Cristina de Suecia


CRISTINA DE SUECIA, hija del famoso rey Gustavo Adolfo (Gustavo II el Grande), nació en Estocolmo el día 8 de diciembre de 1626. Su padre, ambicioso e impositivo de carácter, ansiaba como todos los principales monarcas europeos, poder escalar el trono del Santo Imperio Romano de Occidente de la Nación Alemana.
El feudalismo declarado que debió enlazar la Edad Media con la Moderna como cebo para así catear la ambición de los poderosos y de aterrar al vulgo, permitió los más graves abusos por parte de aquéllos en perjuicio de éste, ya que todas las exacciones podrían gravar únicamente al pueblo productor, dando margen a un agudo malestar y desorden que degeneró en el abandono de todas las primitivas virtudes y derechos que caracterizaron a casi todos los pueblos de la antigüedad.
Algunos reyes suecos, cansados de la excesiva arbitrariedad demostrada por la nobleza, habían cercenado un tanto el poder de los nobles. Pero uno de los principales colaboradores, de Carlos IX, el famoso Axel Gustafsson, conde de Oxenstierna, luego canciller de Gustavo Adolfo, movido por una loca sed de gloria, incitó a su rey a la conquista de inmensos territorios a expensas de Rusia, Polonia y Alemania y que comprenden a Finlandia, Carelia, Estonia, Letonia, Lituania y Pomerania, que constituían el gigantesco botín de guerra. Más, si estos triunfos halagaban una fantasía, ocasionan en los tesoros con tal empeño derrochados, un dramático desequilibrio interno, que sólo mediante manejos oscuros podría ser sostenido. Con esta mira estableció Oxenstierna los privilegios de la nobleza, basados en un código especial (1626) que creaba tres rangos de nobleza a saber; los condes y señores, las familias cuyos miembros habían integrado permanentemente el Riksdag o Parlamento, y finalmente la nobleza inferior. Como consecuencia de ello estaban todos los cargos remunerativos ocupados por los nobles, quienes a fin de no manchar su alcurnia vivían completamente divorciados de los trabajadores hasta el extremo que ningún noble, bajo pena de expulsión, se podía casar con una mujer que no fuera de su mismo rango.
Los nobles, aún los que residían en las ciudades, estaban exentos de todos los impuestos y las exacciones que cada privilegiado imponía a los súbditos de sus predios, sólo podían ser cobrados por él mismo y jamás por los inspectores reales. Al mismo rey le estaba absolutamente vedado, según éste código, a adquirir cualquier propiedad de la nobleza, aunque sí podía donar propiedades de la corona a la nobleza. Los labradores de los territorios de la corona no eran por ello menos infelices, pues a su vez estaban obligados a producir impuestos muy superiores a sus fuerzas, dar alojamiento a los soldados en campaña y asilar durante la noche a los grandes con sus séquitos que al pasar así lo solicitaran.
Estos y otros abusos motivaron que el descontento de los campesinos fuera en continuo aumento. Ya en 1611 el rey, aconsejado por su astuto canciller, había procurado acallarlos admitiendo algunos delegados de los campesinos en el Riksdag. Con esta innovación se integraba este cuerpo legislativo de condes y nobles, todos los obispos, algunos miembros monásticos y dos clérigos de cada predio obispal, el burgomaestre y un miembro de cada municipio y finalmente dos campesinos por distrito judicial. De este modo se dividía el Parlamento en cuatro órdenes: nobleza, clero, clase media y labradores. Naturalmente era de hecho nula la autoridad teórica que asistía a estos últimos, pues no sólo se veían cohibidos por su escaso número, sino también que se les negaba el derecho de hacer propuesta alguna, estando únicamente autorizados para deliberar sobre los puntos que las clases privilegiadas presentaban a discusión. Aún así se les obligaba mediante manejos políticos y hasta con amenazas directas a votar según conveniencia y agrado del rey y la nobleza. Y aparte de esto se veía aún toda posible resolución liberal del Parlamento coartada por el Consejo de Estado integrado exclusivamente por gentes de alta alcurnia. La instrucción popular era nula, las industrias no hallaban apoyo y el cultivo de los campos se realizaba de un modo lamentable.
Esta triste situación imperaba en Suecia con todos sus horrores cuando acaeció la muerte de Gustavo Adolfo en la batalla de Lutzen (16 de noviembre de 1632). Cristina contaba entonces sólo cinco años de edad. Su progenitora, María Leonor de Hohenzollern, que supo captarse todo el afecto de su esposo acompañándolo en sus campañas, pero a quien la nobleza miraba con muy malos ojos, quiso dar según su entender una educación sentimental y delicada a su hija, a lo que se opuso el impositivo e interesado Oxenstierna quien con el pretexto de dar cumplimiento a la última voluntad del rey desaparecido y en su calidad de jefe de la regencia dispuso que la niña recibiera una educación extremadamente varonil; y cuando la reina intentó hacer valer sus derechos de madre, se le puso toda clase de trabas y hasta se le vilipendió para obligarla a hacer lo que finalmente hizo: huir a Alemania.
Cristina obedeciendo a la norma impuesta se hizo diestra en montar a caballo, en el manejo de las armas y otros ejercicios propios de un guerrero. Se acostumbró a afrontar el cansancio, la inclemencia del tiempo y demás medidas absurdas tendientes a endurecer su carácter y acostumbrarla a obedecer. Ansioso de conquistar una aureola en la historia del clasicismo, continuaba Oxenstierna con gran pompa la guerra en Alemania, reuniendo para tal fin los fondos necesarios a fuerza de exacciones cada vez más abrumadoras, a lo que había quer agregar las oportunidades que brindaba a sus familiares, partidarios y la nobleza en general para hacerse mayor fortuna, todo a expensas del ya exhausto pueblo.
Acostumbrada a tener que vestir desde pequeña ropas masculinas durante sus ejercicios, llegó a sentir aversión por las delicadas prendas femeninas y guardando de su sexo nada más que ciertas inclinaciones qur suelen caracterizar la vida íntima de las mujeres del gran mundo que constituían su compañía.
A los catorce años asistió por primera vez a una reunión del Parlamento, imponiéndose por la profundidad de sus juicios, llenando de dulces esperanzas a Oxenstierna y sus satélites, pues su docilidad desde niña a todas las indicaciones fué indicio seguro para sus tutores de que esa sagacidad se exteriorizaría completamente de acuerdo a sus intereses, por lo cual hizo el regente declararla mayor de edad, invitándole inmediatamente a ocupar el trono de su padre. Cristina se negó a ello hasta cumplir la edad reglamentaria de 18 años.
Instruida en el dogma luterano, sabía toda la biblia de memoria y por su proceder podremos sacar en consecuencia que al comparar las advertencias de los evangelios con la práctica de los que oficialmente decían cumplirlos, no pudo menos que llegar a la conclusión sobre cuanto contribuía este manto así tendido a desfigurar la profundidad que encerraban esos capítulos y tal vez obedece a esta meditación que abrazara más adelante la religión católica en la que luego hubo de descubrir la misma comedia según ella misma lo relata.
Apenas prestó el juramento de rigor con que tomaría las riendas del poder (diciembre de 1644), comenzó a exteriorizar intensa consternación en cuantos esperaban aprovechar su docilidad. Sobre todo puso de manifiesto su aversión a las pretensiones de los privilegiados, para en cambio contribuir a la elevación del nivel moral de su pueblo. Oxenstierna se esforzaba en vano para convencerla de que era impropio para una reina el apartarse del rumbo que se le había señalado y completamente improcedente atentar contra los privilegios codificados. La soberana no se dejó por ello arredrar y con esa soltura y burlona sagacidad que solía caracterizarla respondió en tono desdeñoso: “Hay labriegos que nacen príncipes y príncipes que nacen labriegos; si entre los mozos de cordel hay canallas también la hay entre los encumbrados”.
Mayor sinceridad no podía haber puesto de manifiesto, pero pasado el primer momento de estupor, convirtióse la nobleza en general en su más encarnizada enemiga. No perdió medio ni oportunidad para perder a su reina confundiéndose en ese siniestro laberinto que se llama politiquería, cuyas intrigas y calumnias desfiguran siempre las buenas intenciones. Sin embargo a Cristina le faltaba ese concepto y serenidad para hacer frente a la nobleza; ella se quiso burlar de los privilegiados dando títulos a diversos individuos del pueblo que habían ganado su simpatía, con lo cual no pudo lograr ninguna finalidad eficiente puesto que los improvisados grandes no hicieron más que aumentar la confusión y enardecer los odios.
Durante la minoría de edad de Cristina venía Suecia sufriendo las consecuencias de la sangrienta guerra de los Treinta años, gigantesco movimiento provocado por el fanatismo aún cuando muchos partidarios de estos cultos, insensibles a los grandes sufrimientos de sus pueblos, lo emplearon simplemente como un medio para alimentar sus ambiciones personales, y éstas eran tan intensas que virtualmente todos los déspotas de Europa se mancharon con ellas para en los tratados hacer lucir en primera plana su exigencia cultural simulada y luego como simple agregado reclamar los despojos que cada una de las partes se asignaba como botín de guerra. En esta lucha había Cristina perdido a su padre, continuando aún el fragor bélico al hacerse cargo del trono. Era el deseo de la reina vivir en paz con los países vecinos, procurando poner cuanto antes fin a la lucha, lo que consiguió en forma honrosa para su patria y que le valió la admiración del mundo consciente.
Siendo amante de las ciencias y las artes, llamó Cristina a Estocolmo a multitud de sabios, escritores, poetas, músicos, etc. Entre los principales cultores del saber allí congregados figuraban los filósofos Renatus Cartesius (Descartes) y Nicolás Heinsius, el lingüista Isaac Vossio, el jurisconsulto Hugo Grocio, el arqueólogo Claudio Saumaise y el filólogo Juan Freinsheim, la mayoría de los cuales se movían en el palacio de Jacobsthal donde la reina residía en todos los momentos dedicados a la expansión del pensamiento. Y en este culto que rendía a las ciencias parece que quiso encerrar otra protesta contra la humana locura; los enormes gastos que ocasiona el engrandecimiento de su biblioteca, su museo de cuadros, su colección de reliquias unidas a las grandes mejoras que proyectaba para el país, abarcaban sumas que los enemigos de la soberana señalaban como superfluas e innecesarias. Pero por más que cayera en la exageración no hizo menos que demostrar que para quienes no persiguen finalidades mezquinas no es el dinero más que un factor que obstaculiza y trastorna el libre desenvolvimiento del progreso.
En muchas oportunidades se mostraba extravagante y aún inconstante y desconsiderada con los hombres más serios que la rodeaban. Se le acusa, por ejemplo, de haber apresurado la muerte de Descartes al obligarlo a presentarse aún en pleno invierno a las cinco de la mañana ante ella en la Biblioteca Real y de haber obligado ante las burlas de la corte a bailar y cantar a usanza de los antiguos a Marcos Meibon y Gabriel Naudé. El primero de los nombrados, un famoso erudito holandés, había compuesto música al estilo de los antiguos griegos que dedicó a la reina sueca e hizo ejecutar en instrumentos de la misma época; Naudé fué bibliotecario de Mazarino y entre sus numerosas obras había alguna escrita sobre bailes de épocas lejanas. También organizaba Cristina grandes y lujosas recepciones un tanto reñidas con las buenas costumbres pero no por ello fuera del ambiente y la correspondiente posición social de la época.
La historia nos señala infinidad de ejemplos de seres de buenas intenciones que por venir destinados a ser jefes de estado recibieron mentida educación para que sirvieran de dócil instrumento a mezquindades ajenas, y que siempre han sido arrojados en las pasiones más bajas, tampoco Cristina escapó a ello; al lado de la ruda educación destinada a hacerla olvidar los sagrados deberes de mujer se arrastraba el monstruo de la lujuria manejado por los mismos que luego vociferaban en tal defecto, corregido y aumentado, al no lograr convertir plenamente a la víctima en el instrumento de sus ambiciones, por lo cual cargan con la culpabilidad de haber glorificado la desdicha que alcanza a cuantos caen en el extremo de la extravagancia originada por la lucha del espíritu contra las falsas virtudes inculcadas a viva fuerza en un ser que como Cristina desde su más tierna edad se vió en el desamparo de la orfandad y rodeada de seres infaustos colmados de siniestras intenciones.
Cristina sentía placer en fomentar la instrucción popular. En las diversas regiones del país, hizo construir escuelas que debían ser la base de la libertad de pensamiento. Dispuso además cuanto pudo para el fomento de la agricultura, las industrias y la minería y participando en la universal sed de colonización del Nuevo Mundo, apoyó la estabilización de una colonia mixta sueco-holandesa en la costa oriental de los actuales Estados Unidos de Norte América, donde súbditos de ambas naciones colaboraban en abierta fraternidad.
Pero la ira de las castas privilegiadas no había de ser letra muerta. Con el desairado Oxenstierna a la cabeza movían la poderosa arma de la calumnia para ahogar a Cristina en sus propias debilidades, y mientras predicaban a voz en cuello la desaprobación de sus desaciertos, fingían ser sus más fieles colaboradores.
A diversas causas se podría atribuir la firme decisión de la soberana de permanecer soltera; diversos príncipes fueron rechazados al ofrecerles la mano, entre éstos se hallaba también su primo Carlos Adolfo, duque de Dos Puentes y Cherburgo. Sin embargo, a éste último que había sido compañero de infancia terminó por declararle su sucesor.
Habiendo caído enferma a consecuencia de su vida agitada consiguió su médico de cabecera, el revoltoso francés Bourdelot, hacerla olvidar por un tiempo sus empleos literarios y científicos, entregándose de lleno según se dice, a organizar lujosisimas tertulias y recepciones que costaban enormes sumas, a donar importantes propiedades de la corona a la nobleza y otros desaciertos que amenazaban al país con una próxima ruina. A estas noticias no se les puede sin embargo dar mucho crédito por tratarse de una persona cuya historia aparece en los anales de sus contemporáneos deliberadamente tergiversada. “La humorada reina comenzó a cansarse de la vida cortesana – dice un historiador liberal – odiaba las fórmulas de la etiqueta que la maniataron e hicieron despertar en ella un ansioso deseo de poder disponer libremente del mundo, de vivir exclusivamente para las ciencias y las arte, arrojando de sí la dignidad de soberana”.
A mediados de 1651 consternó Cristina el país anunciando sus deseos de abdicar y en enero del año siguiente aparecieron en la corte dos nobles italianos que eran dos miembros de la Compañía de Jesús y se dice que esta visita obedeció a maquinaciones del representante español don Antonio Pimentel. Corriendo rumores de su aversión al luteranismo e interés de abrazar el catolicismo le preguntó un predicante reformado qué causas le inducían para tal resolución, a lo cual la reina contestó jovialmente: “por vuestras prédicas insensatas”.
Si es que creyó sinceramente hallar consuelo en otro dogma, no hizo más que dar nuevas armas a sus enemigos, pues el pueblo una vez salido de su estupor comenzó a enajenar su afecto, pues la soberana podría tener todas las virtudes que se quisiera, pero lo de rengar de la creencia oficial del país no podía ser tolerado. Es dable suponer que esta intolerancia habrá contribuido a hacer indeclinable su decisión de abdicar en favor de su primo lo que llevó a cabo mediante una singular fórmula por la que se reservaba privilegios que la acreditaban como una reina honoraria y con los diversos atributos que se concedían entonces a los monarcas en ejercicio. El desconcertado Parlamento le asignó en propiedad varias islas y ciudades que sumaban una renta anual de unos 200,000 escudos.
El 16 de julio de 1654 asumió Carlos Gustavo Adolfo (Carlos X) el gobierno de Suecia y la ex reina que a fin de proveerse de dinero con que pagar el traslado de su gran biblioteca y objetos de arte de su pertenencia, había vendido gran parte de sus alhajas y aún los muebles del palacio real, se sentía la persona más feliz del mundo.
Habiendo Cristina dispuesto dirigirse a Dinamarca, quiso Carlos X rendirle una última pleitesía con poner a su disposición una escuadra especial, pero la ex reina no la aceptó y por su cuenta se embarcó en una nave mercante. Una vez en Dinamarca se vistió con ropas masculinas con las que recorrió el Slesvig-Holstein hasta Hamburgo en cuya ciudad se presentó (dicen) con capa y espada. Luego se dirigió a Bruselas, sede del gobierno español de Flandes, en la que abjuró del protestantismo. Se encaminó a Innsbruck y de aquí a Roma donde acababa de ser elegido el famoso papa Alejandro VII (Fabio Chigni). Este, entusiasmado con la riqueza y fama de la ex reina le hizo un recibimiento pomposo y puso a su disposición el lujoso palacio de Farnesio donde se celebraron fiestas cuya suntuosidad era asombrosa. Parece que el pontífice quiso poner de manifiesto el triunfo de su religión, aún cuando tanto aparato no hizo más que desilusionar a Cristina según lo demuestra ella misma en una carta que escribió hacia el final de su vida y en la que expresa: “Aquí en Roma únicamente encuentro estatuas, obeliscos y palacios magníficos, pero hombres no se ven. En lugar de éstos sólo se tropieza con malevos, bellacos, bufones, tontos, molestos y maliciosos mendigos y libertinos. La iglesia es indudablemente gobernada directamente por Dios mismo, pues en Roma he llegado a conocer cuatro pontífices (Alejandro VII, Clemente IX, Clemente X e Inocencio XI) de los cuales ninguno tenía, humanamente hablando, sentido común”.
Como el gobierno sueco, indignado por haber abandonado Cristina el dogma protestante, tardaba maliciosamente en el pago de la renta estipulada, se vió ésta pronto rodeada por un verdadera nube de acreedores, pero sin inmutarse por ello y rechazando una renta de 2,000 escudos mensuales que el papa le ofreció, empeñó sus alhajas y marchó a Francia, llegando el 8 de septiembre de 1656 a París donde dando apariencia de hacer economías apareció con un singular séquito compuesto de dos o tres individuos mal vestidos a los que solemnemente daba el título de condes, y de dos damas de compañía. No respecto a ello a la sombra de sus riquezas y fama fué muy bien recibida, pero como sus exageradas maneras encerraban un algo de sarcasmo referente a las extravagancias e hipocresía imperantes que nadie quería ver, no tardó en enfriarse el entusiasmo de la alta sociedad francesa. Sin embargo al año siguiente volvió y el cardenal Mazarino ansioso de perderla de vista la envió al histórico castillo de Fontainebleau, donde tuvo lugar un episodio imposible de poner en claro, lo único que se puede afirmar es que ella se hizo responsable de la muerte de su caballerizo mayor Marchese Monaldeschi. Sobre los motivos reales y la forma en que fue cometido el crimen, los historiadores no se han podido poner de acuerdo. Es más que probable que de haber actuado la ex soberana con criterio parcial o impositivo, éste ha sido agigantado deliberadamente por los críticos de su tiempo y es además un hecho que si se entabló en Francia contra ella un juicio, no fué por el crimen en sí, pues Mazarino los cometía peores, sino por el delito de haberlo ejecutado en un país extranjero. El hecho tuvo enorme resonancia y la población francesa mostrose muy indignada, pero Cristina se burló de ella concurriendo al baile de máscaras que la aristocracia francesa daba en París con motivo del carnaval, antes de abandonar para siempre a Francia.
El vanidoso Carlos X, en guerra con Dinamarca, envalentonado por los triunfos logrados sobre su pequeña enemiga había en forma traidora violado una tregua firmada entre ambos países trayendo como consecuencia que Dinamarca se vió aliada con varias potencias europeas que por ciertos intereses creados querían evitar la derrota de Dinamarca pero sin tampoco querer ver vencída a Suecia, apoyando por tanto sólo a su aliada para arrojar al invasor de Dinamarca y de la Pomerania. Cristina en su exaltación quiso en un principio participar en la acción tal vez como protesta contra la doble intención de los aliados de Copenhague. Solicitó tropas a Leopoldo I, emperador de Alemania, pero pronto cambió de opinión y regresó a Roma donde le señaló el mismo papa Alejandro VII una pensión de 12,000 escudos y le envió un administrador que según se quiere pasó rápidamente de tal a la categoría de galán.
Muerto Carlos X (23 de febrero de 1660) dividióse la opinión interna de Suecia sobre la regencia de Carlos XI, un niño de cinco años, pues mientras el pueblo pedía el cumplimiento del testamento del monarca fallecido, exigía la nobleza su anulación. Las más violentas escenas ocurrían dentro del Consejo de Estado y fué en estos momentos (septiembre del mismo año) que hizo su aparición Cristina reclamando el trono, pues según se expresó había abdicado para que Carlos X y sus sucesores constituyesen un gobierno legal. ¿Estaba arrepentida de haber dejado un día la primera magistratura del país? ¿La movía exclusivamente la idea de poner freno a acontecimientos vergonzosos? El pueblo tenía motivos para recordar a su soberana, pero la nobleza la rechazó de la manera más grosera a lo que ella respondió con amargura esta célebre frase: “Una reina sin reino es como una diosa sin templo, a la que pronto le faltan los homenajes”. Sin embargo debe haber tenido presente que una falta en su propio carácter era la causa fundamental de su descrédito y situación de desterrada. A pesar de ello fue más valiente que el ex sacerdote Juan Casimiro que al abandonar como rey el trono de Polonia (1° de septiembre de 1668) dejó a su otrora tan gloriosa y próspera patria librada a acontecimientos de los cuales difícilmente lograría reponerse plenamente. Mientras las intrigas por la sucesión al trono sacrificaron la vida de no menos de tres millones de ciudadanos polacos, arrasándose los campos, destruyéndose las fábricas y arruinando las industrias y el comercio, terminó Juan Casimiro tranquilamente sus días como abad de un claustro en Francia. Cristina en cambio, sin más prerrogativa que el apoyo del papa Clemente XI, ofreció sus buenos oficios a ese pueblo que desde aquel día parecía no tener otro destino que ser un cebo de ambiciones desmedidas. La voz del jefe supremo de la iglesia católica no halló eco, pues el rey Luis XIV a pesar de estar al frente de la hija mayor de esa institución, consideraba al papa poco menos que un vasallo y el representante de París en Varsovia, Pierre de Bonzy, obispo de Béziers, prefirió por conveniencias propias obedecer a las intrigas del monarca francés. Tal vez podríamos admitir que el pontífice instigó a la ex soberana a una empresa de doble sentido y sin otro objeto que vengarse del rey sol. Si esto ocurrió quedaron ambos burlados, pues los polacos pusieron por propia iniciativa término a sus diatribas internas y pese a las enormes sumas invertidas por el rey de Francia en calidad de soborno, eligieron a un nativo por rey. Cristina, a pesar de que sus encumbrados connacionales la habían obligado a renunciar definitivamente a sus derechos al trono, se sintió en 1674 nuevamente incitada a la acción por otro acontecimiento turbio que ocurría en su pueblo de origen.
Carlos XI, había llegado a la edad de 17 años en que fué proclamado mayor de edad, quedando entonces demostrado que el infeliz monarca había sido completamente abandonado en su educación por la nobleza que, como antes con Cristina, no tuvo otra mira que convertirlo en un instrumento de sus ambiciones. Unióse a esto que merced a las maquinaciones de Luis XIV se envolvió Suecia en guerra contra Alemania y Dinamarca. En este conflicto bélico quedó además de manifiesto en qué forma vergonzosa había la nobleza sueca imperante socavado a su patria. Cristina volvió a solicitar del emperador Leopoldo I autorización para participar en la campaña de las armas alemanas contra su país natal, pero no fué atendida. Fué éste su último intento de intervenir en el terreno de la política ya que su patria no volvió a ser teatro de acontecimientos tan vergonzosos desde que el firme Juan Cyllenstierne comenzó a levantar la moral sueca cercenando la hegemonía de los poderosos. Cristina se quedó desde entonces definitivamente en Roma para dedicar su tiempo casi exclusivamente a estudios y reuniones científicas que hacía celebrar en su residencia donde fundó una academia.
Finalmente a la edad de sesenta y dos años, el 19 de abril de 1689, expiró Cristina de Suecia en el Palacio de Farnesio de Roma, dejando por heredero universal a su administrador. Su herencia sin embargo se distribuyó, pues el papa Alejandro VIII adquirió su biblioteca y un romano prominente, Livio Odescalch, compró sus cuadros y reliquias.
Sus restos recibieron sepultura en la basílica de San Pedro donde se encuentran actualmente.
Las singularidades del carácter de Cristina han sido comentados por muchos escritores en todos los tonos según fueran admiradores o adversarios, convirtiendo a la dama sueca en un ser casi legendario, pues mientras unos la elevan hacia el dintel de la inmoralidad ensalzando su desprecio por las etiquetas, su interés por las mejoras que trató de introducir en la condición de su pueblo y su amor por las ciencias y las artes, la pintan los otros como una mujer obcecada que en realidad no ha hecho más que trastornar al mundo ávido de excentricidades, atentando a su sombra contra la verdadera virtud y moral como el individuo que simulando el bien, incita a la insensatez detrás de la cual se esconde la inmoralidad.
“Aún cuando no se puede tener plena fe en las informaciones que de Cristina han dado las personas que le eran desafectas – dice el historiador alemán Federico Luis Jorge de Raumer – concuerdan sin embargo en tantos puntos sobre su apariencia y modo de vida que no deben dejar de encerrar algo de verdad: Se viste (afirma uno) como un hombre, tiene una voz varonil y procede como un hombre. Es muy preparada y graciosa (sostiene otro) pero blasfema a cada instante como un soldado y traspasa todos los límites de la decencia. Se peina una vez cada quincena (declara un tercero), su camisa y mangas no pocas veces están llenas de manchas de tinta y aún de rasgones. Madame Cristina (cuenta la duquesa de Orleans con su acostumbrada crudeza) era una dama muy galante, aunque fornida y gruesa. La gran dama me ha relatado que siendo muy blanca se había extendido completamente desvestida sobre una cama de terciopelo para dejarse de este modo admirar por sus amantes. Era sumamente vengativa, muy preparada y hablaba de cosas de que sólo pueden hablar los hombres más preparados”.
Otro historiador juzga a esta mujer con las siguientes palabras: “Ni los talentos de Cristina, ni su inteligencia superior, ni su ciencia, ni su intrepidez, pueden salvarla de un juicio terriblemente severo; estaba fuera de la humanidad consciente y responsable. Aquel cuerpo deforme encerraba un alma contrahecha, incapaz de discernir el bien del mal. La brillante Cristina, que casi fué un genio, era un monstruo moral”.
N. de la R. – Nuestros lectores deben de tener en cuenta que las biografías que publicamos tienen por objeto poner de manifiesto la acción de personajes cuya vida al salir de lo ordinario enseña cómo cada individuo debe emplear los más variados medios para llenar la misión que toca para cumplir ya sea para consigo mismo o para la generalidad. Y puede observarse también como los detractores atacan a los que luchan por cumplir y como los prevaricadores pronto se unen para debilitar las fuerzas del bien.
1° y 15 de Octubre de 1942.
BALANZA NÚMS. 234 Y 235.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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