Aurelio Antonio de Tounens (Orllie Antoine)
- EMEDELACU

- 17 abr
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Relato de un viaje a través de la Patagonia.
En el pueblo de La Chaise, departamento francés de Périgueux (Dordoña), situado en las inmediaciones de Burdeos, vivía una familia perteneciente a la clase media, apellidada Tounens, cuyo hogar fue aumentado el 12 de mayo de 1825 con un nuevo vástago que recibió los nombres de Orllie Antoine (Aurelio Antonio).
Orllie, se convirtió pronto en un joven fuerte y dispuesto, quien una vez terminada su instrucción primaria siguió un curso de Derecho al cabo del cual encontró empleo en los Tribunales de su pueblo natal y luego en los de Périgueux. Demostraba sin embargo, mayor interés en leer libros de aventuras que estudiar pacientemente los extensos y sombríos legajos. Repentinamente a la edad de treinta y tres años, abandonó sus ocupaciones tomando el tren para Boulogne y cruzando el Canal de la Mancha, embarcó en una nave que desde el puerto de Southampton tomaba rumbo hacia la América del Sur. Esto ocurrió en 1858.
De estatura elevada y anchas espaldas, a los que unía una frente alta, largos cabellos negros, poblados bigotes y barba de igual color y unos ojos soñadores y penetrantes, le daban un conjunto de aspecto imponente. Ya por aquel entonces comenzó a llamarse a sí mismo “Príncipe de Tounens”.
De seguro que si Orllie hubiera comunicado a los demás pasajeros sus sorprendentes planes, unos le habrían tomado por un lunático y otros, por lo que realmente era, un hombre valiente e intrépido.
Las nuevas naciones sudamericanas, surgidas luego de sacudir heroicamente el yugo realista español, hubieron de verse forzosamente envueltos en un ambiente de intranquilidad y agitación política, complicada por la agresividad de numerosas tribus indígenas que hostigaban a cuantos hombres blancos se aventuraban a ubicarse fuera del radio protector de las poblaciones y fortalezas. Y los más aguerridos y temibles de estos naturales lo eran sin duda los araucanos. Con acierto había dicho de ellos Ercilla en su inmortal poema “La Araucana”.
“La gente que produce es tan granada
Tan soberbia, gallarda y belicosa
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero dominio sometido”
El territorio de los araucanos abarcaba el sur de la región andina, que en su casi totalidad pertenece actualmente a la República de Chile. Durante tres siglos y medio habían estas tribus guerreras no sólo resistido todo intento de conquista, sino que aún muy frecuentemente, hacían incursiones armadas en territorios vecinos saqueando, quemando y destruyendo cuanto hallaban a su paso para finalmente regresar llevando consigo todas las mujeres blancas que alcanzaban a apresar y casi siempre arreando abundante cantidad de ganado mayor.
A pesar de ser la primera vez que Orllie abandonaba el suelo de su patria, marchaba con el decidido propósito de intentar el fantástico plan de unir todas las repúblicas sudamericanas en un solo reino que proyectaba llamar “Nueva Francia”, y cuyo cetro ceñiría con el nombre de Orllie Antoine I; ésta monarquía, pensaba luego subdividir en diecisiete Estados, cada uno con sus respectivas autoridades. Si bien no pudo llevar a cabo tan descabellada imaginación, este hombre, para cuya audacia no parecía existir lo imposible, alcanzó hacerse coronar rey de los temibles araucanos. Fuera de toda duda era un aventurero de nacimiento que había leído muchos libros descriptivos sobre la América del Sur y particularmente en lo concerniente a los Incas.
De acuerdo a una antigua leyenda que aun hoy subsiste para alguas tribus indígenas del Perú, vendrían hombres blancos que destruirían el poderoso imperio incaico reduciendo a sus habitantes a la esclavitud y opresión hasta la llegada de otro hombre blanco con crecida barba, quien les devolvería la libertad. La primera parte de esta profecía, como es notorio, se cumplió en 1531 con la llegada de Pizarro y su puñadito de hombres. Orllie, quien indudablemente conocía esta leyenda, tenía cifradas sus esperanzas en que los indios vieran en él al libertador anunciado.
Parece que viajaba provisto de regular cantidad de dinero, tal vez fruto de sus ahorros, aunque en este no podrían ascender a mucho, salvo que, las hubiera reunido a fuerza de la mayor economía. Me es asimismo imposible afirmar si estaba o no respaldado por alguien en sus planes ambiciosos.
Sea como fuese, luego de un viaje de tres meses, desembarcó en el pequeño puerto chileno de Coquimbo, situado unas doscientas millas al norte de Valparaíso. El motivo porque eligió tan pequeño e insignificante lugar para el comienzo de su aventura es tan desconocido como misterioso aparece el concepto entero en que cimentó su fantasía.
Durante los dos primeros años de su estancia en Chile viajó a través del país estudiando sus costumbres, política y la lengua castellana. Se sabe que conquistó en ese interín la simpatía de varios de sus connacionales, quienes le ayudaron en algunas ocasiones, pero ninguno de ellos obró con otra intención que la de congratularse una oportunidad de recibir la visita del culto y amable “Príncipe de Tounens”, ya que la mayoría de las gentes que se precien de tener ideas “democráticas” sienten sumo placer en tener relaciones con un príncipe lo suficientemente “democrático” como para mezclarse con sus “inferiores” y ser vistos en intimidad con personalidades que ellos mismos festejan como semidioses.
Durante estas andanzas trabó Orllie relación con un joven mestizo que hablaba la lengua araucana, a quien no tardó en ganar para su causa, que era servir de mensajero e intérprete. Comenzó por enviar a su flamante servidor a una región inexplorada de los Andes para entablar relaciones con uno de los indómitos jefes araucanos, llamado Mañil. Llevaba el encargo de anunciar al cacique que el libertador blanco profetizado había llegado a allende los mares y estaba dispuesto a internarse en la región montañosa tan pronto fuese a ella invitado. El cabecilla de guerreros respondió con esa generosidad propia de su raza que desde ya, esperaba la presencia del hombre justiciero.
Orllie, al recibir respuesta tan alentadora compuso de inmediato una especie de Carta Magna, basada en la Constitución Francesa, contando en esta tarea con la cooperación de dos paisanos suyos, el primero apellidado Lachaise, como si fuera en honor al pueblo natal del Príncipe de Tounens” (La Chaise), quien actuaría de secretario de Relaciones Exteriores, y el segundo, Desfontaines, como Ministro de Justicia del reino a fundarse. No ha sido posible averiguar si uno de estos dos haya contribuido en algo para los gastos de esta empresa. Una vez puestos en viaje los tres franceses y el intérprete mestizo, dirigiéndose hacia el puerto de Valdivia y desde allí a tierra adentro en dirección hacia los majestuosos Andes.
Los únicos blancos cuya presencia solían los araucanos permitir en su territorio y aún recibir con los brazos abiertos, eran ciertos vendedores ambulantes que les ofrecían ropas, bebidas alcohólicas y armas a cambio de ganado que los indios arreaban desde las pampas argentinas durante sus malones periódicos. A semejante caravana de comerciantes aventureros se unió Orllie y sus compañeros en Valdivia. La primera etapa era a través de llanuras donde intensas y frecuentes lluvias y densas selvas dificultaban enormemente el paso, pero luego de grado comenzaba la elevación del terreno tornándose la atmósfera durante el ascenso cada vez más fría, especialmente durante la noche.
Orllie, a fin de dar más majestuosidad a su aparición, dispuso que su intérprete le precediera para avisar al cacique Mañil que ya se encontraba en camino. Durante el viaje, fué avisado por un mensajero que el cacique Mañil había muerto y que su hijo Quilapán, había sido electo cacique de caciques. Este como su padre, odiaba a los hombres blancos, prometiendo solemnemente antes que su progenitor expirara que respondería con la guerra a quienes osaran invadir sus territorios.
Guiados por el enviado de Quilapán, llegó la pequeña caravana finalmente a su punto de destino.
En un valle de la altiplanicie andina fué Orllie recibido por numerosos caciques que le tributaron tal bienvenida que inmediatamente dispuso enviar la siguiente carta, redactada en lengua francesa, al presidente don Manuel Montt, de Chile.
“Excellence”:
“Nous, Orllie Antoine I, par la grâce de notre de Dieu, roy de¨Araucanie”.
“Nous avons l'honneur de vous faire part de notre avènement au trône que nous venons de fonder en Araucanie”.
“Nous prions Dieu, Excellence, qu'il vous ait en sa Sainte et digne garde”.
“Feit en Araucanie le 17 novembre 1860”.
“Orllie Antoine I”
(“Excelencia: Nos, Aurelio Antonio I, por la gracia de Dios rey de Araucanía, tenemos el honor de poner en su conocimiento nuestra ascensión al trono que fundaremos en Araucanía. Rogamos a Dios, Excelencia, que os guarde bajo su santa y digna protección. Dado en Araucanía el 17 de noviembre de 1860. – Aurelio Antonio I.”
Guardando toda formalidad envió un mensajero para entregar esta carta al Secretario de Relaciones Exteriores de Chile conjuntamente con una solicitud de hacerla llegar a manos del primer mandatario de la República.
El nuevo monarca de la orgullosa e inconquistable Araucanía no era hombre como para descansar sobre laureles. De inmediato hizo proclamar su Carta Magna con la ayuda de su intérprete, pero por más que éste se esforzó en traducir y explicar, no hubo medio de hacerla comprender a los indios. El documento que es demasiado extenso como para transcribirlo aquí, decía en síntesis que Su Majestad como hombre versado en asuntos legales y de gobierno, asumiría el mando con facultades plenas sobre ministros, poderes legislativos, ejecutivos,etc. Y sacando ventaja de ese prurito de orgullo indómito en sus nuevos subordinados, creó una nobleza honoraria, aunque sin privilegios especiales. No había tampoco omitido ningún detalle de su dignidad real como ser la creación de un escudo de armas, emblemas, sellos, etc., etc., llevando los documentos, que eran refrendados casi siempre por Lachaise y Desfontaines, con un imponente sello real.
Acto seguido envió emisarios indígenas en todas direcciones para advertir a las demás tribus que el hombre justiciero había arribado. Por toda la Patagonia, desde el Río Negro hasta el Canal de Beagle, corrió la voz de este acontecimiento, respondiendo las tribus y sus caciques a una voz su deseo de someterse a las órdenes del legislador blanco, quien desde entonces se consideró autorizado a llamarse “Rey de Araucanía y Patagonia”.
A fin de considerar su situación ante las Repúblicas de Argentina y Chile, escribió Orllie a toda prisa varias cartas a sus amigos en Francia, instándolos a dar conocimiento al gobierno de su patria sobre la existencia del nuevo reino, que como tal esperaba fuese reconocido.
A pesar de todo no constituían sus nuevos súbditos un pueblo tan inculto, desde que mantenían cierto sistema de sociedad. Tenían buen gusto para el arte, eran activos tejedores de mantas y bufandas que adornaban ricamente con hermosos e intrincados bordados en diversos colores; fabricaban broches y otros objetos de plata; también en cuestión de alfarería eran sumamente diestros, por lo cual era menester reconocer que mientras había paz mostrábanse como un pueblo muy industrioso. La vestimenta del sexo masculino constituía principalmente en un poncho y un chamal que los cubría de la cintura abajo. Las mujeres se vestían de manera similar, con la única diferencia que solían usar un cinturón con broche de plata. El ejército se componía únicamente de caballería, yendo los guerreros armados con lanzas de unos quince pies de largo y hachas de madera resistente y flexible. Algunos poseían cuchillos, espadas y otras armas similares, que adquirían de esos vendedores ambulantes ya mencionados. No existía edad máxima para el servicio militar, y cuando había guerra, cada hombre había de traer consigo alimento suficiente como para cinco o seis días, y que constituía principalmente en carne de vaca o de oveja, harina de trigo, etc. Solían cabalgar sin montura, aunque a veces usaban como tal una pequeña pieza de cuero. Durante las marchas colocaban sus lanzas de tal manera que venían arrastrando detrás de los caballos, en parte con el fin de disminuir su peso y también con la intención de proteger las patas traseras de las boleadoras. Como acostumbraban llevar la lanza en la mano derecha solían montar a sus caballos del lado diestro. Cuando atacaban al enemigo era su grito de guerra un prolongado “¡Ah!” cuyo sonido hacían más siniestro tapando y destapando sucesivamente la boca con la palma de la mano. Este grito terrorífico fué denominado “chivateo” por los conquistadores españoles.
Los araucanos no conocían el sistema de los tributos que se cobran en los países civilizados. En tiempos normales se dedicaban sobre todo a la agricultura, cuidando cada familia de sus propias necesidades y si les fracasaba la cosecha de cereales, que constituía su alimento principal, los reemplazaban con carne, ciertas plantas acuáticas y pescado. Las relaciones entre los diversos caciques se mantenían mediante mensajeros o “mocetones” que transmitían verbalmente los mensajes, por lo que se exigían para esa función personas de muy buena memoria, pues los encargos habían de ser transmitidos literalmente. En tiempos de guerra elegían los caciques un “toqui” o sea un jefe principal, cuya insignia consistía en su tradicional hacha de piedra.
Con esto queda de manifiesto que los araucanos podían prestar mucho mayor apoyo a las intenciones de Orllie que las tribus nómadas y de costumbres más primitivas que habitaban la Patagonia. Sin embargo, estaban estas últimas siempre dispuestas para apoyar a aquéllos en sus guerras contra los hombres blancos.
Lejos de guardar reserva sobre el éxito de su empresa, envió el flamante monarca públicamente copias de sus proclamas reales a los periódicos chilenos. Pero como éstos no las dieron a publicidad, obedeciendo indudablemente a una orden superior, quedó su política desconocida para la opinión pública del país. Idéntica suerte corrió su mensaje al presidente Montt, quien por hallarse casi al fin de su periodo legislativo resolvió no adoptar ninguna medida en favor o en contra, tal vez por temor de dar lugar a una cuestión internacional con Francia. Y con el probable fin de dejar al mandatario entrante en situación de poder encarar problema tan delicado en forma más prudente, no transmitió a su sucesor el informe oficial sobre lo que ocurría en tierra que Chile reconocía como suyas.
Cansado de tanto esperar inútilmente, pues había pasado más de un año desde su ascensión al poder, resolvió el francés finalmente visitar personalmente Valparaíso. Contrariamente a todas sus esperanzas fué recibido con la mayor indiferencia y como si allí había de colmársele la copa de la adversidad, recibió durante su estadía en esa ciudad una carta en que le contestaban sus amigos desde Francia, que todas las gestiones habían fracasado, pues el gobierno luego de informar no estar interesado en tal empresa, declinó prestarle ayuda alguna.
Ofendido en su dignidad real, escribió Orllie comentando esa negativa;
“... En France on ne cherche que les occasions de rire, et on leur sacrifie les intérêts, les pins graves et les espérances les plus sérieuses!.
(En Francia solo se busca la diversión y a ella se sacrifican frecuentemente los más importantes intereses y las más caras esperanzas”).
Desilusionado y contrariado, pero sin caer en la desesperación, resolvió regresar a sus dominios, convencido esta vez que las medidas pacíficas no surtirían efecto ante el gobierno y la prensa chilena. Decidió por lo tanto apelar a otras medidas para demostrar que no sólo era rey sino también un hombre poderoso, que podía si necesario fuera, reunir un ejército como surgido de la Tierra. Esto, según su parecer, no sólo obligaría a Chile a reconocer sus pretensiones sino que también influiría que Francia reconociera su nuevo reino y accediese a proveerla de armas. Además, como su ascensión al trono de Araucanía y Patagonia no sólo había sido refrendado por los araucanos sino también por todas las tribus de los extensos territorios comprendidos entre el Río Negro y el estrecho de Magallanes, consideraba sus derechos justificados.
Su Secretario de Relaciones Exteriores y su Ministro de Justicia, aún siendo hombres ambiciosos, temían por sus personas, por lo cual se mostraban un tanto acobardados cada vez que el monarca exteriorizaba sus planes de guerra. Además, las cajas reales estaban tan exhaustas que cuando encargó a un indio mestizo – un tal Rosales – para servirle de guía y asistente, hubo de firmar un pagaré por valor de 50 pesos chilenos, como adelanto a sus servicios.
Con la mayor astucia y diplomacia supieron Lachaise y Desfontaines obtener su renuncia, eludiendo de este modo su intervención en la preparación de una guerra que ellos consideraban superiores a su resistencia nerviosa. Como consecuencia de ésto quedó el rey abandonado a sus personales esfuerzos con la sola ayuda de su asistente mestizo. Ambos montados en caballitos criollos, comenzaron a recorrer el país, completando el reducido séquito un indio que por dominar bien el idioma castellano estaba encargado de servirles de intérprete, y finalmente, dos mulas muy cargadas con las ropas indispensables para la dignidad real y con sus archivos.
La noticia sobre los propósitos del rey encontró eco. Uno de los caciques que hasta entonces sólo había tenido relaciones con Orllie por intermedio de “Mocetones”, dispuso que varios de éstos escucharan un discurso que el francés pronunció con la ayuda de su intérprete, durante el cual hizo alusión a la necesidad de una guerra en defensa de sus principios. Luego de esta alocución partieron los mensajeros en todas las direcciones a fin de convocar a los caciques y sus guerreros a una asamblea general.
Pocos días transcurrieron, cuando comenzaron ya a llegar las primeras tribus. Cada indígena venía montado en su mejor caballo y vestía sus ropas más vistosas. Algunos poseían armas de fuego, espadas y cuchillos, pero en su mayoría llevaban sus tradicionales lanzas, adornadas cerca de la punta con unos flecos hechos con lana coloreada o crines de caballo.
La presencia de 20,000 guerreros con sus vistosos ponchos y sus lanzas mantenidas en posición vertical, cuyos flecos ondulaban al soplo de la brisa, debe haber sido un espectáculo grandioso e imponente. Formando un gran círculo sentáronse en grupos los guerreros de las diversas tribus, mientras que los caciques y Orllie ubicáronse en el centro. El pequeño valle donde se celebraba esta asamblea se hallaba rodeado de montañas cuyos elevados picos cubiertos de nieve eterna se destacaban con su blanco manto ante el celeste firmamento.
Durante su estancia en Valparaíso, muchos habían respondido burlonamente a los derechos que invocaba Orllie, y no habrá faltado necio que de él se mofara; sin embargo, aquí estaba el francés de la pequeña ciudad de La Chaise, un simple extranjero, incapaz de expresar una palabra en araucano, disponiéndose por intermedio de su intérprete a exhortar a veinte mil guerreros de un pueblo que durante tres siglos y medio había obligado a retroceder a los valientes conquistadores españoles; un hombre de la odiada raza blanca, cuya sola presencia imponía el silencio en esa multitud de guerreros indómitos que veían en él al profeta capaz de conducirles a ellos y a sus hermanos hacia una victoria gloriosa.
En medio de ese impresionante silencio comenzó el rey su discurso en el que prometía transformar a sus súbditos en un pueblo poderoso y próspero, alejando para siempre la amenaza de la ambiciosa raza blanca. Antes de concluir, desplegó una bandera constituida por tres bandas horizontales; azul, blanco y verde, la que entregó al cacique principal con la advertencia que se trataba del nuevo emblema araucano el cual cada súbdito tenía el deber de defender hasta con su vida.
Cuando el toqui agitó la bandera, montaron los veinte mil guerreros en sus caballos y comenzaron a galopar locamente formando un vasto círculo, repitiendo las elevadas montañas el eco de su grito de guerra.
Orllie no perdió su serenidad durante el alboroto, pues tenía presente la necesidad de imponer la etiqueta y la formalidad en sus nuevos súbditos y comprendió que había en ese momento una magnífica oportunidad para ello. Por medio de su intérprete solicitó se suspendiera momentáneamente el júbilo, y cuando se impuso un súbito silencio, dijo que cada vez que pronunciaran o exclamaran el nombre del rey, debían elevar la mano derecha en señal de respeto.
Sin perder tiempo, comenzó Orllie la mañana siguiente a visitar otros caciques y sus tribus, siempre en compañía de Rosales y del otro intérprete indio y escoltado ahora por un fuerte cuerpo de guerreros. En cualquier parte que se presentaba era recibido como un libertador y aclamado como rey. Un poderoso cacique lo invistió de la dignidad toqui y puso a su disposición millares de guerreros.
Cada día tornábase sus discursos más violentos y acalorados y en todas las regiones de la Araucanía y Patagonia se preparaban los indios con gran entusiasmo para la guerra.
Rumores sobre una gigantesca sublevación de indios comenzaron a circular en Santiago y otras ciudades chilenas, originando una justificada alarma entre sus autoridades, pues agravaba la situación el hecho de que el presidente saliente había dejado el Tesoro Nacional en un estado lamentable. El ejército estaba integrado casi exclusivamente por voluntarios y cuerpo de policía, de modo que sin la movilización de refuerzo no estaba el país en condiciones de hacer frente a su ejército indígena tan formidable.
Durante esta marcha triunfal por los dominios araucanos, comenzó Rosales a dar muestras de desafección ya que en pago a sus servicios no había recibido más que pagarés carentes virtualmente de valor alguno. Protestando un día ante el rey por el motivo indicado, le extendió éste otro pagaré esta vez por dos mil pesos.
Teniendo cerca de treinta mil guerreros a su inmediata disposición y pudiendo convocar inmediatamente muchos miles más, había concebido el plan de tomar por sorpresa un insignificante pueblito chileno que se hallaba en las cercanías del río Bío-Bío, el que eligió como centro de sus operaciones militares a fin de obligar a las repúblicas de Chile y Argentina a firmar con él, un tratado de paz y reconocerle como rey de la Araucanía y Patagonia.
A estas alturas cometió Orllie una gran torpeza que le costaría sumamente caro y que obedecía a que ignoraba indudablemente que el gobierno chileno había puesto su cabeza a precio, ofreciendo pagar cincuenta pesos oro a quien lo capturase, y menos podría sospechar que su intérprete supiese del ofrecimiento y que prefería ese premio por encima de todos los pagarés que ya tanto tiempo venía guardando en sus alforjas. Es lógico que Rosales, por secundar a Orllie en su actuación, estuviese enterado de todos los planes de su jefe y es muy probable que cuando por esos mismos días se pusieran en camino para visitar a un poderoso cacique, Rosales hubiese dispuesto las cosas para ganarse la recompensa del gobierno chileno.
Por una causa de otro modo inexplicable hizo Orllie quedar a su fuerte escolta en un valle, continuando él su marcha hacia la frontera acompañado únicamente de dos intérpretes y un asistente encargado de cuidar el equipaje. Admitamos que el francés hubiese resuelto el cruzar sin más acompañantes la parte del territorio chileno que le separaba del mencionado jefe indio que ya le tenía prometido su apoyo, temiendo que marchando al frente de un cuerpo tan poderoso de guerreros, alarmara prematuramente a los chilenos, quienes podrían prepararse en previsión al ataque sorpresivo que tenía planeado.
Lo probable sin embargo es que cediera a una sugestión de su intérprete Rosales, quien, cuando el pequeño grupo se hallaba fuera de la vista de la escolta, debe haber tenido sobre aviso al jefe de un cuerpo de policía chilena destacada sobre la frontera araucana. El hecho es que cuando Orllie se sentó bajo un árbol para un corto descanso fué asido sorpresivamente por la espalda y sin tener tiempo siquiera a desenvainar la espada que siempre llevaba consigo, fué preso y desarmado. Esto aconteció en el mes de enero del año 1862.
Inmediatamente de su reducimiento, fué conducido apresuradamente a la ciudad más próxima, donde el indignado preso fué encerrado sin ceremonia alguna en un oscuro y hediondo calabozo.
Se suele decir que la Justicia es ciega y por lo tanto lenta y precavida en su proceder. De todos modos, el disconfort y las faltas de “lesa majestad” con que se consideraba tratado, debe haber sido un verdadero infierno para un hombre tan dinámico como lo era Orllie. No tuvo más remedio que armarse de paciencia para soportar la lenta marcha de la investigación judicial.
Durante algunos de los siguientes días fué conducido a presencia de un oficial que le mortificó con interminables interrogantes. Comparecen también sus acompañantes entre quienes se destacaba Rosales que puso ahora todo de su parte a fin de perder a su antiguo amo. Preguntas y respuestas fueron penosamente anotados por secretarios, llegando el prontuario en pocos días a constituir un número enorme de fojas, pues a ellos había que agregar el enorme archivo de proclamas y documentos reales, todos redactados en francés, que Orllie llevaba consigo en el momento de su captura, todo lo cual fué cuidadosamente empaquetado para ser remitido conjuntamente con el preso a un miserable caserío donde tenía su sede el jefe militar de la provincia. Allí ya dependería la duración de su estado de la voluntad de ese jefe, quien podía retener a su placer con cualquier pretexto antes de disponer su entrega a los tribunales. Así pues, una mañana muy temprano, fué sacado de su celda, recibiendo la indicación de montar un caballo viejo y decrépito que reconoció como el que usara antes Rosales, y su decepción debe haber sido muy grande, cuando vió que éste montaba su caballo favorito y que aún tuvo la desvergüenza de usar la hermosa montura real, teniendo Orllie en cambio que conformarse con la incómoda y andrajosa montura de su ex intérprete. Sea como fuere, el jamelgo que el francés hubo de jinetear, le fue desde un punto de vista muy beneficioso, como luego veremos.
Una fuerte escolta partió con el prisionero en dirección a la jefatura militar que se hallaba a una considerable distancia del lugar de donde el grupo, incluso Rosales, había partido. Tenían recorrido más o menos la mitad del camino, cuando el caballo de Orllie comenzó a andar con tal dificultad que se resolvió procurarse otro. Para su suerte, era el dueño del establecimiento un francés cuyo cuñado actuaba de cónsul en la ciudad de Concepción. Pudo de este modo valerse para escribir dos cartas, una para el cónsul de Concepción y otra al encargado de negocios de Francia en Santiago. En ellas puso de manifiesto sus temores en cuanto a sus derechos sobre el trono de Araucanía y Patagonia que consideraba legítimos.
Finalmente llegó la escolta y su prisionero al punto de destino, donde un coronel se dispuso a interrogarlo inmediatamente, a pesar de hallarse Orllie sumamente fatigado de tan largo e incómodo viaje. El francés fingió no saber expresarse en español, por lo cual hubo de ser llamado un intérprete, no tardando en presentarse un oficial que había vivido en Francia. Iniciada la interrogación comenzó Orllie en responder con tanta altanería que el coronel terminó por perder su paciencia y ordenó arrojarlo en un calabozo donde permaneció más de nueve meses. Durante ese lapso de tiempo quedó reducido a piel y huesos como consecuencia del malestar y las fiebres que le consumían. También sus cabellos y barbas comenzaron a despoblarse hasta quedar completamente calvo, y gracias a un paisano suyo, que apiadado de su situación, le suministraba todos los días algún alimento, no sucumbió de inanición.
Detallar todos los pormenores del proceso que se le siguió sería demasiado extenso y cansador, por lo cual lo concretaré en pocas palabras.
Si un consejo de guerra, al que debía ser remitido le hubiese declarado culpable, sin duda habría sido pasado por las armas. Pero gracias a la intervención del ministro francés, vizconde Cazotte, fué entregado después de engorrosos trámites a la Corte Civil, donde el lento proceso comienza nuevamente desde su principio.
Mientras todas las investigaciones, apelaciones, contra apelaciones y demás misterios (incomprensibles para mí) de la máquina judicial, mantuvo Orllie firmemente en alto sus derechos de soberano y sus confesiones las firmaba invariablemente como Orllie Antoine I, agregando que los hacía con carácter condicional.
Cuando le preguntaron por qué había adoptado el régimen monárquico en lugar del republicano, respondió que éste lo habrían rechazado los araucanos “qui ont gardé un bon souvenir de la royaliste Espagne, scrupuleuse observatoire des traités conclus avec leurs pères, et pour qui le mot république par le fait du Chili est devenu synonyme de loyauté”. (“que aún guardan buen recuerdo de la España realista, la estricta cumplidora de los tratados firmados con sus antepasados y para quienes la palabra república, por la actitud chilena, se ha convertido en un sinónimo de infidelidad”).
En su defensa escribió además… “Si los chilenos desean conquistar la Araucanía por considerarla parte de su territorio ¿por qué hablan entonces de fronteras”?)...
Un alegato de insanía presentado por el ministro francés no surtió efecto, por lo cual fué sentenciado a diez años de prisión. Gestionando un segundo examen médico, se logró que fuera declarado insano y que sería puesto en libertad a condición de que regresara inmediatamente a Francia.
Luego de haber sido conducido hacia fines de 1862 a la prisión de Santiago, consiguió el cónsul, embarcarlo en el barco de guerra francés “Duguay-Trouin”, con destino al puerto de Brest.
Durante el viaje, le fortificó el aire del mar y el buen alimento de tal manera, que le volvieron a crecer sus cabellos y barba tan tupidos y negros como antes.
De regreso en su patria, residió durante los primeros seis años en París donde hizo publicar infinidad de artículos en los que solicitaba hombres dispuestos para acompañarle en una nueva aventura hacia la “Nueva Francia” de sus ensueños. Inútilmente inició una suscripción para reunir fondos, pues los franceses no estaban dispuestos a contribuir con dinero para empresas atrevidas como las que exponía ese rey Orllie Antoine I ante las pocas personas que se daban el trabajo de solicitarle informes. En vano fueron asimismo todas sus cartas que dirigía a ministros y aún al príncipe heredero Napoleón. “Todo cuanto ha quedado para Francia en las Américas – escribía con trazos amargos – son los recuerdos de Luisiana y Canadá”. A pesar de todos los contrastes continuaba insistiendo en que Araucania y Patagonia “eran el único punto de partida para el establecimiento de una colonia francesa”.
Cuando el Papa Pío IX excomulgó en 1865 a los francmasones franceses, hallóse el nombre de Orllie entre los de esa tendencia, circunstancia que bajo ningún punto de vista podría favorecer su causa, y en vano trató de apelar al Vaticano.
Un año después, como una probable respuesta al pontífice, publicó un folleto conteniendo treinta y dos oraciones masónicas compuestas por él mismo. El precio de esta obrita – que constituía un severo código de principios morales para los jefes de Estado – era de veinticinco céntimos. Impreso en París llevaba por título: “Priere Maconnique. Para et Prince Orllie Antoine I de Tounens, Rei d´Araucanía et de Patagonia”.
(“Oración masónica. Por el Príncipe Aurelio Antonio de Tounens, rey de Araucanía y Patagonia”)
Por el mismo tiempo dió a luz algunas de sus memorias que magníficamente compuestas revelaban un alto grado de cultura y una sorprendente facultad de observación en su autor. Refiriéndose a su aprisionamiento y exilio de su reino, plantea en diversas ocasiones esta cuestión: “¿Louis XI aprés Personne, et Francois I après Pavie, étaient ils moins rois de France qu´avant”? (“¿No eran Luis XI después de Peronne y Francisco y luego de Pavía tan reyes de Francia como antes de esos acontecimientos”?)
Desde el Hotel de Tours, situado en la plaza de Bourse en París, continuaba exhortando a los altos empleados del gobierno y el Senado.
Que su admirable constancia dió finalmente algún fruto está demostrado en que en 1869 fué conducido a bordo de una nave de guerra francesa “D’ Entrecasteaux” hasta la costa de Patagonia, desembarcando en el lugar donde se halla actualmente el puerto de San Antonio (Gobernación de Río Negro). Como único acompañante llegó con él a esa entonces desolada y árida tierra un italiano llamado Pietro Tappa, en calidad de secretario de este rey que se disponía a emprender la extenuante empresa de recorrer a pie una inmensurable distancia a fin de reclamar su trono. Numerosos peligros amenazaban el éxito de esta aventura, pues aparte de los propios de la naturaleza corrían el riesgo de ser apresados por las hostiles tribus que habitaban el valle del Río Negro y que tal vez no reconocerían a Orllie, quien por no saber hablar su idioma no hallaría forma de darse a conocer ni expresarles los motivos porque atravesaba sus dominios.
No omitiré aquí de mencionar que a las tierras que Orllie y su compañero se disponían atravesar, había llegado unos treinta años antes el famoso dictador argentino general don Juan Manuel de Rosas en una expedición al desierto, durante la cual obligó a los indios nómadas a retirarse más hacia el sur del Río Negro, donde estableció su campamento y fue visitado por Carlos Darwin. Al retirarse luego las tropas blancas, volvió la frontera indígena a moverse nuevamente dentro de las pampas. en los tiempos que nos ocupan eran los indios una vez más dueños de sus antiguos dominios.
Aparte de lo aventurado del propósito de estos dos hombres, requeríase una voluntad férrea y una intensa resistencia física. El francés y su acompañante italiano atravesaron las zonas áridas y carentes de agua hasta llegar al Río Negro, cuyo cauce, corriente arriba, habían de seguir por más de cuatrocientas millas. Ignoro la cantidad de provisiones que llevarían, pero considero que no habrán sido muchas y que para su sustento casarían guanacos, liebres y avestruces, únicos animales que se encuentran en estas tierras desprovistas de otra vegetación que unos arbustos raquíticos.
A poco andar a lo largo del Río Negro, fueron sorprendidos y apresados por una de las tribus indígenas. Por los motivos ya expresados debía creerse que la aventura terminaría aquí. Sin embargo no fué así.
Llevados a presencia del cacique, pudo Orllie hacerle comprender que él era el rey de los araucanos y patagones, y para su fortuna recordó el jefe indio haber oído hablar unos diez años atrás de semejante rey, por lo cual dispuso no sólo salvar la vida de esos hombres blancos, sino que él mismo encabezaría la escolta que les guiaría el camino.
Luego de una larga y cansadora caminata, llegó finalmente hasta los majestuosos Andes, donde se hallaba el campamento de su viejo amigo el cacique Quilipán. Inmensa fue la alegría de los naturales por la reaparición de su rey, pues justamente llegaba en momentos en que se preparaban para la guerra, pues los chilenos habían construido durante la ausencia de Orllie una línea de fortificaciones en el norte y otra en el sud dentro del territorio araucano, con el fin de lanzar en momento oportuno una ofensiva combinada contra las tribus de la altiplanicie. La noticia de la vuelta del rey se difundió como un reguero de pólvora a todas las tribus araucanas y patagones.
A pesar de las mencionadas fortificaciones, sabían los jefes militares chilenos por dura experiencia que el indómito heroísmo de los araucanos haría problemática una pronta victoria. Por ello, aparte de las medidas militares, habían hacía algún tiempo entabladas relaciones amistosas que le permitieron penetrar considerablemente dentro del territorio indígena. Surgió así la oportunidad de invitar a las tribus limítrofes a alegres orgías donde se les embriagaba con mosto, especie de vino muy fuerte. Indudablemente copiaron este proceder de los norteamericanos que lo empleaban como la forma más práctica para reducir a los indios; pues al degenerarlos con bebidas espirituosas traía además la ventaja de acobardarles y hacer más fácil un triunfo con armas modernas.
Las autoridades militares chilenas no dieron en un principio crédito a los alarmantes rumores sobre la reaparición de Orllie entre los araucanos, pues consideraban imposible su llegada sin haber sido sorprendido. A fin de comprobar la veracidad, organizaron otra orgía al que invitaron un considerable grupo de caciques y sus guerreros con quienes tenían ya entablada alguna amistad y así, dominados por los vapores alcohólicos del mosto, contaron los naturales, que su rey había cruzado el continente desde el Océano Atlántico
Tratando de sacar provecho del estado de beodez en que se encontraban los indios, declaró el comandante chileno que Orllie era un criminal peligroso, que les conduciría a la ruina si insistieran en seguirle. Les pintó luego los deseos que todo chileno abrigaba de entablar buenas relaciones con los araucanos. Finalmente, al observar que sus palabras parecían hallar algún eco entre su auditorio llegó hasta injuriar el nombre de Orllie y poner su cabeza a precio ofreciendo pagar dos cutamas (1) cargados de oro a quien lo capturase.
Mientras los guerreros dormían su borrachera, ordenó el comando militar chileno la iniciación de incursiones en territorio araucano, donde destruían las cosechas y masacraron a nativos indefensos.
Los chilenos comprendieron que si querían hacer creer a los indígenas la peligrosidad de Orllie habían de obrar con sumo apresuramiento, pues una inquietante noticia comenzó a convulsionar el ambiente en Santiago. Ya cuando los primeros rumores sobre el regreso del aventurero, habían circulado versiones que éste hizo creer a sus súbditos que Francia le apoyaría con fusiles y otras armas, sugestión que los mandatarios de Santiago recibieron con sonrisas burlescas. Pero cuando se supo que la misma nave de guerra que condujo a Orllie hasta la Patagonia había estado anclada unas setenta millas al sur de Concepción, frente a Lebu, comenzó la intranquilidad a crecer tanto como grande era la alegría de los indios de la altiplanicie, quienes animados por el regreso de su rey, se preparaban febrilmente para la guerra. Lo único que consolaba a los chilenos era que cuando la última orgía, cuya borrachera dormían aún millares de guerreros, ignoraban los indios la presencia del buque francés.
(1) La cutama era una medida de capacidad equivalente al celemín (algo más de cuatro litros y medio.)
También a Orllie le esperaba una amarga noticia, pues llegó a saber que durante su ausencia se habían apoderado los chilenos de toda la costa de Araucanía, por lo cual se veía imposibilitado de aproximarse al Océano Pacífico sin ser visto, capturado y probablemente fusilado en el acto. Sin embargo, para derrotar a éstos necesitaba las armas de fuego que era de suponer podía conducir el “De´Entrecasteaux”, de cuya presencia tuvo noticias.
El premio puesto sobre la cabeza del aventurero francés no parecía tener efecto alguno mientras éste permanecía lejos de la frontera y según reveló a las autoridades chilenas un vendedor ambulante regresando del territorio araucano, que los indígenas sin excepción, reconocían a Orllie como su rey, que pronunciaban su nombre con emocionante respeto y que estaban convencidos que había descendido del firmamento.
Lo más probable es que el francés haya llegado a la conclusión que sin armas de fuego ni un cuerpo de ejército bien disciplinado nada podía hacer en definitiva, resolviendo ante la imposibilidad de comunicarse con el crucero francés, regresar a Europa a fin de procurar una ayuda más efectiva.
No existen pruebas que Francia respaldara en forma alguna a Orllie, pero la presencia de la nave de guerra que le condujo a Patagonia en momentos de un gran levantamiento indígena, resulta un tanto sospechosa.
Sin perder tiempo preparose nuestro héroe para regresar a la lejana orilla del Océano Atlántico y escoltado por numerosos caciques atravesó el valle del Río Negro en dirección a Bahía Blanca. Esta población que constituye actualmente una importante ciudad, se componía entonces exclusivamente de algunos ranchos habitados en su mayor parte por una guarnición militar encargada de vigilar a los indios.
El viaje desde los Andes hasta esta población era en extremo penoso y requería una resistencia férrea, pues era menester atravesar cálidos desiertos e inmensas salinas, siempre azotados por fuertes y continuos vendavales.
Embarcado para Buenos Aires, pudo luego de una corta estancia en la capital de la República Argentina regresar a París, donde con su característica e incansable energía comenzó una vez más a hacer propaganda para su causa. El pueblo parisiense resistíase a creer en sus radiantes relatos que describía sobre su actuación en la América del Sud y lo tomaban más bien como un avezado escritor de aventuras sugestivas. Sin embargo cuando se divulgó la noticia que un banquero londinense, un tal Jacob Michaels, había decidido apoyar la empresa de Orllie, se produjo un violento cambio en toda la prensa francesa que ahora con la mayor vehemencia comenzó a defender la causa del exiliado rey de Araucanía y Patagonia. En mordaces artículos se reprochaba al gobierno francés de haber con su indolencia obligado a un patriota como Orllie a buscar su apoyo en Inglaterra.
Con increíble rapidez reunió el banquero, mediante la venta de acciones los fondos necesarios con los que armaron dos naves; Orllie estaba tan seguro del éxito de esta tercera expedición, que hizo acuñar monedas de cobre que llevaban grabadas las armas reales de Araucanía y Patagonia y el año de 1874.
Cuando en Chile se supo de semejantes preparativos, ordenó el gobierno que sus representantes en Londres y París tomaran medidas en el asunto. Inmediatamente fueron Orllie y sus partidarios acusados como piratas del peor y más peligroso linaje. Las acciones ya colocadas no pudieron contrarrestar los efectos de una acusación tan extraordinaria y la empresa recibió un golpe mortal cuando luego de haber sido sorprendido in fraganti y detenido un negociador de acciones, allanara la policía las habitaciones de Orllie. Y así, bajo la presión diplomática, quedó disuelta la sociedad “Orllie-Jacob-Michaels”.
Abatido regresó Tounens a su provincia natal donde escribió otro libro de sus memorias, insistiendo siempre y no sin razón, que legalmente era rey de Araucanía y Patagonia. No por eso dejó de ser el blanco de las burlas y los sarcasmos de gentes que no entendían de sacrificios. Finalmente, cuando llegaron las primeras noches de otoño del año 1878, cerró Orllie para siempre sus ojos en la pequeña población de Tourtoirac, a la edad de cincuenta y tres años. Según su testamento habrían de pasar sus derechos al trono a su pariente más próximo que era un primo segundo.
Apenas empezó a circular la noticia sobre su muerte, dedicarónle numerosos periódicos franceses sendas páginas, publicando su biografía y señalándole como un ardiente patriota que sólo debió su derrota a la ingratitud de sus compatriotas.
Sean los defectos que a Orllie pueden ser achacados, hay que reconocer para su honra, que realizó una obra que parecía impracticable, en lo que, sin verter una sola gota de sangre, llegó a conquistar el corazón de un pueblo indómito. El legislador de la pequeña ciudad de La Chaise, había logrado penetrar pacíficamente en el corazón de la imponente cordillera de Los Andes, donde no sólo los araucanos sino también los patagones le habían proclamado como su rey.
Y aunque llegó a ser un serio trastorno desde el punto de vista chileno, es menester reconocer que desde la muerte del último inca, ha sido Aurelio Antonio I el real y único monarca que ha conocido la majestuosa región andina.
1° y 15 de Abril de 1941.
BALANZA NÚMS. 198 Y 199.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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