El instinto de conservación (Vegetativos)
- EMEDELACU

- 16 oct 2023
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Hemos de ser breves en estos párrafos y, aun así, será repetir mucho de lo expuesto ya sobre estas materias; pero en nuestros cursos debemos poner cada cosa en su lugar correspondiente y aquí les toca sentarse a los instintos anotados por su analogía en el campo y lugar de las emociones e impresiones.
Son los primeros instintos que notamos los que tocan a la conservación de la vida, cuyo avisador o centinela constante es el miedo, el que, en sí, no es otra cosa que la ley de conservación o de defensa.
Efectivamente, el miedo a la muerte por inanición, que el instinto nos trae a la mente nos da la voluntad de comer a la que ayuda el gusto y el olfato que, antes de probar el alimento nos da la percepción.
Pero de este párrafo, lo más esencial es la procreación, cuyo instinto innato se impone en todos los seres con tal fuerza irresistible, que es el instinto que más crímenes ha cometido, por innúmeras causas de oposición y atracción.
La oposición es siempre por culpa de una educación errada en la mujer, por el egoísmo máximo de los hombres y por una falsa virtud religiosa, que ningún religioso puede cumplir a pesar del voto irracional, el que significa renegar de la ley de la vida.
La atracción es de dos índoles, imperativa e indomable:
1°. Por la afinidad y la justicia de la compensación; y
2°. Por el mandato inflexible de la ley de “Creced y multiplicaos”, cuyo incumplimiento trae el desequilibrio de la humanidad.
Pero la ley manda las cosas en medida justa y se falta a la ley por demás y por de menos, para cuya medida está la razón y sobre todo la moral y la salud.
Cuando hemos organizado bien nuestros instintos, la medida es fácil de llenarla: mientras los instintos viven revueltos, sin entrar a formar la conciencia, las pasiones se desatan y la medida rebosa o no se llena, y en cualquiera de los dos casos, no cumplimos la ley. Pero en nuestro “Código de amor universal”, hasta señalamos la edad y cantidad del uso y del tiempo, un tanto más claros y avanzados que las leyes de Manú.
Los demás instintos conservadores de la vida orgánica, son tan necesarios como el señalado de la procreación; pues tienen por objeto la vida sana, como la nutrición moral e intelectual, digestión, secreción, etc., y tienen su gran influencia los contagios, como podéis observar, que, si vemos a uno comer, nos abre el apetito; si uno ríe nos reímos, etc.
Pero no quiero cerrar este párrafo sin anotar lo más interesante sobre el acto sexual preparatorio de la procreación.
En la escala animal, no es el hombre el más fuerte físicamente o materialmente; y aun además podemos asegurar que sus órganos y fisiología, son materialmente más pobres y débiles que los de todos los animales, al menos considerados por la finura y delicadeza de su constitución y substancias más puras.
Sin embargo, vemos que los animales, aun los más corpulentos, viviendo en su libertad del bosque, sólo sienten el “celo” en una época del año, y entre todos, cubren la ley de la reproducción de las especies en todo el año, y el hombre, ser mucho más débil en materia, siente el “celo” en todos los instantes del año, aun sin la provocación del contagio visual. ¿Cuál es la causa? La apuntada ya en el párrafo 1, de este capítulo: que el hombre tiene en sí todos los instintos de los tres reinos de la naturaleza. Y como el instinto de la procreación y conservación de la especie lo tienen todos los seres y todos conviven con el hombre en su cuerpo y alma, estando en el hombre tan al vivo y activo los instintos del caballo, del león, el pez y el ave, etc., etc., tan pronto entra en el celo una especie, en el hombre repercute en el instinto del animal celoso. Y como no pasa un instante del tiempo sin que una especie o más esté en el celo de su conservación, el hombre siente ese celo y deseo en todos los instantes también, y es en rigor de ley, porque el caballo, el león, etc., sólo son un ser del universo, pero el hombre es el universo entero y completo. Y basta de este punto, aún no expuesto ni abordado por nadie, porque no había sido hora hasta hoy.
Libro: Filosofía Austera Racional
Autor: Joaquín Trincado
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