top of page
Joaquín Trincado

El amor da plena libertad a los seres

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 30 jun 2025
  • 8 Min. de lectura
ree

A la tanta inmundicia registrada en el largo párrafo anterior, sucedió la dulzura de las últimas palabras del punto diez, con cuya percepción del fin a que en breve llega la tierra se consuela el Juez de los largos miles de años en los que ha tenido muchísimas existencias sobre este pobre, pero al fin feliz terrón de nuestro globo.

   

Tengo que volver otra vez a examinar calamidades y miseria del error, en procura de enderezar los entuertos de estas tres generaciones, porque el amor, no porque se haya dado la sentencia que inexorablemente se cumplirá, ha de abandonar al sentenciado; sino que eso es motivo para que le esté diciendo continuamente: un momento te falta; aún tienes tiempo; después de ese segundo ya no hay lugar. Acata, pues, la ley que viene del Padre, y aunque serás el obrero de última hora, como el amor es la ley y la Comuna su régimen, todos somos iguales en trabajo y derechos y no se conoce el último del primero, más que en su luz y sabiduría. ¿Qué tienes que hacer? Muy poco: “Ama a tu hermano”, que amando a tu hermano amarás a Eloí padre común y luego sabrás amar primero al Padre y adorarlo en espíritu y verdad; este es el mandato. ¿Dónde tienes los medios? En el Espiritismo Luz y Verdad, que es el credo de todos los mundos y es la verdad suprema; ahí está la sabiduría eterna y se llega por grados, y más grados se ganan cuanto más se ama.

  

Entremos a desarrollar el epígrafe de este párrafo, uno de los más importantes de este Código, porque tengo que condenar la tiranía y salvar de la esclavitud a la mujer; sentemos axiomas fundamentales.

  

Dónde está el amor, todo es armonía; hasta el dolor se anula con el amor. Ya tenéis el secreto de la felicidad relativa a que podemos aspirar.

  

Si el amor todo lo endulza y en la tierra no hay más que amarguras, en la tierra no hay amor; terrible silogismo.

  

Si el objeto amado no se iguala al que confiesa amarlo, más que amor, es egoísmo lo que se manifiesta; verdad concreta.

   

Si el amor o las manifestaciones del amor están monopolizados por el hombre, el hombre es un tirano; triste verdad que palpamos.

   

Si la mujer no es libre en las manifestaciones del amor y sus sentimientos, la mujer es una esclava; así lo es.

   

Si el amor y las manifestaciones del amor constituyen la base de la felicidad y la mujer no las puede manifestar libremente, la mujer no es feliz; para que lo sea, hay que educarla.

  

Hemos recorrido casi toda la escala social en nuestro enojoso registro de los prostíbulos y he encontrado en toda la trampa, la traición y la inmoralidad más horrible; he buscado la causa y he encontrado en todo la imposición absurda y falta de lógica razón; sólo he visto siempre la ambición, el egoísmo y el libertinaje para el hombre, encontrando siempre a la mujer esclavizada.

  

Este ser, que constituye la mitad de la humanidad en número, es el ser más despreciable que sostiene la tierra y muy a menudo citaríamos casos en que ha sido cambiada por una bestia de carga; y donde no se le cambia por la bestia, se le hace servir de tal a ella misma.

   

Si una mujer manifiesta su amor a un hombre, ya la condenación la tiene en su misma declaración; “es una cualquiera”; cae en el desprecio y es señalada como una ramera. 

   

La mujer no tiene derecho ni en la elección del compañero, ni en la manifestación de sus sentimientos, ni a intervenir en la hacienda pública, ni a tomar acuerdo, ni aun familiar; y aún llega a más; llega hasta tener que “purificarse” después de dar la vida a un ser, para entrar donde jamás debería haber entrado: en la iglesia, sea de la religión que sea. ¡Pobre mujer! ¡Y no te has rebelado en tantos siglos de oprobio y de bajeza! ¡Oh! Yo te haré justicia, porque sin ti el hombre orgulloso y bestia no existiría; no quieras parir, mujer, y el mundo, es decir, la humanidad se acabará irremisiblemente; ya veríamos si esos mentecatos que te embotan y vilipendian serían ellos capaces de hacer nacer otros hombres; porque lo que es la tierra, entregó su germen en aquellas bolsitas en que apareció y no puede dar otras, sin antes fundir de nuevo otra vez todos los reinos que al hombre sirven y otra vez podríamos aparecer de nuevo. Pero esto no está en la ley del Creador y el Padre exige; y el hombre, quiera y no, ha de cumplir la ley impuesta; será todo lo orgulloso y tirano que pueda, pero no podrá sustraerse al cumplimiento de la ley, aunque se suicide millones de veces. Volverá siempre a cumplirla.  

  

El Padre no se cansa de esperar, pero no se deja burlar por su criatura; tiene mandado hacer una A o un mundo; pues la hará; busque todas las excusas; rodee con la intención de no llegar nunca; llegará; habrán pasado 10, 100 millones de siglos y aún no habrá pasado un segundo en el tiempo eterno; sólo él habrá perdido, porque más habrá padecido; y, al fin, caerá del burro, cumplirá, y como le manda amar, amará en toda la ley, pues tampoco lo engañará como te engaña a ti, mujer, diciéndote que te ama y te quita todos los derechos, menos el que no puede; el de ser madre, por el que eres más grande que el hombre en la creación.

  

Querer hacer historia de la esclavitud de la mujer sería hacer historia de la humanidad y no es de un Código su lugar, ni es necesario al fin que tiene mi Ley de Amor, ni quiero dejar en este momento un cuadro tan desolador que apene a las humanidades que llegan, porque si horroroso es el que queda de los prostíbulos, es la consecuencia de un error pequeño, comparado con los horrores de la esclavitud de la mujer, hasta la venida de la raza adámica; desde cuyo momento histórico fue amenguado, porque todos los mesías tuvieron el mismo argumento. Pero no es menos horrible hoy privar a la mujer de una sola cosa que antes de todas, porque el progreso nuestro es tan grande al de entonces, como el no ser, al ser; pero no se puede completar el progreso rebajando a la mujer, ni puede existir la armonía, ni llegar a la Comuna decretada por los Consejos del Padre; y el Juez ha venido a hacerla y la justicia le ha dicho: “Y quitaré todo lo que estorbe”.

   

Pues bien: sabéis, supremáticos y gobiernos y hombres de la tierra toda, que el espíritu no tiene sexo; que aparecimos hombres y mujeres a la faz de la tierra en unas bolsitas y todos igual, recibiendo el germen de la especie y la ley de procreación; por lo cual, el espíritu, conforme a la Ley de Amor, tomó el sexo que la ley de justicia le ordenó la primera vez, con la promesa de igualdad. No tengáis esto por una hipótesis; en el Código de Amor, que es el máximum de la ley del Padre, no se escriben hipótesis, sino axiomas; y testigo es el Padre y sus Consejos de esta afirmación.

   

Sentado este axioma, pregunto a los hombres y la ciencia. ¿Para qué se necesita más virtud y valor? ¿Para engendrar a un ser, o para concebirlo, encerrarlo durante su gestación en sus entrañas y luego exponerse a morir para parirlo y seguir luego dándole el ser, de su propia sangre en sus pechos? Aún es posible que haya alguno de los llamados sabios que haga un distingo. ¡La ceguera es tan grande! Pero no lo voy a oír; la contestación es que no cabe comparación de valor ni virtud en ese acto tan trascendental, del que pende la vida de un hombre.

  

Pues bien: admitiendo, como es así, que el Padre ordenó a los espíritus más valerosos, más virtuosos y por lo tanto más sabios y así de más amor, tomar por la primera vez el sexo femenino, resulta la mujer superior al hombre, en valor, virtud, sabiduría y amor. ¿Y es a este ser al que el hombre vitupera y esclaviza, siendo su madre?

   

Y gracias que la ley de igualdad obliga en justicia a tomar alternativamente el sexo masculino y femenino; si no fuera así; si la mujer siempre fuese mujer, sería ella mil y mil veces más sabia, virtuosa y valerosa que el hombre, aunque así y todo lo es.

   

No aceptar, por muchos que se creen sabios la reencarnación sucesiva siendo en los dos sexos, es condenarse al no ser, confesarse tiranos por malicia extrema, e ignorantes, cobardes y criminales; porque no viviendo más que una vez y no sabiendo nada de estas cosas, ni poseyendo las virtudes, la sabiduría y valor de la mujer y madre, no se diferencian en nada del animal más animal.

   

Yo no hago todas estas consideraciones exclusivamente para ganar un adepto ni mil; mis adeptos vienen por millones, pues todos los que nacen después del 5 de abril de 1912, que corresponde al 17 del mes 7 del año uno del siglo primero de la verdad o de la era nueva, que en toda la tierra han aceptado la justicia, la Comuna y el espiritismo, bajo la Ley de Amor; y en la tierra hay el 20 por ciento de los habitantes que ya lo habían aceptado al venir y comulgan en él, por convicción y hoy ya, cuando se escribe este Código, más de un 30% que estudia y se convencerá; por lo que exclusivamente no se escribe este Código para ganar adeptos, sino para que no aleguéis ignorancia los ciegos de voluntad, y, principalmente, para emancipar a la mujer de la esclavitud y ponerla en el lugar que le pertenece, porque ellas y no los hombres es la base de la sabiduría, de la armonía y del amor.

   

Por lo tanto, la mujer es en derechos, absolutamente igual al hombre; y en respeto y ternuras, superior al hombre, por el sólo hecho de ser madre. 

   

La mujer en ningún caso es inmoral sin la corrupción del hombre; y se corrompe la mujer por la ignorancia en que se le mantiene y por la esclavitud a que la fuerza bruta la somete. 

   

La mujer tiene en absoluto más derechos que el hombre a declarar su amor al hombre, porque tiene percepción más clara que el hombre del fin que viene a cumplir; ser madre y el consuelo del hombre.

  

La mujer no puede ser inmoral por sí misma, porque presiente y sabe que su misión es la de ser madre; y, no se declarará jamás por capricho y pasión carnal, sino obedeciendo a la ley de afinidad; y es seguro que sólo en el uno por mil se equivocaría una vez educada en sus derechos y prerrogativas; pues la mujer, educada en el sentimiento, aun en el placer de la carne, presiente también los dolores de muerte del parto por el que será madre; pero ante su afán, ante el que en el espacio ya conoció en su afinidad y se propusieron cumplir en justicia sus débitos y dar a la creación lo que le deben, la mujer, que es dotada de la percepción de ese deber, tiene el valor de tomar un segundo de goce, a cambio de tres años de padecimientos y desangrarse, para dar vida a un ser; cosa que el hombre en ningún caso haría, porque le falta el valor, la constancia y el amor verdadero

   

Sería imposible enumerar los crímenes que se cometen al esclavizar la mujer, porque se les obliga a matar los más grandes sentimientos, y de aquí el cúmulo de crímenes que hemos registrado que desequilibran la humanidad.

   

Por tanto, declaro: que la mujer tiene perfecto derecho y se eleva a donde le corresponde al declarar su amor al hombre que en su corazón vive desde antes de su nacimiento.

   

Que la mujer, educada en la más amplia libertad, es la base de la moral y que su participación en los asuntos de la Comuna es, además del equilibrio, el complemento de la armonía.

   

Que la mujer, fuera de la esclavitud, es la garantía de la paz universal, y su concurso en la cosa pública pone veto al despilfarro; es el ancla salvadora por su amor y mata el libertinaje, lo que será materia del siguiente párrafo.

   

Queda, por tanto, proclamado el derecho igual de la mujer en todos los actos de la vida, que el hombre, con malicia le ha usurpado, no pudiendo ser excluida ni obstaculizada en la declaración de su amor y sentimientos.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
bottom of page