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Joaquín Trincado

El Renacimiento; Idealismo pesimista, Escepticismo y Pluralismo

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 22 may 2023
  • 10 Min. de lectura


Aún cuando lo anterior nos relevaría de toda otra exposición, para encaminar a nuestros discípulos, no queremos privarlos de conocer cómo han pensado muchos hombres sobre esos mismos hechos que quedan expuestos; no porque hubieran sucedido aún los desastrosos finales del imperio mundial de España, sino que en el conjunto de los ideales y terminales filosóficos de los hombres de los siglos XVII, XVIII y XIX hemos de ver cómo se amalgamaban los principios por causa de la diferencia de juicios sobre una misma cosa, lo que necesariamente haría nacer el pesimismo, el materialismo y el escepticismo, hasta desconocer y negar las causas fundamentales de la existencia propia y así de la vida, puesto que se ha negado al espíritu.


Hace pararse al pensador ese fenómeno, producido precisamente cuando más se empeña la iglesia católica en aniquilar a todo el que a ciegas no crea en sus absurdos, aunque confiese y cante al dios todo poderoso y señor de los ejércitos, y al espíritu santo.


Pero justamente en ese afán desmedido y en el crimen continuado para hacer tener fe al que por su luz no puede tener más fe que la de sus obras, está la incógnita ya descubierta de que la causa religión que impone es mala. Y como el hombre no puede en libertad pensar, porque no es pensar si no se muestra el pensamiento en palabras u obras, el Pesimismo se apodera del hombre cayendo en el escepticismo y no cree, ni en lo uno, ni en lo múltiple, pues la duda le asalta en todo; esto es lo que le pasa al gran Schopenhauer. Este acepta las doctrinas de Kant, en cuanto se refiere a la fuente de nuestros conocimientos, o sea la experiencia. Pero en cuanto toca al examen de las religiones, su idealismo se vuelve pesimista y avanza hasta renegar de la tierra en que ha nacido.


La culpa no es del hombre que quiera y no, piensa: sino de las contradicciones que ve aún en los mismos que profesan una misma idea, religión y creencia, y en ese caso, le es innecesario pensar, ya que no puede decir sus pensamientos, puesto que no hay quien los reciba, quien los comprenda y, sin embargo, no puede dejar de pensar.


Este estado conduce forzosamente al pesimismo en el que todo se ve obscuro, de un porvenir incierto y entonces, como no hay a mano más que la materia, a la materia se le dedica toda la atención sin poder caer en el Ateísmo, porque no existe ni existir puede, como lo demuestra el desesperado Schopenhauer que en el último caso amó a su perro.


Y es que aún no se han explicado los filósofos que es falso el principio de los fenómenos “Subjetivos” que no vienen como se ha sentado del alma, porque el alma no tiene ley.


Kant (como tantos otros) para dar un fundamento científico a los fenómenos Subjetivos, los refiere provenientes del espacio o del tiempo. Pero si en el espacio no existe algo que provoque el fenómeno, la inspiración, por ejemplo, no puede el espacio (vacío) producir el fenómeno, porque no hay efecto sin causa.


Luego si se producen los fenómenos subjetivos y el alma no tiene ley, ese algo que produce el efecto es por fuerza el espíritu que vive y flota en el espacio y no está vacío: esto, sin entrar a considerar que en las ondas Etéreas caminan evidentemente no sólo las palabras, sino hasta los pensamientos, que también ocupan su parte en el espacio y que miden el tiempo de su emisión y de su repercusión.


Bajo este principio espiritual, pero materializado en los números, debió ser el objeto que les descubriera a los filósofos, lo falso de lo subjetivo, en cuanto a provenir del alma: pero real, proviniendo del espíritu, como único inteligente.


“El alma no tiene ley”, he dicho, y lo probamos, en cuanto conocemos la función de las tres entidades que componen el universo y el cuerpo del hombre, que es la representación tangible del universo, microscópico sí, pero tan completo como el infinito universo, con el Creador también.


Decir Creador, Espíritu y Éter para entender la creación; como Espíritu, Alma y Cuerpo para comprender el hombre, es la misma y verdadera Trinidad, en dos grados o estados diferenciales.


Tenemos, Creador, Espíritu y Éter. En este grado supremo de la creación el Éter es la materia como única substancia en la que están todas las cosas, hasta el hombre en su representación Animal, de que el espíritu extrae para su concepción en cada existencia como hombre, cuya partícula infinitesimal es el alma universal, que cada vez toma y agrega a la ya tenida de anteriores existencias; que tanto más grande será, cuantas más veces haya sido hombre.


Ahora débese entender que cuando por primera vez el espíritu es lanzado a la vida individual, lo hace en un mundo embrionario y allí metamorfosea esa parte de alma tomada en el Éter, con el alma animal de aquel mundo, muy densa, en la cual el espíritu se envuelve para poder encerrarse en un cuerpo, sin cuyo aislador sería imposible unir esos dos polos; vivo o positivo el espíritu y muerto o negativo el cuerpo, que sufriría una contracción tan terrible, que no podría resistir la fuerza y luz, si no estuviera armonizada, regulada, por el alma que resiste la brutalidad del cuerpo por su similitud material y resiste al espíritu, porque éste primero se vistió del alma universal, si más pura que la ya materializada, de la misma categoría, aunque esté en diferente estado.


Vemos, pues, que el alma sirve al cuerpo animal y sirve al espíritu, luego no tiene ley; y lo que no tiene ley no puede ser causa y no es el alma subjetiva.


Cuando tratemos del alma, estudiaremos todo lo necesario a ella; lo dicho aquí es sólo para probar que el error de atribuir al alma la subjetividad, es la más intensa causa de los errores en las argumentaciones filosóficas, de lo cual resulta la contradicción y la disconformidad: y de aquí forzosamente el pesimismo y el escepticismo, en el que Schopenhauer (1) cayó a pesar de la sutileza de su espíritu, porque ocupó una materia o cuerpo no adecuada a su alma antigua y se obscureció por la densidad de aquella materia, pero que respondía a designios de la sabiduría.


Es cierto que Voltaire y Rousseau influyeron mucho sobre Schopenhauer, ya que en Kant también encontraba graves errores como el anotado, que Arturo pudo ver y no vieron otros, porque no había en ellos la luz espiritual que en Schopenhauer, del que no diré más que se preparó él mismo ese destino, porque tenía que llevar la materia y el materialismo al grado superlativo, al borde máximo a donde tiene acceso, demostrado en aquellas palabras: “¿Y para morir aquí tanta lucha?; pues si aquí ha de acabar todo, maldita la vida: no vale la pena de vivirla”. Con lo que dejó tendido un puente entre el materialismo y el espiritismo. Este era el secreto de la vida de Schopenhauer, con lo cual ha hecho todo lo que diría sobre todos los puntos de la obra del gran pensador, del que los materialistas huyen, porque los pone en el aprieto de tener que confesar que el materialismo es injusto en sus juicios y afirmaciones sin base ni juicio.


Entre los puntos disconformes que ve Schopenhauer en su admirado Kant, el más interesante y original es que “Kant cree que la moralidad es un carácter universalmente obligatorio”, sin duda por proceder del absoluto bien; pero Schopenhauer considera la moralidad “como resultado psicológico del individuo”, y está en lo cierto, porque la moral del hombre de su dominio depende.


Entre los dos pensamientos media una distancia incalculable, pues Kant acusaría de débil al absoluto o creador, desde que a los individuos no les da la gana de ser morales, con lo que el creador sería burlado. En cambio, Schopenhauer, materialista, escéptico y desesperado, salva de ese descrédito al Creador (diremos) estableciendo una interminable escala de grados de moralidad, medida por el estado psicológico del individuo, lo que es real.


Un ejemplo que confirma el principio de Schopenhauer: “La moralidad es la resultante psicológica del individuo”, nos lo da su discípulo Hartmann, que conviene en que: “Es preferible el no ser, al ser y que toda moral es egoísta”.


¿Qué grado psicológico tenía Hartmann? Pero es el caso que Hartmann ha admitido la doctrina de Hégel, en cuanto admite la idea o fundamento de un ser real y admite la voluntad de Schopenhauer de vivir, desde que éste dice que: “El suicidio es una cobardía de vivir”, y, sin embargo, Hartmann concluye con que es mejor “el no ser, que ser”, y deja subsistir el inconsciente que Schopenhauer consagra y que hoy fundamenta la ciencia: pero es que, efectivamente, Hartmann es inconsciente del que lo lleva al estudio en ruda lucha: su propio espíritu.


Estos vaivenes, sube y bajas y zig-zags, de estos hombres no provienen justamente más que del dualismo que quieren sostener, creyendo diferente el mundo material del mundo espiritual; pero hay otra causa que hace más laberíntico el estudio de la filosofía: el pluralismo.


Sobre las bases de los anteriores, J.F. Herbart se une a los que estudian la psicología, que ha engendrado una escuela antihegeliana, que ha dominado en Alemania y Austria.


En contra de los sostenedores del principio único, aunque mantengan la dualidad del mundo material y espiritual, pero que hacen depender lo material y espiritual del ser, o principio absoluto, Herbart opone un pluralismo que habíamos de ver sus consecuencias en el caso actual, en que nadie se entiende: todos lo saben todo; y entre todos no sabemos nada; ni arreglar nuestras acciones a una norma de conducta; y es en verdad hoy la sociedad, la humanidad entera, una familia desequilibrada en todas las formas y fases de la vida, semejando el mundo un inmenso manicomio de la vida, y la causa es el pluralismo.


Para Herbart todas las cosas y hasta el alma (el espíritu no, porque no lo encuentra: tal es Herbart); para Herbart, digo, hasta el alma es un “ente simple” independiente y cada uno tiene su naturaleza propia constituida por calidades intrínsecas y en cada “ente simple” existe una fuerza que tiende a conservar sus caracteres propios; lo que es desconocer la transformación perpetua y más aún la causa del progreso, que es la Reencarnación del espíritu, eternamente.


Sostiene Herbart que las representaciones son los fenómenos internos que constituyen la vida del alma, cuyo estudio corresponde a la psicología; y que en ésta los fenómenos deben ser examinados lo mismo que los físicos, desde que están subordinados a leyes comunes.


Si primero hubiera escudriñado Herbart lo que es el alma, no habría sentado tales blasfemias que ofendan al ser hombre y a las leyes por las que se es hombre, en lo físico; que en lo metafísico de la infinita variedad que constituye el alma y el cuerpo humano se hace la unidad en el hombre por el espíritu, y entre todos componen la unidad Creador.


La Psicología, como veremos en su lugar, no es material; no puede ser material, desde que la materia es el éter; y no nos ha demostrado Herbart, ni todos los psicólogos materialistas un fenómeno psicológico como muestra el éter; pero en cambio los presenta en todo (a lo absoluto) el espiritismo, (no el espiritualismo). Y es que todo fenómeno psicológico es del espíritu, porque sólo el espíritu es fuerza; y, por lo tanto, sólo del espíritu es la psicología.


Vemos fenómenos psicológicos, es cierto, en cualquier acto del hombre vivo: ¿pero me podréis mostrar uno solo, de un cadáver? Entonces es realmente materia.


Cuando en todo sepamos ver la unidad; cuando no querramos pluralizar los elementos de vida; cuando toda la humanidad tenga una sola idea de la vida, todo estudio será simple, fácil, ameno, deseable y provechoso y el caos que hoy reina, habrá terminado; esta inmensa casa de locos o desequilibrados se habrá convertido en hogar armonioso.


La pluralidad, bien es verdad que existe en cada unidad palpable y visible, o sea en todo lo que constituye formas de vida; pero desde que son dependientes una de otra, no son individuales durante formen en la unidad del individuo, en cualquiera de los tres reinos que consideremos: ni tampoco tiene voluntad propia, ni pueden tender a engendrar su especie. Por ejemplo: viven en nosotros en cuerpo y alma todos los seres del universo. ¿Pero le es dado al hombre engendrar al mono, al caballo, al elefante, etc., etc.? Sin embargo, viven en nuestro cuerpo y alma, por lo cual solamente puede el hombre dominarlo todo, y no por su cuerpo y alma, sino por su espíritu únicamente, porque es luz, fuerza, potencia y sabiduría. La pluralidad podemos verla en todo, pero metafísicamente en la unidad constituida en el ser hombre, para todo lo que en la creación existe. Pero es absurdo e irracional individualizar cada molécula y más cada corpúsculo, mientras forman parte de un todo.


Extremaré aún más este punto de capitalísimo interés científico: ni aún a cada hombre se puede considerar individualmente más que como número del conjunto sociedad; pero no se le puede sacar de la sociedad; y por más, que todos a todos nos somos necesarios; por lo que ni aún a los hombres, en rigor, se puede individualizar. Y de haber individualizado al hombre, ha venido este caos, esta vergüenza social, porque se ha pluralizado hasta lo infinito, de donde han nacido la pluralidad de escalas y categorías, resultando de cada una, una tendencia, partido, religión, castas, razas y costumbres disolventes.


No; la pluralidad del número cabe; la pluralidad de vidas no porque la vida es sólo una; la ley una y el creador uno. De aquí nuestro principio: “Uno es el principio; uno es el fin”. Probad entre todos lo contrario.


Tened siempre delante la unidad, pero anatomizar todo hasta la raíz, hasta el corpúsculo, para saber la afinidad que une a todos esos números, para constituir el todo y ahí encontraréis la verdadera psicología.


Y bien: ¿Habéis creído que traté de anonadar a Herbart y sus congéneres?; eso sería no conocer el espíritu de esta Filosofía Austera.


Herbart fue necesario para incitar a los hombres al estudio experimental y tiene, como Schopenhauer, el inmedible mérito de poner a la humanidad al borde de un principio sin fondo, ante el cual el hombre, no queriendo morir, no tiene más remedio que tomar muy bien las medidas de su valor y fuerza para dar el salto de libertarse o caer al fondo del precipicio, que aquí es la ignorancia en la que la esclavitud es efectiva. Ya veis si en medio de tan graves errores hay un mérito que vale más que todos los males que ocasionaron. Es cierto que cayeron al fondo muchísimos; pero entre todos y en su desesperada lucha formaron una inmensa torre humana que pudo llegar a salvar el precipicio, aunque fuera por la fuerza bruta, no exenta de experiencia por el sufrimiento, y llegó a salvarse, como lo veis en los movimientos obreros solidarizados, a los que ya no hay más que espiritualizarlos y son entonces la fuerza y la razón.


Libro: Filosofía Austera Racional (1ra parte)

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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