de la mujer, social, civil y políticamente.
Siguiendo la cronología que nos sirve de patrón, no buscamos preferencias para nadie, y así, admitamos a Descartes (Renato), como el iniciador del período moderno de la filosofía, o sea del sistema de la duda.
Si la duda estuviera bien entendida, no sería malo el sistema; pero en general, los que adoptan este modo singular, ya van prejuiciados, y a poco más caen en la negación sistemática; por lo que, no podemos recomendar la duda como caso, motivo, ni causa del estudio.
La duda, como freno a la ligereza de juzgar, es un buen instrumento de seguridad; pero en este caso, ya no es duda, sino previsión, como la concibe Descartes; lo que lo llevó a un gran principio: “Busco, pienso, estudio; luego soy”, dijo Descartes.
En este caso, a Descartes, le valió la duda de escalpelo para ahondar en los efectos y buscar las causas, porque, como había sentado Campoamor, “Todo es del color del cristal con que se mira”. Nosotros, pues, no tenemos cristal de color, ni prismado y no nos envuelve el Iris, y en este estado, podemos decir, que, la duda es buena, porque es previsión; pero condenamos la duda de prejuicios, porque, es duda de escépticos; los que no pueden tener, ni aun curiosidad.
Descartes, consideró imposible encontrar la verdad, con auxilio de autoridades contradictorias; y aunque se trate de los sentidos, no son suficientes, porque frecuentemente, “Las apariencias engañan”.
Tras largas comprobaciones, con la duda previsora, Descartes, no adelantó nada: pues no pudo más que afirmar lo que de muchos siglos estaba afirmado: es decir, las facultades del alma, que hoy decimos, que esas facultades, residen en el alma, pero no son del alma, sino del espíritu, que se mueven en el alma.
Concedemos a Descartes (1) el mérito que tiene en los efectos derivados de su convicción de las facultades del alma; pero esos efectos demuestran que no son del alma, puesto que ésta, tiene principio.
Reconoce Descartes como facultades del alma “La voluntad” que afirma lo que el entendimiento percibe. La función del entendimiento y la voluntad, es “El pensamiento” constituído por tres clases de ideas.
1° Innatas o derivadas de nuestra naturaleza Psíquica;
2° Adventicias o adquiridas por medio de los sentidos y
3° Facticias o producidas por nuestros raciocinios.
Todo lo cual demuestra evidentemente que, esas facultades, el alma las adquiere y son de alguien: y ese alguien para claridad y verdad es, el espíritu, único pensante.
Descartes, como se ve, adopta su sistema de duda, porque es platónico; pero encuentra objeciones en los padres de la iglesia católica, como encuentra contradicciones en los filósofos positivistas y materialistas; por lo que, se crea su sistema, para hacerse una fe propia, lo que lo honra.
En los demás puntos, Descartes, no sale de los demás, considerando un dualismo. Dios y mundo o espíritu y materia.
Por nuestra cronología-patrón, tocaría aquí a Blas Pascal, Bonnet y Fenelón: pero como filósofos, son místicos y no anotaríamos nada nuevo, sino es su engaño propio en su dualismo; como científicos, son benefactores de los hombres, y en la física, la química, la mecánica y las matemáticas, están su fuerza y su laurel que la historia y la crítica le ha dado, y en el mismo caso se encuentra Nicolás Malebranche; por lo que, nos vamos a ocupar de otros que nos vayan poniendo en caminos a los tiempos actuales de las grandes invenciones y del progreso abierto de las nuevas filosofías.
1 Renato Descartes de la Aya, 1596 1650, filósofo, físico y matemático.
Libro: Filosofía Austera Racional (1ra parte)
Autor: Joaquín Trincado
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