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Joaquín Trincado

Ayuntamiento de los sexos en ley o extra ley

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 23 sept 2025
  • 4 Min. de lectura

No nos fijemos ahora en las tacañerías de la sociedad; en los absurdos de las leyes civiles y religiosas, en lo que atañe a lo extra ley; pues hemos sentado irrebatiblemente en nuestra Filosofía, que Ningún ser entra al mundo por puerta falsa.


Téngase sí, presente, que la amistad no puede ser entre enemigos en espíritu, y por lo tanto la afinidad de los espíritus es la que hace la amistad de los individuos y por lo tanto esa misma afinidad es la causa del ayuntamiento de cuerpos de distinto sexo para cumplir el divino mandato: Creced y multiplicaos. Toda ley que pone trabas a ese mandamiento, es un absurdo; y aunque domina por cualquier causa, no triunfa; triunfa siempre, el omnímodo mandamiento.


Pero viniendo a nuestro argumento del ayuntamiento de los sexos, no podrá menos de comprenderse que tendrá que ser fruto de la amistad.


Hay los casos de ayuntamiento llamados extra ley, innumerables también fortuitos y otros por la fuerza bruta, con más los de la llamada vida pública o de prostíbulo.


Los de extra ley, obedecen a mil y mil causas, que estudiamos y exponemos en la primera parte de nuestro Código de Amor Universal, como ser, los matrimonios por imposición y la conveniencia de títulos, de clase y posición; matrimonios que unen sus cuerpos, pero no funden sus almas; no son afines y sus espíritus viven divorciados y al primer encuentro con un afín, la mujer se entrega y el hombre, no tiene en cuenta que sea casada, viuda o soltera; se vieron, se abrazaron sus espíritus, hablaron los sexos y se unen los cuerpos en ley superior, a la que no los dejó unirse en matrimonio.


Los innumerables ayuntamientos fortuitos, obedecen, en general, a la ley de Justicia, lo mismo que los de extra ley; pero que decimos fortuitos porque, aun sin amistad y al primer encuentro y siendo normales de conciencia y facultades, no miden consecuencias y se ayuntan y fructifican y acaso no se vuelven a ver más los padres de aquel engendro, que queda a cargo de la madre, que sigue amando al hombre. ¡Cuánto haría y daría aquella madre por encontrar siquiera una sola vez al padre de aquel ser, sólo para dárselo a besar y aun para darle las gracias, pero para que no olvide que aquel hijo vive por él! Pero el destino es como un ser sin entrañas ni sentimientos. Él no tiene en cuenta el dolor ni la alegría, ni oye alabanzas, ni imprecaciones; él cumple la ley y nada más.


Yo he visto muchísimos ejemplos de éstos, en mis horas de servicio destinadas a consultas, y hoy mismo tengo uno a la vista, como para probar la verdad del rigor de la ley; y este caso no es sólo fortuito, sino que entra también en los casos de fuerza bruta.


Los casos de fuerza bruta, aunque parezca que no, son muy numerosos; pero unos son punibles y otros no. Los casos punibles son aquellos en que el engaño y las promesas vencen a la agobiada o necesitada mujer, cualquiera sea su estado y cuyas promesas, no son cumplidas por maldad.


Los no punibles son aquellos que la mujer se niega por motivos triviales, que si no existieran no se negaría, como ser: el temor a las consecuencias, el qué dirán, u otros motivos baladíes. Estas, en general, buscan satisfacer sus necesidades antinaturalmente y esta consideración sola, basta para no ser punible el force, porque, no se corrompe a la corrompida.


De los casos de ayuntamiento por comercio en el prostíbulo, envuelve grandes misterios a la ciencia y la ignorancia de la ley del espíritu. Pero digo que, mientras la moral práctica no sea un hecho, esos establecimientos son necesarios para que las que quieran ser castas, puedan serlo sin peligro. Pero hay algo más grande e importante en esa vida tan injustamente castigada y despreciada, y es que, ahí se acrisola el espíritu por el castigo que impone a su materia; y si allí se alberga el vicio y la depravación, también las más grandes virtudes del sacrificio.


Por ese lugar, no hay espíritu que no haya pasado en una o más existencias de la vida continuada, para pagar deudas y también para cobrar; pero, sobre todo, para saciar la pasión de los instintos animales. Y no es casual la estada de la generalidad de las mujeres, ni la entrada de la generalidad de los hombres.


Todo esto, no quiere decir que ello sea moral y que debe de existir, sino que, debido a la inmoralidad general, es de necesidad que existan, mientras la moral individual no sea eficiente para una sociedad moral suficiente.


Cuando esa moral se haya hecho en el régimen de la comuna y conforme la establece nuestro Código de Amor Universal, entonces, los prostíbulos, las cárceles, los manicomios, ni aun los hospitales, no existirán.


Libro: Los cinco amores

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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