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Joaquín Trincado

El amor al poder del estado; Soberanía

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 3 nov 2025
  • 4 Min. de lectura
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Es indudable que, si el pueblo, por su soberanía, ha nombrado su Poder Ejecutivo, gobierno representante para ante otras Naciones, pero sobre todo ante todos los ciudadanos, lo represente y hable a cada uno en nombre de todos, el pueblo, el estado, lo amará.

  

Si un gobierno, o Poder Ejecutivo de una Nación, es protestado por la mayoría, no es ése un gobierno constituido, aunque hubiera sido electo por un plebiscito; pues el pueblo es y tiene siempre la soberanía y pone y quita reyes y gobiernos, según conviene a sus intereses colectivos y comunes.

  

El pueblo no está obligado a reconocer a un gobierno sugerido o impuesto por un poder extraño, ni tampoco a reconocer deudas y contratos hechos a su espalda y sin su aprobación soberana.

  

Yo sé que, bajo esta doctrina, bajo ese principio, se dirá: No hay ninguna Nación en estado solvente. Triste es decirlo, pero así es en verdad y así lo entienden los pueblos; que están implantando contra viento y marea, el régimen Comunista.

  

No sería lógico que yo, que he nombrado un administrador para que administre y gobierne mis bienes; que por cualquier causa gravara mis bienes con préstamos e hipotecas, sin decirme a mí nada, y luego que me viniera un acreedor pidiéndome lo que yo no sé qué debo. Yo acusaré que hacer deudas, no es administrar, sino gravar, destruir mis bienes y, por lo tanto, ha de ser mi administrador quien, legal y justicieramente, sea el deudor y responsable del acto para el que no lo autoricé.

  

En el mismo caso y doctrina se encuentran los gobiernos que han empeñado a las naciones hasta desequilibrar su vida y no han contado con la voluntad del pueblo, que, seguramente, no los hubiera autorizado a tales empréstitos y mucho menos, guerras.

  

Pero he aquí el caso bien singular, que revela toda la inmoralidad y la plutocracia de los gobiernos todos del mundo. Tomemos como ejemplo y a azar, Poincaré y Clemenceau, presidente y Primer Ministro Franceses durante la guerra europea; y lo que resulte a éstos, será a todos igualmente.

  

Ahora no vamos a analizar si estos u otros son los culpables de esa guerra, aunque bastará decir que sí, porque mantenían pactos secretos que el pueblo no sabía y ni aun sabe, después de la catástrofe; lo cual, ante todo argumento de estado (considerando el estado en el pueblo, porque así es), esos tratados y compromisos, no son autorizados por el estado pueblo y no está obligado a cumplirlos, y sí son responsables colectiva y personalmente, los autócratas que los contratan, abusando de autoridad y con engaño del pueblo.

  

No rememoremos tampoco los terribles agobios y penurias del pueblo y millón y medio de vidas y otras tantas inutilizadas; fijémonos solamente en la tremenda deuda que le queda al pueblo Francés, calculada en números redondos en 10 mil millones de francos oro, que, con la depreciación consecuente, hoy se eleva a 30 mil millones.

  

La población de Francia es de 40 millones de habitantes, y por lo tanto, cada Francés, hombre y mujer, pobre o rico, viejo o joven; sano o enfermo, debe a diferentes países, casi mil millones; lo que no lo puede pagar, porque no lo puede producir, y por lo tanto, tiene que valerse de la trampa, lo mismo que las otras naciones que se encuentran con la misma deuda.

  

Sin embargo, Poincaré y Clemenceau, se han marchado a su casa con tanta frescura y tranquilidad, como si hubieran hecho una obra de meritorio valor, diciéndole al pueblo: ¡Ahí queda ese fardo!... Págalo, Juan...

  

La generación actual, que se ha divertido quemando en pólvora y metralla la riqueza del estado pueblo, engañado, no puede ser que la pague. ¿Con qué justicia le han de legar esa carga a la generación venidera, condenándola a sufrir lo que no ha gozado? Si esa generación se hace consciente y desconoce esa carga que ella no se creó, ¿quién podría, justicieramente obligarla?

  

Cualquiera. que le reclame será tan autócrata como sus causantes Poincaré y Clemenceau, a los cuales debió obligar el pueblo, si era consciente de que él era el verdadero estado.

 

¿El pueblo no los acusó dejándolos marchar? Entonces el pueblo no era consciente de que él es el estado: no es culpable de los desastres que toleró, pero sí es responsable de sus ignorancias y de sus odios.

 

Como responsable, tiene derecho a la atenuante de engañado. Pero los culpables gobernantes, no menos falaces que aquel su antiguo rey que, desconociendo la soberanía del pueblo Francés, osó decir El estado soy yo, no tienen atenuante y los Franceses menos porque se titularon el Cerebro de la humanidad.

 

Más esa atenuante, que significa la cancelación de la deuda, hecha sin conocimiento del pueblo, es decir, sin orden expresa del pueblo, no puede reclamarla la generación presente, porque ella consintió en que se hiciera esa deuda y acaso concibiendo su disfrute bajo esta teoría más que probable: Venga dinero donde quiera: si somos derrotados, quedaremos deshechos y no podremos pagarla; si triunfamos, los vencidos pagarán nuestro crimen.

 

No creáis que pongo esta teoría porque sí nada más: de los hechos se desprende que; en el conjunto de... la luz: estaba latente esa Teoría, que ahora la han convertido en Ley, en la reunión de ministros aliados allá, en el país de los escándalos y dicen que, al salir de decretar la muerte de Alemania, que no otra cosa significa la final reunión de locos rabiosos o desalmados[1]. Ministros aliados, al salir; digo, de esa reunión, dicen los telegramas que los ministros Salían satisfechos y risueños. También el criminal habituado se siente satisfecho y goza ensañándose en su víctima" dicen los criminalistas.

  

La prueba de todo esto está en el telegrama siguiente, recortado del periódico La Prensa de hoy:


[1] NO VEO LA CITA EN EL LIBRO


Libro: Los cinco amores

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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