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Joaquín Trincado

El celibato es la negación de la ley divina y causa del desequilibrio social

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 30 jun 2025
  • 7 Min. de lectura
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Este punto debería ocupar, al parecer, el medio de establecer la Comuna para los hijos de la libertad y del divorcio; pero no puede ser en justicia, porque aún nos estorbaría el celibato y sus consecuencias, que son las más funestas que desequilibran la sociedad y la fuente originaria de los mayores escándalos y de un sin fin de crímenes.

   

En nuestra primera obra “Buscando a Dios” y en la “Filosofía Universal” está tratado y condenado; por lo que aquí solo hay que codificarlo con las debidas consideraciones.

   

El fin de la creación de los mundos es primordialmente para el progreso de los seres racionales; una vez que aparece el hombre sobre la tierra, al igual que todos los otros seres que le sirven al hombre y complementan la creación, la naturaleza, deposita en la materia que compone el cuerpo del hombre, las substancias germinativas de su reino; por lo que, a la naturaleza, no le compete directamente la procreación de otro ser, sino que le ordena con ley inexorable al ser que produjo, la reproducción de su mismo ser y con el mandato de progreso evolutivo y metafísico, conforme a la justicia y sabiduría del Padre, que también debe aprender con la evolución metafísica del espíritu.

   

Pero el espíritu, en sus primeras encarnaciones, sufre la presión de la burda materia, que, aunque sea esencia de la materia, es incomparablemente más imperfecta y pesada que el espíritu, como la tierra y el éter en comparación; y por esta presión, por su debilidad, por su ignorancia en el mal y por su amor a la unidad de la substancia que viene a animar, cae en un letargo que no le deja lugar más que al instinto.

   

Pero la sabiduría eterna que todo lo prevé, al imponer la procreación, imprime a esta función el goce más sublime que la materia posee, por el cual se mueven todas las fibras del organismo material y los sentimientos más profundos y exquisitos del alma donde reside el espíritu que rige todo ese laberíntico engranaje que es ciencia del espíritu y que hereda el alma tan pronto es consciente; pero pasan muchas existencias.

   

La concepción de un ser no es desapercibida por el padre Creador, porque cada hombre tiene su parte que cumplir, y el universo es un infinito taller donde cada obrero tiene su labor que otro no se la desempeñará; por lo que no puede ser ignorada la reaparición del hombre en la tierra, como no es desapercibida la presencia del obrero en uno de nuestros talleres industriales.

   

Luego, si cada espíritu tiene que realizar un trabajo, no puede ser más que animando un cuerpo material; y como éste no puede hacerse más que por las funciones que la ley impone, resulta que la procreación es ley que obliga a todos los hombres. Por lo tanto, el celibato es contrario a la ley y es la negación de la ley.

   

La causa es una y la substancia una; luego los hombres, siendo todos hijos de la misma causa, compuestos de la misma sustancia y regidos por la misma ley que también es única y con el mismo mandato, que también es único, los hombres todos y las mujeres todas tienen el ineludible deber de la procreación, y su negación es desnaturalizarse y salirse de la ley y, por lo tanto, es faltar a la ley. 

   

Esto lo entendían perfectamente en la antigüedad, cuando creían una falta y un castigo no tener hijos; pero tampoco entonces sabían la ley de afinidad y justicia que rige estos actos; no, no es un baldón ni un castigo no tenerlos; merece un castigo y es baldón para los que no cumplen la ley para tenerlos; el no tenerlos obedece a otras causas de justicia que en el espiritismo se explican, cuando no son causas de conformación que os explica la ciencia. 

   

La carne es condenada por el dogma católico, como el mayor enemigo del espíritu; nada más errado. La carne tiene su ley que nadie puede burlar, y el burlar la ley de la carne, por la fuerza, por las maceraciones, los ayunos y otras prácticas antihumanas, es un suicidio en toda la ley y un crimen y muchos crímenes a la vez ante la ley divina de la procreación.

   

El celibato, consagrado por la iglesia católica en el siglo XI, constituye el atentado supremo que indica, o la más refinada maldad o la más indigna ignorancia o quizás las dos cosas a la vez y es desde entonces el desequilibrio; la merma de la producción humana y el aumento de la corrupción y del crimen, constituyendo la mayor de las vergüenzas.

  

Desde ese día, el engaño, el estupro, el deshonor de las familias, aumentó; levantó los tablados y las hogueras de la inquisición y se hicieron necesarias las casas de baldón con el nombre de maternidad, porque los célibes de obligación tenían y tienen que robar lo que les está prohibido y que no pueden menos de tomar, porque son de carne como los demás hombres; para establecer el celibato, debió haber hecho obligatoria la castración de los curas, y frailes y monjas, y aun así el celibato, en lo que representan sus palabras, sería nulo; porque la castidad y la pureza están en el corazón y sólo con el amor y la sabiduría de “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, o lo que es lo mismo, “dar a la carne lo que le pertenece y al espíritu lo que es suyo” se puede conquistar la pureza y la castidad del corazón.

   

Por el celibato, han aumentado desde su promulgación las sociedades de mujeres, o conventos, en dos mil por ciento, y en un diez mil por ciento el número de las mujeres admitidas en ellas. ¿Es que aumentó la fe en la religión? No, por cierto; lo que ha aumentado es la trampa del clérigo, porque tiene necesidad de dar expansión a la carne; y como su vida de parásito aumenta la concupiscencia, en los claustros encierran el mayor número posible que les sacien sus apetitos; y como, por otra parte, éstas participan de las mismas necesidades de la carne y las paredes del convento las ponen a salvo de la vista del pueblo, que en la mujer es un freno; como la ignorancia completa en que se las educa, no siendoles posible por el dogma leer ni estudiar más que aquello que el padre espiritual les permite; como estos son astutos y sobre el mismo lecho en que estupran o toman a la esclava le dan la absolución para quitarle remordimientos, se entregan a toda clase de bajezas y bestialidades, y, por fin, se hacen insensibles a los llamamientos de su dignidad, porque no encuentran más consejo ni más amparo que el del padre espiritual.

   

No pueden escribir una carta a los suyos del mundo, que les puedan contar sus fatigas, vergüenzas y rebajamientos, porque la carta será visada antes de salir del convento; no podrá revelar una palabra a la madre, a la hermana o la amiga visitante, porque aún para éstas tendrá dos testigos de vista, y, además, les hablará desde un metro de distancia y con dos rejas por medio, y aún la oscuridad no permite verse las caras; y si se le escapa una palabra que revele su descontento, un pellizco parecido a un mordisco de víbora la pondrá en cordura; y aún muchas veces es retirada desmayada por aquella picadura y sus visitantes siguen hablando con las paredes, o son contestados por una bien fingida voz y se entera de algo que interesa saber.

   

Si seguimos a la infeliz que retiraron, os avergonzaréis o llenaréis de ira; la veréis, en el mejor de los casos, de rodillas en el refectorio, siendo el blanco de las habladillas; no será extraño verla tirada en el suelo a la puerta de éste, pasando por encima de ella toda aquella manada de pobres esclavizadas; y si tuviera el desoco de protestar, la veréis encerrada en lóbrega mazmorra y aún desnuda y atada, recibiendo azotes y teniendo que contestar “ora por nobis” a la evocación de una letanía.

   

Hay otros castigos que rebajan aún más y matan la conciencia, pero donde no tienen límites los ultrajes es, si una de ellas se niega a entregarse al sultán, para ser pasto de sus pasiones; no hay inconveniente en hacer apariciones e inventar diálogos de ese padre con cristo en la Ostia, ordenándole la entrega de su flor.

   

En suma, dentro del claustro se hace todo lo que no se permite en los prostíbulos públicos; se toman todas las prevenciones que la maldad puede inventar para evitar la procreación; y en caso de que la ley burle todas las medidas, el aborto vendrá a deshacerlo, aunque cause muchas veces la muerte de la esclava; y si aún esto no evitase el nacimiento del feto, se le sacrificará al nacer y no verá más aquel ser la madre.

   

Mas esto es hecho con quién y por quien se han salido de la ley divina y humana por voluntad; pero su equivocación no es causa para que el Juez del Padre los deje en su ceguera, porque sabe que son hijos del Padre de Amor y les dice sus hechos y sus errores, dándoles los medios y la luz necesaria para su regeneración.

   

Mas donde haya que clamar aún más alto es en el confesionario; en ese tribunal asqueroso y corruptor de la conciencia del pueblo, invención para el dominio del mundo y para la corrupción del corazón virgen de la niña y del deshonor del esposo; el confesionario es la agencia de la causa iglesia y el punto de conquista de los célibes; de allí no salen libres de oír la propuesta obscena más que las viejas y las desgraciadas en belleza; y esto es muy natural que así sea, porque ¿qué le importa a la carne el voto de castidad? Si el uso de la carne es una ley, ¿por qué se le obliga al sacerdote con una ley antinatural? El Juez que el Padre os mandó no os condena, curas, frailes y monjas, por el uso de la carne; os condena por vuestra ceguera, egoísmo y perversidad, puesto que sabiendo como sabéis que no podéis cumplir un voto, lo hacéis porque él os excusa ante la sociedad (errada por vosotros mismos) del cargo y responsabilidad del patriarcado: os condena porque para libraros de las responsabilidades y de la justa ira popular, os valéis de todos los medios antinaturales y hasta del crimen, para burlar la ley santa de la procreación, para lo cual existe la clausura, donde no entra más que vosotros; pero yo os aseguro que entrará el pueblo y revolverá hasta la última piedra de esos cementerios sin patente, cuyos enterradores y enterrados son las mismas madres, vuestras esclavas y sus frutos; y ni vosotros ni ellas encontraréis donde esconderos ni aún en las entrañas de la tierra y el confesionario será vuestro acusador, si no sois como las vírgenes prudentes y salís al camino con la luz encendida, que al efecto os da el Juez y os abrazáis a la ley de Amor y justicia rompiendo los hábitos y cantando “Pecavi  Domine Coram Coeli et coran té”.

 

Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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