Cristóbal Colón
- EMEDELACU

- 17 abr
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CRISTÓBAL COLÓN: Sin duda daría lugar al más singular descubrimiento de hechos extraños si pudiéramos ahondar de lleno no sólo en la historia real de este hombre, sino en la red de fantasías y sugestiones que alrededor de él tejieron individuos interesados en tergiversar los acontecimientos. La historia de los hechos no ha sido escrita por el capricho ni la parcialidad pero sí se ha hecho todo lo posible por amoldarse a conveniencias ya con el fin de detener el progreso, ya con el deseo de enaltecer a quienes en nada han contribuido a la empresa de descubrir América o porque este hecho que en sí constituye un mentís al dogma, es necesario tergiversar y trastocar en todo para quitarle fuerza de valor.
La mala filosofía ha constituido una necesidad dentro del ambiente creado, por eso quedó tanto tiempo la realidad oculta para cuantos carecían de criterio como hombres unos y fingieron tal circunstancia por conveniencia de otros.
Pocos, muy pocos han sido durante muchos siglos los que se impusieron tomar ejemplo de cuantos seres abnegados hollaron la tierra, pero como se había impuesto el descaro en reemplazo del sentimiento, sí, se disputaban numerosas ciudades la “honra” de ser la cuna de hombres ilustres o tenidos por tal.
En el caso de Colón hay una sombra que hace mayor la confusión que se creó a su alrededor y no le es del todo extraño debido a que él mismo demostró tener interés por ocultar tal vez acontecimientos que podían comprometer su persona o su gloria. Son varios los historiadores que llegaron a la convicción de que Colón no fué sincero en cuanto a su origen y por ello suponen con fundamento que algún móvil grave debió haberle impulsado tal proceder.
Circunstancias especiales suelen impedir que se divulguen datos históricos en el momento de ser hallados a causa de los mismos intereses creados a la sombra de su mixtificación. Así se afirma, que un gran político llegó hacia fines del siglo pasado a tener en sus manos la partida de nacimiento de Cristóbal Colón, dando de este modo, fin a la encuesta sobre su origen y descubriendo sobre lo ya conocido de su verdadera historia, pero ante la convicción del revuelo que daría este hallazgo, resolvió desistir de su publicación en ese entonces hasta que en su día la historia pudiese hacer justicia.
Ciudades de Italia se han disputado ser la cuna de Colón y también se señalaron algunas regiones de España como Cataluña, Castilla la Nueva y hasta no faltó quien llegó a sostener que era un inglés descontento de su patria.
Aunque por causas ya dichas no se han divulgado los datos sobre el lugar de su nacimiento, puede afirmarse sin temor a equívoco, que Cristóbal Colón vió la luz en la ciudad gallega de Pontevedra a mediados del siglo XV, hijo de Domingo Colón y Susana Fonterosa. ¿Habían estos emigrado de Génova para criar allí a sus hijos? El escritor norteamericano Enrique Harrise, el profesor de la universidad genovesa Juan Bautista Spotorno, como así también algunos otros, dicen haber encontrado documentos que representan repetidamente el nombre de Domingo y aunque este pagó el último alquiler en 1489, como así también, que su hijo Cristóbal vió la luz en una casa perteneciente a los monjes, situada en la vía Mulcanto y que fué bautizado en la iglesia de San Esteban. Pero aún cuando se cuentan con estas pruebas aparentes de su vida en esa ciudad y hasta de su italianidad, surge la duda al intentar hilvanar a tales documentos el abolengo noble o plebeyo de su familia, pues los que sostienen su ascendencia italiana y que su padre ejercía el oficio de tejedor o cardador de lana, hubieron de reconocer que tal ocupación en aquella época constituía una industria virtualmente reservada para gente de cuna noble. Que la confusión ya había sido fraguada por el mismo tiempo en que ocurrieron los hechos, nos lo prueba entre otros datos que el ilustre escritor español don Antonio de Herrera y Tordesillas que floreció, en la segunda mitad del siglo XVI y primera del XVII, sostenía que el Emperador Otón I, fundador del Santo Imperio Romano Germánico, había conferido en el año 940 el título de Conde a los hermanos Pedro, Juan y Alejandro Colombo y dándoles en calidad de feudo, diversos bienes situados en las ciudades italianas de Ayquí, Saona, Aste, Monferrato, Turín, Vercelli, Parma y Bérgamo –que el nombrado soberano había conquistado por aquel entonces y agregado a su trono con el beneplácito del Pontífice Juan XII como agradecimiento por haberle defendido contra la indignación de los italianos que conspiraban contra el poder de los papas que estorbaban la unidad de Italia–, y que Cristóbal Colón descendía de esta familia antigua de los Colombo. Pero a pesar de tales esfuerzos no les ha sido posible reunir pruebas terminantes aún cuando han recurrido a las suposiciones más extravagantes, pues para hacer encuadrar su nacionalidad italiana en las diversas genealogías que se le señalan, surgió tal disparidad sobre la fecha de su nacimiento que entre ambos extremos hay una diferencia no menos de 26 años, pues mientras unos señalan el año 1431 creen otros que fué en 1456. El padre Las Casas cuenta que los padres de Cristóbal vivían en la mayor estrechez pero que, a pesar de ésto se esmeraron en la educación de su hijo, quien ya desde muy joven sabía leer y escribir, teniendo tan buena letra que si en ella hubiera buscado su vocación, hubiera alcanzado buena posición. Que estudió Aritmética, Dibujo y Pintura.
También se asegura que concurrió algún tiempo a la Universidad de Pavia con el fin de estudiar Geometría, Geografía, Astronomía, Gramática y Latín, pues anhelaba dedicarse a la Naútica, y se dice que en los últimos años de su vida, cuando meditaba acerca de esto, recordando los asombrosos sucesos que por su mediación habían pasado, traía a la memoria aquella precoz determinación de su ánimo, que él consideraba como un secreto impulso de la divinidad.
Es el hecho que en la historia de la navegación de aquellos tiempos en Génova, aparecen varios marinos de apellido Colombo y para los que se empeñaban en hacerle natural de esa ciudad, forzosamente uno de estos debió pertenecer a Cristóbal, quien habría tomado parte en varias navegaciones comerciales y hasta militares. Puede ser que haya recorrido el Mar Mediterráneo y hasta tomado parte de una expedición a Islandia, pero el escritor norteamericano Harrise, llega a la conclusión que la biografía que había escrito Fernando, hijo de Colón, no es obra de éste, sino simplemente una hábil embaucación hecha por manos anónimas para servir de escudo a tal número de fantasías que de otro modo caerían desacreditadas ante la menor investigación histórica.
Lo cierto es que durante su juventud no estuvo Colón en Génova aunque sí en Lisboa, hacia dónde llegó en 1484 y trabó relaciones con Bernardo Palestrello, un piloto italiano al servicio de Portugal, quien se había distinguido tanto entre los navegantes de su tiempo, que la corte de Lisboa le había nombrado gobernador de la Isla de Madera que él mismo había descubierto. Colón se casó con Felipa de Palestrello, hija de aquel navegante.
Colón, no había a pesar de que contaba con algunos privilegios, llegado a tomar la responsabilidad de navío alguno, sino que trabajaba a las órdenes de un miembro de su familia del lado materno, Fonterosa, que poseía una barca de pesca. Es en uno de estos viajes que, impulsado por los vientos de una tempestad, llegó hasta la costa de una tierra desconocida (1486) que más tarde resultó ser la Isla de Haití, la hoy República Dominicana.
Su pariente y patrón de la barca, comprendió que había descubierto una nueva tierra y sabiendo que ésto le cubriría de gloria, comenzó a tomar algunos datos geográficos de aquellos lugares y, para evitar que nadie le pudiera disputar el descubrimiento de ellas, ordenó a seis de sus hombres (la tripulación completa la integraban ocho individuos) quedaran allí esperando a que él volviera al frente de una expedición oficial que esperaría obtener con el apoyo de los reyes de Castilla. De este modo se reembarcó acompañado de su pariente y ayudante Colón, para regresar a España, tomando durante la ruta, todos los datos astronómicos posibles en aquel entonces para asegurar el derrotero recorrido.
Cristóbal Colón, varios días antes de arribar a la costa ibérica, supo deshacerse de su pariente Fonterosa y en vez de retornar a Pontevedra, de donde también aquél era oriundo, tomó como tripulante solitario el rumbo de Lisboa.
Con los planos así obtenidos, presentóse luego de una prudencial espera en la corte del rey Juan II de Portugal con un aire de experto marino, ya que sabía que era el anhelo del soberano dar más impulso al comercio y la industria de su país y prestaría oídos a sus sugestiones de hallar una nueva tierra fuente probable de grandes recursos, confiándole el mando de una expedición que lo cubriera de gloria.
Numerosos escritores, dieron diversas interpretaciones a sus andanzas y le pintaron cada uno desde su punto de vista: Así nos dice Washington Irving sobre este hombre:
“Mezclaba con sus meditaciones un profundo sentimiento religioso que las matizaba a veces de superstición, pero de una superstición graciosa y sublime, mirándose como instrumento del cielo, escogido entre los hombres y las generaciones, para cumplir sus altos designios, y suponía haber visto sus contemplados descubrimientos predichos en las Sagradas Escrituras, y anunciados también en las místicas revelaciones de los Profetas. “Se juntarán los extremos de la Tierra, y todas las naciones y las lenguas se unirán bajo las banderas del Redentor”. Esto había de ser la consumación triunfante de su empresa: poner las más remotas y desconocidas regiones del Universo en comunicación con la cristiana Europa; llevar la luz de la verdadera fe a tenebrosas repúblicas paganas y reunir sus innumerables naciones bajo el santo dominio de la Iglesia. El entusiasmo con que emitía sus pensamientos daba elevación a su alma y le rodeaba de cierta grandeza que le hacía parecer superior a los demás. Conferenciaba con los soberanos como si fueran sus iguales. Sus proyectos eran regios, altos y sin límites; los descubrimientos que proponía eran de imperios; las condiciones de proporcionada magnificencia, y no quiso nunca ni aún después de largas dilaciones, repetidos desengaños y amargos padecimientos, bajo la opresión de la penuria y la indigencia, rebajar en lo más mínimo las que se creían entonces extravagantes peticiones por la mera posibilidad de un descubrimiento”.
Hemos sin embargo, de admitir que es más razonable el juicio emitido por el publicista español Francisco Pi y Margal cuando dice: “Como viniese Colón a concebir su audaz pensamiento, no es difícil presumirlo. La redondez de la Tierra, admitida por casi todos los filósofos de la antigüedad, a contar desde Parménides y Tales de Mileto, había venido a ser la opinión general de los hombres de ciencia. Colón, marino y astrónomo, debió más de una vez robustecerla por sus propias observaciones… No falta entonces quién creyera que, navegando al occidente por el Atlántico, se pudiese llegar a la extremidad oriental del Asia. Lo había dicho en sus “Tratados de Cosmografía” el cardenal Aliaco, que el año 1416 asistió al concilio de Constanza. y los sostenía Toscanelli. Consideraban los dos hasta corto y fácil el viaje a la India por este rumbo. Toscanelli llegaba a tenerlo por más corto que el que hacían los ugueses a Guinea. Colón conocía la obra de Aliaco hasta el punto de haberla anotado de su puño y letra, y estaba en relaciones con Toscanelli. De él había recibido en 1474 una carta de marear, donde se determinaba hasta la derrota que se debía seguir para ganar a través del Océano los límites de Oriente. ¿Será tan aventurado suponer que principalmente en esos dos hombres halló la fuerza de que necesitaba para ofrecerse a una expedición tan peligrosa?... Había además recogido Colón una serie de noticias y datos que le confirmaban en su pensamiento. Por experiencia propia, sabía que la Tierra servía de morada al hombre, lo mismo que la zona tórrida que en la nuestra, y no era el Océano un mar tenebroso que pudiera intimidar almas de vigoroso temple; por relaciones de pilotos, que ya en la isla de Puerto Santo, ya en los de Madeira, ya más lejos, se habían visto traídas por los vientos de Occidente gruesas cañas, recios pinos y maderas, y dos cadáveres de ancho rostro y facciones nada parecidas a las de los europeos, que bastaban por sí solos a revelar la existencia de ignoradas tierras. A unos había oído que en aquellas mismas aguas, habían aparecido almadies de raras formas, a otros que navegando por el mar de Irlanda, en tiempo borrascoso, habían dado al Poniente con playas que no les dejó abordar el viento y creyeron ser las de Tartaria, a otros, que saliendo de los archipiélagos ya descubiertos y avanzando al Oeste habían distinguido islas a las que no habían podido arribar después de largos días de viaje”.
El orgullo del hombre puede hacerle olvidar que todo obedece a una ley inflexible y que por lo tanto constituye el progreso. Están asignados de antemano bajo la responsabilidad de individuos y aún de regiones, lo mismo que es en todo donde a pesar de ser igual, sobresale alguno por mayor habilidad y más perfección en lo que ejecuta. Si Colón no era el hombre elegido para tal empresa procuró forzar los hechos para convertirse en tal por la vana ostentación de ver hecho inmortal su nombre.
El rey de Portugal no prestó los oídos que Colón hubiera deseado y éste, que ya había enviudado no sólo gastó durante su estada en Lisboa los bienes que le dejara su esposa, sino que aún contrajo deudas que al no poderlas cubrir ponían en peligro su libertad; resolvió entonces trasladarse a Castilla en compañía de su hijito Diego no sin antes reprocharle en una carta al monarca Juan II de ser el causante de su desgracia por hacer caso omiso de sus razones.
Al mismo tiempo de su regreso a España, que lo hizo por Andalucía, envió a su hermano Bartolomé a Inglaterra a fin de tratar de interesar al rey Enrique VII de ese país, pues su interés especial era quedar incógnito en España donde podía ser perseguido.
Sin embargo, sobre sus andanzas en España se relatan diversas leyendas según las cuales estuvo a punto de recibir fortunas y trato respetuoso, que sus planes los discutieron en una reunión de sabios, quienes desde un punto de vista religioso declararon no poder admitir la redondez de la tierra y que finalmente hubo de abandonar la corte desilusionado.
Lo que parece cierto es que estando en Córdoba casó en segundas nupcias con doña Beatriz Enríquez y que pensó dirigirse a Francia a fin de probar allí su suerte, pero cuyas ideas hubo de abandonar por ciertos inconvenientes.
La tardanza de su hermano, que no pudo llegar por ese entonces a Londres ya que en el camino fué el barco abordado por un corsario que apresó a toda su tripulación, terminó por llevar a la desesperación a Colón.
Sin medios, abrumado por sus pensamientos llamó a las puertas del convento de la Rábida y pidió hablar con el prior, padre Marchena, a quien terminó por confesar sus andanzas y mostrar los planos que llevaba ocultos, como asimismo revelar a quien habían pertenecido y cómo había perecido el descubridor de las nuevas tierras habitadas por hombres cobrizos.
El preclaro sacerdote Antonio de Marchena se incautó de esos papeles de cuya existencia dió conocimiento a los reyes de Castilla y Aragón, el que dió motivo a un proceso en que se hicieron graves cargos contra Colón. No es posible afirmar que giro tomaron los hechos durante ese juicio, pero no sería imposible que de allí surgiera la leyenda de la italianidad de Cristóbal así como también la eliminación de los documentos comprometedores que honrarían a España. También parece evidente que no fué el mismo Colón sino los hermanos Martín Alonso, Francisco Martín y Vicente Yáñez Pinzón los que costearon y mandaron las tres carabelas y hasta hubieron de imponerse al mismo Cristóbal Colón para evitar que durante el trayecto se sublevase la tripulación ante la aflicción de ese marino que tal vez temía verse comprometido por posibles declaraciones de los seis gallegos que habían quedado en la Española.
Como un día la historia sentará clara y concisa pruebas irrefutables y en cuyo esclarecimiento vienen trabajando desde ya hace años hombres eminentes, hablaremos a continuación y a grandes rasgos, las circunstancias por las que, de acuerdo a historiadores de otra época, recibió Colón de la corte española la licencia que anhelaba.
Según ellos fué recibido en el convento de la Rábida por un tal fraile Juan Pérez o Juan Pérez de Marchena, quien habría quedado tan impresionado por los sugestivos relatos del “genovés” que escribió una carta también con términos tan vehementes a la reina Isabel de Castilla que ésta prometió inmediatamente su apoyo a pesar de haberlo rechazado en otra oportunidad como iluso, luego de la ya mencionada reunión de sabios en Salamanca, que habría declarado absurda la teoría de la redondez de la Tierra, empero que retiró su apoyo cuando Colón orgullosamente exigía el almirantazgo del mar Océano con todas las facultades y preeminencias del de Castilla, el virreinato y el gobierno general de todas las islas y tierra firme que en aquellas aguas encontrase o ganara, el diezmo, deducidos los gastos, de todas las mercaderías que por cualquier título se adquirieran, incluso las especies, el oro, la plata y la pedrería y el derecho para todas las expediciones que en adelante se hicieran, de pagar la octava parte del costo y retirar otro tanto del producto, y quiso el almirantazgo no sólo para sí, sino también para todos sus descendientes.
Que gracias a la oportuna intervención del escribano Luis Santangelo, afecto a las grandezas de España, logró que Colón moderase sus aspiraciones como así también la soberana resolvió entonces vender sus joyas con cuyo producto mandaría construir las tres carabelas.
Sea como fuese, lo innegable es que se construyeron esas naves entre cuyos tripulantes figuraban los hermanos Pinzón, saliendo del puerto de Palos el día 3 de agosto de 1492 y luego de diversos azares llegaron el 12 de octubre del mismo año a tierra americana, que se dijo fuera la isla de Guanahani.
Tomando posesión de ésta en nombre de los reyes de Castilla, descubrió luego otras varias islas entre cuyas principales figuran las de Cuba y La Española (Haití o Santo Domingo) construyendo en ésta última con los restos de la carabela “Santa María”, que a consecuencia de un accidente se había hecho inútil para la navegación, un fuerte en el que dejó una guarnición compuesta por 40 hombres al mando de Diego de Arana.
Que hecho ésto, marchó Colón de regreso a España, siendo apresado en el camino por los portugueses que veían en él a un rival, pero que una vez puesto en libertad por orden del rey Juan II pudo llegar al puerto de Palos el 15 de marzo de 1493, siendo recibido con grandes honores por parte de la población de toda España y en especial por la de Barcelona, donde se encontraban los reyes, de los que solicitó autorización para encabezar una segunda expedición, en la que prometía hallar nuevas tierras con ricas minas de oro y abundancia de productos a lo que accedieron los soberanos, saliendo con fecha 25 de septiembre de 1493 del puerto de Cádiz nuevamente rumbo a las Antillas, de las que descubrió nuevas islas entre las que figuran Puerto Rico, Jamaica y Santa Cruz, ésta última, que tiempos después se hizo tan tristemente famosa como uno de los baluartes de los bucaneros o filibusteros cuyo odio a España no conocía límites – los que surgieron a consecuencia del singular tratado de Wervins (1598) entre los reyes Felipe II de España y Enrique IV de Francia que por un artículo secreto fijaron líneas convencionales llamadas “cerco de las amistades”, dentro de las cuales no habría paz entre los súbditos de ambas naciones, de modo que los buques españoles y franceses podrían perseguirse, tratado que atrajo a los aventureros de varias naciones – y entre cuyos cabecillas más sanguinarios se cuentan Roque Groninga, Moisés Vendin, Pedro Franc, Alejandro Brazo de Hierro, Miguel el Vasco, Nau el Olonés, Montbars, etc.
Al regresar Colón a La Española había quedado exterminada la guarnición tanto por provocar discordia y lucha entre ellos o contra los indígenas. Sea que Colón quiso vengarse de estos últimos o que simplemente tomara lo ocurrido como un pretexto, dispuso que la población nativa quedase reducida al rango de esclavos y al verse obstaculizado en sus siniestros propósitos por algunos sacerdotes que le acompañaban y que defendían la libertad de los nativos indígenas, desencadenó también contra los frailes su ira y según refieren algunos hasta llegó a negarles el sustento y los colmó de tantos insultos que hubieron de regresar a España. La arbitrariedad del flamante virrey pronto llegó a cansar a una parte de los expedicionarios que comenzaron a anhelar la vuelta a la patria y con tal fin tramaron un complot, el que empero oportunamente advertido pudo ser conjurado. Con justicia decía el preclaro Pi y Margall refiriéndose a tantos actos de barbarie; “No solo se acababa de descubrir un nuevo mundo, se acababa también de ponerle el sello de la servidumbre”. Y no era culpa de España sino de la ambición de muchos que cegados por un orgullo propio, desmedido y sedientos de oro e imperio, olvidábanse de la cultura hasta en sus apariencias externas.
Algo de sus andanzas parece que llegó a oídos de los reyes de España, pues dispusieron su regreso a la península, pero como no pudo partir a consecuencia de una grave enfermedad, envió a su hermano Diego, al que encargó llevar un cargamento de 500 indígenas a Sevilla, destinados a ser vendidos como esclavos.
Se dice que la arbitrariedad de Colón llegó a tal grado que durante los dos años que ejerció el mando de virrey en esa isla, hizo perecer a más de una tercera parte de la población indígena, además de las penas que imponía de cortar orejas y narices por las faltas más leves. El arma más inhumana de que disponía era una multitud de perros ferocísimos que hacían pedazos a las personas contra quienes eran azuzados.
A instancias de nuevos clamores resolvieron los monarcas finalmente enviar al repostero Juan de Aguada, pero esto no fue más que una medida aparente para calmar los ánimos, pues aún cuando Aguada confirmó estos clamores, hicieron tan poco caso que según dice el historiador español don Cesáreo Fernández Duro “mostraron alegría, clemencia y benignidad al virrey, haciéndole mucha honra y mandándole dar memoriales de cuanto necesitara en la prosecución de los descubrimientos. Confirmaron, además, todos los privilegios, acrecentando los beneficios del diezmo y octavo; le acordaron franquicias de derechos de exportación de granos y mercancías; hicieron otras mercedes, cuantas pidió, autorizándole para repartir tierras; lo exceptuaron del pago de la octava parte de cuanto se había gastado en expediciones y colonización hasta aquella fecha, pago que no estaba en aptitud de hacer, por ser tan poca la utilidad conseguida, añadiendo la donación graciosa en la isla Española de cincuenta leguas de tierra a Este a Oeste y veinticinco de Norte a Sur, con título de duque o marqués”, agregando el mismo autor que el virrey suplicó se le permitiera no aceptar la última merced por temor a la murmuración.
Esta conducta de los reyes en esos tiempos tan difíciles, obedecía sin duda al temor de provocar trastornos mayores si despojaban llanamente a un aventurero de los derechos de que se creía acreedor y habrá sido por este motivo que Colón que regresó de España el 11 de junio de 1496 recibiera autorización para una tercera expedición que salió de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498. Es de notar que tal fué el terror que había infundido entre el pueblo por sus crueldades en el Nuevo Mundo que se dice hubo necesidad de tripular las seis galeras casi a la fuerza y con gente de pocos escrúpulos.
Durante esta nueva expedición descubrió la isla de Trinidad y parte de la costa de Venezuela. Dirigióse luego nuevamente a La Española para hacer frente a una nueva rebelión encabezada por un tal Francisco Roldán y al no contar con fuerzas para sofocar el movimiento optó por firmar un arreglo con el cabecilla. En esto estaba cuando arribó a la isla una fuerte expedición bajo el mando de Alonso de Ojeda, aún cuando ésta venía con facultades de descubridor pero con órdenes terminantes de no tocar los territorios ya descubiertos, consideróse agraviado en sus más importantes prerrogativas. Y tal vez con el fin de ganarse el afecto de los reyes, envió a España cinco navíos cargados con indios destinados a ser vendidos como esclavos y advirtiendo a los monarcas por escrito que las ganancias que se obtendrían de la venta en subasta pública de esos siervos serviría para cubrir los gastos que originaban las expediciones de descubrimiento.
Cuando la reina Isabel recibió la carta que anunciaba esa mercancía humana, no conoció su indignación límites, más no por eso dejó de obrar con suma prudencia y envió al comendador Franciso Bobadilla con el cargo de gobernador, pero cuya verdadera finalidad era el vigilar de cerca al virrey, con facultades necesarias para una investigación eficaz, disponiendo la orden real de que “cualesquiera, caballeros u otras personas que están al presente en aquellas islas la abandonen, y que vengan y se presenten a Nos y no vuelvan a residir en ellas; y a quien quiera que así se lo mandare, por la presente ordenamos que inmediatamente, sin detenerse a hacernos preguntas o consultas o a recibir de Nos otra carta u orden; sin interponer apelación ni súplica, obedezca aquello que él (Bobadilla) diga y mande”. Indudablemente procuraban los reyes de esta manera poner a prueba la futura actitud de Colón, pero la intentiva fracasó, pues Bobadilla en flagrante abuso de las órdenes recibidas, se convirtió a su vez en déspota luego de haberse apoderado por la fuerza de Colón a quién envió preso y cargado de cadenas a España.
Los monarcas dispusieron entonces la inmediata libertad de Cristóbal Colón, a quien sin embargo relevaron definitivamente del cargo de virrey, el que fué impuesto al comendador Nicolás Ovando, un hombre de alto abolengo y cuya prudencia era notoria, el que marchó para destituir a Bobadilla y los suyos y restablecer el orden en aquella parte del mundo, cosa que cumplió fielmente.
Colón mientras tanto, repuesto aparentemente en su plena dignidad (18 de diciembre), protestó ante los monarcas por la licencia acordada a Ovando para hacer nuevos descubrimientos. La respuesta fué que esa orden en nada había sido dirigida en su detrimento y que si había sido destituido como virrey no era con otra mira que restablecer el orden en esas tierras. Halagado con los favores y distinciones con que era recibido, solicitó y obtuvo autorización para encabezar una cuarta expedición con el propósito de hallar un paso que permitiera llegar hasta las regiones orientales ya conocidas del continente asiático.
El 9 de mayo de 1502 salió del puerto de Cádiz, con cuatro carabelas y una tripulación total de 150 hombres.
El 16 de junio llegó a las islas caribes y el 29 del mismo mes, a pesar de la terminante prohibición de los reyes de hacer escala en La Española, intentó hacerlo sin embargo. Algunos historiadores procuran justificar esta intentiva ante la circunstancia de que una de las naves de su expedición que no se hallaba en muy buenas condiciones, la deseaba cambiar por uno de los barcos de la flota del virrey. Podemos sin embargo creer que tal intentiva no fué más que un pretexto para poner los pies en esa tierra. Además, un hombre que parte al frente de una expedición voluntaria y que es autorizado sólo a condición de no intentar tocar esa tierra mientras dure el viaje expedicionario, pero que había de encontrar la puerta abierta cuando lo declare terminado y comenzara el viaje de regreso, debe respetar la palabra de honor dada, pues le quedaban dos caminos, el continuar a pesar del inconveniente, que en tal caso parece que no fué tan grave como se pretende, o declarar terminado el viaje antes de anunciar su entrada en el puerto. Colón no lo hizo así, cabe también recordar cuando partió en su primera expedición del puerto de Palos, habían destinado los reyes una pensión de 10,000 maravedises para el marino que primero avistase las tierras, medida que indudablemente había sido tomada para vencer la sugestión popular que cegada por el dogma teológico, sostenía la cuadratura terrestre; premio que debía haber correspondido al marinero Rodrigo de Triano, que fué el primero que dió el grito de “¡Tierra!”; sin embargo le negó Colón esa recompensa, sosteniendo que la noche anterior había él visto brillar una luz.
Ovando, quien sin duda conocía el alcance de las ambiciones del almirante, hizo valer las rigurosísimas órdenes que había recibido de prohibir terminantemente el arriba de la expedición bajo otras condiciones que las estipuladas y que obligaron al aventurero a cambiar de rumbo.
Luego de haber avistado numerosas islitas en las inmediaciones de Jamaica y el sur de Cuba, llegó la expedición a la costa oriental de Centro América, donde descubrió numerosos cabos, puertos, ríos, como así también ciudades indígenas.
Luego de muchas peripecias volvió a Jamaica donde ( 2 de enero de 1504) estalló un motín encabezado por los hermanos Francisco y Diego Porras. Esta sublevación ocurrió a los pocos días en que habían sido despachadas dos canoas con gente rumbo a La Española a fin de solicitar ayuda debido a que las naves expedicionarias se hallaban en tal estado averiadas que hubieron de ser encalladas para evitar el hundimiento. El estado de ánimo no permitió a Colón otra cosa que permitir a los sublevados y sus cabecillas embarcarse en canoas rumbo a la sede virreinal, aunque inconvenientes obligaron a los sediciosos regresar y unirse nuevamente a la expedición.
Mientras se procuraba restaurar las naves habíanse entablado relaciones amistosas con los nativos de la isla, los que les proveían de alimentos, pero no tardaron mucho en enfriarse éstas, con lo cual cesó también la administración de provisiones. Colón recurrió a un estratagema, pues habiendo visto en un almanaque que ocurriría un eclipse de luna por esos días, atemorizó a los indígenas con que su dios les castigaría si se negaran a prestarles auxilio. Como el eclipse se produjo, creyeron los naturales en la amenaza del jefe expedicionario y satisfacieron sus pedidos.
Finalmente (28 de junio de 1504) pudo zarpar gracias a los auxilios recibidos de La Española y llegar a Santo Domingo, donde por hallarse de regreso, fué recibido con los brazos abiertos por el virrey Ovando y los miembros de su gobierno. Colón no correspondió a esa bienvenida que inducía a relegar al olvido todo lo ocurrido anteriormente, pues a pesar de ostentar aún su nombramiento de almirante durante su estancia en esa isla, no era más que un simple aunque ilustre visitante. Sin embargo, volvió a mezclarse en los asuntos de gobierno, alterando nuevamente la paz tan a duras penas impuestas entre los colonizadores por el nuevo virrey.
¿Apresuróse el mismo Colón para regresar libremente a España o vióse el gobierno de Ovando obligado a conducirle a la madre patria por otros medios?.
Se afirma que el 12 de septiembre de 1504 dióse á la vela en dos buques y luego de un viaje tempestuoso ancló el 7 de noviembre de ese mismo año en el puerto de Sanlúcar de Barrameda (provincia de Cádiz).
A los pocos días de su llegada falleció la reina Isabel y recién en mayo de 1505 le fué dable entrevistarse con el rey Fernando V en Segovia. El monarca lo recibió con muestras de respeto y dignidad pero estas comenzaron a enfriarse cuando Colón pretendió audazmente que fueran castigados Ovando y otras personas que se habían opuesto a sus exigencias.
Viendo que sus ambiciones ya no encontraron eco, retiróse a Valladolid, donde según afirman algunos falleció el día de la Ascensión, 20 de mayo de 1506. Pero es el caso que el historiador don Manuel Colmeiro, demostró que la nombrada fiesta religiosa se celebró ese año el 21 y no el 20 de mayo. Idéntica confusión se guarda referente a la suerte que corrieron sus restos, los que según se quiere, fueron enterrados en la parroquia de Santa María de la Antigua, de la mencionada ciudad, que en 1536 fueron trasladados a Santo Domingo, donde habrían recibido sepultura seis o diecinueve años después y que en 1795 fueron trasladados a La Habana. Hoy, a pesar de que se “supone” que están en la capital cubana, no se sabe a punto cierto donde se encuentran. ¿Cómo se puede admitir esto para con un hombre que como se dice, gozaba de la admiración general como descubridor de un nuevo mundo? Estas confusiones hacen pensar en que la historia de su actuación ha sido tergiversada, comenzando por el lugar de su nacimiento, pero cabe confiar en que un día quedarán esclarecidos todos los puntos oscuros para que el juez de la historia pueda públicamente juzgar la actuación de Cristóbal Colón.
1° y 15 de Noviembre de 1940.
BALANZA NÚMS. 188 y 189.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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