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Joaquín Trincado

Efectos dolorosos del matrimonio impuesto. Los Prostíbulos

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 14 jun 2025
  • 7 Min. de lectura

He visto los efectos terribles que causa la unión en matrimonio por imposición, sea por la conveniencia, sea por el prejuicio de cualquier clase, que es el infanticidio en todas sus fases, desde el uso de medios para burlar las leyes de la procreacion hasta matar el feto y el infante; desde el abandono del recién nacido en medio del arroyo hasta depositarlo en la casa del baldón, y desde esta hasta la cárcel y el patíbulo, después de una horripilante odisea y hacer la vergüenza de la sociedad; desde matar los sentimientos más nobles en el corazón de la mujer hasta desnaturalizarse la madre. 

   

Pero siguen aún las consecuencias, si no tan horripilantes, más vergonzosas y dolorosas, porque se trata de seres ya de uso de razón y se ven en la necesidad de ser la depravación en los prostíbulos.

   

¡Hay tanto que pensar en estos lugares! Cuadros tan aterradores se presentan en esas casas, que la conciencia del que los estudia, estallaría de cólera si el amor no le enseñara que, al fin, los causantes han de pasar por ese camino y sufrirán la pena del talión.

  

Mas no por esto está satisfecha la conciencia viva; tiene que despertar a las conciencias muertas o anestesiadas por el error y el egoísmo; es por esto, precisamente, que el Juez llamará a razón a los causantes de estas desgracias, porque pueden poner remedio y evitar que la justicia se cumpla en ellos en esa forma, aunque se cumplirá inexorable; pero puede, el hombre, con sus obras, permutar la pena que en la justicia le corresponde, porque el Padre es todo amor y no quiere la desgracia de sus hijos, y sus leyes son la sabiduría.

   

Del estudio general y razonado, resulta, que todos tenemos parte en una u otra forma, de obra, palabra o pensamiento, en estos hechos. Más si el que ocasionó la desgracia de la joven, seducida y engañada o comprada; y que por su abandono, esta joven, puesta en el camino resbaladizo, cayó en el lodazal corre y la saca y la regenera, se ha hecho él mismo la justicia y el Padre lo tiene en cuenta; más si así no lo hiciereis, la justicia os hará pasar por los mismos bretes en que habéis precipitado a vuestras víctimas; y no creáis que no sabréis estas verdades, porque las sabréis; es la hora de la justicia; es el día de la verdad y todos han de saber y oír la justicia de los hechos.

   

Hasta ahora era el tiempo de la tregua; pero llegó la hora del juicio final de la tierra y éste se celebró; los discordantes fueron ya retirados al hospital; al mundo de sus afecciones donde se curarán, en uno, cincuenta, o cien siglos, pero se curarán, por el remordimiento; si aquí corrompieron, allí serán corrompidos; si aquí oprimieron, allí serán oprimidos; si aquí desnaturalizaron a una mujer, allí en mujer serán desnaturalizadas y por ellas mismas, si no fueron más felices y el amor los salvó. Pero ya en la tierra no cabéis los supremáticos, los viciosos, los ignorantes, porque la tierra es patrimonio de los espíritus que la hicieron progresar y no podéis perturbar la paz que se conquistaron.

  

Pero en la tierra habrá reunido la ley de las afines a todos los que tienen cuentas pendientes con otros, y ese era el momento de la justicia y de la sentencia y se celebró. Pero, por vuestra ceguera, no habéis querido ver las señales; y aún así, se os dice, para que no aleguéis ignorancia y para cumplir la ley de amor; si no queréis oír esta voz, vosotros os condenáis a vuestro suplicio; nos dolerá, pero habremos cumplido el mandato que el Padre nos impusiera.

  

Entre las consecuencias funestas del matrimonio sin amor y los prejuicios, después de los enumerados, está la de que, muchas de las mujeres que compartieron el lecho con el esposo hastiado de la frialdad natural de la esposa por fuerza, tienen su paradero forzoso en el prostíbulo, sirviendo de escarnio a la dignidad de la mujer que vino al mundo con más altos fines y que rodó por la pendiente, por las leyes absurdas opresoras de los pueblos todos. 

  

El hombre que la sedujo, la fecundó y la hizo madre, a pesar de que muchas veces falseó la ley de la naturaleza, por el prejuicio, por el temor, o por la conveniencia, la abandonó, sacudiendo la carga que le impone el patriarcado.

 

Esta mujer ama; la ley social no la deja amar ni manifestar sus sentimientos; se desequilibra en su abandono; sabe que, por el prejuicio de los hombres, no puede pretender la unión de otro hombre, que le exigirá el honor, cosa que pocos hombres saben dónde reside la virginidad verdadera, que solo en el corazón debe buscarse, porque la materialidad, el egoísmo, la ignorancia, la circunscribe a sutil membrana, que por mil causas puede desaparecer sin obra de varón. Más ¿con qué derecho puede pedir el estuprados de una joven hija del pueblo, que la joven de la clase elevada o media o de la baja[1] (1) a que él aspira conseguir su amor o la unión en matrimonio, le guarde esa flor, si él no respetó la flor de la otra? Olvidáis que se os ha dicho que “con la vara que midiereis seréis medidos? Pues tenedlo presente. Cuando corrompáis a la joven o burláis a la esposa, reclamáis para vuestra pretendida y para vuestra esposa la misma ley. Y si pensáis que vuestra posición, cargo o empleo os da mayores derechos, sois ignorantes de las leyes divinas, que tienen establecida la más exacta igualdad; porque las leyes sociales son hijas del orgullo, la fantasía y la ignorancia de las leyes del Padre, en las que el rey y el vasallo no tienen la más mínima excepción. Todos, todos somos absolutamente iguales en obligaciones y derechos, porque todos tenemos el mismo origen y el mismo fin; tanto vale para el Creador el que cava la tierra como el rey que gobierna el estado; al fin de su misión, todos han consumido el mismo caudal y sido de todo, hasta que reinará el amor. Entonces ya las afines se miran en amor, sin trabas, ni prejuicios, ni imposiciones; y por la civilización verdadera todos respetarán lo que no les pertenece en afinidad, y no se equivocarán, porque el amor se manifestará libremente por el hombre y por la mujer. El vicio y la pasión carnal no tendrán cabida en el corazón de los humanos, porque la ley será amor puro, sin que esto prohíba, sino al contrario, dará mayor libertad al uso de la carne, pero sin libertinaje. En tanto llega este tiempo, los que violan a la joven tienen la obligación de reparar el daño, sin importarles la ley que les una a otra mujer, si ya forma familia, o uniéndose a la joven si él es libre y en ella ve afinidad; no importa la diferencia de clases; más si el violador no comprende la afinidad, o está unido a otra mujer, la justicia y el amor les obliga a no abandonar desde aquel momento a aquella mujer, hasta ver si hay sucesión, para amparar al infante y a la madre, y si no hay sucesión, puesto que bebió el néctar de la mujer, no puede ser abandonada ni desatendida, para que no ruede al prostíbulo o vaya vendiendo su cuerpo en público, cuyo único responsable es el que la violó, porque desde que despertó los instintos naturales del sexo en la materia, la ley de la carne reclama sus derechos; que si nadie la despertara en los instintos, la ley de las afines pondría en su hora las dos afines frente a frente y se unirían en verdadero amor; a la mujer y al hombre, en tanto no pone a la materia en uso de la ley de conservación de la especie, le es fácil pasar sin él; pero una vez despertado, hay que darle en medida lo que la ley de la carne reclama y en uso natural; pero la ley pone siempre muy cerca los afines; y si la educación, el ejemplo sobre todo, es moral y conforme a las sabias leyes de la naturaleza, los afines se encontrarán al tiempo de la ley y se unirán, y esa unión es bendecida por la misma ley. 

    

Pero las leyes sociales, desiguales y egoístas, y sobre todo faltas de razón y fuera de las leyes divinas, encierran secretos inconfesables y son ellas la causa de la corrupción. Mas como ésta materia es tan lata y delicada, haré varios puntos sobre ello.

  

Voy a terminar éste, diciendo: que el abandono de la mujer por el estuprador o violador, llena los prostíbulos, las casas de comercio libre, los hospitales, los manicomios y las cárceles, después de ser la vergüenza en las calles y plazas, y tienen obligación de redimirlas los mismos que las perdieron, y como no es fácil que el que abandonó a la violada o amante sepa su paradero, pongan remedio desde ahora en adelante para no perder a otra; y para remediar el mal de otros, cada uno sabe, en su archivo, las bajas que hizo y redima tantas como sean en número, sin mirar que sean las mismas, aunque más justo sería que fuesen sus víctimas; pero obrando así, todas quedarán redimidas, en lo material, y, con sabios y sanos consejos, ellas se redimirán en lo moral; y como las leyes son las más responsables, sean estas las que inspiren al buen fin de la redención de sus víctimas.

 

(1)  Me veo obligado a hacer clases para hacerme entender, puesto que así las tiene esa Sociedad; pero las clases no existen.


[1] Me veo obligado a hacer clases para hacerme entender, puesto que así las tiene esa Sociedad; pero las clases no existen.



Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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