El desprecio y la calumnia
- EMEDELACU

- 30 jun 2025
- 5 Min. de lectura

Ya he expuesto la corrupción que hay en todas las clases de la sociedad y la causa de esta corrupción, que es el prejuicio religioso, del que se desprenden todos los otros prejuicios, y, sobre todo, la crasa ignorancia de las leyes divinas; por lo que, el amor, en la humanidad presente, es nulo.
Esta falta de amor, con la educación errónea de clases, produce un efecto que ni en las bestias lo conocemos; la calumnia y el desprecio que degenera en infamia y odio a sus semejantes.
En lo que voy a censurar en este punto, podría haber recopilado toda la maldad de los hombres; pero seguramente no se darían por aludidas las principales partes, y es por eso que he tragado tanta inmundicia en su registro ocular. ¡No merecen menos los hombres que, aunque negros de hollín por su tizne, son hijos del Padre y, por lo tanto, mis hermanos! Yo reprendo los vicios y el error y no vitupero a los individuos; pero he juzgado a todos y pesado uno a uno en la balanza en el día del juicio, cuyos autos recogerá cada cual los suyos el día de su desencarnación y cuyo archivo tiene el Espíritu de Verdad, que tiene tribunal formado hasta que pasen las tres generaciones que están sentenciadas; lo mismo el labriego que el magnate, como el sacristán y el pontífice, todos son igual ante la ley; pero es más responsable el que más dones se apropia de la naturaleza, porque más tiene que responder. Allí sera vuestro desengaño, que más cruel será cuanto más engañados viváis aquí por el prejuicio; en vano invocaréis allí vuestra mentida caridad, vuestra alcurnia y vuestra supremacía; más en vano aún será pedir bendiciones papales y absoluciones; allí la justicia es recta y no se equivoca; de nada valdrán las misas y sacramentos; antes, al contrario, os servirán de tormento.
No llaméis, no, entonces, al Dios de los cristianos ni al de los budistas ni al de religión ninguna que es Dios hechura de sus sacerdotes. Allí no hay más Dios que el Dios de amor, que es el Creador y Padre Universal, el que en su justicia os dice por el Juez: “La muerte del hermano sólo se perdona dándole la vida, y el odio se apaga con el amor”. Esta es la ley, la que no podéis cumplir con mentida educación ni falsa sabiduría.
El principio de la sabiduría verdadera está en conocerse uno a sí mismo; esto no es difícil, si uno se limpia de prejuicios; pero el limpiarse de prejuicios implica el sacrificio del “Yo soy” y la proclamación del “Todos somos”.
¿Pero quién sera capaz de convencer a la empingorotada dama que su lavandera no es menos que ella? ¿Quién hara ver al inflado señor que su sirviente es tanto como él? Y, sin embargo, nada más real y verdadero; pero se alimentan de doctrinas indigestas y sólo el revulsivo de la justicia divina podrá hacerles vomitar estas sustancias mortíferas de la conciencia.
Os recordaré la sentencia de Jesús, cuando le presentaron los escribas y fariseos a la mujer adúltera, que por la ley debía ser apedreada: “El que esté limpio de entre vosotros, que tire la primera piedra”. Y nadie la pudo tirar. En otra ocasión le dice al murmurador: “Cómo quieres sacar la paja del ojo de tu hermano, si el tuyo tiene una viga y te impide ver? Quita primero la viga de tu ojo y luego podrás sacar la paja del ojo de tu hermano”.
¿Podréis alegar que el Padre no os dio a su tiempo la enseñanza de la verdad? ¿Y por qué pedís moralidad a vuestros hermanos, cuando vosotros, los de arriba, los escandalizáis? Por esto se te descubren tus secretos, tus vicios y tus traiciones, dama orgullosa; porque vituperas, porque hipócritamente rebajas a la mujer que por necesidad va vendiendo su cuerpo por la calle, siendo tú más perdida que ella y mil veces más baja que ella, porque tú lo haces por vicio y porque tu lujo es causa de la miseria de aquella que la obliga a lo que no haría si sólo pan tuviera, o si en la casa donde sirvió no le hubieras tú misma corrompido, entregándola como juguete a tus hijos y aún a tu marido, porque tu libertinaje con el amante te enfrió en la correspondencia con tu esposo.
Quizá en esto tienes disculpa en que fuiste casada sin amor; ya te defendí en lo que toca a este punto y te volveré a defender luego; pero tengo que condenarte en ese desprecio, en ese orgullo con que miras a la desgraciada víctima tuya y de vuestras leyes y costumbres, siendo tú mucho más despreciable que ella, porque te encubres de la hipocresía; no, mujer, no; no puedes despreciar ni vilipendiar a tu víctima; quieras y no, la tendrás que llamar y querer como lo que es: tu hermana.
¿No ves que haces ascos de esa mujer cuando tu interior debería darte náuseas y vomitarte a ti misma? ¿Por qué has de acusarla, si tú no estás limpia para poder tirar la primera piedra? ¿Por qué no ves la gruesa viga de tu ojo, ya que ves la paja en el ojo de tu hermana? ¿Dónde está tu sentimiento de mujer? ¿Dónde la nobleza de corazón de la mujer? ¿Dónde tu amor de madre? ¿Dónde tu instrucción? Yo sé dónde fuiste anestesiada; yo sé quién y con qué mataron tus sentimientos; fuiste anestesiada en el prejuicio religioso y social; te mataron los sentimientos en el colegio y el confesionario, tomando en nombre de la caridad unos cuantos pesos conforme a tus faltas y la bendición de esos ministros falsos, del falso Dios, te invistieron de la patente de pecar con lo que, con luego confesar, serías absuelta otra vez. He ahí la cadena que te has hecho tú misma.
Allí cubrieron tu inmundicia y te enseñaron a odiar a tu víctima, que siempre es más noble que tú, y fíjate y verás, cómo esa pobre caída huye en cuanto ve una sotana o un hábito; detenla a esa tu hermana cuando la veas huir de esos disfrazados; interrógala con cariño, con la familiaridad con que fácilmente os sabéis entender las madres, y oirás una historia que más o menos será la tuya, y saca la sabia consecuencia de que todo el mal social procede de la maldad de las religiones.
Vosotras, las madres, podéis mover el mundo, porque el Padre os da (nos da porque en el tiempo somos mujeres y hombres) todas las bellezas y las armonías del universo; y si sabéis usarlas, los hombres serán buenos, e influiréis tanto, que todo se cambiará; pero solo podréis hacerlo cuando os apartéis todas de los disfrazados hombres y mujeres, haciéndoles el vacío, que mata a los microbios.
No; no podéis huir de esas víctimas; trataros con ellas; sabréis lo que no sabéis de verdad, no gastaréis más, porque todo lo que dejáis a los parásitos, que tantos son, sería muy de sobra para crear el bienestar de todas las familias desgraciadas y ellos se verían en la necesidad de trabajar la tierra y en el arte y los habríais regenerado también, porque el trabajo todo lo regenera.
Ya veis cómo vosotras, sois capaces de mover el mundo; entonces seríais en verdad grandes, porque sólo la virtud y la sabiduría hace grandes; y ahora que os di la verdad eterna, explicada en el “Buscando a Dios” comprobada en la Filosofía y codificada en la Ley de Amor que es el fundamento del espiritismo, no alegaréis ignorancia ni podéis interpretar en otro sentido que el que dicen sus palabras; si no lo hacéis así, vuestra alma está anestesiada con sombras de muerte y la justicia se verá en la dolorosa necesidad de destinaros al hospital del Padre, al mundo primitivo, donde los sufrimientos harán despertar la conciencia.
Libro: Código de Amor Universal
Autor: Joaquín Trincado
%2014_30_25.png)


%2014_30_25.png)