top of page
Joaquín Trincado

Discernimiento y voluntad

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 13 oct 2023
  • 5 Min. de lectura


El discernimiento y la voluntad se concretan sintéticamente en los puntos siguientes, que luego estudiaremos conjuntamente, porque siempre van unidos dos o más de ellos en todo acto.


1°. La deliberación y la decisión.

2°. La acción y la abstención.

3°. La capacidad del alma y conciencia de la medida de la impulsión o reproducción.

4°. El poder de asociación con discernimiento.

5°. El poder de resolverse con libertad.

6°. La acción espontánea o libre albedrío.

7°. La comprensión de que el libre albedrío no es absoluto, y

8°. Hacerse el verdadero concepto metafísico de la voluntad.


El discernimiento desde luego, es un juicio de conciencia revelante de las facultades y progreso del espíritu: y la voluntad, es igualmente una demostración de la acción del mismo espíritu, cuya acción, nos significará indubitablemente el grado de progreso del actor espíritu y su dominio o esclavitud a su materia.


En el hombre, la voluntad se manifiesta en forma de poder de acción y de abstención en el obrar.


De la llamada deliberación puede resultar; la decisión de obrar en el sentido del impulso provocativo de las emociones e imágenes más intensas; o la resolución de reprimir los instintos o sentimientos provocados o evocados por los estímulos o motivos exteriores.


Este doble juego de la actividad voluntaria, está demostrado por las dudas, vacilaciones e indecisiones, que suelen acometer al individuo; y revélase también por dos enfermedades de la voluntad; el desarrollo excesivo de ciertos impulsos, que destruye en algunos desequilibrados, la fuerza represiva de su poder voluntario, y la inestabilidad de los impulsos en los histéricos, dando lugar a caprichos que son también la negación del poder represivo del alma y conciencia humanas.


Además, la voluntad requiere la concurrencia de dos factores que son: la capacidad impulsiva y represiva del alma-conciencia, que nos habilita para elegir antes de obrar; y la capacidad activa de los órganos, cuyos motores se encuentran radicados en el cerebro y están destinados a los movimientos voluntarios, como los del lenguaje, de las manipulaciones y de la locomoción.


Ya hemos sentado que, toda esa fuerza, proviene sólo del espíritu, que es el que, impulsa al cerebro como centro vital que es; por lo cual, todas las demás cosas son sólo y todo efecto que demuestran la causa original, y son actos mecánicos, motivados en la inteligencia, que sólo es del espíritu.


Ahora bien, la independencia de ambos elementos de la voluntad, también ha sido demostrada por los estados patológicos de nuestra entidad consciente, en la abolición o anulación de la fuerza impulsiva, que comienza en la irresolución y termina en la parálisis mental; en las determinaciones internas de los estáticos, sonámbulos e hipnóticos; y en los estados paralíticos de carácter orgánico, durante los cuales puede subsistir la más intensa virtualidad de impulsión y represión.


Siguiendo en el análisis denotamos que, los impulsos y movimientos reflexivos, exigen necesariamente dos condiciones que pertenecen al 4°. y 5°. puntos sintéticos que hemos anotado.

En efecto: el poder de asociar las percepciones, reflexiones, y construcciones, de acuerdo con las leyes Psicológicas y fisiológicas de la organización humana por discernimiento y el poder de resolverse y de obrar en el sentido de nuestras determinaciones, realizando nuestros impulsos internos en libertad, son las dos condiciones denotadas, aunque la última condición haya sido negada por los deterministas, acaso porque no entendieran el Macrocosmo y no penetran en el Microcosmo en su verdad.


Pero de todos modos y en cualquier modo, todo acto, sea o no el producto de una deliberación consecuente, es un esfuerzo resultante de los motivos o fuerzas elementales que concurren a la determinación, ejecútese o no, necesariamente.


Ahora bien: en la mayoría de los casos, nuestra inteligencia, invadida por mil preocupaciones de la vida, no se da cuenta de los motivos, y esta ignorancia parcial, nos hace creer en el libre albedrío del hombre, ya que obra muchos actos sin darse cuenta del origen de ellos.


Pero debemos recordar que, habiendo una ley a la que el hombre no puede dominar y ella domina siempre aún contra la voluntad del hombre, no cabe la palabra libre albedrío en absoluto; y por más, mandando esa ley dominadora, no causar daño a un semejante, ella misma confirma, que, no existe la libertad de obrar, siendo responsable de sus actos; lo que tercera vez confirma que no existe el libre albedrío, pues que se responsabiliza cada individuo de sus faltas a la ley, la que, no puede perdonar.


En este punto, no podemos pasar sin memorar que, los Teólogos Cristianos, han cometido errores garrafales que, llegan a constituir execrables blasfemias, atribuyendo a Dios las gracias especiales y perdones; con cuyas gracias, quieren que dependan de Dios las acciones espontáneas que obramos, sin que, en el momento, nuestra inteligencia se de cuenta; pero que, sin embargo, ha habido un juicio previo de nuestra voluntad inteligente. Y esto es lo que Jesús quiso significar con “El espíritu está pronto; pero la materia es tarda”, y es a causa de las preocupaciones, del ambiente o de la educación y de los prejuicios siempre.


La prueba concluyente de esta verdad es que, cuanto mayor es el desarrollo de las facultades reflexivas de un individuo, cuanto más regulares son las asociaciones Psicológicas y más nutridas por la experiencia se hallan sus percepciones, mayor es la facilidad con que podrá inducir las causas y deducir las consecuencias de sus actos.


Hay que distinguir bien entre la espontaneidad y la libertad, o sea el poder de obrar deliberadamente.


Distinguiendo esos modos se comprueba que, el hombre no es libre cuando sus impulsos no son explicados por motivos, sino cuando precisamente estos, han sido subordinados a las leyes asociacionistas de la inteligencia.


El ejemplo que nos ofrecen los animales, nos dan una explicación más rotunda. Estos seres, sólo pueden obrar espontáneamente porque no se pueden dar cuenta de los motivos que los impulsan a obrar, ya que a obrar sólo los lleva el instinto; el cual, no llega a ser la inteligencia, aunque esté al borde de la inteligencia.


En cambio, el hombre, procede libremente porque se resuelve con conocimiento de sus motivos externos e internos y de los resultados de las asociaciones.


En síntesis, más estricta diremos, la libertad y el discernimiento son un complemento inteligente el uno, de la otra.


Por fin: consideramos al Creador, como la suprema voluntad, siendo un conjunto armónico entre su inteligencia y omnipotencia absolutas, obrando lo que debe y no lo que quiere; porque al hacer la ley, su previsión fue perfecta, absoluta e inflexible, abarcando todas las cosas del infinito.


Entonces, el Creador no puede obrar espontáneamente, ni contra sus leyes universales, lo cual sienta nuestro axioma de que El Creador, no hace todo cuanto quiere, sino todo cuanto debe. Este es el verdadero concepto metafísico que os debéis hacer del Creador, porque así es, en verdad de verdad.


Libro: Filosofía Austera Racional

Autor: Joaquín Trincado

 
 
bottom of page