Abd-El-Kader
- EMEDELACU

- 17 abr
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ABD-EL-KADER. (Sidi-el-Hadj-el-Kader-Uled-Muhi-ad-Din) nació en 1807 en la población de Gartner, situada a unas cinco leguas de posta al S.O., de Mascara, en el departamento de Orán, uno de los cinco distritos en que se subdivide actualmente la provincia de igual nombre (Orán, Sidi Abbés, Mascara, Mostaganem y Tremecén o Tlemcen).
Su padre, Muhidin, titulado Muhddin que significa “director de los fieles” ejercía el cargo de morabito, profesión que a modo de los ermitaños de otros cultos, vivían en una construcción de dimensiones reducidas, dedicado a la vida ascética y solitaria y al que acuden tal de fanáticos y afligidos para consultarles en sus obsesiones o cuitas. Muhddin sostenía pertenecer a los fatimistas, título que se abrogaron los descendientes de los dos hijos mayores (Hasan y Hosein) de Fátima, hija de Mahoma y casada con el califa Alí Abu Talib. Y aún cuando la legitimidad de los fatimistas era muy discutida desde que, desenterrado su renombre por Caher-Billah en principios del siglo X al rebelarse contra los abbasides y omeyas que habían usurpado el califato a los descendientes de Mahoma, dudaban mucho que Caher-Billah no fuera a su vez nada más que un aventurero sin el parentesco real que invocaba. Sea como fuese, era Muhddin muy venerado no solo como fatimista sino también por la austeridad con que sostenía la ley del Corán.
Fue su intención de educar también a su hijo para morabito, para cuyo fin lo envió para su educación a Kachroo, dando el niño elocuentes muestras de una gran inteligencia como así también una asombrosa facilidad de palabra unida a una perspicacia que le permitía explicar desde muy pequeñito los pasajes más difíciles del Corán. Además su destreza en el uso y manejo de los caballos como diestro jinete, contribuía enormemente a que conquistara la admiración de las tribus del valle de Eghris o Mascara.
Antes de continuar con otra etapa de su vida, daremos una mirada retrospectiva sobre la historia y etnicismo de esta región africana, pues servirá para poder formar un concepto más claro sobre su situación.
La Argelia, cuya población primitiva ha sido y es la de los bereberes o berberiscos, descendientes de las tribus preadamicas que habitaron algunas regiones del antiguo continente de la Atlántida como ser en la hermosa región que hoy cubren las aguas del mar Mediterráneo; tal vez no carece de fundamento la creencia de que los citados individuos hubiesen huído antes a la actual península ibérica, pues si es cierto que la aparición del estrecho de Gibraltar completó la inundación de esa región admirable, no ha sido aún comprobado en qué forma habrá volcado sus aguas al mar cuyo lecho constituye desde entonces el tan gigantesco desierto del Sahara.
Sufrida la metamorfosis que la humanidad entera hubo de pasar y que como recuerdo ha sido encerrada en el símbolo de Caín y Abel, fueron los bereberes andando el tiempo conquistados primero por los egipcios (no es posible señalar la época aun cuando algunos suponen fuera del siglo XVI o XVII antes de Jesús) y aún cuando luego reaccionarios y con la expulsión de las huestes faraónicas recuperaron su independencia, fueron sucesivamente sometidos por los fenicios, los romanos, los vándalos (siglo V, los griegos bizantinos (siglo VI) y finalmente por los árabes (siglo VII) los que dominaron hasta la segunda mitad del siglo XIII en que la raza preponderante supo arrojar una vez más el yugo de los invasores, aunque esto sólo a su modo, pues el berberismo es piadoso y muy inclinado a la superstición, venerando ciegamente a los sacerdotes y es siempre intolerante y fanático; hemos de reconocer que esta raza solamente presenta un papel en la historia de las guerras o revoluciones cuando lo impulsa a tal fin un sacerdote en nombre de la religión que adoran, siendo los fanáticos que les sublevan casi siempre medio sacerdote y medio guerrero, dando lugar a sugestiones que los guiados sólo interpretan dentro de la fantasía colectiva y que señala las épocas de inconciencia y barbarie en que los sacerdotes en nombre de sus ídolos, bendecían las armas y el exterminio, cosa que hoy hasta los más fanáticos de nuestro siglo de civilización rechazarían horrorrizados.
La independencia de las tribus bereberes vióse nuevamente enturbiada al huir a sus costas los árabes expulsados de España (1492). Estos árabes, cegados por el odio que en ellos estalló contra los españoles vencedores, redoblaron desde las costas africanas sus aventuras de piratería, como si amenazaran además del deseo de venganza, reunir por el saqueo riquezas mayores que las que hubieron de abandonar en tierra española. Armados contra ellos las fuerzas civiles e inquisitoriales españolas, conquistáronse algunos puertos de Argelia como ser Orán, Al-Yeiser (Argel), Bougie, etc., y obligaron al bey Selim Eutemi a rendir vasallaje al rey de España (1510), pero este estado de cosas duró apenas algo más que un lustro, pues en 1516 apareció el famoso pirata Aruj (Barbarroja), quien después de arrojar a los españoles de Argelia y de expulsar al indeciso Selim, tomó él mismo las riendas del gobierno y aún cuando sólo por tres años pudo mantenerse en el poder, tuvo un eficaz sucesor en su hermano Khair-Eddin, quien al verse a su vez amenazado por las formidables armas que envió contra él el poderoso emperador Carlos V de Alemania y España, pidió la ayuda del sultán turco Selim I, con cuyos refuerzos pudo afrontar la embestida de los españoles, pero al mismo tiempo convirtióse el país en una regencia del imperio Otomano. Las regencias, además de otras obligaciones estaban sujetas al pago de una cuota en señal de subordinación, paga que los soberanos de Argelia cumplieron hasta principios del siglo XVIII en que el bey Baba-Alí suprimió esta fórmula reduciendo además con su autoridad el desorganizado poder turco en Argelia a una simple apariencia.
En 1732 ocupó España una vez más el Orán, pero la creciente influencia del rey fué de tal magnitud que los españoles resolvieron devolver el territorio a la soberanía argelina, contentándose con obtener en cambio algunas ventajas mercantiles.
Durante los primeros años de Abd-el-Kader, que ya hemos descrito, reinaba en Argelia el bey Alí Bajá, cuyo ministro de gobierno Husein Bajá abusando de su popularidad destronó mediante un golpe de estado a Alí, elevándose a sí mismo al rango de bey. Y como todos los usurpadores siempre temen que otros han de emplear contra ellos el mismo medio de que se valieran ellos mismos, no pudo Husein menos que ver una amenaza en la gran popularidad de que gozaba el morabito Muhddin, padre de Abd-el-Kader. Resolvió entonces el bey deshacerse de su probable rival ordenando su asesinato, pero esta tentativa fracasó, pues Muhddin, avisado a tiempo del siniestro complot contra su vida, pudo reunir a su familia y huir al Cairo, capital de la entonces regencia turca de Egipto.
Después de una estancia en esta ciudad, inició Muhddin en compañía de su hijo su peregrinación a la Meca (Makka), viaje bastante penoso en los tiempos anteriores a la navegación a vapor. Pero sea cual fuese la magnitud de ese sacrificio, se creía todo mahometano fervoroso estrictamente obligado, aunque sea solo una vez en su vida a tomar parte en la gran peregrinación a Haggi, que durante la gran fiesta anual se practica el día de Arafa o sea el noveno del mes de las peregrinaciones y que se celebra en la Meca o sea la ciudad santa del Hiyaz (Arabia occidental), situada en el centro del territorio sagrado llamado Hud-el-Haram, dentro del cual, no puede existir el pecado ni está permitido matar otros animales que los infieles.
En el interior de esta ciudad a la que los árabes dan mil títulos pomposos, como, “Madre de las ciudades “ (Om-el-Kore), “Patria de los fieles” (Belad-el-Amein), etc., encuéntrese una famosa mezquita imperial. Hemos de aclarar que al igual que en las iglesias de otros cultos, las mezquitas están también divididas según la importancia del lugar en que se hallan ubicadas, en mezquitas imperiales o catedrales, mezquitas comunes y oratorios. Y es desde los alminares o agujas que coronan siempre estos templos, donde se colocan los almuédanos o sean sacerdotes encargados de llamar al pueblo a la oración, cantando con voz melodiosa y acompasada una fórmula como ésta: “¡Alá es altísimo! ¡Yo testifico que no existe otro dios que Alá! ¡Yo testifico que Mahoma es su profeta! ¡Venid al templo de la salud! ¡Alá! ¡Alá es grande! ¡Yo testifico que no existe otro dios que Alá”! A esta voz que resuena por el silencio que comúnmente reina en las ciudades árabes, y especialmente en la pequeña ciudad de Meca, con sus 30,000 habitantes, población que se halla edificada entre tres pequeñas sierras que dificultan su extensión. Acuden a esta voz los fieles, los que luego de haber hecho el abdet o sea la ablución que consiste en echarse agua por la cabeza y lavarse tres veces los pies con una cantidad reglamentaria de agua que se encuentra en fuentes y baños construidos para tal fin, entren luego en la iglesia para escuchar a los imanes, que son sacerdotes pagados para leer el Alcorán y rogar por las almas detenidas en el purgatorio, o sea un lugar imaginario de expiación y que los mahometanos llaman Araf.
Con el fin indudable de combatir los fetichismos y las idolatrías, prohibió Mahoma terminantemente por el Alcorán, la presencia de santos o imágenes de persona alguna, siendo lo único que suele admitirse en las blancas paredes de las mezquitas, la inscripción del nombre de Alá, Mahoma, y de los primeros califas. La ley mahometana no admite tampoco la presencia de mujeres jóvenes dentro de los templos, las que cumplen con el precepto de la oración en sus casas particulares, medida que si parece extravagante, tiene sin embargo la virtud de poner un coto más estricto a hechos escandalosos que suelen observarse en otros cultos.
La gran mezquita de la Meca, objeto de todas las peregrinaciones mahometanas, se ha fundado a los tres siglos de Mahoma con el fin de dar mayor solemnidad a la Kaaba o templo, custodia de la piedra negra. La Kaaba que se halla en el patio de esta gran mezquita ha sido construida, según rezan las leyendas que la fantasía tejió al amparo de los siglos que se sumergen en la oscuridad de la ignorancia, por Adán, siendo luego destruido por el diluvio. Tiempo después sostiene la tradición, fué reedificado por Abraham, quien con su hijo Ismael, la convirtió en un templo dedicado a la idolatría y de cuya custodia se encargó durante más de dos milenarios (28 siglos) la tribu de los Koreischitas, pero debido a que los descendientes de Abraham hacían colocar su efigie en el templo en compañía de la del dios que adoraban, permitió dios que este templo fuera numerosas veces saqueado y destruido por otras tribus idólatras. Es indudable que la Kaaba que durante muchos siglos habrá sido un templo idólatra, fuese destruida y reedificada luego de repetidas disputas entre las tribus primitivas, mencionándose, su última destrucción que sería a consecuencia de un incendio ocurrido hacia el año 685 o sea 53 años después de la muerte de Mahoma, debiéndose su reconstrucción a Ibn-ez-Sobeir, quién dió al edificio la forma que actualmente tiene. También debe ser real que Mahoma, siendo descendiente de la tribu de los Koreischitas, rebelose contra la idolatría en general, y a imitación de Jesús que arrojó a los mercaderes del templo, expulsara a la vez a los santos o ídolos de la Kaaba, famosa piedra negra ni contra la costumbre de repartir el tapiz que cubre el templo y que durante la gran peregrinación anual es cortado en miles de trocitos repartido entre los peregrinos que los guardan y los consideran como el más poderoso talismán. Es luego el deber de los príncipes musulmanes regalar un nuevo tapiz que siempre es de seda negra, el que correrá la misma suerte cuando la peregrinación siguiente, y cuya costumbre se había impuesto unos siete siglos antes de Mahoma.
La famosa piedra negra cuyo color es más bien de un rojo oscuro y parece de origen volcánico o tal vez un meteorito, fué traído, según la tradición por el arcángel Gabriel cuando la primera construcción del templo, siendo el mismo arcángel el que habría señalado el lugar donde construir el templo y los ritos de la peregrinación. Otro de los extraños ritos que observan los peregrinos es el beber de las aguas de la fuente Zemzem, la que según la leyenda brotó bajo los pies de Ismael cuando junto con su madre Agar habían sido abandonados en pleno desierto por su padre Abraham. Esta fuente se encuentra en la capilla de las chapitas, uno de los reducidos edificios que rodean la Kaaba y en los que se colocan los imanes de los cuatro ritos musulmanes ortodoxos para dirigir la oración de los creyentes de su comunidad. El agua que produce esta fuente afírmase que suele tener un color como la leche y un químico que la analizó dice que contiene una enorme cantidad de materias orgánicas y residuos fecales. Sin embargo, durante las procesiones, suelen haber millares de peregrinos que fervorosamente aguardan el instante de poder beber de estas aguas en rememoración del acto en que Agar apagó la sed de Ismael.
Hay dos formas de peregrinación a la Meca, siendo una de ellas la que el peregrino realiza en la fecha que le plazca, con o sin acompañantes y que generalmente inician en un punto situado en Tanim, en rememoración de “la madre de los creyentes” Aisha (o Aixa), la última esposa de Mahoma, mujer tenida por sumamente sabia y virtuosa y que sin embargo, parece haber dado motivos a muchas habladurías, y la que según se afirma comenzó su peregrinación en ese lugar.
La otra peregrinación es el haggi que anualmente solo se celebra en el mes de las peregrinaciones, y en la que tomó parte Muhddin con su hijo Abd-el-Kader. Durante ella pudo el niño presenciar la reunión de Arafa, las ifadas o carreras tumultuosas de Arafa a Muzdalifa y de este lugar a Mina, el día del sacrificio, la carrera de los peregrinos alrededor de la Kaaba durante la cual, sin detenerse en su marcha besan la piedra negra que se encuentra embebida en la pared en el ángulo noreste del templo, la bebida de las aguas de la fuente Zemzem, etc., y creyendo a su vez, según afirma la superstición, que con ésta práctica quedará el peregrino limpio de pecados.
Como todos los peregrinos obtuvo también Muhddin el certificado que le justificara el título honorífico de El Hadj, con el que regresó satisfecho a El Cairo.
Mientras tanto, estalló un conflicto entre los reinos de Argel y Francia. Resulta que el gobierno de Carlos X no había satisfecho de inmediato el pago de una partida de trigo argelino comprado para el ejército francés y Husein, que había ocasionado ese atraso debido al precio que exigía y que los franceses consideraban muy elevado, se encolerizó de tal modo por el retardo de la paga que llegó a insultar y aún golpear al cónsul francés M. Deval. La denuncia hecha por el referido diplomático causó intenso revuelo en Francia la que sin demoras declaró la guerra a Argelia, conquistando Argel (5 de julio de 1830) y luego a toda la costa, obligando al bey a renunciar a su trono. Obteniendo este triunfo y a causa de la revolución de julio que culminó con la ascensión de Luis Felipe de Orleans al trono de París, ocasionó un compás de espera en las operaciones francesas.
Muhddin, al saber la caída del usurpador Husein, volvió a Kachron, siendo entusiastamente recibido por las tribus del valle de Eghris. A estos armó en guerra para hacer frente a un ejército turco que procuraba restablecer en el interior la regencia de Argelia. Derrotados los otomanos fué tal el delirio de las tribus bereberes, que rogaron a Muhddin asumiera el emirato, pero el morabito consideróse a sí mismo demasiado anciano por lo cual solicitó que ese honor estuviese reservado para su hijo Abd-el-Kader. Éste que vivía en el retiro con su esposa y dos hijos, haciendo honor a la fama de su padre por la austeridad de sus costumbres y la estricta observancia del Corán, como así también por haber hecho una segunda peregrinación a la Meca, fué aclamado por unanimidad como el candidato más digno al trono. Éste acudió a la voz de su padre y proclamó a la ciudad de Mascara capital de sus estados (1832).
Apenas en posesión del mando, fue informado Abd-el-Kader de que los franceses, cuya situación interna se había consolidado luego de la caída de Carlos X, hacían preparativos para someter gradualmente toda la Argelia, organizó un cuerpo de caballería compuesto por 10,000 hombres, con los cuales tan pronto quedó demostrado el avance de los europeos con el afán de extender su dominio, marchó Abd-el-Kader a su vez sobre Orán. Tres veces atacó a las tropas que bajo el mando del general Boyer defendían la ciudad, viéndose rechazado con grandes pérdidas de hombres como así también obligado a levantar el sitio que había puesto por tierra a la mencionada población, pero a pesar de ello adquirió Abd-el-Kader gran reputación por su talento militar y su valor, y así, aunque se vió vencido obtuvo la ventaja de acostumbrar a sus tropas a hacer frente a la artillería. Al retirarse de Orán vióse apoyado por otras tribus que hasta entonces no le habían querido reconocer pero que ahora impulsados por su odio a los invasores preferían obedecer antes a Abd-el-Kader que a Luis Felipe. El poder que adquiría el hijo de Muhddin fué tal que el general francés Desmichels, a la sazón gobernador de Orán, previendo una derrota inevitable, juzgó más prudente suspender toda acción bélica y entablar relaciones con el Emir de Mascara y con el que el 26 de febrero de 1834 firmó un tratado, en el cual el rey africano reconocía la supremacía de Francia, siendo a su vez reconocido por los franceses como Emir de Mascara y de toda la provincia de Orán, a excepción de los puertos principales que quedarían en poder de los europeos. Además de estas ventajas se le concedía también el monopolio del comercio en el interior. Puede ser que el general francés obrara con sinceridad al firmar tal tratado, pero no opinó de tal modo el gobierno de París que procuraba aprovechar la cesación de las hostilidades para mejorar su posición militar y reiniciar las operaciones con mayor éxito en la primera oportunidad. Abd-el-Kader era demasiado astuto para no adivinar la estratagema, procediendo sin demora en la reorganización de sus tropas, formando un cuerpo de infantería regular y un pequeño servicio de artillería. En esto estaba ocupado cuando el alto comando francés ordenó a su general Trezol que avanzara hacia el sur. Ambos ejércitos se encontraron a las orillas del río Sig, pero a pesar que las tropas del Emir eran mayor en número, carecían de la disciplina de los franceses, no pudo llevar a feliz término la acción, sin embargo, opuso tal resistencia que mereció el elogio de los franceses. Aún cuando Abd-el-Kader se retiró del campo de batalla, no se atrevió el general francés a aventurarse a un nuevo avance, optando a su vez a retirarse a una posición más sólida. Perseguido por las tropas argelinas,cuya retirada no fué más que una estratagema vióse inesperadamente atacado por ellos en un desfiladero, en circunstancias en que se disponían a cruzar el río Macta (28 de junio de 1835). El ataque fué tan inesperado que los franceses no tuvieron tiempo a organizar sus defensas, convirtiéndo la retirada en una derrota, debiendo dejar 500 muertos en el campo de batalla.
El revés sufrido por Trezel ponía en peligro todas las conquistas hechas anteriormente por los invasores, pues otras numerosas tribus argelinas independientes, admirados por los triunfos de Abd-el-Kader y comprendiendo que aisladamente nada podrían hacer, resolvieron reconocer también su autoridad y ponerse a sus órdenes, hecho que aumentaba enormemente la preponderancia del Emir. Pero si fue grande la alegría de los argelinos al aumentar las perspectivas para poder defender su tan anhelada independencia, fué mayor el apasionamiento y la indignación en París, cuyas autoridades, dispuestas a tomar medidas extremas, destituyeron a Trezel, en cuyo reemplazo enviaron al general Clausel, al frente de un poderoso ejército expedicionario; éste resueltamente invadió el Kachron. Abd-el-Kader que comprendía que sus fuerzas no podrían defender con éxito a su capital, ordenó el éxodo, por lo cual al ser tomada por los expedicionarios la encontraron desierta (diciembre de 1835). El general francés comprendiéndose burlado, mandó incendiar las casas abandonadas, iniciando inmediatamente después un infructuoso avance hacia el interior. Abd-el-Kader que cuidadosamente eludía todos los encuentros que no fueran de guerrillas, se había retirado con su estado mayor al distrito de Tremecén, lindante con el imperio de Marruecos. Clausel por su parte, a pesar de los insignificantes resultados que obtenía procuraba tener en alto su prestigio ante la opinión pública francesa con pomposos boletines en los que desvergonzadamente se jactaba de haber aniquilado el poder del Emir. Abd-el-Kader, al tanto de los movimientos de los ejércitos invasores, arrojó repentinamente sus fuerzas sobre una importante columna francesa a la orden del general d´Arlenger que atravesaba la región montañosa del Atlas confiando en copar el estado mayor del hijo del morabito. A orillas del río Tafna y en las inmediaciones del poblado de Sidi-Yacub, tuvo lugar el encuentro, pero a pesar de la desesperada resistencia que el general opuso durante los días 24 y 25 de abril de 1836 no pudo evitar una luctuosa derrota.
Al hacerse público este nuevo revés que descubría todas las bravatas del general Clausel, dispuso el rey Luis Felipe el envío del general y mariscal de Francia Thomas Robert Bugeaud, duque de Izy con órdenes terminantes de obtener la sumisión del Emir, sea diplomáticamente o por medio de las armas. Bugeaud inició las gestiones pertinentes a fin de lograr una sumisión pacífica y cuando estas fueron rechazadas por Abd-el-Kader con sobrados motivos de desconfianza, emprendió con gran energía las operaciones bélicas, penetrando resueltamente en el interior del país. A orillas del río Siken fue sorprendido el 6 de julio de 1836 por un fuerte contingente de tropas al servicio del Emir y con tal fuerza y sorpresa fué el encuentro que se preveía la inminencia del desbande del poderoso ejército expedicionario. Sólo la inalterable serenidad del duque de Isy pudo evitar tal desastre y organizando rápidamente la defensiva, lanzóse a su vez al ataque. Abd-el-Kader cuyas fuerzas sufrieron grandes bajas, al comprender el fracaso de sus planes en esta batalla, optó por retirarse. Bugeaud, un hombre sumamente prudente y astuto, no se envalentonó en esta victoria y limitó su acción a medidas tendientes a consolidar sus posiciones. En esto estaba cuando ocurrió la rebelión del bey de Constantina que ya tenía firmado un tratado de sumisión a Francia, y temiendo Bugeaud que las fuerzas sublevadas pudieran unirse con las del Emir, hizo a éste repentinamente proposiciones tendientes a un arreglo pacífico. Abd-el-Kader, emocionado por este cambio inesperado de su poderoso adversario aceptó la proposición y en una entrevista con el general francés a orillas del río Tafna, redactó un tratado que se selló y firmó con toda formalidad el día 30 de mayo de 1837. En este tratado Abd-el-Kader reconoció la soberanía de Francia y se sometió a pagar un tributo en granos y ganado, y en cambio a ello reconocería Francia al hijo del morabito como Emir de los territorios de Orán y Argel, excepto los puertos y sus alrededores.
Tal fué la impresión que le causó este tratado que él creyó sincero por parte de los franceses, cuya superioridad en fuerzas reconocía, que envió un agente a París con hermosos regalos, y con la misión de negociar un nuevo tratado de amistad que serviría de base para fomentar el progreso y la civilización de Argelia. Mientras tanto, comenzó a sentar los principios del orden y la disciplina, haciendo divisiones administrativas que sacarían a las tribus de su apatía. Creó también un ejército regular integrado por 8,000 soldados de infantería, 2,000 tropas de caballería y 240 artilleros. Fundó además varias fábricas de pólvora, cañones y otros materiales bélicos y que hizo montar en las principales ciudades de su territorio.
Apenas habían pasado dos años durante los cuales los franceses pudieron vencer todos los peligros de complicación, preparándose nuevamente para acabar con el poder de Abd-el-Kader. Como pretexto ante la opinión pública francesa, se justificaba tal propósito mencionando la necesidad de combatir el peligro del creciente poder del Emir de Mascara, el que podría constituir un peligro para con los puertos de Orán y Argel, donde al amparo de las leyes coloniales francesas funcionaban importantes industrias. Envióse primeramente al mariscal de Francia Silvano Carlos, conde de Valée con la orden de exigir la rectificación de uno de los artículos del tratado de Tafna. Como ya estaba calculado, rechazó el Emir tal imposición, dando pie a Francia para considerarse en guerra con el reino de Mascara y justificar una nueva invasión. Para dar el mayor realce a esta acción dispuso el rey francés que su hijo primogénito, el príncipe Fernando Felipe Luis Carlos Enrique duque de Orleans figurara al frente de las primeras fuerzas, cuyo número no dejaba de ser considerable. Estos marcharon al interior tomando el famoso desfiladero de Puertas de Hierro que Abd-el-Kader había fortificado y con cuya ventaja creyeron haber quebrado la fuerza del pequeño ejército modernamente equipado con que contaba el Emir. Este reaccionó con energía y proclamando nuevamente la guerra a la usanza árabe, invadió a su vez la llanura de Mitidja, cedida a Francia por el tratado de Tafna, donde destruyó los establecimientos franceses. Si hasta entonces la guerra había tenido la apariencia de “abrir para Argelia las puertas de la civilización”, estalló en toda Francia un grito de indignación. Inmediatamente se ofreció nuevamente el general Bugeaud, quien al frente de 100,000 soldados comenzó la persecución al Emir de Mascara. Para infundir el terror entre los indígenas ensayó este general un nuevo sistema que en la práctica fué refinado por el general Lamoriciere, sistema que consistía en dividir el campo enemigo en fracciones teóricas, las que al ser ocupadas se pasaba por las armas a todos los individuos que en ellos hallaran del bando enemigo, sin considerar preferentemente edad ni sexo. Este método se gloriaba contra todos los derechos de guerra, pero como iba dirigido contra “salvajes peligrosos”, todo era permitido y como tal lo copiaron otros países en sus conquistas coloniales cuando encontraban resistencia denodada. El efecto de esta táctica no se hizo esperar, pues numerosas tribus iban abandonando a su Emir para humillarse ante los franceses a fin de salvar la vida de los suyos.
Abd-el-Kader, empero, no se dejó arredrar; con su campamento, en el que se encontraban las familias de los guerreros que aún le quedaban fieles y que en total contaba unos 15,000 individuos, eludía magistralmente los ataques de sus perseguidores, hasta que finalmente el 10 de mayo de 1843 en ausencia de su guardia, fue sorprendido este campamento por el general Bugeaud en Goudjila. Sin tener tiempo de ordenar defensa alguna, fué atacado por la caballería francesa y vencida tras corta pero reñida lucha. Abd-el-Kader en persona consiguió huir, pero sus banderas, tesoro, municiones, tiendas, en una palabra, todo cuanto aún le quedaba de su autoridad y administración como rey, cayó en manos de los enemigos. Y cuando finalmente vió caer los últimos guerreros que aún le quedaban fieles, viéndose abandonado, sin más techo que el firmamento y sabiéndose tenazmente perseguido, no quiso darse por vencido.
Cruzó deliberadamente la frontera de Marruecos cuyo emperador Muley-Abd-ur-Rehman, le recibió hospitalariamente y prestó oídos a la sugestión de proclamar la guerra santa contra Francia. Tal fue la vehemencia con que predicaba el hijo del morabito al tomar las armas contra la extinción de los invasores europeos que pronto se vió rodeado por millares de individuos armados con los que invadió a su vez el Tremecén y que dió lugar a la guerra francomarroquí. Las tropas francesas al contraatacar ocuparon la ciudad limítrofe de Oujda a la vez que la escuadra bombardeaba los importantes puertos de Tánger y Mojador, causando daños enormes. Un instante reaccionaron los moros obligando a los franceses a retroceder hasta las inmediaciones de la ciudad de Tremecén, pero al llegar al río Isly, afluente del Tafna, fueron derrotados en tal forma que el sultán temiendo correr la misma suerte del Emir de Mascara apresuróse a firmar la paz. Abandonado nuevamente a sus propias fuerzas, consiguió aún con su elocuente prédica sublevar algunas tribus con las que puso en jaque varias pequeñas columnas francesas, pero la lucha era tan cruel y la desigualdad de fuerzas tan extremas que por fin comprendió que toda esperanza de ver devuelta la independencia a su patria se había desvanecido, por lo cual envió mensajeros al general Lamoriciere, ofreciendo rendirse con la condición de ser trasladado a la ciudad egipcia de Alejandría o a San Juan de Acre, un pequeño puerto marítimo de la Palestina, situada en la entonces provincia turca de Beirut. El general francés aceptó esta condición y el 23 de diciembre de 1847 se rindió Abd-el-Kader, entregando su espada.
La promesa hecha no se cumplió sin embargo, pues fué conducido a Tolón y encarcelado en el fuerte de Lamalgue de esta ciudad.
A pesar de que la revolución de 1848 puso fin al reinado de Luis Felipe I con la implantación de la República bajo la presidencia de Luis Napoleón Bonaparte, continuó preso. Reclamó que se cumplieran las condiciones bajo las cuales se había rendido, pero no consiguió sino que se aliviara un poco su prisión, siendo trasladado primero al departamento de los Bajos Pirineos donde le encerraron en el castillo de Pau y muy poco tiempo después al castillo de Amboise que funcionaba como prisión del Estado.
Solo después del golpe de estado del presidente Luis Napoleón, quien con fecha 2 de diciembre de 1852 implantó nuevamente el sistema monárquico, siendo proclamado emperador bajo el nombre de Napoleón III, le fué concedida la libertad y una pensión de 100,000 francos anuales, pero con la condición que residiera en la ciudad de Bursa, situada en la provincia turca de Rhodavendikiar, Asia menor, a pocos kilómetros del mar de Mármara. En esta importante ciudad que está rodeada por tierras fertilisimas y abundantes fuentes y riachos, con más de 100,000 habitantes y guarda las tumbas de varios sultanes turcos, vivió Abd-el-Kader, hasta 1855 en que fué azotada por un fuerte terremoto que la destruyó. Pidió y obtuvo entonces permiso del gobierno de Francia para trasladarse a la ciudad de Damasco (Demashk), situada en el vilayato de Siria. El mismo año en que fijó su residencia en esta importante población con sus calles angostas y tortuosas cubiertas de toldos que preservan a sus habitantes de los rigores del sol y que por carecer de alumbrado no permitía la policía la presencia en ellas de ningún transeúnte que no estaba provisto de un farol, sus casas ruinosas, sus múltiples fuentes, decretó el sultán de Constantinopla que dentro de su imperio recibirían igual protección todas las religiones sin distinción. Esta medida excitó terriblemente el fanatismo musulmán. De los 200,000 habitantes de Damasco sólo 40,000 eran cristianos, contra los que organizaron conciliábulos con el fin de exterminar a todos estos cristianios. El propio gobernador presidía estas siniestras reuniones e incitaba a los confabulados al crimen. Finalmente el 9 de julio de 1860 hacia el mediodía fue dada la señal para comenzar la matanza. Grupos de hombres ciegos de un éxtasis de fanatismo arrojándose a las calles seguidos de mujeres turcas y sirias para incitarles al ultraje de las cristianas y al degüello sin consideración. Inútilmente huyeron numerosos cristianos a los distintos consulados extranjeros que había en la ciudad, estas también fueron asaltadas, saqueadas e incendiadas, siendo apuñaleados los diplomáticos en cuestión. Se dice que en el palacio arzobispal fueron asesinadas 1800 personas. Solo un musulmán levantó su voz contra esta explosión de brutal locura religiosa: era Abd-el-Kader. Numerosos católicos romanos y griegos así como también otras sectas protestantes hallaron en su domicilio un refugio seguro hasta la llegada del nuevo gobernador que al frente de 3,000 soldados restableció el orden. Durante la investigación internacional quedó de manifiesto la noble actitud del ex Emir de Mascara, al que el gobierno imperial francés condecoró con el gran cordón de la Legión de Honor, dándosele además, libertad para visitar todo el mundo excepto Argelia. Pasó entonces a Constantinopla, visitó el canal de Suez, construido bajo la dirección de Fernando, conde de Lesseps, fue inaugurado en 1869 y la exposición universal de París de 1867.
Cuando estalló la guerra con Alemania en 1870 ofrecióse al gobierno de París para comandar un cuerpo de ejército, cosa que no fue aceptado; y cuando algunas tribus argelinas quisieron aprovechar la desastrosa situación francesa a consecuencia de la invasión alemana, para una inútil lucha por la emancipación, envióles, Abd-el-Kader una carta aconsejándoles deponer las armas.
Finalmente volvió a Damasco donde falleció el día 26 de mayo de 1883.
Es autor de un libro religioso-filosófico que ha sido traducido del árabe al francés, titulado “Rappel a l´intelligent, avis a l´indiferent”.
1° y 15 de julio de 1940.
LA BALANZA NÚMS. 180 Y 181.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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